CAPÍTULO VEINTIOCHO

JOSIE
DÍA 34
Traducido por PauEchelon
Intenté pensar. ¿Dónde podría estar Mario? No había vuelto a casa.
¿Había tratado de volver a la habitación y había fracasado?
¿Había golpeado y no lo escuchábamos?

* * *
Primero volví corriendo a Excelencia. Él habría tratado de volver a la habitación.
Habría estado sufriendo por su brazo y sus costillas si hubieran resultado quebradas.
Tendría un dolor de cabeza terrible por haber sido sedado y tendría sed.
Corro a través del patio. El amanecer está abriéndose paso ahora por el horizonte, trayendo al patio una luz aterciopelada.
No me preocupo por ser vista. Tengo que encontrar a Mario.
Irrumpí en el vestíbulo.
Aún vacío.
Me empujo dentro del pabellón de hombres. La gente está despierta ahora, unos pocos saliendo de sus habitaciones.
―¡Hey! Mira quién está aquí ―dice uno de los maleantes con los que había luchado antes.
Me abro paso por el pasillo, buscando en las habitaciones.
Alguien pone una mano en mi brazo.
―La Unión te está buscando ―dice Patko―. Será mejor que salgas de aquí.
Me encojo de hombros sin hacerle caso.
―¿Alguien ha visto a Mario? ―grito―. ¿El viejo que cuida de nosotros?
―No lo he visto ―dijo el agusanado―. Pero yo puedo cuidarte bien, coneja.
Me empujo más allá de él y me dirijo de nuevo al salón principal.
No está aquí.
¿A dónde irías, Mario? ¿A dónde irías?
A lo mejor a Plaza 900. Dirigiendo una multitud, intentando buscar a alguien que lo ayude. Intentar obtener ayuda de Cheryl, tal vez. O tomar un trago de agua.

* * *
Me dirijo hasta Plaza 900.
―¡Hey! ―grita un guardia―. ¿Qué demonios?
―Lo siento ―grito, intentando sonar dócil―. Mi amigo se ha perdido. ―Y sigo corriendo.
El guardia se mueve sobre sus pies, empezando a venir despacio detrás de mí, pero cogiendo impulso a medida que su cuerpo acelera.
Llego a las puertas principales de Plaza 900. Cerrado.
Las golpeo.
Empiezo a sollozar.
Mario está herido en algún lugar del campus y es mi culpa.
El guardia entra en mi visión periférica.
―No tiene permiso para estar fuera, señorita. Se va a meter en problemas.
―Por favor ―suplico―. Mi amigo es mayor y lo echaron de la clínica y creo que quizás esté aquí dentro.
―Bueno, lo sabrás cuando abra, ¿no? ―Agarra mi brazo y me empuja hacia las Virtudes―. ¿De cuál vienes?
―Por favor ―le ruego―. Es viejo, y está solo y herido.
Veo una chispa de conciencia atravesar sus ojos.
―Y es muy amable. Por favor déjame intentar buscarlo.
―Aaugh, continúa. No te he visto ―dice, y me da la espalda.

* * *
Me doy la vuelta para alejarme de él y me dirijo al otro lado del edificio.
Tiene que haber más puertas por las que entrar.
Veo dos puertas de acero gris. Una de ellas está entreabierta.
Un camión blanco se paró cerca de las puertas dobles.
Un hombre con uniforme blanco saca cuatro pisos de panecillos.
Asiento hacia él, como si de alguna manera debería estar aquí, y me meto dentro.
―¡Hey, señorita! ―me llama.
Y entonces estoy en la gran cocina. Huele como a sándwiches viejos y hay manchas de grasa en los mostradores y en el suelo. Los mostradores de acero se limpiaron sólo en algunos sitios. La basura está en el suelo y la comida, también. Parece que el personal de cocina está haciendo lo mejor que pueden y fracasando. Como todos nosotros.

* * *
Mario no está en la cocina ni el comedor. Estoy buscando por el suelo y en las esquinas.
Ignoro los “heys” y las miradas interrogantes de los trabajadores.
No puedo encontrar a Cheryl, pero veo a otra de las damas que le gustaba a Mario. ¿Cuál era su nombre? ¿Josefina? No.
―¿Has visto a Mario? ―le pregunto―. El hombre con el que llegué―
―No, m'ija, ¿ha desaparecido?
Asiento.
Me abraza. Dice algo reconfortante en español.
Me deshice lejos de ella.
Tengo que encontrarlo.
Mariana, recuerdo. Ése era su nombre.
Voy al vestíbulo de Plaza 900.
No está aquí. No está en los baños, de hombres o mujeres. Miro en el hueco de la escalera.
Alguien debe de haberlo agarrado, me digo a mí misma. Debe de estar en la habitación de alguna persona de buen corazón y tal vez están informando a los niños ahora mismo.
Empiezo a cruzar de nuevo el patio. Tiene que ser eso.
A lo mejor está en nuestra habitación ahora mismo, mientras estoy lloriqueando alrededor del campus, exagerando.

* * *
Entro en el salón principal de Excelencia y un hombre agarra mi muñeca. Es un hombre calvo y gordo, uno de los hombres que me habían escoltado antes.
―Niña, tu abuelo apareció.
―¿Dónde? ―le pregunto, girando, agarrando su mano sudorosa entre las mías―. ¡Por favor, dígame!
―En el baño de damas ―dice, sacudiendo su cabeza hacia los dos baños fuera de la sala principal.
―¡Gracias! ―le grito alejándome de él.

* * *
Mi pobre Mario está en el suelo, debajo de un tocador justo al lado de la puerta.
Su cuerpo parece marchito y diminuto. Débil y en peligro de extinción.
Su cabeza está tendida en el suelo. Hay una pequeña mancha, hecha de babas y sangre, cerca de su boca.
―¡Mario! ―digo, demasiado alto, y después regulo mi tono―. Oh, Mario...
Está muy herido.
Necesita tranquilidad, y en el silencio, ahora escucho su respiración. Su inhalación es tensa pero la exhalación es peor. Ventosa. Un resuello. ¡¿Cómo, cómo, cómo han podido dejar que se marchara?!
Me arrodillo.
―Mario, Mario, ―murmuro. Con lágrimas cayendo por mis mejillas. Me las quito. Pongo mi mano en su hombro.
Veo que su brazo ha sido enyesado.
Abre los ojos.
―Ha ―grazna―. Josie.
Cierra sus ojos de nuevo.
Pongo mi mano en su frente y luego en su rostro. Está frío y la piel parece suelta y como de papel.
―Voy a tener que llevarte de nuevo a la clínica ―susurro.
Jadea.
―Tengo sed.
Me levanto y, por supuesto, no tengo una taza. Enjuago mis manos en el grifo. El jabón es cosa del pasado.
Tomo un poco de agua fría en mis manos.
Me arrodillo de nuevo, mis rodillas magulladas sobre el suelo frío, e intento meter el agua en su boca.
Sus labios contra mis dedos se sienten secos y finos.
Su aliento huele a sangre vieja y no puedo parar de llorar.
―Puedo llevarte con mucho cuidado ―digo.
―No ―dice y me mira. En sus ojos, me está diciendo que habla en serio.
―Josie ―jadea.
―¿Sí, Mario?
―El doctor me dijo...
Un jadeo como inhalación, un resuello como exhalación.
―Los experimentos.
¿Los experimentos? ¿Qué? Extrae otra respiración.
―La gente que va a los experimentos.
―¿La gente que envían para los experimentos médicos? ―pregunto, intentando hablar por él.
Él cierra los ojos, sí.
―El ejército se los lleva.
Está intentado advertirme sobre dejar que Venger me envíe.
―Lo sé, Mario. No voy a dejar que Venger me envíe allí, lo prometo.
Aprieta los labios.
—U Sam Rid.
¿Qué?
—U Sam Rid.
—No sé de qué estás hablando, Mario ―lloro. Quiero decirle lo mucho que lo quiero. Quiero que viva―. ¡Déjame llevarte a la clínica! ―suplico.
―Escucha ―dice, chasqueando sus ojos azules.
―U-S-A-M-R-I-I-D. ―Deletrea.
―De acuerdo.
―Donde hacen las pruebas. Es en Maryland.
Entonces me dan escalofríos, por mi carne hasta mis brazos, toda mi piel de gallina rizándose por mis extremidades, subiendo hacia mi corazón.
Mario me está diciendo que deje que Venger me envíe allí, porque cualquiera que sea esa cadena de iniciales―está en Maryland, cerca de la granja de la familia de Niko.
Sus pensamientos moribundos son para liberarme.
―Consigue que te envíen allí.
―Bien ―digo―. Está bien.
Me tumbo en el suelo, de esta manera puedo estar enfrente de su cara.
Me sonríe.
Su cara es la única cosa que veo ahora, y sé que la mía es la única cosa que él ve también.
Hace frío en el suelo y Mario se está muriendo. Intento estar lo más cerca que puedo. Quiero darle un poco de mi calor corporal.
―Buena chica. Siempre buena.
Ahora mis ojos están goteando en las baldosas.
―Mario ―digo―. Gracias. Me salvaste. Lo hiciste. Iré a USAMRIID. Me liberaste. ¿De acuerdo? Me salvaste.
Sus respiraciones son más lentas, extensamente dolorosas. Un sonido largo y débil.
―¿Sabes eso? ¿Sabes que me salvaste?
Sus ojos ya no están en mí ahora. Están fijos en algún lugar más allá de mi cabeza.
Veo burbujas de sangre en su boca, llegando a la parte delantera de sus labios, empezando a caer por su mandíbula.
Las toco ligeramente con el dobladillo de mi camiseta.
―No, Mario, no te vayas, ―lloro.
―Buena chica ―me dice.
Sus labios dicen “Siempre buena” pero no hay ningún sonido de su voz.
Y su aliento silba hacia la nada y se ha ido.