CAPÍTULO 2
Los Morton conformaban la familia más pudiente y respetable del condado de Sheepfold, porque en las dos o tres últimas generaciones había crecido hasta adquirir respetabilidad y numerosas propiedades.
De buena educación y temperamento afable, el otrora joven señor Morton había optado a temprana edad por satisfacer sus inquietudes masculinas y su carácter activo y sociable entrando en la milicia del condado, entonces establecida en Sheepfold. El buen hacer, el alto grado de disciplina, así como el buen temple y la elevada capacidad organizativa de los que dio muestra, lo llevaron a alcanzar el preciado y meritorio rango de coronel una vez sobrepasada la frontera de la madurez. Podía decirse que era el predilecto de todo el vecindario, excepto, por supuesto, de la señora Clark, cuya soberbia y pretensiones le impedían distinguir a muy pocos o a ningún favorito entre aquellos cuya presencia amenazaba con hacer sombra a sus planes.
No obstante, pese a la ausencia de abolengo en su apellido y de blasones en su escudo familiar –y a pesar del alto grado de desprecio con el que la señora Clark se esforzaba en empañar su buen nombre–, el coronel Morton y su esposa habían conseguido hacerse un hueco muy notable y apetecible entre la creciente burguesía inglesa. Cierto era que la rancia aristocracia del Imperio, quizás por temor a ser desbancada o siquiera igualada en poder y respetabilidad por los nuevos ricos, no dejaba de asombrarse e ignorar con descaro a la clase burguesa recién nacida que, poco a poco, parecía cobrar mayor importancia entre la sociedad más preciada. El particular modo de protesta de los arcaicos hijos del Imperio, cuya indignación podría ser entendible ante la idea de que sus blasones habían surgido casi al mismo tiempo que la propia isla, pasaba por evitar encontrarse con cualquier burgués que osara comparecer a los acontecimientos de cierta índole social, desprestigiarlos en público cuando no quedaba más remedio que tolerar un desafortunado encuentro y cerrar en sus adineradas narices todas las puertas a las que los nuevos ricos se atrevieran a llamar.
Pero al coronel tales pueriles desplantes parecían no afectarlo demasiado. Al fin y al cabo, tampoco aspiraba a ser convidado a St. James el tercer domingo de cada mes, sino tan solo a disfrutar de una existencia apacible y feliz en su querida residencia de Sheepfold.
El veterano caballero se sentía por completo satisfecho del halo de respeto y honorabilidad que en torno a él y a su familia había conseguido erigir durante las últimas décadas y disfrutaba en su senectud de un merecido y placentero retiro familiar en el pequeño condado rural del que procedían sus ancestros, donde residía en compañía de su única hija y de su insufrible esposa. Disponía para su goce personal de la propiedad más extensa que Fanny hubiera conocido jamás y celebraba cada quincena los mejores y más encantadores bailes con los que cualquier jovencita pudiera soñar.
Fanny y Charlotte Morton habían sido amigas inseparables desde niñas. Existía entre ellas gran afinidad, pese a las ridículas rivalidades de sus madres, quienes, por similitud de caracteres y a causa de un espíritu corroído por la ambición, gastaban el tiempo y se esforzaban en fomentar la rivalidad entre ambas jóvenes cuando ellas se sentían hermanadas desde la más tierna infancia. Semejante empeño no podía menos que provocar gran diversión entre las muchachas, puesto que, al fin y al cabo, las continuas disputas de sus progenitoras no habían causado ningún daño irreparable y tampoco iban más allá de lo que podría considerarse una alborotadora refriega entre gatas rabiosas. Unos cuantos arañazos verbales, algún que otro bufido ocasional y un zarpazo al aire de vez en cuando era lo máximo a lo que habían aspirado las dos patéticas matriarcas. Por ello, y pese a esta serie de catastróficos encontronazos familiares, ambas señoritas habían alcanzado la juventud más adorable en mutua compañía y complicidad, aun cuando estaba probado que ni las respectivas posiciones sociales, ni sus caracteres tenían demasiado en común.
Fanny Clark, bella, inteligente y despierta, con un temperamento agradable y optimista, llevaba varios años viviendo en Sheepfold sin otro asunto que le importunara el ánimo, salvo la imposibilidad de vivir las apasionantes aventuras que poblaban los libros de su biblioteca. Poseía, además de una cabeza fantasiosa y soñadora, y un carácter sincero y resuelto, una figura apta para ser considerada una auténtica ninfa del bosque.
Por el contrario, Charlotte Morton era una joven mucho más discreta y comedida tanto en físico como en personalidad. Poseía un carácter pausado y, aunque no carecía de belleza, su rostro jamás habría conseguido transmitir la frescura y la viveza que manifestaba el de su amiga. Quizás las dimensiones corporales resultaban demasiado generosas, razón por la cual había sido calificada en múltiples ocasiones como “voluptuosa” por las almas más caritativas o simplemente como “regordeta” por las que no lo eran tanto.
Pese a tan obvias diferencias, tanto en apariencia como en sentimientos, no podría haber existido mejor ni más feliz consorcio bajo las estrellas, ni pareja mejor avenida que la que formaban las dos amigas. Tan solo una singularidad podría achacar Fanny a su querida amiga –una importante singularidad– que consistía en el ridículo y extravagante apego de la señorita Morton por confeccionarse el vestuario con colores desafortunados y chirriantes. ¡Fanny consideraba tan falto de gusto el guardarropa de su amiga y tan esperpénticos y bochornosos sus vestidos y sombreros que, de no ser por el inmenso afecto que sentía por ella, en más de una ocasión habría estado tentada de fingirse enferma para no tener que acompañarla a las reuniones sociales!
Cuando los dictámenes de la moda exigían que las damas se ornaran con muselinas en tonos beige, blanco, rosa palo o azul bebé, la original señorita Morton se hacía confeccionar los vestidos en llamativos tonos berenjena, calabaza madura, azul intenso, verde lima o bermellón. Y, como no podía ser menos en una dama de cierta dignidad y prestigio, la señorita Morton hacía acompañar tan escalofriante vestimenta con un bolso y una sombrilla en el mismo tono estridente.
Espoleada quizás por su madre, que era a la vez su mayor y más severa crítica, Charlotte parecía vivir en los últimos tiempos sin otro anhelo que el de encontrar esposo y formar familia. Sin duda el matrimonio era la última, y única, vía de escape para huir del asedio de su insoportable madre, y por ello estaba dispuesta a aferrarse a esta opción de un modo tan obstinado como incansable.
Aun cuando Fanny hubiera sido bastante diestra con el pincel, afición a la que jamás le había concedido demasiada importancia, no habría sido capaz de plasmar el reflejo de Londres de un modo fiel a la realidad. Más que nada porque jamás había supuesto, o imaginado, o deseado, que un lugar así pudiera existir en el mundo.
Hacía dos semanas que se habían instalado en la ciudad y todavía se encontraba desorientada, del mismo modo que si hubiera realizado todo el viaje dentro de un canastillo techado y nadie se hubiera molestado en sacarla aún del interior. Y ojalá ese hubiera sido el caso, puesto que lo que descubría en el exterior era algo que, si de ella hubiera dependido, jamás habría tenido intención de conocer.
El trayecto en carruaje había resultado todo lo soportable que podía resultar un viaje de dos días con sus noches encerrada en un habitáculo demasiado reducido, soportando los socavones del camino y el malestar causado por permanecer horas y horas sentada en la misma posición. Al menos, para regocijo de los viajeros, los caminos en esa época del año se encontraban secos, pero no demasiado polvorientos, por lo que había podido deleitarse durante gran parte de la expedición con la contemplación del verdor vigorizante del paisaje, mientras en el asiento enfrentado la señora Morton hacía cábalas y conjeturas acerca de un hecho tan trascendental como el número de solteros disponibles para el inicio de la temporada.
¡Y cuán diferente era la ciudad de Londres de su pequeño y amado Sheepfold! Los caminos de tierra habían sido sustituidos por grises pasarelas adoquinadas en algunas zonas y por horribles senderos de fango y tierra en otras, tan enlodados estos últimos y con unas roderas tan profundas a causa del continuo trasiego de carruajes que resultaba completamente impensable recorrerlos a pie. Las calles permanecían congestionadas de gente: parejas paseando bajo la fiel custodia de una sombrilla y la mirada juiciosa de una carabina, niños corriendo sus aros y armando bullicio con sus juegos, caballeros que se volvían al paso de las damas solitarias para soltar alguna impertinencia o chiquillos con bocas melladas y narices acuosas anunciando en alta voz las noticias de la prensa local. Ruido, ruido y más ruido, y ni uno solo de los agradables sonidos con que la naturaleza podía deleitar los oídos de quienes desearan percibirlos.
Sobre los frisos de los tejados de pizarra, formados por pirámides escalonadas, sobresalían múltiples chimeneas que vomitaban humo a todas horas; un hollín apestoso y negro y un molesto olor a carbón quemado que descendía como una maldición de las bocas negruzcas para calar hondo en las fosas nasales de los transeúntes más sensibles y anular por completo la percepción de cualquier otro aroma más agradable.
De hecho, parecía que los alegres rayos del sol hubieran sido incapaces de acariciar Londres. En realidad debía de resultarle muy difícil al astro rey perforar la impenetrable coraza de humo y niebla, deslizarse y lanzar a tierra el más miserable de sus rayos y así proporcionar un halo de vida, de luz, de alegría a un escenario tan melancólico como gris y sombrío.
A Fanny la horrorizaba el estilo de vida londinense así como la contemplación de semejante acuarela tan falta de colores y sentía que, conforme pasaban los días, se le marchitaba el alma poco a poco.
Echaba de menos la campiña, el canto alegre de los pajarillos, el eterno olor de la tierra mojada, el balar ronco de los rebaños y las horas de lectura sobre el prado, descalza, con el cabello enredado entre la hierba, y el delicioso aroma de la lavanda y la madreselva que le acariciaban la nariz. Tenía miedo de olvidar el rumoroso murmullo que regalaba el viento durante su danza con las copas de los pinos o que la visión cotidiana de los cervatillos que pastaban en los caminos menos transitados se convirtiera de pronto en una lejana utopía.
Por ello, cuando Charlotte estaba demasiado ocupada como para requerir su presencia, huía a refugiarse en su habitación para observar a través de la ventana un punto invisible en la lejanía, como si acaso fuera posible divisar, por encima de los sucios tejados y a través del vómito oscuro de las chimeneas, las ramas más altas de los árboles de su condado natal meciéndose al son del viento.
Una tarde, justo antes de cenar, se encontraban los cuatro reunidos en el saloncito de la planta baja cuando el mayordomo apareció en el umbral con una bandeja en la mano.
—Acaban de traer esta tarjeta, coronel Morton —anunció con afectación.
—¿A esta hora? —preguntó mientras consultaba el reloj—. Resulta bastante inusual. Veamos. —Se colocó los anteojos, tomó el sobre lacrado y rasgó el papel.
—¿De qué se trata? —La señora Morton, que en ocasiones superaba a la misma señora Clark en lo que a insufrible y cargante se refería, dejó a un lado el bordado para reclamar la atención de su esposo que a esas alturas sostenía el papel en la mano y las observaba a las tres con un gesto entre divertido y satisfecho.
—Excelentes noticias, querida —anunció—. Dentro de dos días nos esperan para cenar en la mansión de los Byrne.
—¿Los Byrne? —exclamó la señora—. ¿No se trata de la familia del coronel relamido que sirvió con usted en las Indias Occidentales?
—En efecto. Y considero muy generoso de su parte celebrar una velada en nuestro honor y así darnos la bienvenida a la sociedad londinense.
La mujer abrió y cerró la boca sin articular palabra. De no ser por la debida sujeción, los ojos bien podrían habérsele salido de las órbitas.
—Mi amigo, el coronel Byrne, enviará un carruaje por nosotros a las cuatro.
La señora se llevó las manos a la boca y ahogó un gritito. Lo que no pudo ahogar fue la exagerada expresión de sorpresa que se dibujó en su faz mientras agitaba la mano en un vano intento por proporcionarse aire.
—¡Oh, niñas, una cena en nuestro honor y solo llevamos dos semanas en la ciudad! —Miró a Charlotte con severidad—. ¡Ponte derecha, niña, y alegra esa cara, ha llegado tu momento de florecer en sociedad! —La jovencita obedeció de inmediato y se irguió como un junco verde—. Espero que te pongas tu mejor vestido, querida, ese día debes lucir espléndida. —Guiñó un ojo con picardía—. Nunca se sabe lo que una se puede encontrar en ese tipo de eventos.
Charlotte sonrió tímidamente e inclinó la mirada con condescendencia.
—Fanny, querida, seré benévola y a ti no te pediré ningún imposible. Soy bien consciente de tus limitaciones. —Habló con absoluta displicencia, alzó la barbilla y elevó las cejas hasta el borde de su cofia—. Tan solo limítate a no lucir un vestido demasiado descolorido y pasado de moda y, si te ves obligada a hacerlo, procura al menos que no sea muy anterior a la temporada pasada. No queremos que piensen que nos hacemos acompañar por una pedigüeña de la que nos hemos compadecido. —La señora Morton la miraba con la frialdad de un glaciar en las pupilas—. ¡Y, por el amor de Dios, procura hacer algo con ese cabello! ¿Nadie se ha molestado en enseñarte que las horquillas se han hecho para sujetar los mechones rebeldes?
Fanny ladeó la cabeza y reposó la mirada en las espigas del papel pintado de la pared. Se mordió con rabia el labio inferior y el interior de las mejillas para evitar exteriorizar el enfado que le rugía en el pecho y que empezaba a colorearle el rostro. Se obligó a contar hasta diez para aplacar la indignación y evitar que su impetuosidad la empujara a decir lo que en verdad pensaba de la señora Morton y de sus absurdas presunciones. No, por cierto, en ese instante no habría sido correcto transmitir en voz alta tales pensamientos.
—¡Mamá! —amonestó Charlotte, indignada. Pero Fanny la silenció con una mirada cálida. La agria señora la había ofendido con descaro, pero, con todo, se negaba a formar parte de su vórtice de despropósitos, aunque tuviera que contenerse.
Santo Dios, ¡cuánto deseaba regresar a casa y dejar atrás toda aquella serie de catastróficos acontecimientos!