Capítulo 64
DESDE la biblioteca de Shand, donde había cobertura en tiempo real de todas las líneas de comunicación del CUCO, Elsa Cassani había visto el correo electrónico de Luc a Vincent casi al instante. El mensaje apareció en el servidor dedicado de la DGSE, que lo encriptaría en el momento en que el CUCO entrase.
Saben lo del segundo funeral. Stephen Uniacke es un agente del MI6 llamado Thomas Kell. Ha encontrado a Delestre en París. Levene debe de saberlo y está engañándote. Aborta de inmediato. Reunión de urgencia el domingo a medianoche.
—¡Joder! —exclamó ella—. Tom, ven a ver esto.
Kell estaba en la cocina. Para entonces, Barbara ya se había ido a Gatwick y debía de estar de camino a Menton. Harold se encontraba en el piso de arriba, viendo El tren de las 3:10.
—¿Qué pasa?
Kell entró en la biblioteca con un té en la mano. Elsa señaló el tercer portátil, en el extremo derecho de la mesa de roble. Hacía tanta presión con el índice que la pantalla se puso borrosa.
—¿Acaba de llegar?
—Hace menos de un minuto. ¿Cómo pueden saber quién eres?
Kell posó la taza en la mesa.
—Debían de tener micrófonos en casa de los Delestre.
Era la única explicación posible.
—Pero estuviste allí el lunes, ¿cómo les ha costado tanto tiempo?
—Poco personal —respondió Kell.
Sabía que a la hora de seguir todas las pistas y escuchar todas las conversaciones, los franceses tenían los mismos problemas que el Servicio de Seguridad o el SSI.
—Es posible que tengan micrófonos por todo París para escuchar a los amigos y compañeros de Malot. Supongo que habrán tardado unos días en darse cuenta de que estuve allí.
—El nombre Vincent Cévennes sale por todas partes en los archivos del CUCO —afirmó Elsa, y bebió de la botella de Evian—. Y también Valerie de Serres, posible novia de Luc Javeau. ¿Crees que es un alias de Madeleine Brive?
—Estoy casi seguro. —Kell anotó los nombres en un pedazo de papel—. ¿Dónde está el CUCO ahora?
Miraron las estanterías: nueve pantallas dispuestas en hileras, como en el juego de tres en raya. Eran las ocho pasadas del sábado por la tarde; Amelia preparaba un guiso de pescado en la cocina, y el CUCO leía a Michael Dibdin en el salón.
—¿Puedes aguantar el mensaje en el servidor? —preguntó Kell.
—No creo.
Elsa tecleó algo entre las líneas de código del segundo portátil.
—Podría borrarlo. Así no lo sabrá hasta que se vaya mañana. Supongo que estarán intentando llamarlo al móvil.
—¡Harold! —gritó Kell mirando hacia la escalera.
A través del techo, se oyó una especie de resoplido. A continuación, el ruido de Harold levantándose de la cama después de parar el western y pisadas en la escalera.
—Dígame, jefe.
—¿Puedes echar otro vistazo a la actividad del móvil del CUCO? Es muy probable que tenga un mensaje de texto o quizá de voz esperando. Con instrucciones de abortar.
—¿Cómo?
—Nos han descubierto. Y saben que su operación ha fracasado. Están intentando decirle que vaya a París.
Kell decidió ganar algo de tiempo borrando el correo electrónico del servidor de la DGSE. Entonces envió un mensaje a Amelia para decirle que los habían descubierto. A la hora del desayuno del día siguiente, debía decirle al CUCO que había una emergencia del SSI en Londres y que un coche la recogería enseguida. Que por «motivos de seguridad», no podía ofrecerse a llevarlo a Saint Pancras, pero que le había contratado un taxi pagado por adelantado para el regreso a Londres. Kell sabía que a menos de dos kilómetros de Chalke Bissett, el CUCO tendría cobertura de móvil y escucharía cualquiera de los tres mensajes que Valerie de Serres le había dejado en el contestador. El primero ya era bastante explicito:
François, soy Madeleine. No sé por qué no contestas el correo, pero debes abortar, ¿comprendido? Llámame de inmediato, por favor. Nos reuniremos con carácter urgente el domingo a medianoche y te lo explicaremos todo. Necesito saber que has recibido este mensaje y que acudirás.
Harold había logrado entrar en el buzón de voz del CUCO, y Kell se había reencontrado con la voz tensa y malhumorada de la seductora del ferry, Madeleine Brive. En cuanto escuchase el mensaje, el CUCO haría todo lo posible por esfumarse en la campiña inglesa y deshacerse de toda vigilancia del SSI. Y si eso ocurría, el camino de migas de pan que llevaba al hijo de Amelia se habría perdido.