Capítulo 20

EL nombre que figuraba en la factura era A. M. Farrell. El número de habitación, el 1208.

Kell regresó a la suya y llamó a Marquand de inmediato.

—He encontrado a tu desaparecida.

—¡Tom! Sabía que no fallarías. ¿De qué se trata?

—Se aloja en el mismo hotel que yo, en el Valencia Carthage. Malot está al otro lado de la calle.

—Así que follan pero duermen separados para que nadie ate cabos, ¿no?

Kell no hizo caso de la elucubración; había aprendido a tener en cuenta sólo los hechos probados.

—Usa un alias que no conocíamos. Farrell. Las iniciales son A. M. ¿Puedes comprobar posibles tarjetas de crédito? Debería aparecer bastante actividad en París, Niza y Túnez.

—Sin problema. ¿Has hablado con ella?

—Ya me dirás por qué iba a hacer semejante cosa.

—Bueno, gracias a Dios que está bien. —Hubo una pausa, como si Marquand estuviese pensando algo adecuado para la ocasión—. Putos gabachos —soltó al final—, siempre nos roban a las mejores.

No cabía duda de que la información que Truscott y Haynes recibirían era que Amelia estaba en Túnez de fin de semana largo y apasionado.

—¿Es que ese tal Malot no puede mojar el churro en casa? ¿No se supone que en París hay miles de chicas guapas?

—No sé, tú sabrás… —repuso Kell.

—Cuéntame los detalles —inquirió Marquand—. ¿Malot también está casado? No sé por qué, pero no encontramos nada sobre él.

—Es difícil saberlo. Sólo lo he visto desde lejos, tomando el sol en la piscina.

—¡Tomando el sol! —Parecía que Marquand fuese a combustionar de tanta excitación—. Imagínatelo.

—Está hecho un posturitas —explicó Kell, tratando de que la conversación no se saliese de madre—. Se pavonea por ahí como si fuera Montgomery Clift. No tiene pinta de hijo apenado.

—Puede que al lado de Amelia se sienta muy gallito. ¿Cómo llaman ahora a las mujeres que salen con hombres más jóvenes que ellas? ¿Asaltacunas?

Marquand se rio de su propia gracia. Era el alivio de haber evitado una crisis.

—Exacto, Jimmy, eso es —contestó Kell—. Asaltacunas. Mira, tengo que hacer unas cosas. Le echaré otro vistazo a Malot. Siempre cabe la posibilidad de que sea de la DGSE. Puede que Amelia esté llevando a cabo una operación conjunta en Túnez.

—Y al mismo tiempo aprovechando para tirarse a un compañero.

Kell movió la cabeza de un lado a otro en señal de incredulidad.

—Tómate algo, Jimmy. Te lo mereces.

Colgó, dejó el teléfono sobre la mesa y cogió la cámara de encima de la cama. Se la echó al hombro y salió al pasillo. En la calle que separaba ambos hoteles, encontró a Sami sentado al volante del taxi, pasando las páginas de un periódico sin demasiada prisa. Dio unos golpecitos en la ventanilla.

—Tengo que enseñarte algo.

Kell se sentó en el asiento del copiloto y le pasó la cámara después de explicarle cómo ver las fotos de Amelia y Malot. En el ambiente del coche se notaba el olor corporal de todo un día.

—Son las personas que me interesan —le explicó—. La mujer está en el Valencia. El hombre tiene una habitación en el Ramada. ¿Te suenan?

Sami respondió que no con la cabeza. Otros dos taxistas que estaban debajo de la buganvilla miraban el interior del coche con ademán impaciente e indignado, como un par de chicas a las que no han sacado a bailar en una fiesta.

—Quizá salgan a cenar esta noche —aventuró Kell—. Se han ido de la piscina hace veinte minutos. Si los ves, no dejes de llamarme. Si no contesto al móvil, llama a la recepción del hotel. Estoy en la 1313. Si se suben a otro taxi, síguelos. Y si los coges tú, no te arriesgues a hablar conmigo delante de ellos. La mujer habla inglés, francés y árabe, los tres muy bien. En ese caso, envíame un mensaje de texto para decirme el destino.

—Por supuesto.

Kell señaló a los otros conductores con la mirada.

—Y si estos dos empiezan a hacer preguntas sobre mí, diles que soy un marido celoso.