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—Me siento como si ya fuera vacaciones... —dijo Bea al salir al pasillo después de acabar su último examen.

—Anda, flipada, si todavía quedan días para eso... —respondió Frida.

—¡Silencio, aguafiestas! —le echó la bronca Lucía.

Acababa de hacer su presentación de ciencias naturales y le había ido bastante bien. Así que estaba entusiasmada y no quería que nadie lo arruinara. Aun así, su cabeza estaba en mil sitios a la vez. No solo en que únicamente les quedaba ese día para ganar el concurso y que debían superar a las Pitiminís como fuera. También en Eric.

—¿Ya no hay nadie en tu clase? —le preguntó a Bea.

—No, he sido de las últimas, como siempre.

Lucía chasqueó la lengua. Miró a un lado y a otro, de puntillas. Entre la cantidad de alumnos que estaban celebrando escandalosos su libertad, no vio a Eric. Respiró hondo para calmar sus agitados nervios. «No pasa nada...», se repitió en silencio, esperaría a encontrárselo más tarde.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Frida apoyada en sus muletas—. No sé quién agua la fiesta ahora...

—No, nada —mintió—. Solo quería hablar con Eric.

Le quitó importancia y se encaminaron hacia el patio. Frida estaba desesperada por que le quitaran el vendaje y decidieron que el sol primaveral la aliviaría un poco.

—Venga, nena, que solo quedan cuatro días —la animó Lucía palmeándole la espalda.

Aunque su padre le hubiera envuelto los soportes de las muletas con algodón, el plástico ese hacía callos como churros.

Habían comenzado a avanzar por el pasillo cuando se cruzaron con las Pitiminís y su reina en cabeza. Las miró de una en una, y de arriba abajo:

—Que os aproveche, perdedoras.

Por supuesto, la guerra entre ellas no había cambiado. Si acaso, se había intensificado: Marisa daba por hecho que iba a ganar el concurso, aunque todavía ocupara el segundo puesto.

—Y a ti, petarda —respondió Frida sin pestañear.

Marisa continuó caminando con su falda más mini que nunca, enseñando bien sus largas piernas. Con la primavera, los leotardos de lana azules habían dejado paso a las medias finas y la camisa blanca de manga larga a la de manga corta (en su caso, dos tallas más pequeña).

—Qué creída —protestó Bea.

—Cuando pierda el concurso ya no lo será tanto… —la siguió Frida.

Ninguna se atrevió a recordarle que, por el momento, tenía más posibilidades de ganarlo que ellas mismas. Pero no hizo falta, porque entendió sus miradas:

—Todavía queda un día entero, no seáis pesimistas.

Casi sin tiempo ni de tomar el sol, el riiiiiing del timbre les devolvió la pereza recordándoles que todavía quedaban varias horas de clase. Estaban ya todas de pie cuando otro ring (del teléfono) hizo que Frida se sobresaltara. Pidió que la sostuvieran un momento mientras respondía al móvil:

—Sí, ¿qué quieres? Ah, claro… vaya, ¡no!, ¿sí?, ¿en serio?, ¿cuándo?

Mientras Frida hablaba haciendo equilibrios, dejando la muleta, luego cogiéndola otra vez, con la pierna mala adelante, atrás, adelante… Las demás tenían que hacer verdaderos malabares para aguantarla. Empezaron a mirarla con cara desesperada.

—¿Te falta mucho? —le preguntó Lucía poniendo voz tensa.

—¡¡¡Sííí!!! —gritó Frida de pronto dejándolas casi sordas.

A punto estuvo Lucía de soltarla para taparse los oídos…

—¿Qué te pasa ahora, loca? —le preguntó.

Frida se removía en el sitio nerviosa con el teléfono todavía en la oreja. Hasta que no se pusieron firmes, su amiga no colgó:

—Era mi hermano. Ya sabéis que está enfermo en casa y eso… —Raquel hizo gestos para que no se anduviera por las ramas—. Ha habido un pequeño cambio en el orden de ganadores… —Frida cerró la boca sin soltar prenda todavía.

—¿Hemos subido al puesto número 2? —preguntó Bea.

Frida negó con la cabeza y sonrió. De repente, se hizo el silencio. Tenían los ojos como platos.

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Todas empezaron a chillar y a bailar a la vez. También Frida con sus muletas. Llegarían tarde a clase, pero valía la pena celebrar lo cerca que estaban de la victoria.