Para cuando llegó el sábado, se le habían acumulado tantos deberes que tuvo que desechar la idea de asistir al partido de vóley del domingo. Había estado pensando mil maneras para llegar a todo, pero tampoco podía hacer milagros… Así que si quería que su madre la dejara tranquila, en lugar de ir a animar al equipo de Frida y ver a Eric, tendría que pasarse el domingo empollando lengua para el examen del martes. Eso sí que era un sacrificio. ¡No iba a tener tiempo ni para ir a la pelu! Al final tendría que pedirle a su madre que le cortase ella las puntas por mucha lata que le diera. Todos sus planes se habían ido a la porra…
El sábado a media tarde, Frida y Bea se presentaron en su casa con sus mochilas llenas de libros dispuestas a pasar una larga velada de raíces cuadradas. La idea era acabar pronto para empezar la organización del casting, aunque de esta parte no estuviera enterada la ogra.
María les advirtió que debían aprovechar bien esa tarde de estudio porque la evaluación pasaría en un abrir y cerrar de ojos. Todas le aseguraron casi con juramentos de sangre que así lo harían, desde luego que sí.
Solo cuando se quedaron solas, Frida y Bea comenzaron a respirar. La madre de Lucía tenía ese efecto sobre ellas. El peligro había pasado.
Fueron a sacar los libros y libretas, ya relajadas y sentadas entre la alfombra del suelo, el puf y la cama, cuando, de pronto, volvió a abrir la puerta María sin avisar. Las tres pegaron tal bote que a la madre se le escapó media risa.
—Nada de música ni de tele hasta que no hayáis terminado —ordenó recuperando su autoridad.
Y volvió a marcharse sin más.
Las chicas se concentraron en terminar cuanto antes los deberes que el Papudo les había pedido.
Frida se pegó en el pecho una etiqueta que ponía
, se
estiró la cola de caballo hasta que se le estiraron también los
ojos, y dio por comenzada la clase. A Bea le colocó la pegatina de
—Estáis estupendas —dijo Lucía haciéndoles una foto para enviársela a Marta en un WhatsApp del grupo ZR4E que ponía: «Profesora Frida y Ayudante». Con un poco de suerte estaría conectada al wi-fi de su casa...
Marta respondió al momento:
«Ueco xa mí! »
«Siempr. Dp casting, + divr », le dijo Lucía. Las demás
tenían sus móviles guardados y (por lo que veía) silenciados.
Después dedicó un rato a repetir los pasos que anunciaba Frida para las raíces cuadradas, pero cuando llegaba el segundo ya se había perdido... como si le borraran la memoria o la hubieran abducido en plan Expediente X. Así que volvió a escribir a Marta: «CmO sI m AbLaRaN n IdiOmA d MaRt».
Se estaba riendo de lo que le había respondido Marta: «Frida pued kusar s fcto…», cuando, de pronto, un grito de Frida la hizo volver a su habitación y a la clase.
—¡Quieres dejar el móvil ya! Si no escuchas, no te vas a enterar de nada.
—Mira quién fue a hablar… ¿Cuántas veces te he dicho que no teclees mientras te hablo? —protestó Lucía.
Sin atender excusas, Bea le quitó el teléfono de las manos siguiendo órdenes y Frida la obligó a ponerse de pie para que repitiera todo lo que ella decía, como si fuera un loro.
—Paso, ¿de qué me va a servir eso? A lo mejor es que necesito descansar porque se me está chamuscando el cerebro… —sugirió Lucía.
—Perdona, guapa, pero de descansar nada. ¿Quién manda aquí, eh? —Señaló su etiqueta de PROFESORA—: ¡Ayudante! Haz tu trabajo…
Lucía entornó los ojos y Bea le dio la mano para que se pusiera en pie delante de las dos mientras le susurraba: «Es por tu bien». Entonces comenzó a repetir palabra por palabra lo que decía Frida, hasta tenerlo bien memorizado. A continuación, la obligó a corearlo al mismo ritmo que ella resolvía, paso por paso, una raíz cuadrada en su libreta. Lucía se dio cuenta de que no era tan difícil… Solo había que escuchar.
—¡Ahora yo! ¡Ahora yo! —exigió emocionada.
Efectivamente, la siguiente la bordó. Y también la siguiente.
—El Papudo se va a enterar —anunció Lucía imaginándose su siguiente clase de mates.
—Tendrá que buscarse otra víctima —reconoció Bea.
Ya podía verlo… Cuando la obligara a salir a la pizarra y descubriera lo que sabía hacer, la miraría con esos ojos redondos sin parpadear siquiera, como un pez globo. No volvería a avergonzarla nunca más. Y Susana ya no sería la única que hacía bien los ejercicios. Casi podía oír los aplausos de sus compañeros, que la vitorearían por su triunfo. Marisa se quedaría muerta de envidia en su sitio en la primera fila...
Unos golpecitos en la puerta pusieron rígidas a sus amigas. María apareció con una caja de pizza familiar en las manos:
—¿Tenéis hambre?
Las chicas se miraron como si aquello fuera un examen oral.
—¿Tanto habéis cotorreado que se os ha dormido la lengua? —bromeó María.
—No, si no hemos parado de estudiar —se dio prisa en aclarar Frida—. Lucía es ya una experta en mates.
—Te lo agradezco, Profesora —respondió María guiñándole un ojo.
—Sí, creo que esto te lo puedes quitar. Ya se te han subido bastante los humos… —dijo Lucía despegándole a Frida la etiqueta de la camiseta. Después, a Bea.
—Bueno, qué, ¿cenamos o estáis de ayuno? —insistió María doblando los brazos que sostenían la pizza.
Las chicas se pusieron de pie y siguieron a la madre de Lucía hacia el comedor, donde ya estaba la mesa preparada para las cuatro. Solo estaban ellas, porque esa noche, como cada dos sábados al mes, José María tenía que trabajar en el restaurante. Mientras abría la caja de la pizza, la madre de Lucía anunció:
—La he pedido sin cortar para que podáis calcular el ángulo de las porciones.
—Muy graciosa mamá —le regañó Lucía.
—A ver si es que yo no puedo gastar bromas —se quejó la madre.
—Mientras no me avergüences…
Lucía cayó en que su madre estaba de tan buen humor gracias al notable de ciencias naturales que había sacado. Se dio palmaditas en la espalda mentalmente.
Frida y Bea se reían divertidas. Pasaron el resto de la velada entre las bromas que la madre de Lucía soltaba y las regañinas que Lucía le dedicaba. Su imagen de ogra parecía formar parte del pasado.