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Marisa había ganado. Frida iba a tener que pasarse las siguientes tres semanas con la pierna tiesa y no podría bailar para el concurso. Evidentemente, ya no daba tiempo a que otra candidata la sustituyera, y tampoco eso era una opción porque sin ella no valía la pena participar. NO, ya no podrían ver a Marta en Semana Santa...

Ese día, su padre había ido a buscarla a la escuela para que se quedara a dormir en su casa. En el coche también iban Lorena y Aitana, que todavía llevaba las mejillas pintadas de gato porque se había celebrado una fiesta de cumpleaños en su clase. Lucía se pasó el trayecto en el coche callada y la niña debió de verle la cara, porque no hizo ni el intento de jugar con ella.

Se había quedado con las ganas de ventilar la noticia de que Marisa era la culpable. Las chicas habían decidido no contárselo a la profesora. No tenían bastantes pruebas y, conociéndola, la Urraca hubiera dado la vuelta a la tortilla y las hubiera acabado acusando a ellas de vengativas o mala gente: ¡cómo se atrevían a culpar a una compañera de lo que en realidad era un trágico accidente! Como si lo viera...

Al llegar a casa, Lucía anunció que no tenía ganas de merendar y se fue directa a su habitación. Estuvo un rato intentando hacer deberes de inglés y al final decidió ponerse con los de plástica, que por lo menos le gustaban. Tenía que entregar un ejercicio de dibujo técnico al día siguiente. Cuando fue a coger la escuadra de su mochila se dio cuenta de que no estaba. Insultó su memoria de mosquito mientras vaciaba la mochila encima de la cama. Sacó hasta el último trozo de goma de borrar, pero ahí no había ninguna escuadra...

imagen —gritó.

Salió de su cuarto y le preguntó a su padre dónde podía encontrar una escuadra. Él le dijo que subiera al trastero, en la buhardilla de la casa.

—¿Seguro? —le preguntó incrédula.

Lorena nunca le había dejado trastear por la casa. Menos aún allí, donde guardaban tantas cosas privadas.

—Quizá te cueste un poco encontrarla... —le advirtió él guiñándole un ojo.

No le importó. La idea de explorar una zona prohibida le levantó el ánimo. Tiró de la cadena para que bajara la trampilla y aparecieron las escaleras. Subió los escalones y encendió la única bombilla que había ahí colgada. Al iluminarse y ver aquel cuarto escondido, con todas las cajas apiñadas aquí y allá, el estómago comenzó a burbujear... ¡cuántas cosas!

Apartó un par de cajas y distinguió una con el cartel: imagen Decidió que guardaría cosas importantes y que empezar por ahí sería una buena idea. Cogió una manta de una estantería y la colocó en el suelo para evitar el polvo. En la caja habían discos de vinilo de grupos antiguos: Led Zeppelin, Guns n’Roses, Pixies... La apartó y abrió la que estaba al lado: ropa, libros destartalados, sombreros raros… La siguiente estaba llena de fotos. ¡Mucho mejor! Todas ellas tenían el color gastado. Reconoció a su padre en varias con unas pintas que era para verlo...

—¡Madre mía, qué pelos! —se le escapó al ver a David con una melena más larga que la suya.

Lucía se quedó patidifusa viendo a su padre vestido con un jersey a rayas tres tallas más grande que casi le tapaba las manos y unos tejanos rotos. En sus manos, una guitarra. Y frente a él, un micrófono. Estaba a punto de gritar que eso era imposible…

 

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—¿Qué?, ¿has encontrado lo que buscabas?

La voz de su padre le hizo pegar un bote. ¡Por poco le provoca un infarto! Tan concentrada estaba que no le había oído subir las escaleras. Le explicó que, sin querer, buscando la escuadra, se había encontrado con esas fotos… No quería que le echara la bronca por ser cotilla. Pero a David no pareció importarle:

—¿Tenías un grupo de música?

—Sí, los Monkey Islands. Era un videojuego que nos gustaba mucho a todos.

Lucía apretó la boca para que no se le escapara lo cutre que le parecía el nombre.

—No sabía que tocabas la guitarra…

Su padre se fue a una esquina del trastero y apartó varias cajas. Volvió hacia Lucía con una funda a cuadros blancos y negros de lo que parecía una guitarra española.

—¿Todavía te acuerdas de cómo tocarla? —le preguntó desconfiada.

No quería que su padre se pusiese a desafinar ahora y tener que decirle que parara porque le hacían daño los oídos...

—Supongo que sí... —respondió él.

—Entonces, tócame algo. Haré de fan.

Su padre gruñó un poco, pero acabó sentándose encima de unas cajas con la guitarra apoyada en una pierna. Se la puso a un lado, luego al otro, como si no encontrara la posición… Después se tiró un rato girando las clavijas para afinarla.

—Ejem, me espera un trabajo de plástica… —protestó Lucía.

—Ya voy, impaciente.

Sonaron las primeras notas y... ¡sorpresa! Lo que tocaba sonaba muy bien. Lucía se quedó escuchando callada toda la canción.

imagen —soltó dando palmaditas cuando acabó.

—¡Por fin, una sonrisa! —exclamó su padre entonces—. ¿Me vas a contar qué te pasa?

—Es por Frida —respondió ella al fin.

Lucía le contó lo que le había pasado, pero no que Marisa fuera la culpable. Le aclaró que ya no podrían presentarse al concurso de Bravo porque ese domingo era la grabación y ya no había tiempo de nada. El plazo de entrega acababa el 7 de marzo y quedaba menos de una semana.

—Cuanto más grande es el obstáculo, mayor la gloria de haberlo superado —le dijo David.

—Ya estamos con tus frasecitas… ¿Qué quieres decir?

Su padre se rió ampliamente.

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David se puso de pie dispuesto a dejarla ya sola.

—No sé cómo... —dijo—. ¿Me enseñas un poco? —le preguntó entonces señalando la guitarra.

Su padre aceptó entusiasmado. Le entregó la guitarra y se la colocó sobre la pierna. Después comenzó a darle indicaciones.

—Con esta mano controlas los trastes y con esta las cuerdas —le explicaba paciente.

Lucía intentaba colocar bien las manos, pero no era nada fácil, más bien incómodo. Su padre le fue apretando los dedos sobre los trastes y después le pedía que acariciara las cuerdas con la mano derecha... Poco a poco empezó a sonar música de verdad. Casi sin darse cuenta, comenzó a seguir con la cabeza el ritmo. Era imposible no hacerlo.

De pronto... una idea fue tomando forma en la imaginación de Lucía. Daba la sensación de que la estuviera observando a través de un microscopio como los del laboratorio, porque cada vez lo veía con más claridad: ¿y si Frida aparecía en el vídeo del concurso sentada en un taburete en plan sexy haciendo que tocaba esa guitarra? Incluso podía hacer como que entonaba la canción de Justin, mientras las demás la bailaban a su alrededor en plan coro... Así ella participaría del baile sin necesidad de levantarse. Lucía dejó de tocar.

—Creo que tengo la solución —le dijo con una gran sonrisa a su padre.