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El grupo de baile encajaba perfectamente. Lucía estaba como si se hubiera quitado un gran peso de encima, como si se deshiciera de una de esas mochilas que tenía que llevar a las excursiones y que, saco de dormir incluido, pesaban toneladas.

Parecía que se habían encontrado en el momento oportuno. Raquel se había pasado la vida jugando a vóley y estudiando, así que casi no tenía amigas. Ni en la clase B, que era a la que iba, ni en ninguna otra. Y como Susana se había trasladado a mitad de evaluación, tampoco había tenido mucho tiempo de conocer a la gente. Ahora, las tenían a ellas y, en poco tiempo, se habían acostumbrado a compartir mucho: el olivo en los recreos, la mesa en el comedor... Y el baile, claro. El baile estaba siempre en sus cabezas.

Habían pasado dos semanas justas desde que hicieran esa primera sesión en la buhardilla y, desde entonces, siempre que podían, buscaban un rato para ensayar el trozo nuevo de la coreografía. La profe Maite era maja y les prestaba el gimnasio cuando estaba libre, que solía ser al menos un par de días por semana. Primero de la ESO era exigente y tenían exámenes todas las semanas, lo que significaba que no existían los sábados para ensayar, solo para estudiar. Además, gran parte de los domingos Frida y Raquel tenían partido…

Lucía se estaba retrasando un poco con el montaje de la córeo por estudiar demasiado. Pero si quería salvarse del imagen no tenía más remedio que hincar los codos. Así que intentaba ponerse la canción de «All I Want is You» una y otra vez mientras estudiaba, para ver si a la vez le venía la inspiración. No había pensado que las personas con las que convivía podían no ser tan fans de Justin como ella…

Ese sábado por la tarde, su madre acabó por rebelarse. Según parecía, las paredes de su casa no eran lo que se dice... gruesas. Una de las trescientas veces que Lucía dio al «Play» en su equipo de música, su madre acabó abriéndole la puerta:

—¿Qué? —le preguntó Lucía molesta.

—Que no estás sola y me vas a volver loca. Además, ¿no tienes que estudiar?

—¿Qué te crees que estoy haciendo? —le señaló el libro abierto Lucía.

—Sí, seguro que así estudias mucho… Diez minutos y la apagas.

Su madre se dio la vuelta y salió de allí. No tardaron en empezar a sonar sus gritos a través de las paredes… ¡por encima de la música! Había llamado a su padre…

Como no tenía ganas de discutir, escribió a las chicas a través del grupo que se habían creado en el WhatsApp por si querían quedar en un rato. Lo habían titulado «Grupo Ganador», y tenían puesta una foto de Justin Bieber con su gorra. Todas se mostraron predispuestas a verse. Vale que tuvieran exámenes y que no pudieran ensayar, pero sí podían hacer un hueco para despejar la mente.

Lucía se animó a estrenar al fin los tacones que le regaló Lorena por Navidad. Salió con unas bailarinas y se los puso en el portal de su casa, para que su madre no se alborotara más todavía. En cuanto los vieron, las chicas se deshicieron en halagos comentando lo bien que le quedaban. ¡Por lo menos, ya no era la más bajita! Así estaban algo más equilibradas… Hizo una foto de grupo y se la mandó a Marta, para que también lo viera.

«¡Chachi! imagen», respondió ella.

Primero pasaron por la plazoleta de detrás del cole, para ver si paraba por los bancos alguien interesante de su clase. Lucía pensaba en Eric, para qué engañarse... Pero ese día, tal como esperaba, no había nadie, porque Eric seguía enfermo con la enfermedad esa del beso. Así que se fueron directas al cine a ver la última de Maxi Iglesias.

imagen Estaban haciendo cola en las taquillas cuando, mucho más adelante, distinguieron a Marisa con sus Pitiminís comprando sus entradas. Lucía se paró en seco.

—Socorro. Que no me vea…

—Yo te cubro —se ofreció Raquel poniéndose delante de ella. Era lo suficientemente alta como para taparla entera.

—No va sola —anunció Susana.

—Qué pendón —dijo Bea.

Ahora Marisa se adentraba ya en el cine con sus entradas en la mano. La acompañaban unos chicos que a Lucía no le sonaban de nada.

—Por favor, que se metan en otra sala, por favor… —suplicaba.

Sus plegarias fueron escuchadas y Marisa se metió en una sala donde daban una peli americana. Lucía se frotó la frente con la mano en señal de alivio y pasó el resto de la cola hasta la taquilla mucho más tranquila.

imagenLa peli y las abdominales del protagonista la distrajeron de todos los follones. Pero, cuando acabó y llegó el momento de salir de la sala, puso a todas alerta: había que evitar a toda costa encontrarse con Marisa y su séquito. No tenía ganas de enfrentarse a ella en ese momento. Así que se pusieron manos a la obra: esperaron a que el cine se vaciara por completo, los créditos habían acabado hacía rato, y Frida fue a hacer guardia a la puerta. Se asomó y miró a un lado y a otro con el brazo levantado. Al final lo bajó para dar la señal de paso: tenían vía libre.

Lucía salió de la sala acompañada de las demás y, justo cuando pasaban por delante de los lavabos, oyó la voz que más detestaba del planeta:

—Puedes esconderte todo lo que quieras. Al final tendremos que vernos las caras igual —le dijo Marisa.

Las otras la siguieron obedientes cuando pasó por delante de ella con su andar provocativo.

—Yo no tengo que esconderme de nadie —respondió Lucía consciente de que eso era precisamente lo que había hecho—. Como si te tuviera miedo…

—Quizá deberías… —Marisa soltó una carcajada y siguió avanzando hacia la puerta de la calle.

Allí la esperaban los mismos chicos de antes. Juntos se alejaron del cine sin mirar atrás.

De camino al burguer, dedicaron toda clase de insultos a su archienemiga, lo que la hizo sentir mejor. Para cuando se sentó frente a su hamburguesa con queso y un cubo de refresco, ya se había olvidado de Marisa y de sus maldades. No iba a dejar que le estropeara su tarde libre.

imagen—Lo mejor de la peli, los ojos de Maxi Iglesias, tía —soltó Raquel con la pajita entre los dientes.

Dijo que se parecían al color del mar del Caribe, porque era igual de transparente. Después, se puso a explicar por qué el agua era verde o azul. Raquel tenía esa manía debido a la cantidad de tele que se tragaba: le encantaban los programas de Callejeros Viajeros y los documentales del Discovery. El día que Lucía lo descubrió fue en el comedor del colegio. Les pusieron paella de primer plato y, con una gamba enana pinchada en el tenedor, Raquel explicó que estas nacían siendo machos y que luego cambiaban de sexo solas, por arte de magia. Todas se la quedaron mirando como si estuviera chiflada y ella solo dijo:

—Supongo que por eso no tengo muchas amigas.

Se acabaron riendo juntas. Desde entonces, cuando ella explicaba algo didáctico, las demás respondían con alguna pregunta para picarla. Por eso Frida, sentada justo delante de ella en el burguer, le preguntó:

—Nena, ¿quieres ser exploradora?

—No lo sé, quizá, ¿por...?

—Pues empieza explorando esto —respondió Frida estampándole media hamburguesa en los morros.

Raquel empezó a reír y se atragantó, y casi escupió parte de su Coca-Cola sobre Frida, pero se contuvo.

—A mí, mientras haya amor, cualquier peli me gusta... —confesó Bea de pronto.

—¡Qué fifí eres! —se burló Frida.

—Y tú una marimacho, no te fastidia...

Frida se quejó de que a ella no le gustaban solo las películas de acción como a los chicos, también le encantaban las policíacas:

—Te pasas la película buscando pistas.

—Y si luego aciertas con el malo te sientes súper lista —le dio la razón Susana.

¡Sastamente!

—Casi siempre son de lo más previsibles… —les llevó la contraria Bea.

Frida arremetió contra Bea otra vez, diciéndole que qué sabría ella, si solo veía sensiblerías tontas. Al final, Lucía intervino:

—¿Voy a tener que hablar de Tienes un e-mail? —le preguntó.

Clavó los ojos en ella, para que pensara bien su respuesta. Se hizo el silencio durante unos segundos.

—Cuenta, cuenta —lo rompió Bea excitada.

Frida entrecerró los ojos y cabeceó para quitarle importancia a lo que estaba a punto de contar.

—Esa película es un clásico, me da igual lo que digáis.

—¡Por favor… es la cosa más ñoña que se ha hecho nunca! —se quejó Lucía.

Raquel y Susana se mantuvieron un poco al margen de aquella discusión.

—No lo es tanto —se justificó Frida—. Tom Hanks tiene mucha gracia, y la librería de Meg Ryan es una pasada… ¡Hasta yo viviría en ella!

Frida se entretuvo explicando que había visto esa película por primera vez con su madre hacía varios años. Era la única comedia romántica que le gustaba, tampoco era para tanto… No era como Bea, que SOLO veía eso.

—No hay más que ver los calcetines que llevas hoy. ¿Es que quieres dejarnos ciegas? —la chinchó.

—Que te den, Frida. Cada una escoge sus complementos.

—A mí el rosa chicle me parece un color valiente —dijo entonces Susana.

—Gracias, a mí me gustan tus anillos —respondió Bea señalando los tres anillos de plata que Susana llevaba en las manos.

—Sí, ¿quién te los regaló? —le preguntó Lucía que estaba sentada justo enfrente y llevaba un rato fijándose en ellos.

Resultó que cada uno tenía su historia: el de los tres aros unidos se lo había regalado su madre por su décimo cumpleaños; el de la piedra negra se lo había comprado ella en un mercadillo con su primera paga y el otro, que tenía forma de mariposa, se lo había encontrado en el metro, lo había limpiado y se lo había quedado.

De pronto, un chico alto y mayor que ellas se acercó a la mesa paralizando toda conversación. Llevaba pantalones y chupa de cuero. Las chicas se miraron extrañadas, hasta que se dieron cuenta de que Bea lo conocía:

—¿Qué tal, Diego?

Era un amigo de Marcos y le preguntó a Bea por él. Hacía días que no le veía el pelo porque se pasaba la vida estudiando y jugando al baloncesto. Bea prometió recordarle a su hermano que le llamara y Diego se marchó por donde había venido.

Lucía miró a Frida, que estaba callada y con las mejillas igual de incendiadas que si hubiera sido el propio Marcos quien se había acercado a ellas.

—¿Qué pasa con Marcos? —le preguntó Lucía de pronto.

—¿Qué pasa? —Se dedicó a sorber refresco de su pajita evitando mirarla—. Que está estudiando, ¿no?

—No te hagas la tonta, anda. Algo tienes que hacer si tanto te gusta... —se quejó Lucía.

Pero Frida estaba convencida de que Marcos jamás se fijaría en ella porque la veía como a una niña pequeña.

—Eso es porque eres amiga de su hermana pequeña —la corrigió Susana señalando a Bea, quien asintió dándole la razón.

Lo que tenía que hacer Frida era hablar con él un día para demostrarle que era toda una mujer.

—¡Pero si me quedo más callada que un trozo de madera cuando está delante!

—Eso también tiene solución…

Susana explicó el plan que ella había puesto en práctica más de una vez. Entre todas podían pensar en unas cuantas frases que Frida tendría que memorizar. Cada una sobre un tema. Tampoco hacían falta muchas, diez más o menos. Así, la siguiente vez que Frida lo tuviera delante se las podría ir soltando dando pie a una conversación en toda regla. Susana estaba segura de que en cuanto él descubriera todo lo que tenían en común, dejaría de considerarla la amiga de su hermanita y todo iría como la seda.

—¿Tú crees que funcionará? —le preguntó Frida.

—No lo creo, lo sé.

Susana siempre parecía tan segura de sí misma que conseguiría convencer a un caracol de llevar paraguas.

—¡Hora del helado! —exclamó Frida de pronto.

Todas se pusieron en pie obedientes y salieron del burguer con Frida como guía. Iban a una heladería que estaba unas pocas calles más abajo y que hacía el helado de yogur más rico de toda Barcelona.

De camino, comenzaron a surgir ideas para el plan que cambiaría la imagen de Frida ante Marcos. Juntas lo conseguirían:

—Puedes hablarle del último partido del Barça —dijo Raquel.

—Pero no de las piernas de Piqué —resolvió Lucía.

Todas se rieron antes de seguir pensando más temas potencialmente interesantes.

 

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