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Desde la barra donde se servían los platos, con la bandeja en las manos, Lucía se volvió para ver si Eric estaba en el comedor. Con un poco de suerte habría acabado ya, pues seguía con su plan de evitarlo a toda costa hasta que su cara no volviera a resplandecer... Se puso de puntillas y barrió con los ojos la sala, así distinguiría mejor su melena rubia entre todas aquellas cabezas que no paraban de moverse. «Porfa, porfa...», decía para sí.

Frida, y también Bea, la ayudaban a mantener la guardia por si aparecía por sorpresa y debía pensar rápido una maniobra de emergencia para salir de allí por patas.

—¡A las tres! —anunció Frida de pronto utilizando la técnica del reloj.

imagen —se le escapó a Lucía. Y tuvo que morderse la lengua para no gritar.

Efectivamente, ahí estaba Eric imagen comiendo y charlando con sus amigos, de espaldas a ella. Pero su mesa estaba en la otra punta y, si lo hacían bien, no tenía por qué verla... Las tres amigas se dirigieron a su sitio cargadas con sus bandejas, y alternaban sus ojos entre él y el suelo, para no estamparse. Eric no se percató absolutamente de nada.

—Ufff —respiró al fin cuando llegaron sanas y salvas a su mesa.

Lucía, por si acaso, se sentó de espaldas a Eric. Sin embargo, le esperaba un nuevo problema: las lentejas.

—¡Qué asco! ¡Pero si tienen hasta raíces! —soltó removiendo la cuchara en el plato lleno hasta el borde—. Seguro que Marta come mejor en su nueva escuela.

Lucía sacó el móvil y le hizo una foto al plato para enviárselo a su amiga en un sms, poniendo: «¿A ellas también las echas de menos?».

—Calla, calla, que me vas a hacer vomitar —respondió Bea poniéndose de repente amarilla.

—Pues asómate a la ventana y tíralo sin que te vean —sugirió Frida señalando la ventana que les quedaba unos cuantos metros más adelante; tampoco serían las primeras en hacerlo...

Las ventanas del comedor, situado a ras del patio, daban a unas macetas que eran ideales para guardar las sobras que nadie quería comer. Sin embargo, más de una vez, los profes vigilantes habían pillado a los alumnos haciéndolo, y cuando eso pasaba les obligaban a limpiar el estropicio con servilletas de papel. A veces, también a comer durante días en las mesas que pertenecían a los de preescolar, bien a la vista y lo más incómodos posible... y también ridículos. Así que Lucía sabía de sobra que debían andarse con cuidado y solo recurrir a tal posibilidad en circunstancias de lo más extremas. Las lentejas con raíces, efectivamente, podían contar como una de esas circunstancias.

—Deseadme suerte, chicas. No pienso comerme este mejunje. —Lucía miró a un lado y a otro en plan espía, y se puso de pie.

 

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Se fijó en que ese día vigilaba el comedor la Pío-pío, una profesora de los de bachillerato que andaba encogida y su voz sonaba como la de un pajarito lastimado. Tenía fama de no ser estricta con las normas, así que no le pasaría nada. En ese momento estaba charlando con una de las cocineras justo al otro lado de la sala: podía coger su plato e ir hacia la ventana.

—Haz guardia —le ordenó a Frida por si acaso.

Lucía atravesó las hileras de mesas y corrió hacia la ventana de la esquina. Estaba acabando de tirar las lentejas del plato en un movimiento rápido y casi imperceptible cuando, por encima del constante murmullo, oyó gritar una voz que le era muy familiar. Demasiado familiar: Marisa llamaba a la profesora como si se hubiera vuelto loca de remate, desde su sitio. Se hizo el silencio en todo el comedor, y Lucía oyó con total claridad lo que Marisa le decía a Pío-pío:

 

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En aquel momento las cabezas de todos los alumnos de todos los cursos de la ESO se dirigieron a ella. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! Se quedó petrificada, justo delante de la ventana, con el plato de lentejas vacío en las manos... Vio a Eric que la observaba como aguantando la risa y comentaba algo con sus amigos, todos divertidísimos. Ya no había nada que hacer, su vida había acabado: no solo la habían pillado con las manos en la masa, sino que Marisa la había humillado delante de la última persona que tenía que verla así.

La profesora se le acercó y le pidió que la acompañara a coger otro plato de lentejas y a sentarse en la parte de preescolar... Por lo menos, no le hizo limpiar el estropicio. Pero le dejó bien clarito que hasta que no se acabara toda la comida no podría marcharse. Mientras Lucía tomaba asiento en una de esas minúsculas sillas y veía cómo chicas y chicos pasaban por su lado riéndose sin disimulo, se convenció de que ese primer día después de vacaciones no podía ir peor.

—Piensa en los niños de África, que no tienen nada que llevarse a la boca —le aconsejó Pío-pío.

Qué equivocada estaba ella, que creía que esa profe era de las buenas... ¡una mosquita muerta! Eso es lo que era...

Lucía cogió aire y comenzó a llenar la cuchara con esas horribles raíces flotantes... De lejos vio cómo Eric dejaba su bandeja sin reparar en ella. Cualquier posibilidad de salir con él acababa de quedar sepultada debajo de todas las lentejas que había tirado. Se sentía finiquitada. Sus amigas le dieron ánimos en la distancia. Frida puso las manos en forma de ruego para disculparse, pero ella no tenía la culpa, todo había sido demasiado rápido. La única que la había delatado era Marisa, pero Lucía esperaba vengarse de ella algún día, no muy lejano a poder ser...

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