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El domingo por la mañana fue de locura.

Frida y Lucía llegaron juntas y, al llamar al timbre de Bea, Marcos apareció en la puerta con su cara burlona. Lucía notó cómo su amiga le clavaba los dedos en el brazo.

—¿Cómo vas a bailar con el pie vendado? —le preguntó él.

—Sentada —respondió ella casi como un robot.

Marcos soltó una risa y se ofreció a ayudarla a subir a la buhardilla.

—Mi hermana ya está arriba con las otras —anunció.

Después cogió el brazo de Frida y lo apoyó en el suyo mientras ella saltaba a la pata coja escalón tras escalón. Lucía los seguía y se fijó en la boca apretada de su amiga. Confió en que encontrara el momento de poner en marcha su plan de frases memorizadas. Por el momento, se mantuvo tan muda como siempre.

Al ver la buhardilla todas chillaron emocionadas por lo bien que había quedado. Bea se había pasado la noche decorándola con CD colgando del techo. Además de despejar mejor la pista de baile, había incorporado el taburete sobre el que Frida haría su papel. Era uno alto, como de bar.

 

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Mientras Marcos examinaba la cámara que Frida había llevado, Lucía las maquilló a todas un poco para que aparecieran estupendas. Como le temblaba el pulso por los nervios, tuvo que retocar algún que otro ojo… Acabaron de ultimar sus looks con un pañuelo por aquí, unos pendientes por allí... Suerte que ya lo llevaban preparado.

Cuando creyeron que todo estaba a punto, Bea avisó a su hermano para que se pusiera en plan director:

—¡Todas a sus puestos! —gritó Marcos ya con la cámara en la mano.

Frida tenía su guitarra y las demás ya estaban colocadas en su sitio. Lucía notaba como le temblaba todo… Pensaba en que si a ella le daba vergüenza bailar delante de Marcos, no quería ni imaginar como estaba Frida. La miró y vio como su pierna buena temblaba a gran velocidad.

—¡Grabando! —gritó Marcos.

Inmediatamente, se encendió la luz roja de la cámara. A continuación, Marcos pulsó «Play» en el equipo de música.

Con las primeras notas de la guitarra de «All I Want is You», Frida empezó a balancearse sobre el taburete. Después comenzó el baile.

—¡Corten! —las interrumpió Marcos.

¿Qué narices estaba haciendo? ¿Por qué cortaba la grabación tan pronto? Las chicas se miraban sin comprender. Pero Marcos les explicó que era mejor que él empezara colocándose en la otra esquina de la buhardilla, al lado de Frida, para captar el inicio bien. Lucía percibió cómo Frida se estiraba en su sitio y hacía que miraba a otro lado para disimular los coloretes que acababan de salirle a pesar del maquillaje.

Volvieron todas a sus puestos y la grabación comenzó de nuevo. Los pasos fueron saliendo solos mientras Frida vocalizaba algo parecido a la letra de Justin. Todas se coordinaban bien, sueltas y sin titubeos. Y Marcos se movía por la sala de un lado a otro con la cámara en la mano. Se acercaba a una, se alejaba de otra, volvía adelante, atrás… Parecía que siguiera la canción también.

En el momento en el que el volumen empezó a disminuir para indicar el final, las chicas fueron poniéndose alrededor de Frida. Acabaron agachadas, dejándole todo el protagonismo a ella, que cantó las últimas notas en silencio sin dejar de mirar a cámara, o, lo que era lo mismo, a Marcos. ¡Urra por Frida!

Estaban todas recuperando el aliento cuando sonaron los primeros aplausos: Marcos asentía con la cabeza, bastante satisfecho.

—Vais a ser las próximas Selena Gómez —se rió.

—¡Ya puedes irte! ¡Gracias por tu colaboración! —le gritó Bea quitándole la cámara.

Entonces, Frida habló dejándolas a todas pasmadas:

—Sí, espero que la grabación esté a nuestra altura...

Lucía no se lo podía creer... ¡Al fin, Frida iba a llevar a cabo su plan! Sabía de sobra que por dentro estaba como un flan desnatado, pero ya le estaba preguntando a Marcos si le había gustado el baile. Él no dijo que no.

—Eres una comodona, ahí en el taburete… —bromeaba él.

—Bueno, es que la venda me pone difícil lo de dar piruetas —le seguía ella.

Las demás se dedicaron a recoger la decoración y los trastos que habían dejado tirados por la buhardilla mientras, de fondo, escuchaban las voces de Marcos y Frida: ella se hacía la interesante diciendo que la culpa de su esguince la tenía una jugadora de vóley un poco violenta y él le preguntaba por sus logros deportivos... Hasta que Marcos, haciendo gala de su caballerosidad, se ofreció para ir a buscarle una silla para que descansara. Frida aprovechó su ausencia para sonreír abiertamente a Lucía y a las demás. ¡Cuando volvió, casi las pilla levantando el puño al aire en plan triunfal!

Marcos la ayudó a sentarse dándole la mano y ella se puso colorada como cuando le daba el sol en verano y se le había olvidado ponerse el protector. Pero entonces su madre llamó a Marcos desde el piso de abajo para que cogiera el teléfono, rompiendo el hechizo de los dos tortolitos en un pispás.

—Nos vemos pronto —se despidió Marcos de Frida, que asintió otra vez muda.

El hermano mayor de Bea dedicó un «adiós» de refilón a las demás, como si fueran borrones en una pared. En cuanto hubo desaparecido escaleras abajo, todas saltaron encima de Frida para felicitarla.

—Estaba a punto de morirme... —confesó ella.

Incluso Bea, que era la hermana del afectado, le dio la enhorabuena. Nunca había visto a su hermano tan amable con nadie. ¡Era un milagro! Cogieron la cámara y reprodujeron en la minipantalla el baile para ver cómo había quedado. Todavía podían volver a repetirlo si hacía falta…

—¡Parecemos profesionales! —soltó Bea contentísima.

Los chillidos de todas significaba que no hacía falta repetir nada. Había quedado perfecto. Lucía les recordó que esa misma noche había que subir el vídeo a la web del concurso. ¡El plazo terminaba en solo dos días!