—¡¡¡Habrase visto!!! Ahora también me mientes… No me esperaba esto de ti… —soltó María, la madre de Lucía.
—No te he mentido, solo no te lo he contado. ¡Y yo no tengo la culpa de que me regalen unos zapatos de tacón! —protestaba ella.
El día de Reyes, al final, había optado por llevárselos y los había escondido muy bien. Sin embargo, parecía que en una de las conversaciones que su madre y su padre compartían de vez en cuando, él, con sus pocas luces, había tenido la gran idea de preguntarle si le habían gustado y ella los encontró enseguida. Desde luego, la reacción de su madre había sobrepasado las expectativas de Lucía, pero todo tenía su explicación...
En diciembre los padres habían recibido, muy puntuales, las notas de la primera evaluación y las suyas no habían sido demasiado buenas. Su madre era la que más caña le metía a ese respecto, por lo que su regalo de Navidad había sido cuando menos «simbólico» como resultado. Descubrir que su padre no había tenido en cuenta ese detalle antes de inundarla a «pinturas, diarios y maquinitas», como había dicho ella, no le había sentado nada bien.
—Como si con las notas no hubiese bastante sorpresa… —volvía al ataque María alzando los zapatos en el aire como si fueran la prueba de un grave delito.
—Pero mamá, los zapatos no tienen nada que ver con mis notas...
—Eso lo veremos. Si no, vamos a tener que buscarte un buen profesor particular quieras o no —anunció su madre antes de salir escopeteada de la habitación.
¿¿¿PROFESOR PARTICULAR??? ¿Había oído bien Lucía? «¡Eso es para los tontos!», estuvo a punto de soltar. En su clase los únicos que tenían uno eran los que no aprobaban ni una, y a ella tampoco le habían quedado tantas… Lo que le pasaba era que su vocación no tenía nada que ver con las matemáticas ni las sociales, ella tenía alma de artista, pero si empezaba a ir a su casa un profe todas las semanas, lo que tendría sería alma de fracasada. No quería ni imaginar lo que haría Marisa cuando se enterara…
De pronto oyó un tono de aviso que salía del ordenador y al acercarse vio que Marta había escrito a las tres a través del grupo de chat de Tuenti. Solo ponía «CÓDIGO ROJO». Su mano voló en el teclado para preguntarle qué le sucedía. Frida y Bea tardaron dos segundos.
«Soy la Newcomer.»
«??????», escribió Lucía.
«Ké s eso?», preguntó Bea.
«», añadió Frida.
«Nueva», explicó Marta.
Eso le recordó a Lucía un verano que se había ido con su madre a una urbanización de la sierra y, como no conocía a nadie, se había pasado el mes de agosto sola y aburrida. Al volver, le había hecho jurar a su madre con Biblia y todo que nunca más la llevaría allí si quería que siguiera siendo su hija. Sentirse la nueva no era nada bueno.
«asdjlk879dsa», les insultó Frida.
«Opino = …», escribió Bea.
«S van a nterar d lo ke vale 1 peine cndo vayamos», soltó Lucía.
«¿Cm van los prparativos dl concurso? Ncesito ke
ganéis…», confesó Marta con tres caritas tristes.
Lucía cayó en la cuenta de que Marta no tenía ni idea de la última novedad sobre el concurso, así que se la contó con la ayuda de las otras… Además, pensó que la historia la distraería de sus problemas. Después de las clases había estado con Frida y Bea colgando carteles de colores bien vistosos por la escuela. Fue ella quien propuso utilizar láminas de color amarillo, azul, violeta y naranja para que llamaran bien la atención en los aburridos tablones.
—A eso se le llama marketing, chicas —les explicó orgullosa.
Bea se había encargado de imprimir en su casa montones de copias del anuncio y, grapadora en mano, se habían dedicado a empapelar los lugares más concurridos del colegio: el gimnasio, la recepción, el aula de informática, los aseos... Pero en su aventura por los pasillos se cruzaron de pronto con la decepcionante presencia de Marisa y las Pitiminís.
—¿Qué tramáis con tanto papelito? —les preguntó Marisa arrancándole a Bea un cartel azul de sus manos.
Frida por poco salta encima de ella cual gato salvaje, pero entonces intervino Lucía:
—¿A ti qué te importa?
—Tienes razón, no me interesa, pardilla —quiso picarla Marisa.
Las dos chicas que la acompañaban comenzaron a reírse como hienas. A pesar de que cada una tenía una cara y un pelo distintos, a Lucía le parecían gemelas con toda esa pintura en la cara y el uniforme maqueado.
—Bueno, ¿quieres algo más o vas a seguir perdiendo tu tiempo y el nuestro? —le preguntó Frida impaciente al ver que no se marchaban.
Entonces Marisa puso una cara que a Lucía le dejó los pelos de punta.
—Solo aconsejaros que no os presentéis si no queréis hacer el ridículo compitiendo con nosotras —anunció Marisa.
Las demás asintieron a su espalda como para reafirmarse.
La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre Lucía, pero se esforzó en disimular lo mejor que pudo.
—Eso, eso es lo que tú te crees —consiguió decir sin apenas titubear. Apenas.
—Además, nosotras contamos con una coreógrafa experta, así que preparaos para perder —la respaldó Frida.
—Eso lo veremos —respondió Marisa desafiante.
Después pasó de largo y continuó avanzando por el pasillo como si estuviera en una pasarela de moda; las otras dos la siguieron manteniéndose siempre unos pasos por detrás de ella, como en señal de respeto a su líder. Lucía vio ya de lejos cómo Marisa arrugaba el cartel para hacer una bola, tirarla al suelo, pisarla y luego repisarla con recochineo. Como si no lo hubiera estropeado ya bastante.
«Tnías ke vrnos l kra…», le explicaba Lucía a Marta.
La verdad era que la noticia las había dejado hechas polvo el resto del día. No eran tontas: lo iban a tener más chungo de lo que creían.
«Ls APLASTARMS», remató Lucía para no preocupar más a su amiga. Ganar el concurso ya no era solo una opción. Era una necesidad.
—¡Lucíaaaaaa! —resonó la voz de su madre a través de la puerta maciza.
«Ogra m rclama. Mñna hablams», se despidió Lucía de sus amigas. Marta tenía que saber que la distancia que las separaba no significaba nada más que unos cuantos cuadraditos en un mapa. Ellas estarían ahí al día siguiente, y al otro también, y al otro…
Lucía temía llegar a la mesa y que su madre continuara con el sermón que había iniciado esa tarde. ¡Qué cansina era! Pero al llegar al comedor, José María, ya sentado, la miró con ojillos cariñosos por detrás de sus gafas de culo de vaso y le dijo:
—Tranquila, ya se le ha pasado.
José María le caía bastante bien. Era un hombre muy parsimonioso que no levantaba nunca la voz, todo lo contrario de su madre, quizá por eso se llevaban tan bien: ella gritaba y él se callaba. Lucía se preguntó de dónde habría sacado su madre ese mal genio, pues la abuela Agustina era una alegría. Solo en su presencia controlaba su madre los gritos, por eso se entusiasmaba tanto Lucía cada vez que iba a visitarlos.
Se sentó frente a su plato más calmada y dio las gracias a José María por echarle un cable: durante la cena no volvió a surgir el tema de los zapatos de tacón, ni, sobre todo, el del PROFESOR PARTICULAR.
Esa noche, a pesar de haberse puesto morada a natillas del restaurante de José María, Lucía se fue a la cama sin deshacerse de un regusto amargo: el que le había dejado saber que Marta no lo estaba pasando bien. ¡Necesitaban apoyarla como fuera! Si pudieran ganar el concurso y verla en unos días… Se durmió pensando en algunos pasos que podrían utilizar en el baile para conseguir la victoria y poder estar con su amiga pronto.
De: Marta (lapoetisamarta@hotmail.com)
Para: Frida (arribaFrida@hotmail.com), Lucía (let’sdance@hotmail.com), Bea (doremi@hotmail.com)
Asunto: Sueños premonitorios
Adjunto: botas.jpg
¡Buenos días!
Hoy me he levantado happy happy porque he soñado que veníais a verme en Semana Santa. Pero el día está lluvioso (qué raro), así que…
¡Mirad! Como aquí no hay reyes he llegado en plenas segundas rebajas y me he regalado unas botas de agua para cuando el clima me impida llevar nuestras queridas zapatillas. ¿Os acordáis de aquella vez que Frida iba chuleando con la pelota de voley por la calle y se resbaló sobre un charco? Jejeje. ¡Con estas botas no te habría pasado!
Miss u,
chicas...
ZR4E