LA VOLADORA DE SERANTES
ESTABA Manuel Páramo echándole un haz de hierba a las vacas, y la mujer encerrando las gallinas, a la caída de una tarde de verano, cuando ambos sintieron un silbido encima mismo de sus cabezas. Miraron qué sería lo que lo producía, y vieron pasar volando, sentada en una banqueta, a la señora María de Fontes, que era conocida por la Voladora de Serantes, aunque nadie sabía el origen del mote. Aunque era acertado, porque bien se veía que volaba. Manuel y su mujer corrieron a los vecinos más próximos, y les dijeron lo que habían visto. El vecino, el señor Bastián, comentó:
—Non sabía que fose meiga!
Y no le dio importancia al asunto, recomendando a Páramo y a la mujer que no se metiesen en la vida de nadie. Pero al día siguiente el señor Bastián llamó a Manuel Páramo, y le dijo que se había acordado por la noche que María Fontes se había muerto hacía más de un año. Estando hablando del asunto Bastián y Manuel, se escuchó otra vez el silbido, y se levantó una gran ventolera.
—Esa loca —dijo el señor Bastián—, cualquier día se lleva nuestros tejados y no deja una manzana en un árbol.
El señor Bastián fue a ver a su amigo Gaiteiro de Vedra, que era un gran pirotécnico, y le encargó cuatro bombas de palenque, las más potentes que Gaiteiro hiciera nunca. El señor Bastián y Manuel Páramo montaron guardia, con las bombas a mano, esperando a que pasase en vuelo rasante María de Fontes, la voladora de Serantes. Llovió cuatro días seguidos, y luego escampó y vino una tarde hermosa y soleada.
—¡Hoy pasa! —dijo el señor Bastián.
Y pasó. Se escuchaba el silbido cada vez más cerca. María de Fontes venía por el aire, sentada en una banqueta como la primera vez que la viera Manuel. El señor Bastián sopló en el cigarro de a cuarto y encendió la mecha de las bombas de palenque, una tras otra. Cuatro enormes estampidos que debieron oírse en El Ferrol. Se escuchó un gran grito, y medio minuto después cayeron ante Bastián y Manuel y sus asustadas mujeres, una zapatilla y dos duros amadeos. Bien mirada, la zapatilla estaba hecha con plumas de cuervo. Bastián y Manuel decidieron enterrar la zapatilla en el monte, y repartirse el capital, quedándose cada uno con un duro. Pero los duros estaban enmeigados. Por la noche, salían de donde los tenían guardados el señor Bastián y Manuel Páramo, y andaban por el aire, golpeándose contra las paredes, silbando. En casa de Bastián rompieron un espejo y en la de Manuel doce copas que había en un aparador. Después de este jaleo, volvían los dos duros muy humildes al lugar de donde habían salido.
—¡Hay que cambiarlos! —dijo el señor Bastián.
Y fueron ambos vecinos a Betanzos, y almorzaron bien, con remate de café y copa de ron. Al ir a pagar, el tabernero se dio cuenta de que los dos duros eran falsos. Fue una vergüenza para Bastián y Manuel, quienes tuvieron que contar la historia al teniente de la Guardia Civil, el cual rogó a los dos amigos que le regalasen los pesos falsos. Pero al día siguiente, cuando los quiso enseñar a los amigos, resultó que eran legales. Solamente eran falsos cuando se quería pagar con ellos.