ANGELITA DE PRADO
ANGELITA de Prado se había quedado enanita. Era muy redonda de cara, muy graciosa sonriendo, tenía los ojos azules, y en todo era muy bien hecha, y para su talla era muy salida de pechos. Vivía en la casa patrocial con su madre y un hermano casado y con hijos. No le dejaban ir a trabajar al campo, y por todas labores en la casa tenía el planchado y el ordeñar la cabra. Su padre, el señor Miguel de Prado, que en paz descanse, había querido que Angelita aprendiese a bordar, y la mandó a Pontevedra, donde le enseñaron en la Singer. Tenía encargos de vecinos, especialmente de las mozas que iban a casar y estaban haciendo el equipo. Fue creciendo su fama de bordadora, y hasta de Lalín le llegaban encargos. Un día cualquiera murió un primo suyo, y Angelita, en una hora corta y con hilo negro, bordó en un pañuelo blanco estas sentidas palabras:
—Adiós, que os espero a todos en el Cielo.
Y le pusieron al difunto el pañuelo sobre las manos cruzadas, de manera que todos los que iban a dar el pésame y los que hicieran el velatorio, pudiesen leer el mensaje. Agradó a todos la novedad, y cuando había muerto en la aldea propia y aun en las parroquias cercanas, iban corriendo a encargarle a Angelita el pañuelo consabido, con las palabras que bordadas dejaba dicho el difunto. Angelita ya tenía preparados pañuelos con unas violetas menudas, y por si el muerto era infante, otros con cabecitas aladas de ángeles, y letras que decían: «¡Adiós papá y mamá!», por ejemplo. Pero también los abuelos y los tíos y los hermanos querían figurar en las despedidas, y así hubo niño muerto que tuvo en las manos tres o cuatro pañuelos muy doblados en los que se leía: «¡Adiós, abuelita!», o «¡Recordadme, queridos hermanos!». Angelita de Prado ganaba buenos dineros, que el de pompas fúnebres de la capital le dijo que las cosas de difuntos siempre se cobraban más, y que si él lograba imponer la moda del pañuelo de los adioses en Pontevedra y en Villagarcía, que Angelita tenía que darle comisión, que la haría millonaria.
Sin embargo, el trabajo de Angelita no dejaba de tener sus inconvenientes. Por ejemplo, una viuda vino a encargarle el pañuelo que había de poner en las manos de su marido, y quería que el pañuelo dijese: «¡Perdóname los engaños con María de Souto!». Angelita se negó, que además la tal María era prima suya, y avisó a los hijos del difunto, y todo quedó en un «¡Perdóname, Josefa!», muy floreado. Cuando murió el señor Benito de Lousada, el cual había sostenido en las barberías y tabernas que fuera masón en Montevideo y aseguraba creer en la transmigración de las almas, su hermana fue a ver al señor cura:
—Benito —le dijo al reverendo—, quería que en el pañuelo de adioses le bordasen un «¡Hasta la vuelta, compañeros!». ¿Qué le parece, señor cura?
—¡No me parece nada! ¡Benito estaba loco! ¿No dejó dicho cómo íbamos a reconocerlo cuando volviese? ¡A lo mejor vuelve en figura de gallo y lo papamos con arroz!
Y con el visto bueno del señor cura, Angelita bordó el «¡Hasta la vuelta, compañeros!», y aun otro, también encargo de su hermana que decía «¡Si vuelvo de segundas, también he de volver de terceras!».
Que mal sería que yendo y viniendo de ultratumba, alguna vez no fuese reconocido.