JOSÉ LIÑEIRAS
ESTE José nació con seis dedos en la mano derecha y otros seis en el pie izquierdo. Era conocido en su aldea por Pepiño Seisdedos, aunque él sostenía que, en puridad, debían llamarle Pepiño Docededos. Una tía suya que vivía en La Habana vino a pasar una temporada a Galicia, y le contó a Pepiño que ella le había oído a su abuela que su padre y su abuelo —es decir, el bisabuelo y el trisabuelo de Pepiño—, habían tenido seis dedos en la mano derecha. Lo de los seis dedos, pues, era herencia familiar, y Pepiño, que se acababa de casar con una guapa moza de Xuanceda y celebrado la boda por todo lo alto en Órdenes —la primera boda de por allí en la que hubo helado de postre, por consejo de la tía habanera—, ya estaba pensando en hijos con seis dedos, y en llegar a ver un nieto con la misma novedad. Con esto de que los seis dedos, y que eran herencia familiar, Pepiño dejó de avergonzarse de los suyos, los enseñaba a propios y extraños, y si algún interlocutor mostraba curiosidad, se descalzaba y mostraba los seis dígitos del pie izquierdo. Había comprado en La Coruña, en un comercio de la calle de San Andrés, una docena de calcetines muy floreados y calados, y eran los que se calzaba cuando sospechaba que iba a tener que hacer una exposición del pie izquierdo, y además el pie muy lavado, y con mucho espolvoreo de polvos de talco perfumado a la lavanda.
Pepiño Liñeiras iba mucho a ferias y mercados, desde Arzúa a Ordenes y desde Vilar de Frades al Mesón do Vento, y aun se acercaba a Ponte Sigueiro y algún jueves a Santiago de Compostela. Y buscaba entablar conversación con otros feriantes intentando averiguar si conocían a alguien que tuviese seis dedos en una mano o en un pie.
No aparecía nadie con esta anomalía. Pero un día Pepiño Leiñeiras tropezó en Arzúa con un tratante de Dacón, que andaba a los jamones, quien le contó que en Bande había comprado un hermoso jamón de un cerdo que tenía la parte delantera de la pezuña normal, pero atrás cuatro uñas, y que nunca viera el otro cerdo del que se pudiera decir, dispensando y fuera el alma, que era un seis dedos. Pepiño dijo que le gustaría ver el tal jamón, pero el tratante de Dacón le explicó que se lo había vendido a un veterinario de Orense, quien lo había estudiado y después comido.
Pepiño le explicó al tratante que si él buscaba gentes de seis dedos es porque estimaba que todos los seis dedos del mundo debían descender de un antepasado común, y conocer un seis dedos era conocer un pariente, y todos los seis dedos por lo menos los gallegos, podían juntarse a comer un día al año, y si fuera posible que se casaran entre sí los de familias en las que hubiese seis dedos, habría muchos más de esta condición, y a lo mejor se imponían a las otras gentes. Pero el caso del cerdo de Bande caía fuera de sus preocupaciones. Incluso le disgustaba el asunto. Aunque eso sí, en las ferias no dejaba de acercarse a los cerdos, y si podía les levantaba las patas para ver si tenían la uñada reglamentaria o si estaban excedidos. La mayor satisfacción que tuvo Liñeiras en su vida fue saber que un senador de Minnesota en los Estados Unidos, tenía seis dedos en la mano izquierda. Hablaba de él, y decía:
—Ese parente de meu que é senador en América…