PADÍN DE CARRACEDO
HABÍA quedado tuerto del ojo izquierdo, porque estando en el vareo de las castañas, le vino un erizo a él. Anduvo un tiempo con un parche negro de badana, y luego con uno de pasta, color de rosa. Un oculista de La Coruña le dijo que ya tenía el ojo bien curado, y que era cosa de pensar en uno de cristal, que los había alemanes, muy buenos y nada caros. Llegada la ocasión, habiendo vendido en su casa una mula de un año a un tratante de Palencia y teniendo en la cartera el dinero suficiente, Padín volvió al oculista a elegir el ojo de cristal. Los había de todos los colores, cada uno en su cajita, y el oculista indicaba uno que era, precisamente, del mismo color del ojo que le quedaba, castaño claro.
—¡Nadie va a darse cuenta del postizo!, —le decía el oculista.
Pero a Padín el que le gustaba era un ojo del color de la violeta.
—Non me acaerá ben? —le preguntaba al oculista.
Este le explicaba que llamaría la atención con dos ojos cada uno de su color, y que el violeta era un ojo raro, que él había encargado especialmente para la viuda de un coronel, pero el ojo había llegado tarde. La viuda había muerto, insistiendo en preguntar, en la agonía, si había llegado el ojo. Se fue, por siete días de retraso, sin él al otro mundo.
—Entonces —le dijo Padín al oculista— me hará una rebaja.
El oculista se la hizo, y Padín regresó a su casa con el ojo izquierdo del color de la violeta, o mejor dicho de la vinca pervinca, que era como decía un letrero en la tapa de la caja. Padín tenía ya treinta y cuatro años y estaba soltero. Con el ojo violeta tuvo un momento de popularidad en su aldea, y lo aprovechó para pretender a la sobrina del señor cura, que siempre estaba leyendo El Conde de Montecristo y nunca lo daba por terminado; mejor dicho, cuando iba por el medio de la novela ya no se acordaba del principio, y tenía que volver al primer capítulo. Hubo boda, y ella, al principio como chiste, pero luego se le fue imponiendo la idea en los adentros de su mente, decía que a ver si los hijos que tenían traían los ojos del color de la vinca pervinca del ojo alemán de su marido. Este se reía y la abrazaba. En definitiva, aquello era una prueba de amor.
Quedó en estado la sobrina del cura, y a su tiempo tuvo un niño con los ojos claros. Al año siguiente tuvo una niña con los ojos negros, pero un año después tuvo otra niña con los ojos del color de la violeta o de la vinca pervinca, como quieran. Y ella lo explicaba muy bien: por las noches, cuando Padín se echaba a dormir, metía el ojo de cristal en un vaso de agua, como le recomendara el oculista, y entonces iba ella, aprovechándose del sueño del marido, y cogiendo el ojo lo ponía sobre el vientre, justamente en el ombligo. Fue consejo de una meiga de una parroquia vecina. Todo se sabe en las aldeas, y esto se supo también, y la mujer de Padín que se llamaba Eulalia comenzó a recibir a mujeres en estado que querían tener hijos con ojos del precioso color del ojo alemán Padín vio que era negocio y montó lo que él llamaba una «estación de servicio». La embarazada venía a ponerse en el vientre el ojo, y dormía en la casa. Por cada sesión nocturna, y desayuno, veinte duros. Algunas veces fallaba el experimento, pero otras no, y había jugando por allí niños con hermosos ojos color de la violeta. Misterios de los antojos.