JUSTINA CONDE

A Justina Conde la trajo a su casa cerca de Cambados, un sobrino suyo. La trajo desde Buenos Aires ofrecido el viaje, para que se realizase sin dificultades mayores, a San Benito de Fefiñanes. Porque Justina, en la capital argentina, se había vuelto loca. Eso decían, pero Justina, que escuchaba, espiando, a los suyos, solía interrumpirlos diciéndoles que no estaba loca, que lo que tenía era miedo. Andaría por los sesenta y cinco años. Era una mujer pequeña, muy arrugado el rostro, y el mirar de sus ojos negros siempre inquieto, como vigilando a alguien. Una mirada de alguien que está asustado, que tiene miedo. Se encerraba en su cuarto, y decía a sus sobrinos que si llegase algún forastero preguntando por ella, que le dijesen que había vuelto a Buenos Aires. Pasados algunos meses de su regreso, y quizás por influencia benéfica de San Benitiño, se fue tranquilizando. Ya saludaba a los vecinos y hablaba con los suyos.

Según contaba, había estado en Buenos Aires en casa de un italiano, en calidad de ama de llaves, muy bien tratada por un amo respetuoso, con mucha comida de pasta con tomate, arroz a la milanesa y helados variados. El italiano, en los ratos libres tocaba el violín y le daba de comer a los dos canarios que tenía. Era dueño de un laboratorio. Era un hombre tranquilo, con grandes bigotes negros, muy arrellanado en su butacón, esperando que le dijesen que la comida estaba lista. A veces hablaba por teléfono con su familia, de Sicilia. Preguntando qué tal tiempo hacía por allí.

Justina creía que su amo dormía todas las noches en su cama, hasta que una vez, siendo las dos de la madrugada, Justina, sintiéndose mal y con mareos, fue a la cocina a hacerse una manzanilla. Y estando hirviendo el agua, vio entrar en la casa a su amo, envuelto en una capa negra. El italiano no posaba los pies en el suelo, que volaba. Entró en su cuarto sin ver a Justina, y esta regresó al suyo cerrándose con llave. Como había visto una vez una película de vampiros, se le metió en la cabeza que su amo era uno de estos chupadores de sangre. Justina estaba muerta de miedo. Pocos días después, vino la policía y se llevó a su amo, detenido por sospechoso de fabricante de venenos. Un banquero le había encargado una peluca envenenada para su mujer, la cual murió a las dos horas de estrenarla. También envenenaba flores, cuyo aroma mataba a quienes lo aspiraban. Todos los periódicos hablaban de sus crímenes. Pero, un día, cuando fueron a llamarlo para que desayunase, el italiano no estaba en su celda. Sin que nadie pudiese dar una explicación del hecho, se había fugado sin dejar rastro. Justina se había refugiado en la tienda de sus sobrinos, y dormía debajo del mostrador. Era, aseguraba ella, la única persona del mundo que sabía que el señor Bironelli, el italiano, volaba como los cuervos o los murciélagos. Lo estaba viendo, con la capa negra, los bigotes enormes rozando las paredes del pasillo, dirigiéndose silencioso en la oscuridad a su habitación.

Y cuando recordaba esto, se estremecía con el miedo, cerraba los ojos, sudaba en frío, y alguna vez se desmayaba. Y a parientes y vecinos les rogaba encarecidamente, por San Benitiño, que no pronunciaran ante ella la palabra manzanilla porque al oírla veía al amo vampiro llegar volando en el silencio de la noche porteña.