BUSTELO DO CAÍNZO
XOSÉ Bustelo Parada, conocido por Bustelo do Caínzo, quiso saber lo que había sido de un sobrino que doce años antes emigrara para la Argentina. Bustelo le había adelantado el dinero para el pasaje. El sobrino no daba señales de vida, no devolvía los cuartos con los intereses legales, y nadie del país lo había visto en Buenos Aires. Parecía que a Antonio Bustelo se lo había tragado la tierra. Su única hermana, Priscila, le dijo a su tío Bustelo do Caínzo que en La Coruña había una mujer conocida por la Vilanova, que por setenta y cinco pesetas, daba por el naipe francés las señas de los ausentes. A Bustelo do Caínzo le parecía algo caro, máxime si luego resultaba que su sobrino estaba de vago en Buenos Aires, o no tenía un peso, y no iba a devolverle el dinero del pasaje. Pero la hermana del emigrado soñaba que éste pasaba hambre y frío en Buenos Aires, y que le robaban los zapatos, y llovía, y el pobre se perdía en el camino de regreso a su casa de Berezal, que en el sueño de la hermana había un camino desde Buenos Aires a la aldea gallega, pasando por una fraga en todo semejante a la de Valeiras.
—¿No habrá otra más barata que esa Vilanova de La Coruña? —le preguntaba Bustelo a su sobrina Priscila.
Priscila quedó en enterarse. Había otra mujer en Ferrol, que se llamaba doña Pura, y era viuda de la Marina de Guerra, pero parece ser que solamente daba las señas de los difuntos, y hubo quien le avisó a Priscila de que cuidado con doña Pura, que echando las cartas por uno que estaba en Río de Janeiro, si andaba sano o enfermo, por hacer tanta búsqueda de él, le mandó sus soplos, y el buscado, que estaba en sus cabales de cuerpo y alma, enfermó, y se puso a la muerte, y cuando regresó a la aldea sin un cruceiro, dijo que había visto a una naipera en sueños, y la pintó tal como era la doña Pura del Ferrol. Buscar en una persona por las cartas, si está sana o enferma, puede meterle de verdad en el cuerpo la enfermedad que se sospecha le tiene tumbado. En fin, Bustelo do Caínzo y su sobrina Priscila juntaron las pesetas necesarias, y fueron a La Coruña a ver a la llamada Vilanova. Esta era una mujer muy gruesa, que se abanicaba constantemente, porque se sofocaba, decía. Puso una taza de agua encima de la mesa camilla le echó un puñado de sal, y les dijo a los consultantes que aquello figuraba el mar. Luego, poniendo cartas alrededor, hasta que salió la sota de copas. Miró para Priscila y le dijo:
—¡Tu hermano Antonio se te parece mucho en la boca!
—¡Todos somos algo dentones en mi familia! —comentó Priscila.
Y tras la sota vinieron unos oros atravesados con unos bastos.
—Tu hermano está sano y salvo, sigue soltero, y por lo que dice este tres de bastos que cierra el campo, todavía no piensa en volver, aunque se acuerda mucho de vosotros. Ahora viene delantero el caballo de oros. Esto quiere decir que hay giro. ¡Podéis marcharos tranquilos!
—¡Naipe infalible! —me comentaba Bustelo do Caínzo—. Siete días después de la consulta, apareció en casa de Priscila uno de Moirás, que regresaba de Buenos Aires, con noticias de Antonio, que estaba de mozo con uno de Padrón, que tenía almacén de comestibles, y mandaba los dineros debidos, y algunos pesos más y un bolso de piel de cocodrilo para la hermana.
—Si non preguntamos por él, é hoxe o día en que aínda non contestaba!