FULGENCIO PARADA

ESTE Fulgencio Parada era de Asados, en la vecindad de la ría de Arosa, y cuando iba, en la tarde del domingo, a pasar unas horas a Rianxo, solía llevar unas cuantas naranjas de un naranjo que tenía en su huerta, y que él tenía por las más sabrosas del mundo.

—¡Ríete de las valencianas! —decía.

La verdad es que para él aquellas naranjas de Asados tenían un sabor especial, y en primer lugar porque fueron las primeras naranjas que había comido, y en segundo lugar porque su padre las dejaba en el naranjo de un año para otro, y las que no hacía caer el viento, endulzaban en la rama. Cuando Fulgencio fue a hacer el servicio militar en El Ferrol, pedía a su casa constantemente unas naranjas para que amigos y aun sus superiores pudiesen comprobar que las naranjas de Asados tenían algo que no tenían ninguna de las otras naranjas del mundo. Y el entusiasmo de Fulgencio Parada por sus naranjas era tan contagioso, se le veía tan gozoso cuando llevaba un gajo a la boca, que todos terminaban poniéndose de acuerdo en que aquellas naranjas podían ser mejores o no que las valencianas, pero tenían algo que les hacía merecer el calificativo de únicas. Eso dijo el capitán de corbeta Don Severino Sierra, al que servía Fulgencio como asistente. Don Severino era gran conocedor de la Historia de España, y tenía en Fulgencio un atentísimo oyente. Don Severino quería deshacer las que él llamaba «trampas de la Historia», y para comenzar, se oponía a que don Pedro I de Castilla fuese titulado el Cruel. Había leído una «apología» de don Pedro, que para él era el justiciero. Y le explicaba a Fulgencio que no era verdad que fuese un francés, el condestable Du Guesclín, quien en Montiel, cuando se encontraron los dos hermanos, que hacía años que no se veían, y a don Pedro tuvieron que decirle quién era don Enrique, gritándole:

—¡Ese es! ¡Ese es!

Dijo que no era verdad que fuese el francés quien en la pelea puso al bastardo Enrique encima de Pedro, el legítimo, diciendo aquello de:

—¡Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor!

No, no fue el francés como se sabe por el licenciado Molina y por el P. Gándara, aunque lo digan todos los libros de Historia. No, que fue un gallego, uno de Pontevedra, Fernán Pérez de Andrade, que andaba en el bando de don Enrique. Y don Severino Sierra daba como prueba la astucia gallega del dicho, no quitar ni poner rey, pero ayudar a su señor.

—¡Yo ayudo a quien me paga, y allá ellos que se maten! Fulgencio Parada se hizo del bando de don Pedro el Cruel o el Justiciero, y sabiendo por su jefe que el rey había paseado por Galicia, se imaginaba verlo llegar a Asados una tarde cualquiera, e iba Fulgencio y se cuadraba y saludaba militarmente, y le ofrecía las mejores naranjas de su naranjo.

Y como le había quedado en la memoria la famosa frase de Fernán Pérez de Andrade o Bon, Fulgencio la modificaba en la ocasión:

—¡No quito ni pongo valencianas, pero chufo las naranjas de mi naranjal!

Y el rey don Pedro le daba a Fulgencio de propina cinco duros que como Pedro era sobre todo rey de Sevilla, serían cinco duros sevillanos.