RAMIRO DA BARCA

LE llamaban a la familia de Ramiro os da barca, porque su bisabuelo y su abuelo tuvieron barca sobre el Miño, entre Portomarín y Belesar. Mucho antes, claro, del famoso embalse, y de que la antigua villa de Portomarín de los Caballeros de San Juan, pasase a dormir bajo las aguas y con la villa, las famosas viñas, de las que se obtenía el más graduado de los aguardientes de bagazo del país gallego. La barca del bisabuelo y del abuelo de Ramiro no era una barca propiamente dicha, sino una especie de cajón, que se sirgaba a favor de la corriente, ayudado el patrón por una larga pértiga, con la que enderezaba hábil la marcha. En la barca pasaban personas, pero también cerdos, terneros, algún caballo. Y alguna vez algún extraño viajero, que se le veía por la vestimenta y por el habla que no era, como se dice, de tierra de garbanzos, sino de país exótico. Una vez llegó al embarcadero de la orilla izquierda un hombre muy alto, envuelto en una gran capa azul con vueltas coloradas, y cubierta la cabeza con una birreta muy galoneada de oro. Botas de brillante cuero le llegaban hasta la rodilla, y las manos las llevaba metidas en guantes de cabritilla amarilla. Por lo que se veía viajaba a pie, y no llevaba equipaje alguno, a no ser una trompeta en bandolera, muy brillante el metal, como si a cada hora le pasaran un paño. Ramiro contaba según la versión que dio su bisabuelo.

El forastero, muy barbado y con los ojos de mirar inquieto, dio los buenos días y preguntó si podía pasarlo a la orilla derecha, donde lo aguardaban con un caballo para seguir viaje a Orense. El barquero, bisabuelo como digo de Ramiro, le dijo que tenía que esperar media hora, que estaba aguardando a que llegase un pariente suyo con unos cabritos. El forastero, inquieto, nervioso, autoritario, dijo que tenía prisa y que no era hombre de esperar por unos cabritos de un feriante. El bisabuelo erre que tenía que esperar por los cabritos, y el forastero que tenía prisa y que había que pasarlo. Si hubiese alargado la mano con alguna muestra de moneda, cuatro pesetas por ejemplo, el bisabuelo de Ramiro lo hubiese pasado sin esperar al pariente de los cabritos, que la feria de Chantada era al día siguiente. El forastero espumeaba, murmuraba palabras en lengua extranjera, y viendo la terquedad del bisabuelo de Ramiro, echó mano de la trompeta, y tocó. Tocó un aire de alarma que debió de oírse en Sarriá y en Lugo. Se levantó un gran viento frío, y de la otra orilla saltó al agua un caballo negro, que galopaba sobre el agua. El forastero dio ahora un toque de trompeta más suave, un aire cariñoso, que advertía al caballo donde él se encontraba. El bisabuelo de Ramiro vio un cuchillo ensangrentado en la mano derecha del forastero y se santiguó, aterrorizado. Y el santiguo lo salvó, que el caballo se hundió en las aguas por las que galopaba como por prado de mayo, y el forastero salió volando, literalmente echando fuego, y se perdió hacia el Páramo, dejando una estela de humo negro. Sería un demonio vagabundo.

Un demo tolo! —decía el bisabuelo de Ramiro.

Años después, cerca de Triacastela, encontraron la trompeta. Limpia, brillante. En el reverso de la bocina, en una plaquita, se leía: «ENGLAND». El forastero sería, pues, un demonio inglés. ¿Y qué se le perdería en Orense?