MANUEL SUÁREZ

HABÍA estado muchos años en Portugal, pasados trabajando como camarero en Oporto y en Lisboa, y luego como ayuda de cámara del vizconde da Abaladinha, en el palacio-quinta que éste tenía cerca de Braga. Ya retirado, en su casa de Soutomaior, contaba a sus amigos de la aristocracia portuguesa que había conocido, del arzobispo-primado de Braga que iba a veranear a casa del vizconde, y de un lord inglés muy entendido en aguardentes bagaceiras, al que convidaba con aguardiente de Soutomaior, de su casa, que cuando venía de vacaciones a Galicia llevaba en una damajuana de ocho litros. El arzobispo de Braga quería tomarle el pelo a Manuel Suárez, preguntándole si él era uno de aquellos gallegos que habían ido con el arzobispo Gelmirez a su catedral, a robar el cuerpo de San Fructuoso. El señor arzobispo se reía, viendo la confusión del pobre Manuel. Con el arzobispo solía ir de invitado del vizconde da Abaladinha un canónigo bracarense flaco y estirado, muy moreno, cejijunto, las orejas grandes, y los brazos descomunales casi dos cuartas más largos de lo que debieran ser para su talla. Paseando, las manos casi le caían a la altura de las rodillas. Era el exorcistas oficial de la archidiócesis de Braga, o como le explicaron a Manuel, el canónigo que expulsaba los demonios del cuerpo del fiel cristiano que los satanases elegían como fonda.

—Parece ser —contaba el señor Manuel Suárez—, que el canónigo sabía las lenguas en que hablan entre sí los demonios, y que tenía el oído tan fino que los escuchaba hablar en las noches, cuando el endemoniado dormía, dentro del cuerpo de éste. Una vez tuvo a su cargo una endemoniada, que era una soltera muy rica, hija de unos condes, dentro de la cual había cuatro demonios, quienes de vez en cuando dejaban de martirizar a la joven y se ponían a jugar en su interior al tute subastado, y como los demonios se hacían trampas unos a otros, como es natural, se peleaban y se tiraban las cartas al suelo; es decir, al suelo que hubiese dentro de aquella soltera. Y un día uno de los demonios tiró la baraja con tal fuerza, que varias cartas salieron por el ombligo de la endemoniada, entre ellas la sota de oros y el as, de espadas, y como sin esas cartas los demonios no podían seguir jugando, salieron del cuerpo de la víctima, por ir a comprar otra baraja y buscar otro cuerpo dentro del cual seguir jugando.

Y el canónigo tenía los brazos tan largos porque un día logró agarrar a un diablo que le había robado los zapatos con hebilla de plata, y el canónigo tiraba reteniéndolo y el demonio tiraba queriendo huir, y de aquella batalla de fe alargaron los brazos, y tuvo como testigos del hecho a su ama de llaves y al sacristán que la cortejaba con serenatas de guitarra. Por fin el demonio se rindió, dijo dónde estaban los zapatos, y prometió marcharse de Portugal.

El señor Manuel Suárez abría la cartera y mostraba la tarjeta de visita, el cartón del canónigo, quien se la había dado por si un día necesitaba sus servicios. En todo caso, no hacía falta la tarjeta. Bastaba con ir a Braga, decía Manuel Suárez, y preguntar por o tira-demonhos, que todo el mundo lo conocía.