PAULINO DE BOTAS
ENTRE los cazadores más notorios del país de Portomarín, donde fueron los Caballeros de Malta, y de Chantada, sobresalía Paulino de Botas. Paulino era pequeño, delgado, picado de viruelas, arrubiado, los ojos claros y lucían en su boca cuatro dientes de oro, delanteros. El primer año que salió al monte con los dientes de oro, estos, según él, lo delataban. El sol daba en ellos, que brillaban, y las perdices lo veían de lejos, aquel relumbre, y se iban. Para poder cazar algo, tenía que taparlos con un papel de fumar de aquellos viejos librillos del Rey de Espadas, que no se fabrican o por lo menos no se encuentran en los estancos. Estaba Paulino del lado de fuera de una xesteira y su perro Marón le estaba dando unas perdices. Marón, que era un perdiguero de Burgos, paraba alargando el cuello, el rabo levantado, así como la mano derecha, cuando detrás de un chanto le habló una perdiz. Así como suena: le habló una perdiz.
—¿En qué idioma? —le preguntaban.
—¡Yo que sé! —respondía Paulino—. ¡Sería en perdicil! El caso que yo la entendí. La perdiz quería, en representación unitaria y democrática de todas las perdices de Asma y de San Fiz, que quitase el papel de fumar de los dientes y se los mostrase. Tenía que dejar la escopeta en el suelo, y ponerme cara al sol, con la boca abierta.
Paulino accedió a la petición de la perdiz, dejó la escopeta en las hierbas, y abrió la boca cara al sol. Acudieron dos o tres docenas de perdices a contemplar los dientes de oro. Alguna osó subirse a las rodillas de Paulino, sentado en el chanto.
—¡Muchas gracias! ¡Te sientan muy bien! —dijo la perdiz que hablaba.
Y el bando perdiguero se fue volando monte abajo, hacia el río Miño.
Paulino me contó todo esto en secreto, porque quería saber de mí si había algún diccionario perdiguero-castellano, o mejor castellano-perdiguero, en el que él pudiese estudiar el idioma de las perdices, que ahora estaba seguro de que hablaban. Yo le expliqué que no había tal diccionario, y que lo que habían eran tratados del reclamo con perdigón y caña hueca, y que yo sabía de uno muy célebre, escrito por el deán Arbolaza, del Cabildo del Priorato de las Órdenes Militares, libro en el que, además, había muestras de llamada con música. Pero, se trata de un libro del siglo XVIII, que ahora no se encuentra en las librerías. Paulino siguió cazando, pero cuando iba al monte, y su perro Marón paraba unas perdices, el gran cazador les preguntaba si querían verle los dientes de oro. Si no le contestaban y levantaban el vuelo, Paulino disparaba con rabia. Alguna vez una perdiz se acercaba, y pasaba un rato contemplando las piezas auríferas de la dentadura de Paulino de Botas.
—De todas formas —me aseguró—, como no me desairen abiertamente, ya no les tiro a las perdices, que me dedico al conejo. Me parece que tengo algo de intimidad con las perdices.