5
Esta mañana, cuando decidí ir a pie a la universidad, no tuve en cuenta que a mi regreso iría cargada con las pertenencias del profesor y con los ojos llenos de lágrimas. Podría detenerme y llamar un taxi, pero entonces tendría que quedarme aquí más tiempo. Se me cierran los pulmones solo con pensarlo, así que cargo con la caja, me trago los nervios y me pongo a caminar.
Tengo que mirar por dónde piso y me da la sensación de que las cosas de papá pesan más a medida que voy avanzando, como si el peso de los años que he estado lejos se fuese apoderando de ellas a cada paso que doy. Por no mencionar que sigo oyendo la voz de Liam en mi mente, y esas frases llenas de reproches y de palabras hirientes.
No, no voy a pensar en él.
Por fin llego a casa y abro la puerta haciendo malabares con las llaves y la caja, pero, o calculo mal, o sencillamente me fallan los brazos, y la caja cae al suelo. Resignada, cierro con un puntapié y observo cómo los recuerdos de papá se esparcen sin ningún orden por el vestíbulo. Uno de los cuadernos va a parar junto al primer escalón, se abre y del interior se escapa una hoja de papel amarillenta. Me agacho y la observo con detenimiento. Había estado a punto de pensar en Liam y esa hoja me ha salvado.
Es la ilustración de una flor, una syringa purpúrea, y debajo se describen sus características con bastante acierto y detenimiento. Ese dibujo no es de papá. Eddie Morgan era muy respetado y admirado por sus conocimientos, pero nunca se le dio bien utilizar el lápiz. Nunca había tenido la paciencia necesaria para trazar la forma y los detalles de una flor o de un árbol. El nombre del autor no aparece en ninguna parte, solo encuentro una sigla a pie de página y una extraña numeración. Me he criado en Oxford con un padre profesor y una madre ausente, así que puedo afirmar que me he pasado más horas entre libros que la gran mayoría de personas que conozco, y sé que esos números no son ningún código de clasificación. ¿Qué son? ¿Por qué me intrigan tanto?
Observo el dibujo con más detenimiento; hay algo que me resulta extrañamente familiar. No he visto antes esta ilustración, de eso estoy segura, pero es como un eco: hay algo en sus trazos, en sus colores apagados, que me hace cosquillas en un rincón de la mente.
La caligrafía.
He visto antes esa caligrafía. La he visto muy recientemente. Soy observadora, tengo la costumbre de prestar atención, de fijarme en los detalles; no tengo una memoria prodigiosa, pero sí una mirada entrenada. ¿Dónde he visto esta caligrafía?
En un cuaderno de piel marrón con apenas unas palabras escritas en la cubierta. El cuaderno de la abuela.
Guardo el papel en el bolsillo interior del bolso y salgo de casa sin recoger el desorden. Seguirá allí cuando vuelva.
Pisar la calle ya no me sobrecoge. Me dirijo al coche de alquiler y al entrar siento el frío y la humedad que han calado en el vehículo debido a las horas que lleva en la intemperie. Ha sido una estupidez y una cobardía no estacionarlo en el garaje de casa. Conduzco sin ningún contratiempo. La ilustración de la flor está a buen recaudo y la reproduzco mentalmente en busca de algún detalle que explique por qué papá la había guardado en esa libreta. Quizá no signifique nada, eso sería lo normal, pero papá era extremadamente metódico y preciso, tanto en el trabajo como en su vida personal. Si había guardado ese dibujo, tiene que ser por un motivo.
«Tal vez pueda fingir que lamenta la muerte de su padre, profesora Morgan.»
No, Liam. Lárgate. Desaparece.
Un semáforo me obliga a detenerme. Aprieto el volante y sacudo la cabeza para expulsar a Liam de mi mente. Me ha hablado con absoluta frialdad, sin plantearse ni un momento que podía estar haciéndome daño. ¿Por qué? ¿Qué diablos le ha pasado para fingir que no me conoce o que no me recuerda? No tiene sentido. Fue hace cinco años y, a fin de cuentas, pensé que era lo que él quería. No fui yo la que no se presentó.
¿Por qué ha fingido que no se acuerda de mí?
Yo sí que me acuerdo de él, de Liam Soto. ¿Qué hacía en el despacho de papá? ¿Cómo es posible que haya hablado de «Eddie» con tanta familiaridad? Eran muy pocos los que se referían a papá como «Eddie»; él no concedía ese grado de intimidad alegremente, para sus alumnos siempre había sido el profesor Morgan, incluso para sus colegas. Para los conocidos y para los amigos no íntimos utilizaba Edward. Eddie era solo para un reducido y selecto grupo. ¿Qué había hecho Liam Soto para pertenecer a él?
Otra pregunta, otro misterio. Al parecer, he empezado a coleccionarlos.
El semáforo se pone verde y vuelvo a pensar en la flor. Es un tema mucho más seguro. Sé que la había dibujado la misma persona que escribió el título del cuaderno de Sylvia; mi intuición me dice que no me equivoco.
La verja de la residencia vuelve a recibirme. Aparco en el mismo sitio, un rectángulo creado entre dos robles, y con el abrigo a medio poner me dirijo al edificio. Al cruzar la puerta veo a la doctora Kensington en recepción, y la sorpresa y cierta preocupación se reflejan en su rostro.
—Buenos días, Sarah. ¿No habíamos quedado en que te llamaría para concretar una cita? ¿Ha sucedido algo?
—No, nada —intento sonreír y disimular la impaciencia—. Quiero ver a Sylvia, ¿es posible?
—Por supuesto, aunque siempre es preferible que antes de venir compruebes el horario de visitas, así evitarás tener que esperar y la rutina de tu abuela no se verá alterada. Sylvia está en su dormitorio. Esta tarde tiene una sesión programada en la biblioteca y mañana por la mañana otra en la piscina. Esas dos actividades siempre parecen animarla.
Es verdad, a Sylvia le gusta mucho leer y nadar. ¿Recordará la abuela ese viaje que hicimos a la playa cuando yo tenía ocho años? ¿Y las tardes de verano que pasamos en la piscina pública del barrio o en la biblioteca leyendo cuentos?
—Siento haberme presentado sin avisar.
La doctora me sonríe.
—No te preocupes. Llevabas varios años lejos, es normal que tengas ganas de ver a Sylvia y recuperar el tiempo perdido.
Se me forma un nudo en la garganta. Tras las acusaciones de Liam y la frialdad de Materson, es agradable estar ante alguien que no me juzga.
—Gracias. Iré a verla ahora mismo y me iré antes de que se la lleven a la biblioteca.
—Por supuesto. Si te parece bien, comprobaré mi agenda y dejaré aquí en recepción una nota con mis horas libres. Elige la que te vaya mejor y díselo a Marcia.
—De acuerdo. Gracias.
La doctora asiente y me alejo en dirección a los dormitorios, impaciente por enseñarle a Sylvia el dibujo. Necesito saber por qué papá me escribió correos de dos y tres páginas para mantenerme al día de los cambios de decoración de la casa y sin embargo no me explicó nunca en qué consistía su nueva investigación o por qué había pedido un despacho cerca del departamento de literatura inglesa. O que había conocido a Liam Soto. Eddie Morgan nunca hacía nada porque sí, en eso ellos dos se parecían mucho.
Papá y Liam se conocían; aún no lo entiendo y no consigo asimilarlo.
Me detengo en el pasillo porque me cuesta respirar. La angustia no es novedad, es una vieja conocida que en Brasil se ha tomado unas vacaciones y ahora ha decidido volver. Su regreso está vinculado a Oxford, al profesor, a Liam, a este dibujo. A todo lo que me está sucediendo desde que bajé del avión. Sylvia es la única persona que puede ayudarme, o al menos la única a la que me atrevo a pedir ayuda.
También es la única cuya mente está llena de lagunas y cuevas oscuras.
Abro la puerta del dormitorio. La abuela está sentada en la butaca mirando por la ventana. Tiene una manta en el regazo y no parece tener la mirada perdida ni estar adormilada, sino completamente concentrada en algo que solo ella ve.
—Hola, abuela.
Sylvia no se mueve. Cierro la puerta y me acerco a ella, que sigue sin mirarme. Ocupo la butaca que hay frente a la suya. Son de estilo barroco a juego la una con la otra, con un tapizado de flores de tonos grises y verdes, elegante y atemporal. Todo allí parece serlo, como si en Green Meadows no existieran las agujas del reloj.
—Abuela. —Poso una mano en las de ella—. Sylvia.
—¿Desde cuándo estás aquí? —Me mira a los ojos. Los suyos desprenden tanta fuerza que tengo que tragar saliva en busca de voz.
—Acabo de llegar.
—Has tardado demasiado. —Sylvia vuelve a girarse hacia la ventana.
Había olvidado esa sensación, la de las entrañas retorciéndose al no saber si esa voz y esa mirada pertenecen a la abuela o a una mujer que no me reconoce.
Cuando me fui a Brasil, Sylvia estaba en las primeras fases de la enfermedad: olvidaba dónde había dejado las llaves, los nombres de las personas, si tenía cita en el médico o si ya había regado las plantas. Lo habíamos achacado a la edad, pero tanto ella como papá y yo temíamos que fuese algo más. Los síntomas empeoraron y el diagnóstico se confirmó: Sylvia Morgan padecía Alzheimer. Me puse furiosa y pensé que no era justo que también me quitasen a Sylvia. Fue una respuesta egoísta, ahora lo sé, igual que lo había sido irme de Oxford y cortar cualquier lazo con mi vida aquí.
—Lo siento —farfullo.
Sylvia asiente. Sus manos tiemblan ligeramente bajo las mías. Estamos así unos minutos, ella observando el jardín y yo perdiendo las excusas con las que me he escudado todo este tiempo. Quiero recuperar a la abuela antes de que el destino me la arrebate para siempre igual que ha hecho con Eddie.
«Liam.»
No, a Liam no.
Sé que es imposible hacer retroceder los efectos del Alzheimer, pero puedo quererla y estar a su lado.
—Esta tarde iré a tu casa y cortaré unas cuantas flores del jardín para traértelas. Quedarán muy bonitas en un jarrón, alegrarán el dormitorio —le digo tras tragarme unas cuantas lágrimas.
—Eddie se ocupa de las flores, tendrás que pedirle permiso.
—Lo haré —sonrío a través del nudo que me siento en la garganta.
No voy a explicarle que Eddie ya no está; en realidad suspiro aliviada al comprobar que Sylvia no recuerda el accidente que ha causado la muerte de su único hijo.
—Sé que se preocupa por las flores, pero no las cuida como yo —sigue ella.
—No, nadie las cuida como tú.
El jardín de la abuela era el lugar más mágico y perfecto que he pisado nunca, allí las plantas tenían más vida que en cualquier otro lugar. La abuela las elegía con esmero y acertaba con todas. Las plantaba donde tenían el sol y la sombra que necesitaban, ni más, ni menos. Las flores crecían y presumían de fragancia y de colores. De pequeña, paseaba por allí fingiendo ser la princesa de un cuento de hadas; de adolescente me había refugiado en él en busca de consuelo.
En Brasil lo había echado de menos.
—Las flores son lo único que me queda de él y en cierto modo también me han devuelto a Eddie. —Suspira la abuela antes de cerrar los ojos. Las arrugas se marcan en los extremos, el gris de las pupilas desaparece unos segundos. Las pestañas descansan en unos pómulos fuertes a pesar de la edad y en los que todavía resisten algunas pecas. Aprieta los labios arrugándolos también. Lleva carmín, uno de los gestos que no ha podido derrotar la enfermedad, compruebo con cierto consuelo. En las orejas, los pequeños diamantes que siempre han estado allí, impertérritos, presenciando los secretos y las verdades de su familia.
Aparto las manos despacio; Sylvia parece estar buscando algo en su cabeza. Espero y mientras tanto busco el dibujo. Lo acaricio con los dedos y lo deposito en su regazo. Sylvia lo mira y traza las líneas de la flor con las yemas de los dedos. Hay algo inexplicable en ellas, una emoción que traspasa la amarillenta hoja de papel y se mete en mi pecho hasta oprimírmelo.
—¿Abuela?
—¿Sí?
La he llamado así sin pensar y el reconocimiento que detecto en la voz de Sylvia me cierra el estómago.
—¿Sabes quién dibujó esto? Estaba entre las notas de papá, de Eddie —corrijo al ver la confusión y las lágrimas aparecer en los ojos grises de Sylvia.
Ha sido mala idea, no tendría que habérselo enseñado sin consultárselo antes a la doctora. Tendría que haberme informado sobre cómo proceder en situaciones como esta. Empiezo a guardar el dibujo apresuradamente y me dispongo a reconducir la conversación.
—Gideon. Es una de las flores de Gideon.
No puedo moverme. Gideon. ¿Quién es Gideon? La abuela me quita el dibujo de la flor y lo acaricia igual que ha hecho antes. Le tiemblan los dedos; los mueve con cuidado, fascinación y suma delicadeza.
—¿Quién es Gideon?
Nunca he oído mencionar este nombre, ningún miembro de nuestra reducida familia se llama así. Desvío la mirada hacia el dibujo y veo que la inicial que hay bajo el tallo de la flor es una «g» diminuta, escondida entre unas hojas que aún retienen cierto tono verdoso.
—Gideon siempre me dibujaba flores —murmura Sylvia.
Gideon era el autor de ese dibujo. No soy especialmente aficionada al arte, pero a juzgar por la emoción que ha impregnado la voz de la abuela, Gideon no es ningún pintor famoso y esa ilustración es algo muy personal. Además el dibujo ha caído de uno de los cuadernos de papá; si se tratase de algún hallazgo con valor artístico, él lo habría entregado a alguien de la universidad.
No, ese dibujo no es una obra de arte que hubiese encontrado Edward Morgan por casualidad. La había buscado por algún motivo y por eso la había guardado en ese cuaderno. Observo a la abuela y el modo en que Sylvia mira la flor me encoge el corazón.
—¿Quién es Gideon?
Sylvia sacude la cabeza al oír de nuevo mi pregunta. Estaba perdida en la niebla de sus recuerdos y se esforzaba por encontrar una salida.
—Ayúdame, Sarah —me pide desesperada—. Ayúdame, por favor. No puedo olvidarme de Gideon ni de nuestras flores.