16

 

La visita con la doctora Kensington ha sido tal como me la había imaginado; hemos intercambiado correos durante años y yo ya estaba más o menos al corriente del estado real de la abuela. Y siempre he sabido que no existe cura para el Alzheimer, que es irreversible.

Creía tenerlo asumido, pero los momentos que he compartido con Sylvia desde mi regreso han conseguido despertar en mí los mismos sueños y esperanzas que albergaba de adolescente, cuando la abuela empezó a enfermar.

«Sylvia es distinta, ella se curará. Se han equivocado en el diagnóstico.»

—¿Crees que podría haber una mejoría? —le pregunto a la doctora a pesar de que ya sé la respuesta.

—Lamento decirte que no.

—Me ha reconocido y hemos hablado como antes —insisto.

—Sí, es posible, y la verdad es que desde que tú estás aquí Sylvia ha estado mucho más tranquila, pero eso no significa que la enfermedad remita. Todos tenemos días buenos y malos, incluso las personas que no padecemos Alzheimer.

—¿Me estás diciendo que mi abuela sencillamente ha tenido un «buen día»?

—Te estoy diciendo que disfrutes de estos momentos, pero que no te hagas ilusiones. Sylvia tiene Alzheimer.

—¿Qué puedo hacer para que tenga más «días buenos»?

—Lo que estás haciendo. —La doctora se apoya en el respaldo de la silla y entrelaza los dedos—. La noticia de la muerte del profesor Morgan le afectó mucho: hubo un momento en que pensamos que se rendiría. Y sin embargo ahora está ilusionada y quiere seguir adelante.

—¿Qué quieres decir?

—Si una persona se niega a vivir, puede llegar a convencer a su cuerpo para que deje de intentarlo. Cuando le comunicaron el fallecimiento de su hijo, Sylvia sufrió un grave ataque de histeria. Gritaba, se puso violenta, incluso temimos que fuera a hacerse daño. Al final no tuvimos más remedio que sedarla. Al día siguiente, sencillamente se quedó en la cama. No la abandonó hasta que supo que tú ibas a volver a Inglaterra.

—¿Por qué no me lo habías comentado hasta ahora? ¿Qué sucedió? ¿Cómo le disteis la noticia a Sylvia? —Sabía que no tenía derecho a cuestionar la decisión de la doctora; ella no estaba allí y tenía que confiar en los médicos, pero imaginarse a la abuela en ese estado le rompía el corazón.

—No se lo dijimos nosotros: tanto el doctor Elba como yo habíamos decidido que lo mejor sería no hacerlo y esperar tu llegada. Pero Sylvia tuvo visitas. Vino un hombre a verla y se lo dijo. Cuando Sylvia empezó a llorar desconsolada, un enfermero acudió a buscarme y tuvimos que tomar una decisión. No podíamos mentirle, no nos habría creído. Ese día sabía perfectamente quién era Eddie y que había muerto.

—¿Cómo que vino un hombre? —Me pongo en pie, a punto de perder los nervios—. ¿Quién diablos era? Creía que esto era una institución seria y que los pacientes solo podían recibir las visitas de familiares o de personas autorizadas.

—Somos una institución seria. Ese caballero ya había venido antes y el profesor Morgan había rellanado la autorización pertinente para permitirle visitar a Sylvia. Comprendo que estés nerviosa y que esta situación te preocupe, pero te aseguro que mientras tú no estabas hemos hecho todo lo posible para cuidar de Sylvia, igual que hacemos con todos nuestros pacientes. Y ahora, si eres tan amable de volver a sentarte, Sarah, iré a buscar los papeles para que los revises.

Me siento porque quiero ver esos papeles y porque, a pesar de que sigo estando furiosa, no quiero hacer nada que pueda afectar al bienestar de la abuela. No sé si la doctora Kensington pretendía hacerme daño con ese «mientras tú no estabas», pero me lo ha hecho, y lo peor de todo es que no puedo enfadarme por ello. Tiene razón y, a no ser que haya sucedido algo grave, no puedo cambiar a la abuela de centro: eso la alteraría mucho y parece feliz aquí.

—Está bien, de acuerdo.

—Solo tardaré un momento.

La doctora se levanta y abandona el despacho dejando la puerta abierta. Apenas dos minutos más tarde está de vuelta.

—Aquí tienes.

No puedo creerme lo que estoy viendo. Otra vez no.

—¿Liam Soto estuvo aquí? ¿Por qué?

—Me temo que eso tendrás que preguntárselo a él, pero exceptuando el día que el señor Soto le contó que el profesor Morgan había muerto Sylvia siempre estaba contenta después de una de sus visitas.

—Lo haré, de eso puedes estar segura.

La doctora guarda los papeles después de que yo se los devuelva e intenta reconducir la conversación.

—¿Cuándo volverás a Brasil? Te lo pregunto porque, dado el actual estado anímico de Sylvia, sería mejor ir preparándola. Como te he dicho antes, no sabemos exactamente qué información retiene, pero no podemos tratarla como si no fuese la mujer inteligente que es.

Tras esa frase miro a la doctora de otro modo.

—Tienes razón —le concedo—. En cuanto a mi regreso… —Cojo aire e intento escuchar el susurro de mi corazón— todavía no lo he decidido. De momento voy a quedarme un poco más de lo que había previsto. —Es lo máximo que me atrevo a decir—. Cuando tenga una fecha te avisaré con tiempo y seguiré tu consejo sobre cómo comunicárselo a mi abuela.

—De acuerdo. No dudes en llamarme si te surge alguna duda.

—Así lo haré.

Vuelvo a ponerme en pie y le tiendo la mano a la doctora.

—¿Puedo preguntarte algo? —Kensington me mira intrigada.

—Claro. —No puedo decirle que no.

—Los dibujos de esas flores, ¿dónde los ha encontrado?

—Los tenía mi padre guardados —improviso—. ¿Por qué?

—Sylvia lleva años preguntando por las flores de Gideon. Creía que eran una clase concreta de flores y se lo pregunté al jardinero, pero me dijo que no sabía de qué le estaba hablando. Sylvia parece muy feliz desde que las tiene. Si encuentras más, tráelos.

—Por supuesto.

Abandono Green Meadows perdida en mis pensamientos. Hasta ahora nunca había intentado comprender qué significa de verdad padecer Alzheimer; lo había reducido a la perdida de la memoria, a una especie de vacío, pero es mucho más complicado e infinitamente más doloroso. ¿Cómo debe de ser saber que tienes que recordar algo, que necesitas revivir una sensación para recordar quién eres, a quién amas, cuál ha sido el motivo de tu vida… y no poder hacerlo? Sylvia no solo está perdiendo la memoria: se pierde a sí misma, a lo que más ha querido, y la crueldad es que hay instantes en que es consciente de ello.

Entro en el coche y lo pongo en marcha. Sé adónde tengo que ir a continuación. Nunca he tenido un destino más claro. Iré a casa de la abuela, la pondré patas arriba si es necesario, y encontraré alguna pista sobre Gideon y sobre las flores, o sobre Jane Eyre. Si ese hombre y esas flores significaron tanto para ella, tiene que haber algo en alguna parte. Lo encontraré todo, encontraré cada recuerdo y se los devolveré a Sylvia, aunque sea solo por un segundo.

A Liam Soto lo buscaré después, porque tanto si él quiere como si no va a darme una explicación sobre por qué ha ido a visitar a mi abuela. Y por qué me trata de esa manera. Basta de mentiras.

La casa de Sylvia está a medio camino entre la ciudad de Oxford y la de Garsington. La compró pocos años después de la muerte de su esposo Mathew. Él nunca había querido irse de la ciudad: decía que le gustaba ir andando a la sastrería, que así ejercitaba la pierna y esta no le daba tantos problemas por la noche. Siempre que pienso en mi abuelo, al que no conocí jamás, me viene a la mente la imagen de su bastón de carey negro. El bastón que la abuela siempre ha guardado junto a la entrada de su casa y cuyo mango acariciaba con cariño cuando salía.

Mathew Morgan había sufrido un grave accidente de pequeño: un carro había volcado a su lado y la rueda le había aplastado la mitad inferior del cuerpo. Por fortuna sobrevivió, pero le quedó una cojera en la pierna derecha pues al soldarse de nuevo los huesos perdió varios centímetros de altura y ganó un dolor de cadera perenne. Un mal negocio, lo llamaba él siempre.

Era un buen hombre, esa era la mejor definición. Era respetado en el barrio donde vivían, su esposa le quería, y cuidaba de él y de su único hijo con devoción. El pequeño, Edward, le respetaba y le admiraba. Mathew se había ganado a pulso todos aquellos sentimientos y los devolvía con creces; amaba a Sylvia en cuerpo y alma, y haría cualquier cosa por su hijo. Edward y él se llevaban muy bien excepto cuando Mathew insistía en enseñarle el oficio de sastre y Edward le demostraba lo negado que era para el hilo y la aguja. Pero esas diferencias nunca lograron distanciarlos.

La muerte de Mathew fue repentina y silenciosa. Una noche antes de dormir le comentó a Sylvia que no se encontraba bien, que notaba una fuerte presión en el pecho y que le costaba respirar. Su esposa le preparó una infusión y le riñó porque trabajaba demasiado. Él la vio tan preocupada que incluso le prometió que en unos días dejaría que lo acompañase al médico, aunque estaba seguro de que era una tontería.

No lo fue. Murió esa misma noche.

Sylvia acusó el golpe; no era justo que la vida le robase a Mathew. Lo lloró desconsolada y durante un tiempo intentó mantener la sastrería abierta, pero era demasiado doloroso y decidió ponerla en venta. El agente inmobiliario que gestionó la compraventa le dijo que había tenido mucha suerte pues, aunque el barrio no era de los más solicitados de Oxford, había aparecido un comprador ansioso por hacerse con ella que había ofrecido una importante suma. Sylvia se mordió la lengua para no decirle que preferiría no tener ese montón de dinero y volver a despertarse junto a Mathew. Vendió la sastrería y también la casa donde había transcurrido la totalidad de su matrimonio, y así pudo darle dinero a Edward para que fuese a la universidad y cumpliese su sueño de estudiar. Eddie llevaba años retrasándolo para no hacer daño a su padre. Con el resto del dinero, Sylvia se compró la casa donde Sarah la había visto envejecer.

A veces a Sylvia le dolía mirar a Sarah. No se lo decía nunca a nadie, pero le traía demasiados recuerdos. Se parecía mucho a su abuelo.

Sylvia volvió a ser feliz en esa casa. Tenía un jardín precioso que cuidaba con esmero y alegría a partes iguales. En esa casa celebraron la graduación de Eddie y su compromiso con Mary, y también el nacimiento de Sarah. Allí también vivieron momentos tristes, pero qué vida no los tenía; eran los que permitían reconocer los buenos.

Tenía sesenta años cuando empezó a perder la memoria, y en ese momento no le dio ninguna importancia. Eran cosas de la edad, se decía. Vivía sola y era normal que ciertos detalles se le pasasen por alto o que se confundiera con algunos productos de jardinería, o que nunca supiese cómo funcionaba el televisor. Además, formaba parte de tantos comités y participaba en tantas actividades (en el club de lectura, en las charlas en la biblioteca, en la asociación de cultivadores de rosas, en la de los amigos de las plantas) que era normal que no se acordase siempre de todo. Sin embargo, dentro de su mente había un monstruo que le iba robando detalles, que se los iba arrebatando y que le impedía recuperarlos cuando lo intentaba.

El día que se asustó de verdad fue cuando, una tarde, quiso coger uno de sus libros y no lo encontró. Estaba segura de que lo había guardado allí, porque siempre los dejaba en el mismo lugar. Entonces hizo algo que inconscientemente llevaba tiempo haciendo, se investigó a sí misma. Fue a por el bolso y vació el contenido encima de la mesa del comedor, leyó los resguardos de las tiendas y entonces lo vio: una servilleta de una cafetería que había al lado de la biblioteca. Salió precipitadamente de casa, atinó a ponerse el abrigo y poco más.

Llegó a la biblioteca con el corazón tan desbocado que tuvo que abanicarse. En el mostrador estaba Rose, una señora con la que había entablado cierta amistad con los años.

—Hola, Sylvia, no esperaba verte hoy —la saludó Rose.

—¿Estuve aquí hace poco?

Rose enarcó las cejas por encima de las gafas.

—La edad no perdona, ¿eh? Yo a veces también me olvido de en qué día estamos —bromeó sin amargura pues las dos rondarían la misma edad—. Viniste el otro día a traer una caja de libros para donar, ¿no te acuerdas?

Sylvia negó con la cabeza. Tenía ganas de gritar. No podía haberse desecho de ese libro, de ese no.

—¿Todavía los tienes por aquí? —preguntó tras humedecerse los labios.

—Quedan algunos, los dejé allí encima. —La bibliotecaria señaló una mesa que había en medio de dos sofás donde solían sentarse dos señores muy cascarrabias.

Sylvia corrió hacia allí suplicando en silencio que estuviera. «Si está, prometo ir al médico.» Lo había retrasado porque temía la respuesta, pero si el destino le concedía ese regalo, iría.

Apartó los periódicos del día y las revistas de coches y de manualidades, y vio dos libros que no reconoció. Tal vez fueran suyos, pensó con tristeza, así que los abrió en busca de su nombre. No lo eran. Los cerró con los dedos temblorosos y notó que se le nublaba la vista. Apartó una última revista sobre punto de cruz y lo encontró debajo.

—Estás aquí. —Lo acarició con una mano y con la otra se secó la lágrima que le resbaló por la mejilla—. No volveré a olvidarme de ti, te lo prometo.

Abrió la cubierta y, con un gesto grabado en la yema de los dedos de la cantidad de veces que lo había repetido, dibujó la diminuta «g» que había en el borde superior de la primera página.

—¿Lo has encontrado? —Rose la sorprendió. Había aparecido a su lado y miraba el libro con curiosidad—. ¿Toda esta preocupación por una vieja novela de Jane Eyre?

—Sí.

—¿Jane Eyre? Es un dramón.

—Es un recuerdo y quiero conservarlo.

Cuando tomo la última curva y veo aparecer la casa de Sylvia, me quedo sin aliento. El jardín sigue siendo el más bonito que he visto nunca, incluso en la distancia. Mi padre lo había estado cuidando desde que Sylvia ingresó en Green Meadows, pero desde su muerte no lo ha hecho nadie y ha quedado descuidado; es como si esas plantas llorasen también la muerte de papá. Aprieto las manos en el volante. Tengo que arreglarlo, se me retuerce el alma al verlo así.

Maniobro con cuidado por el camino de tierra y detengo el coche en la que determino que es la zona más llana. La pintoresca casa de Sylvia se halla en lo alto de un pequeño montículo cubierto de hierba que me llega hasta un poco más arriba de los tobillos. Bajo del vehículo bien abrigada; ha lloviznado y estar aquí sola, sin papá y sin la abuela, es muy triste. Camino hasta la casa observando que a pesar del paso del tiempo, y de lo mucho que se ha construido en la zona, el refugio de Sylvia sigue gozando de intimidad y soledad.

Cruzo el umbral invisible custodiado por el buzón, una casita de metal con un ridículo tejado rojo, y respiro hondo. El perfume de las flores me asalta; la lluvia las ha vestido de gala y ahora brillan bajo la luna que acaba de llegar al baile. Acaricio los pétalos con cuidado y voy recordando los nombres de las flores, pero no como los aprendí en la universidad sino como me los enseñó la abuela. Cada flor va acompañada de una historia. De pequeña habría podido pasarme horas escuchándolas. Eran historias mágicas, imprevisibles, y me habían fascinado de tal modo que decidí a muy temprana edad que algún día lo sabría todo sobre las flores y la naturaleza. Algún día tendría mi propio invernadero donde me encerraría a vivir y no saldría nunca.

Es curioso, pienso al detenerme ante un rosal: hacía tiempo que no pensaba en eso, quizá incluso podría decirse que lo había olvidado, pero al caminar entre las flores de la abuela lo recuerdo todo… Las flores de la abuela. ¿Serán también las flores de Gideon?

Saco el manojo de llaves del bolso. Me tiemblan las manos. Las preguntas se enredan en mi mente igual que las hojas de las hortensias que trepan por el muro de la casa. Abro la puerta en el segundo intento.

—Oh, Dios mío. Oh, Dios mío.

El pequeño salón ha quedado destrozado, los muebles están patas arriba y hay cojines rasgados y esparcidos por todas partes. Las estanterías de los libros están tumbadas en el suelo, los cajones abiertos y algunos bocabajo. Las piernas me flaquean y caigo de rodillas al suelo. No se me ocurre pensar que los ladrones puedan seguir en la casa: hay algo en esa destrucción que deja claro que lleva así días. Busco el móvil. Recuerdo el número de emergencias de la policía local porque la abuela me obligó a aprendérmelo de adolescente. Cierro los ojos y rezo para que siga siendo el mismo.

—Policía, ¿en qué podemos ayudarle?

Balbuceo la información con tanta precisión como me es posible. Me sudan las manos, no puedo dejar de temblar y tengo unas ganas absurdas de llorar. La agente que me atiende me pide que vuelva al coche y me encierre en él hasta que llegue el coche patrulla. Le aseguro que lo haré, pero diez minutos más tarde los policías me encuentran allí mismo porque he sido incapaz de moverme.

—Señorita Morgan, ¿quiere que la ayude a levantarse?

Tardo varios segundos en procesar las palabras del agente.

—No, gracias.

Sigo en el suelo. El policía, un hombre que pasa de la cincuentena y tiene el rostro cansado y ojos tranquilos, se agacha a mi lado.

—A simple vista, ¿sabe si falta algo?

—No —farfullo—, hace años que no venía por aquí. —Aprieto los labios con fuerza.

El agente me presiona ligeramente el antebrazo para darme ánimos y se levanta.

—¿Quiere que la llevemos a alguna parte? ¿Tiene un lugar donde quedarse a dormir?

—Sí, estoy en casa de mi padre, en Oxford. Y no, no se preocupen, puedo conducir. De verdad —añado con firmeza.

—Váyase a dormir un rato. Nosotros nos quedaremos aquí y echaremos un vistazo. La casa no tiene alarma y lo más probable es que los ladrones supieran que no estaba habitada. La llamaremos mañana y la pondremos al tanto.

—¿Se quedarán aquí? ¿No dejarán que le suceda nada más a la casa?

—Nos quedaremos aquí, no se preocupe —me asegura el hombre en tono compasivo. Tengo la mirada tan perdida y el rostro tan pálido que el policía intenta tranquilizarme.

—Gracias. ¿Cuándo podré venir a ordenar todo esto? Necesito encontrar lo que me pidió la abuela.

—Mañana, no se preocupe. Nosotros comprobaremos que no haya nada extraño en la casa e intentaremos encontrar huellas, aunque en este tipo de allanamientos es difícil, no quiero engañarla. Lo más probable es que entrasen aquí para pasar la noche y se divirtiesen un rato.

Asiento y me levanto. Tengo que salir de aquí cuanto antes: no puedo derrumbarme frente a estos policías, pensarán que tengo un ataque de nervios o de ansiedad e insistirán en acompañarme cuando en realidad lo que más necesito es estar sola.

—Gracias, agentes. Creo que les haré caso y me iré a casa.

El agente con el que he estado hablando, Paul Braden, me da una tarjeta.

—Llámenos si quiere que la acompañemos mañana.

—Lo haré, gracias.

Guardo la tarjeta en el bolso y salgo de la casa. Me tiemblan las piernas, pero camino despacio y recupero parte del equilibrio. No creo que esto haya sido un robo al azar o un allanamiento sin más, no tiene sentido. ¿Qué clase de delincuente entra en una casa como la de Sylvia por casualidad? Es una casa cualquiera en medio del campo, no llama la atención. ¿Qué diablos podían buscar allí? Y, en el caso de que eso fuese efectivamente lo que ha sucedido, ¿cómo han entrado y por qué no se han llevado nada? El televisor y los pocos objetos de valor de la casa seguían allí intactos. No le he mentido al policía: hacía años que no entraba en esa casa, pero conozco a la abuela y estoy segura de que en mi ausencia no se había comprado ningún objeto de valor incalculable y lo había puesto en el salón. Sylvia llevaba años viviendo en Green Meadows y el único que había utilizado esa casa desde entonces había sido papá.

Me sube el corazón a la garganta.

Oh, Dios mío, papá.

—¿Qué estabas haciendo, papá? Mierda, ¿por qué no me lo contaste?

Tengo el horrible presentimiento de que Eddie Morgan estaba investigando algo antes de morir y de que había utilizado la casa de Sylvia como despacho improvisado. ¿Por qué? ¿Qué diablos tienen que ver esas ilustraciones de flores con lo que está sucediendo? ¿Me estoy volviendo loca y todo esto no es más que una horrible casualidad?

Pongo el coche en marcha y conduzco de regreso a casa aturdida por esas preguntas. Tengo que descansar un rato. Mañana la universidad celebra una misa en honor de mi padre, esa de la que me habló Materson. Y esta vez voy a asistir.