46

 

Tres semanas más tarde, Sarah llegó a Milton Manor en su nuevo coche. No había podido comprar el Rover de la empresa de alquiler de coches, así que se había decidido por un modelo parecido y del mismo color para no añorarlo: había llegado a cogerle verdadero cariño. Aparcó en su sitio (aún le costaba creerse que tuviera «un sitio») y entró en casa.

—Buenos días, Hannah —saludó a la enfermera nada más verla.

Gideon había decidido contratar los servicios de Hannah Marks y de otra enfermera para que estuviesen siempre en Milton Manor. En realidad con una habría bastado, pues él no se apartaba ni un segundo de Sylvia, pero así Sarah también estaba más tranquila. Aunque Gideon insistiera en decir que no había sido para tanto, a ella no se le olvidaba que su abuelo había sufrido una embolia unos meses atrás.

—Buenos días, Sarah, ¿cómo estás hoy?

—Muy bien. Hoy empiezo a trabajar.

—Lo sé. Gideon no ha dejado de presumir de ti desde que aceptaste. Tus abuelos están bien, Sylvia está en el dormitorio y Gideon en el invernadero. Si sales, aún le encontrarás allí.

—Gracias, primero iré a ver a Sylvia.

—Claro, estás en tu casa. Yo iré a ver si queda algo del pastel de anoche.

Sarah subió la escalera hacia el dormitorio. Sus labios esbozaban una sonrisa siempre que alguien se refería a Sylvia y a Gideon como a sus abuelos, y tenía que reconocer que se sonrojaba si pensaba en que ellos dormían juntos. Era absurdo, pero le parecía increíblemente romántico. Llamó a la puerta y entró antes de que Sylvia le respondiese.

—Buenos días, abuela.

—Buenos días.

Sylvia estaba sentada en la cama y sujetaba en las manos el Herbarium, el cuaderno de piel marrón donde había guardado las ilustraciones de flores a lo largo de los años, hasta que el Alzheimer le impidió seguir buscándolas. La enfermedad seguía presente y habían pasado unos días muy malos recientemente, pero ni Gideon ni Sarah se iban a echar atrás.

—¿Qué tal estás hoy?

—Bien. —Cerró el Herbarium—. Gideon ha ido a buscarme una flor, como si no me hubiera dado ya suficientes.

Sarah se acercó a la cama y se sentó al lado de Sylvia.

—Quiere cuidarte, es bonito.

Sylvia miró entonces a Sarah y las dos mujeres se quedaron en silencio. Sarah había aprendido a detectar los instantes que eran importantes para su abuela, aquellos en que de verdad se esforzaba por recordar algo o por tener la mente centrada y decir lo que de verdad pensaba y sentía.

—Gracias, Sarah. Gracias por volver y por creerme.

—Oh, abuela.

Sarah la abrazó con la misma fuerza con la que la había abrazado el día que llegó a Inglaterra desde Brasil, pero sin el miedo ni el frío de entonces.

—Gracias por devolverme a Gideon —susurró Sylvia tras darle un beso en la mejilla.

Sarah no podía hablar. Quería decirle a la abuela que era ella la que tenía que darle las gracias por haberla obligado a sentir y por haberle enseñado el verdadero significado del amor y de la memoria, del sacrifico y de la generosidad.

—Oh, vaya, me alegro que estéis las dos juntas. —La puerta del dormitorio se abrió y entró Gideon—. Más os vale no estar llorando cuando llegue a la cama.

Sarah soltó a la abuela y, con una sonrisa en los labios, se enjuagó las lágrimas. Sylvia levantó una mano y ayudó a su nieta a secarse el rastro que le había quedado en el rostro. Después, giró la vista hacia el hombre que en su mente seguía siendo el más atractivo de todos, el único cuya sonrisa había hecho girar su mundo.

—Buenos días, mi vida. —Gideon se agachó y besó a Sylvia en los labios—. Te he traído una flor.

Sylvia aceptó la hoja de papel que él le dio junto con una borraja, una flor que significaba amor eterno.

—Gracias —contestó ella.

—Y esta, Sarah, es para ti.

—¿Para mí? —Ella aceptó contenta y confusa otro papel y otra flor de manos de su abuelo.

—Claro, espero que te guste: es una campanilla de invierno. Significa esperanza.

Sarah desvió la vista hacia la flor y el dibujo, ambos eran preciosos.

—Gracias, Gideon. —Se levantó de la cama y abrazó primero a su abuelo y después a su abuela—. Tengo que irme.

—Sí, me han dicho que hoy es tu primer día de trabajo. Buena suerte.

Gideon le guiñó el ojo y Sarah se fue con una sonrisa. Al final había decidido que no quería volver a la universidad. A lo largo de las últimas semanas, y mientras buscaba las flores perdidas de la abuela, había llegado a la conclusión de que lo que de verdad le gustaba era investigar. A Liam no pareció sorprenderle lo más mínimo su decisión, y bromeó con ella diciéndole que se alegraba de que no fuera a trabajar con él en la universidad pues estaba seguro de que acabaría interrumpiéndole alguna clase. Puso el coche en marcha y tuvo que encender el aire acondicionado porque le entró calor al recordar cómo acabaron ella y Liam esa conversación.

Sarah mandó su currículum a todos los laboratorios de la zona y una mañana unos días atrás, al entrar en Milton Manor, Gideon bajó furioso con uno de ellos en la mano. Su abuelo no podía entender que hubiese mandado un currículum al laboratorio que le pertenecía por derecho. Discutieron, fue su primera discusión, pero al final llegaron a un acuerdo: Sarah trabajaría allí, pero no aceptaría ningún cargo por encima de sus capacidades. Gideon le aseguró que jamás se lo habría ofrecido y después añadió que ya iba a tener tiempo para eso.

Sarah estaba nerviosa y feliz al mismo tiempo, y su primer día en el laboratorio Cambray, sucursal de Milton Pharmaceutical, fue todo un éxito. Se sentía orgullosa de sí misma, de no haber huido y de haberse quedado. Aún no se lo había comentado a Gideon, en realidad no se lo había dicho a nadie, pero se estaba planteando la posibilidad de añadir el apellido Cambray al suyo. Sarah Morgan Cambray sonaba muy bien, sonaba a ella de verdad.

Hacía dos semanas que se había instalado en la antigua casa de la abuela. Tal como le había dicho a Liam, la casa de Eddie Morgan no parecía haber traído demasiada suerte a nadie que la hubiese habitado y a Sarah no le dolió en exceso venderla. Utilizó una pequeña parte del dinero para arreglar un poco la casa de la abuela, pero el resto lo guardó; quería hacer algo especial con él, pero antes quería hablarlo con Gideon y con Sylvia. No le parecía acertado decidirlo ella sola, y eso era quizá lo que más le gustaba de su nueva situación, que ya no estaba sola.

Laboratorios Cambray estaba situado en un precioso edificio a medio camino entre Milton Manor y la ciudad de Oxford. Gideon y Sam Cambray lo habían ordenado construir después de la guerra y desde entonces se había convertido en una de las sedes más emblemáticas de la empresa familiar. Laboratorios Cambray se dedicaba básicamente a la investigación médica y biológica, y Sarah estaba convencida de que era el lugar perfecto para ella. Ese primer día había sido muy intenso: había conocido a los que iban a ser sus compañeros de equipo y durante la hora del almuerzo se había quedado embobada viendo las viejas fotografías de Gideon, Sam y George que había colgadas en los pasillos. Cada día que pasaba descubría más cosas sobre la vida de esos tres hombres y se sentía más agradecida de tener esa oportunidad.

Sarah volvió a Oxford horas más tarde. Se pasó el trayecto pensando en los tres hermanos Cambray, su abuelo y sus dos tíos abuelos, supuso con una sonrisa. Era muy triste que los tres hubiesen sufrido tanto y que solo Gideon hubiese llegado a ser feliz de verdad, a pesar de que también era el que más dolor había sentido. Sarah seguía pensando constantemente en su padre; él tampoco había logrado recuperar la felicidad antes de morir. El único consuelo que tenía Sarah era pensar que al menos Eddie había conocido a Gideon y había averiguado qué representaba de verdad para él y para Sylvia, y que había contado con la amistad de Caitlin y de Liam.

Liam.

Liam Soto.

Habían pasado tres semanas desde el día que acompañaron a Gideon a Green Meadows por primera vez, tres semanas desde que ella había decidido perdonar a Liam por haber estado involucrado con Samuel Cambray y haberlo ayudado involuntariamente en sus planes. Tres semanas desde que los dos habían confesado sus sentimientos. Las cosas entre ellos no eran fáciles. Sí, estaban enamorados, pero aún tenían muchos problemas por resolver y a los dos les costaba arriesgarse. Quizá porque tanto él como ella sabían lo doloroso que resultaba perder el amor y lo difícil que era recuperarlo.

Seguían viviendo cada uno en su casa y se veían a diario. Las fotografías de Liam no habían salido a la luz y él, aunque no descartaba que llegasen a hacerlo algún día, estaba aprendiendo a vivir con los remordimientos del pasado. Había retomado las clases con fuerza y, aunque no pensaba decírselo a Sarah, en más de una ocasión había echado de menos sus interrupciones. También había empezado a escribir otra novela; en la editorial habían dado saltos de alegría cuando les anunció que, si todo seguía así, en un año tendrían un segundo manuscrito. A Sarah aún no se lo había contado. Iba a hacerlo esta noche cuando ella volviese de su primer día de trabajo en los Laboratorios Cambray. Habían quedado en casa de él. Había momentos en los que a Liam esa situación de vivir separados no acababa de gustarle, en especial cuando dormían separados y se despertaba a media noche por culpa de una pesadilla y Sarah no estaba. Cuando eso sucedía, siempre tardaba unos segundos en calmarse y tenía que repetirse que ella existía, que no había desaparecido, que sencillamente estaba en casa de su abuela. En más de una ocasión, Liam acababa poniéndose el abrigo encima del pijama aún mojado por el frío sudor de la pesadilla y conducía hasta la antigua casa de Sylvia.

—Cállate y sigue durmiendo —le decía a Sarah cuando se tumbaba a su lado y por fin se calmaban los latidos de su corazón.

No, esa situación no acababa de gustarle, pero de momento era lo mejor para ellos. Samuel Cambray seguía en Estados Unidos, pero todos sabían que tarde o temprano iba a reaparecer y Liam no quería que Sarah corriese ningún peligro cuando eso sucediese. Liam estaba convencido de que Samuel intentaría hacerles daño, aunque también sabía que tanto él como Sarah y Gideon le plantarían cara y saldrían adelante. Era extraño saber que por primera vez en su vida no estaba solo.

Liam estaba escribiendo en el salón de su casa, tenía el ordenador portátil encima de la mesa y un agradable fuego ardía en la chimenea. Normalmente escribía en el despacho que tenía en el piso superior, pero hoy se había instalado allí porque desde esa ventana podía ver la entrada. Tenía muchas ganas de ver a Sarah.

Cuando escribió Amar a Jane Eyre estaba furioso, se odiaba a sí mismo por tener una mente y un corazón defectuosos y odiaba al mundo entero por insistir en que su chica del río no existía. Se pasaba los días y las noches escribiendo, encerrado dentro de sí mismo, como si la escritura fuese el único medio de exorcizar los demonios que le dominaban. Ahora era todo lo contrario, su nueva novela, cuyo título provisional era Vivir por Jane Eyre, también le tenía atrapado frente al ordenador día y noche, pero esta vez no podía parar de escribir porque tenía miedo de que tanta felicidad fuese a estallar dentro de él. El amor era mucho más difícil de contener que el miedo y el odio, y sus efectos, mucho más devastadores. Liam apenas se reconocía cuando se miraba al espejo y no echaba de menos al hombre que había sido antes de que Sarah volviese a encontrarlo.

Oyó la puerta y se puso en pie automáticamente. Llegó a la entrada sin ser consciente de que se había puesto a caminar y, en cuanto vio a Sarah, la rodeó por la cintura y la besó. Ella le devolvió el beso, algo que a él seguía destrozándole, y le abrazó. Había días en los que Liam podía contenerse, pero hoy no era de esos, había estado escribiendo sobre ellos (tal como había hecho siempre sin saberlo) y la necesitaba. El abrigo de Sarah cayó al suelo y Liam suspiró aliviado al ver que ella bajaba las manos por su espalda y después buscaba los botones de su camisa.

—Te he echado mucho de menos, Sarah —pronunció Liam tras morderle sin querer el labio inferior en mitad de un beso.

—Y yo a ti.

Ninguno de los dos sabía si cuando decían esas frases significaba que se habían echado de menos durante las horas que no se habían visto o si se referían a esos años en los que él la había olvidado y ella había fingido que lo suyo no había tenido importancia.

Liam siguió besándola mientras ella le desabrochaba la camisa y le acariciaba. Los dos buscaron más besos, la piel del otro, eliminaron las capas de ropa necesarias hasta estar como de verdad querían, el uno dentro del otro. Hicieron el amor allí mismo. Liam levantó a Sarah y la apoyó en la puerta, en esa misma puerta que apenas unos meses atrás casi se había negado a abrirle.

—Dios mío, te quiero, Sarah. —No pudo contenerlo.

—Te quiero, Liam.

Él pensó que era un verdadero milagro que el DAI no estallase cada vez que hacía el amor con Sarah. La depositó con cuidado en el suelo y la besó despacio, incapaz de apartarse de ella. Sarah le acarició el rostro, el torso y detuvo la mano en la cicatriz. Liam apretó los dientes, no tendría que haberle hecho el amor allí de pie, prácticamente la había asaltado (aunque ella también a él) y ahora no podía tocarla y besarla como quería. Apoyó la frente en la de ella unos segundos.

—Hola —susurró.

—Hola —respondió ella con una sonrisa.

Liam se rindió y cogió a Sarah en brazos para llevarla a su dormitorio. Unas horas más tarde despertó con el corazón acelerado porque ella no estaba a su lado, pero en cuanto abrió los ojos y la vio en la butaca se tranquilizó y pensó en lo mucho que la quería.

—¿Qué estás haciendo?

—Estoy leyendo tu libro —le contestó Sarah.

Liam se sonrojó y salió de la cama. Sarah llevaba una de las camisetas de él y Liam optó por envolverse de cintura para abajo con la sábana con la que tropezó.

—Creía que ya lo habías leído. —Se detuvo frente a ella y le acarició el pelo y el rostro.

—Así es, pero me gusta releerlo. Es precioso. —Sarah apoyó la mejilla en la palma de Liam—. A veces, cuando te quedas dormido y yo no, leo algunas páginas y te observo. Eres un hombre increíble, Liam Soto.

—No es verdad —insistió él tras tragar saliva.

—Este es uno de mis párrafos preferidos: «Edward sabía que estaba roto por dentro, pero no de un modo limpio ni agradable, no como se rompen las personas que algún día tendrán la oportunidad o la fuerza necesaria para reconstruirse. Él no, él no solo estaba hecho pedazos, esos pedazos se odiaban entre sí y pretendían acabar de destruirle desde el interior, y él iba a permitírselo. Lo ansiaba, en realidad, hasta el día que conoció a Jane. Jane no tendría que haber existido. Claro que si Jane no hubiese existido, tampoco existiría él, comprendió de repente».

Liam asintió, no sabía qué otra cosa hacer, y después se agachó para besar a Sarah. Mientras ella existiera, él existiría. No, no solo existiría, existiría y amaría a Sarah. Igual que Gideon siempre existiría y amaría a Sylvia y Sylvia a Gideon.

Después de los besos, de las caricias, de los susurros que empezaban en los labios y acababan en la piel, Liam bajó a buscar el ordenador y volvió a subir al dormitorio. Se sentó con el portátil en la cama, tenía a Sarah dormida al lado y le recorrió unas pecas con el dedo fascinado aún por tener derecho a tocarla. El corazón le latía en el pecho y sintió la imperiosa necesidad de escribir.

Gideon le había dibujado flores a Sylvia, probablemente lo haría hasta el día que muriera.

Él escribía y siempre lo haría pensando en Sarah. Amándola.

Abrió el archivo y se puso a teclear.