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La cena de gala que se celebraba anualmente en Milton Manor era uno de los actos más elegantes y emblemáticos de Oxford y probablemente de toda Inglaterra. La familia Cambray había inaugurado esa tradición en 1975 cuando los padres de George, Samuel y Gideon Cambray aún seguían con vida, para celebrar el trigésimo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Algunos dijeron que era solo una excusa para mejorar su imagen pública, otros que honraban la memoria de su primogénito y otros que eran unos multimillonarios que se aburrían. Fuera cual fuese la explicación, a lo largo del tiempo el motivo de la fiesta había ido cambiando y, en la actualidad, el departamento de publicidad de la multinacional farmacéutica buscaba que estuviese relacionado con el presente, pero lo cierto era que la familia siempre se involucraba personalmente en el proyecto.
A la cena asistían pocos invitados y estaba considerado un acto muy exclusivo por el que los comensales o bien hacían una donación económica a la causa elegida o bien donaban su trabajo: una obra de arte en el caso de un artista, unas conferencias cuyos beneficios irían destinados también a ese proyecto, o una actuación en un teatro, también benéfica, por supuesto.
El profesor Liam Soto había donado un ejemplar de una edición especial que se había hecho de su novela Amar a Jane Eyre que incluía páginas seleccionadas de la obra de Charlotte Brontë al final y un prólogo de Kate Winslet, la actriz que casi con toda seguridad interpretaría el papel protagonista cuando llevasen la novela al cine el año siguiente. La novela, que estaba además firmada por los dos, Kate Winslet y él, sería subastada por una importante casa de subastas en Londres y los beneficios irían a la causa elegida por la familia Cambray. La noticia había levantado gran expectación desde que se sabía que la película era un hecho consumado y que empezarían a rodarla en breve, por lo que la llegada de Liam a la fiesta de los Cambray era una de las más esperadas de la noche. Él jamás se había imaginado que aparecería con Sarah del brazo y lo cierto era que no podía parar de sonreír, aunque los motivos por los que ella estaba ahora mismo sentada en el asiento del acompañante de su todoterreno no acabasen de gustarle.
Él había ido a buscar a Sarah completamente recompuesto y decidido a mantener las distancias. Ya se habían acostado, ya había visto y contado las estrellas de su espalda. Ahora tenía que olvidarlas: a ella, a las estrellas, a la chica del río y a todo lo que significaba Sarah Morgan.
Y lo significaba todo.
Y jamás lo olvidaría. Pero tenía que salvarla.
—No me dijiste que te habían invitado porque ibas a subastar un ejemplar de Amar a Jane Eyre, ni que iban a hacer una película de la novela.
Liam había pasado a recogerla a la hora convenida. Llevaba un elegante traje negro y una mirada que advertía que no se acercase; era lo único que se le había ocurrido para sobrevivir y para contener las ganas que tenía de besarla y abrazarla (y desnudarla y volver a hacerle el amor). Quería llevársela al dormitorio y perderse en ella, pero se clavó las uñas en la palma de la mano y se comportó como un perfecto caballero, y Sarah no supo cómo interpretarlo. Ella había elegido también un vestido negro, se había peinado y maquillado y se había puesto unos pendientes que hacía años que no llevaba, unos que le había regalado Sylvia cuando cumplió los dieciocho años. Acató la petición de los ojos de Liam, pero al mismo tiempo no fue capaz de comportarse como si nada hubiese pasado. Ya no eran los mismos que ayer o que una semana atrás, las raíces de sus vidas habían vuelto a mezclarse.
—No tiene importancia, es solo trabajo.
Sarah intuía que era mucho más que eso y que aquel precisamente era el motivo por el que no se lo había contado. Ellos dos aún no eran nada, aunque si el pasado hubiese sido distinto quizá habrían llegado a serlo. Ahora tenían el presente y quizá un futuro si conseguían ser sinceros el uno con el otro.
—Tal vez, pero me gustaría felicitarte de todos modos. La novela me está gustando mucho, es preciosa.
—Gracias.
Liam se sonrojó y se maldijo por no detener el coche y besarla allí mismo.
Milton Manor apareció casi sin avisar ante los ojos de Sarah y le robó el aliento. La elegante piedra anaranjada de la fachada destacaba bajo la luz de las antorchas que habían encendido para dar la bienvenida a los invitados, parecía el sol despertando al alba. Los árboles que la precedían guardaban más secretos que la historia de Gideon y Sylvia y los protegían recelosos. Los marcos blancos de las ventanas estaban recubiertos con ramas de enebro que les otorgaban un aire mágico propio de un cuento de hadas.
—Es precioso —susurró Sarah sin darse cuenta.
—Recuerda lo que hemos acordado: nada de vagar por tu cuenta por la casa ni de hacer preguntas extrañas. Vamos a observar. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Liam detuvo el vehículo frente al empleado con esmoquin negro que había en la entrada y este se encargó de las llaves y de llevarlo a la zona habilitada como aparcamiento. Entraron cogidos de la mano y Sarah sintió que perdía el aliento al cruzar la puerta. Era imposible no dejarse llevar por la luz de las lámparas de araña y los impresionantes cuadros y jarrones repletos de flores que decoraban la estancia. Los invitados iban todos sumamente elegantes. Si no hubiese estado tan nerviosa por lo que esa casa representaba para su familia, tal vez se habría fijado más en el resto de asistentes y habría reconocido a varios actores y presentadores de televisión, así como profesores de Oxford y otros académicos de reconocido prestigio.
Liam no tardó en ser abordado por unos ejecutivos de Londres. Tras la presentación inicial en la que Sarah descubrió que eran propietarios de la productora que había comprado los derechos de la novela, aprovechó para alejarse y dejarlos a solas. Ella cumpliría con su promesa, no deambularía por la casa, pero nunca le había prometido que no vagaría por el jardín.
Paseó discretamente por el salón. Las puertas de las estancias habilitadas para la fiesta estaban abiertas y en el interior se servía champán y podía escucharse la música que tocaba un cuarteto de cuerda situado en lo que parecía haber sido el comedor de la familia. Sarah no era la única que paseaba observando cuadros, jarrones y tapices, eran varias las personas que tenían la sensación de haberse colado en Downton Abbey. Estaba en la biblioteca cuando, al mirar por el amplio ventanal, vio un invernadero en el jardín. La construcción de cristal estaba iluminada por cuatro antorchas colocadas en los extremos, lo que significaba, si lo había deducido correctamente, que los invitados podían acercarse.
Sarah buscó a Liam con la mirada para avisarle de adónde iba, pero como no lo encontró, decidió salir sola. Estaría hablando con esos productores y no se percataría de su ausencia. Bajó los tres escalones y caminó hacia allí. Al acercarse distinguió una silueta en el interior, así que cuando abrió la puerta de cristal, saludó.
—Hola.
El perfume de las flores la recibió y el color verde le recordó durante un instante a Brasil.
—Buenas noches —respondió una voz desde atrás de unos árboles. La señora dejó unas tijeras de podar y se acercó a ella con los ojos entrecerrados—. ¿Sylvia Godworth? Es imposible —añadió de inmediato.
—Sylvia es mi abuela. ¿Quién es usted? —La señora tendría unos sesenta años y, aunque no llevaba el uniforme del servicio de catering encargado de la fiesta, estaba claro que pertenecía a Milton Manor, desprendía la misma solemnidad.
—Me llamo Patricia Barret, soy el ama de llaves de la familia Cambray. Sé que suena anticuado; si quiere puede rebautizar el cargo como el de asistenta personal de la familia. —Le tendió la mano—. Conocí a su abuela hace años. Yo entonces era solo una niña, pero me acuerdo de ella.
—Sarah Morgan. —Estrechó la mano de la señora Barret y se presentó—. ¿De verdad conoció a mi abuela?
Patricia Barret no podía dejar de mirarla.
—Lo siento, se parece mucho a su abuela, pero también tiene cosas de él.
—¿De quién?
—De su abuelo.
—¿También conoció a mi abuelo?
—Me temo, señorita Morgan, que me he precipitado y he hablado de más. Le ruego me disculpe. —El ama de llaves se sacudió la arena de las manos con el delantal y se dispuso a abandonar el invernadero.
—No, espere, señora Barret. Por favor. Mi abuela sufre Alzheimer desde hace años y confieso que no conozco demasiado bien esa parte de su pasado. Le agradecería cualquier ayuda que pudiera darme.
—¿Por qué? ¿Qué pretende? —La señora se puso a la defensiva—. ¿Qué está buscando?
—Nada material. —Sarah comprendió su desconfianza de inmediato—. Solo la verdad. Mi abuela me ha pedido que la ayude a recordar, no quiere irse de este mundo sin acordarse de Gideon —se arriesgó a añadir—. Y es lo único que puedo darle. Estoy contándole a Sylvia su historia porque sé que no puede morir sin haberla vivido una vez más. Le prometo que eso es todo.
La señora Barret volvió a coger las tijeras y se puso a podar un tiesto. Los movimientos eran lentos y mecánicos, como si formaran parte de un ritual.
—Recuerdo perfectamente el día que la echaron de aquí. Ella se fue sin decir nada, pero el dolor que vi en sus ojos me quedó grabado para siempre en la memoria. Durante años nadie habló de ella ni del señor Gideon, pero una Navidad la señora Marks me contó su historia.
—¿Sabe por qué ella y Gideon no volvieron jamás a estar juntos?
—Tengo mis sospechas, pero, si me permite una pregunta, ¿su abuela no se casó con otro hombre?
—Sí, y mi abuelo, Mathew Morgan, era un hombre maravilloso. Lo que dice mi abuela ahora no siempre tiene sentido, pero sé que ella y el abuelo fueron felices aunque no tuvieron una historia de amor comparable a la de Gideon y ella. Mi abuelo murió hace años, yo ni siquiera le conocí. ¿Tiene idea de por qué el señor Cambray no intentó ponerse en contacto con Sylvia entonces?
—El señor Cambray es un hombre muy reservado. Cuando visita Milton Manor, algo que no hace muy a menudo, siempre está trabajando o encerrado en su despacho dibujando. Los viejos empleados sienten un profundo respeto hacia él y recuerdo que en una ocasión Johns, el mayordomo de la familia, poco antes de morir, se encerró con él en ese despacho y le riñó por no haber ido a buscarla. Nadie preguntó a quién se refería, todos sabíamos que hablaba de Sylvia.
—¿Sabe cómo está el señor Cambray? En la prensa no he encontrado ninguna noticia reciente sobre su estado de salud y de verdad me gustaría saberlo. Le prometo que no voy a venderle la información a nadie. Yo también quiero protegerlo.
La señora Barret dejó de nuevo las tijeras de podar y volvió a mirarla.
—El señor Cambray está recuperándose en su casa de Escocia.
Sarah tuvo el presentimiento de que el código postal del sobre en el que había encontrado el último ejemplar de Jane Eyre también sería escocés.
—¿Cree que podría ir a verle? Necesito verle. Usted se ha mordido antes la lengua por discreción y respeto, y se lo agradezco, pero soy consciente de que puede ser mi abuelo. Dios —le tembló el mentón—, lo más probable es que lo sea.
—No sé la dirección. El señor Gideon siempre ha sido muy reservado respecto a eso. —Levantó de nuevo las tijeras y las detuvo en el aire—. Pero espere un momento; mañana, sábado, puedo hablar con la enfermera que solía ocuparse de él, que es hija de la señora Marks. La señora Marks era…
—La cocinera de Milton Manor, mi abuela me habló de ella.
Barret sonrió.
—A Marks le habría gustado saber que Sylvia la recordaba. La señora Marks murió hace tiempo, pero los Cambray siempre han tenido la costumbre de contratar a los descendientes de sus empleados más leales. Una costumbre de la antigua aristocracia, imagino. Hannah Marks conoce la historia de Sylvia y Gideon, su madre siempre los defendió y protegió a su manera. Hannah y yo somos amigas, al parecer también hemos heredado esa costumbre de las épocas pasadas. Puedo llamarla y decirle que va a ir a verla al hospital donde trabaja. No creo que pueda contarle demasiado, pero la ayudará. Tiene que ir a verla en persona, Hannah es un poco paranoica y no hablará de esto por teléfono; está harta de la prensa y desconfía del señor Samuel Cambray.
—Gracias, eso haré.
A Sarah se le erizó la piel al pensar que las precauciones de la Hannah Marks quizá estaban justificadas.
—Esté allí a las ocho de la mañana, Hannah se queja de que a esa hora siempre está sola. Y no haga que me arrepienta de ser una romántica incurable y de haberla ayudado. Si aparece algún periodista preguntando por esta historia o algún abogado reclamando que testifique en alguna herencia, lo negaré todo y diré que se lo ha inventado. ¿Está claro?
—Clarísimo. Gracias por ayudarme.
—De nada. Y ahora vuelva a la fiesta antes de que venga alguien y la encuentre donde no debería estar.
—Por supuesto. —Iba a girarse hacia la puerta, pero se detuvo un instante—. Esa planta que está podando debería tener un tiesto más grande.
—A su abuela también se le daban muy bien las plantas, este invernadero lo hizo ella. Antes había una mesa llena de flores, pero el señor Gideon ordenó quitarlas y nos hizo prometer que nadie volvería a plantarlas.
—Es precioso —susurró Sarah al salir. Se le había encogido el alma al imaginarse a Gideon arrancando las flores.
—Sí, sí que lo es —convino la otra mujer podando de nuevo.
Sarah se despidió y caminó de regreso a la casa con el corazón acelerado. Mañana vería a Hannah y tal vez averiguaría por fin el paradero de Gideon. La sospecha de que Eddie podía ser hijo de Gideon Cambray y no de Mathew Morgan parecía confirmada. Cuantas más fotografías antiguas veía de Gideon, más veía en ellas los ojos y la sonrisa de Eddie, pero hasta ahora no se había atrevido a decirlo en voz alta.
Tenía que contárselo a Liam.
Tenía ganas de besar a Liam y de decirle que la historia de Sylvia y Gideon aún podía acabar bien, y quizá la suya también.
Ya no hacía falta que siguieran en esa fiesta, y Sarah tenía el presentimiento de que él no opondría ninguna resistencia a abandonarla antes. Entró en la biblioteca por el mismo ventanal por el que había salido. Los invitados fluían con la misma agilidad que el champán y las conversaciones parecían más animadas. No vio a Liam a simple vista, así que se dispuso a buscarlo. No podía haber desaparecido.
Cruzó la biblioteca y el comedor y llegó a un pasillo. Iba a dar media vuelta cuando oyó su voz: provenía de una de las habitaciones. La puerta estaba entreabierta y, por lo que Sarah podía entrever, se trataba de un despacho. Ya tenía la mano en el picaporte cuando la frase que pronunció el hombre que estaba allí reunido con Liam le heló la sangre.
—Me dijiste que la señorita Morgan se iría a Brasilia y, según me han informado, pretende quedarse. Tiene que irse, Liam, de lo contrario ya sabes lo que haré.
—Va a irse, solo ha retrasado su partida.
—Por supuesto que va a irse, de un modo u otro.
—Déjamelo a mí, Samuel. —Liam estaba furioso—. Y dile a tus hombres que no vuelvan a cometer la estupidez de seguirla.
—Necesito estar seguro, Liam. Tienes una semana. Si la señorita Morgan no está en Brasil para entonces, atente a las consecuencias.
Sarah se tapó la boca para que no oyesen el grito que amenazaba con huir de sus labios, pero Liam levantó la cabeza y la vio. Y ella a él; vio esos ojos pidiéndole que se alejase de allí, que se protegiera.
Giró sobre sus talones y volvió precipitadamente al vestíbulo. Le pidió al aparcacoches que fuese a por el todoterreno de Liam, y otro de los empleados se ofreció a ir a buscar su abrigo. Tenía que marcharse de allí antes de ponerse a llorar o a gritar.
Liam le había devuelto con creces el daño que ella, sin saberlo, le había causado años atrás. Ella quizá lo había abandonado, pero él la había utilizado y traicionado. Empezó a temblar como una hoja al plantearse la posibilidad de que le hubiese hecho lo mismo a Eddie.
Él apareció de repente tras ella y le cubrió los hombros con el abrigo.
—Estás temblando.
Sarah se tensó e iba a apartarse, pero él la sujetó por los brazos y agachó el rostro hacia el hueco del cuello.
—Nos están observando —le susurró—. Sé que me has visto y sé que me odias, pero por lo que más quieras hazme caso y entra en el coche como si nada. Tenemos que salir de aquí.
—Te odio.
—Lo sé. Entra en el coche. Por favor.
«Yo me odio más.»
Le besó la mejilla porque necesitaba tocarla y porque no quería que el hombre que los estaba vigilando desde la ventana del despacho sospechase nada.
Liam se apartó y aceptó las llaves que le entregó el empleado de la fiesta. Ayudó a Sarah a entrar y cerró la puerta como si fuesen una pareja más, y no como si ella quisiera echársele a la yugular y él estuviese dispuesto a dejarla.
Estuvieron en silencio hasta que se alejaron de la mansión y entonces Sarah le ordenó que detuviese el vehículo.
—No pienso dejarte aquí en medio de la carretera.
—Prefiero volver caminando a Oxford a pasar un minuto más aquí contigo. Eres despreciable. ¿Por eso te acostaste ayer conmigo, para después humillarme y que así desease volver a Brasilia? Pues lo llevas claro.
—No hables de lo de anoche, ahora no. Lo que sucedió anoche no tiene nada que ver con esto.
—Oh, vaya, perdón. No quería ofenderte. ¿Desde cuándo sabes que el autor de las flores es Gideon Cambray? ¿Has estado todo este tiempo riéndote de mí y de mi padre?
—¡No! No es eso. Te juro que no tenía ni idea de que Gideon tenía algo que ver con las flores de Sylvia o con el pasado de tu familia.
—¡Ja! ¿Por qué lo has hecho? ¿Por dinero?
Liam apartó una mano del volante y buscó la de Sarah. Ella la rehuyó e incluso le golpeó el brazo con la otra mano, pero él fue implacable y terminó cogiéndola. Él estaba temblando cuando apretó su mano entre los dedos.
—Tienes que escucharme, Sarah. No estoy orgulloso de lo que he hecho, pero no es tan despreciable como estás imaginando. Deja que lleguemos a casa y allí hablaremos.
—¿A casa? No pienso ir a ninguna parte contigo.
—Dime adónde quieres ir y te llevaré, pero prométeme que me escucharás antes de echarme. Es importante. Por favor.
—¿Cómo sé que no forma parte de una estratagema orquestada por ti y por Samuel Cambray? Me he asustado cuando te he visto hablando con él y le he reconocido, he pensado que iba a hacerte daño. Pero luego, cuando me he dado cuenta de que erais amigos, he sentido arcadas. Cómo puedo haber sido tan estúpida. No sé si me has odiado desde el principio o si sencillamente me has utilizado para tus fines. Pero si lo has hecho para hacerme daño, felicidades. Lo has conseguido.
Sarah se puso a llorar furiosa y Liam le soltó la mano y empezó a tirar de la corbata que llevaba. Cuando la aflojó, soltó los tres primeros botones de la camisa. Estaba enfadado y sus movimientos eran tan bruscos que dos botones salieron por los aires y Sarah pudo ver que en su frente aparecían gotas de sudor. Él volvió a cogerle la mano antes de que ella pudiese reaccionar y la colocó encima de la cicatriz que ocultaba el DAI y su corazón.
—No es ninguna estratagema, no te estoy mintiendo. Maldita sea, Sarah. Soy yo, este soy yo. Tienes que escucharme, es lo único que te pido.
Sarah aguantó la respiración. Liam podía estar engañándola, ese gesto podía ser puro teatro, pero notar los latidos erráticos de su corazón detuvo el suyo. Tenía que escucharlo, no podía irse sin saber su versión de la historia.
—Está bien. —Apartó la mano y cerró los dedos hasta clavarse las uñas en la palma—. Vamos a mi casa.
Siguieron en silencio hasta llegar al barrio de Jericho. Qué diferente era ese trayecto al que habían hecho antes, pensó Sarah, y notó que ese detalle tan absurdo le provocaba una lágrima. Se la secó furiosa y vio que él apretaba el volante. Cuando él había ido a recogerla, ella había tenido que contenerse para no besarlo, pero había achacado el distanciamiento de Liam a que ellos aún no habían hablado de lo que había sucedido la noche anterior. Había dado por hecho que tenían que hablar de muchas cosas, que tenían que resolver muchos problemas antes de estar bien, pero ni se le había pasado por la cabeza que él pudiera estar traicionándola. ¿Era eso lo que había hecho? ¿Por qué? No tenía sentido. Nada tenía ya sentido entre ellos. Sin embargo, iba a escucharlo. Tenía que hacerlo.
Liam detuvo el coche frente al portal de Eddie Morgan y bajó a abrirle la puerta a Sarah. Ella descendió antes de que él pudiese llegar a su lado y lo maldijo con la mirada. Liam no podía culparla, ya sabía que sucedería eso en cuanto ella averiguase la verdad, pero le había pedido al destino un poco más de tiempo.
No le había sido concedido. Suspiró resignado.
Sarah entró en casa sin esperarlo y tampoco le ofreció un té ni nada por el estilo. Se dirigió directamente al comedor y encendió las luces mientras él cerraba la entrada y se quitaba la americana que le estaba asfixiando. O tal vez fueran los remordimientos los que le impedían respirar.
—Conocí a Samuel Cambray hace años, cuando vivía en Londres. No recuerdo cómo empecé a frecuentar las mismas fiestas que él; supongo que teníamos amigos comunes y compartíamos los mismos vicios.
—El alcohol y las pastillas. —Le dolió utilizar ese secreto que él le había contado, pero se sentía herida y quería hacerle daño.
—Sí. Samuel tiene unas fotos mías muy comprometidas. No sé cómo diablos no han acabado antes en algún periódico sensacionalista, pero lo cierto es que aún no las ha visto nadie.
—Excepto él y tú, claro está.
Liam se acercó a Sarah. Ella estaba sentada en la butaca y había cometido el error de dejar un hueco al lado. Él lo aprovechó y se sentó. Sarah irguió más la espalda creando así una distancia casi infranqueable entre los dos. Liam ignoró una punzada de dolor y le cogió la mano; la tenía helada y sin ganas de luchar. Él perseveró. Nunca había hecho nada tan importante.
—Excepto él y yo.
—¿Qué hay en esas fotos?
Él apretó los dientes; tenía que decírselo.
—Yo. Sexo. Hombres y mujeres. Juguetes sexuales, alcohol, drogas y todo lo que te estás imaginando. —Vio la repulsión en el rostro de Sarah y le aguantó la mirada—. Ya no soy ese hombre, Sarah. Nunca lo fui y ahora lo sé con absoluta certeza.
Ella tragó saliva. No se lo dijo a Liam, estaba dolida y furiosa con él, pero se odiaba a sí misma por haber contribuido en cierta manera a que él hubiese hecho esas cosas.
—¿Por qué las tiene Samuel Cambray?
—Porque él también estaba allí, pero el muy hijo de puta se aseguró de que nadie le fotografiase o pagó a alguien para que le cubriese las espaldas. No lo sé. Sé que no es excusa, pero ni siquiera me acuerdo de esa fiesta. Fue dos días antes de que me ingresasen en el hospital. —No tuvo que añadir que fue dos días antes de que intentase suicidarse porque ahora sabía que eso era lo que había hecho. Sarah también debía de saberlo porque eligió aquel instante para apretarle los dedos. Liam desvió la mirada hacia sus manos y siguió—: Samuel me llamó hace unos tres años, me enseñó las fotografías y me dijo que no tenía de qué preocuparme, que él se encargaría de que no cayesen en malas manos. No me di cuenta de que ya lo habían hecho. Me olvidé del tema hasta que me llamó unos meses atrás. Llevaba mucho tiempo sin hablar con él, mi vida ya no tiene nada que ver con la suya y apenas coincidimos. Al principio pensé que era una llamada sin motivo concreto, pero al cabo de unos minutos empezó a hablarme de tu padre. Se había enterado de mi amistad con el profesor Morgan, me dijo, y necesitaba un favor.
—Oh, Dios mío. La abuela tenía razón, papá no murió en un accidente. ¡Suéltame!
—¡No! —Le apretó la mano. No podía soltarla, se derrumbaría si lo hacía—. Samuel me pidió que le robase un trabajo de investigación a tu padre, algo relacionado con el plasma sanguíneo. No me gustó hacerlo, me odié por ello, pero lo hice. No podía permitirme que esas fotos saliesen a la luz. Le mandé el informe a Samuel y él me entregó las fotos. Pensé que todo había acabado y, cuando Eddie murió, ni siquiera se me ocurrió pensar que el accidente pudiese estar relacionado con lo que me había pedido Cambray. Pero cuando llegaste tú, Samuel volvió a llamarme.
—Oh, Dios mío…
—Me preguntó por ti, quería saber cuánto tiempo ibas a quedarte. Le dije que no mucho, que resolverías tus asuntos y volverías a Brasilia, que aquí no te retenía nada. —Notó que ella se tensaba de otro modo y añadió—. Entonces no te conocía.
—¿Te pidió que me siguieras, que me vigilaras? ¿Por eso me has estado ayudando? ¿Por eso te acostaste anoche conmigo?
—No, eso jamás. Eso no tiene nada que ver con esto.
—Todo tiene que ver con todo, Liam. Maldita sea, me has hecho mucho daño. Creía que había vuelto a encontrarte y tú… tú me estabas engañando.
—Samuel me dijo que quería apropiarse de algunas ideas de tu padre, que los resultados de su trabajo podían serle muy útiles para su próxima patente y que tu presencia aquí podía traerle complicaciones. Pensé que eso era todo y le exigí que te dejase en paz. —Intentó recuperar la calma, pero su único mundo estaba desapareciendo a su alrededor—. Ya te advertí anoche que el chico que tú recuerdas no existe, y yo… yo siento mucho ser tan imperfecto.
—No me vengas con esas. Tú creíste a Samuel Cambray y corriste a ayudarle. Y anoche me echaste un polvo sin más.
—No, maldita sea. No. Escúchame. Por favor. Lo de anoche… Creo que ninguno de los dos estamos preparados para hablar de lo de anoche. Pero en cuanto a Samuel Cambray, tú y yo ya habíamos descubierto que Gideon, el tío de Samuel, era el autor de las flores de Sylvia, y cuál es su significado. Jamás le he contado a Samuel nada sobre eso, tienes que creerme. Pero pensé que era imposible que se tratase de una casualidad, siempre me extrañó que Samuel apareciese de la nada y se interesase por el trabajo de Eddie. Cuando robé el trabajo de tu padre, me guardé una copia; supongo que pensé que tarde o temprano le confesaría la verdad a Eddie y se la devolvería. Ayer se la mandé a un amigo que tengo en un laboratorio y me dijo que las muestras de sangre que utilizó Eddie para hacer las pruebas pertenecían a un padre y a un hijo. Una muestra es de Eddie y la otra… la otra es de Gideon Cambray. Al parecer, sin saber aún la verdad, tu padre decidió continuar con un estudio que tu abuelo había empezado mientras estaba trabajando en el hospital Cook de Chicago, y a partir de allí averiguó qué parentesco tenían. Supongo que Gideon y Eddie se parecían más de lo que creemos y que los dos habían sentido la necesidad de dedicarse a lo mismo; fue una casualidad que tu padre encontrase ese estudio con la muestra de sangre de Gideon.
—Sí, pero gracias a ti, Samuel Cambray también lo averiguó y mató a mi padre. Oh, Dios mío. Te odio, jamás podré perdonarte lo que has hecho.
Sarah creía que iba a morir. El abandono de su madre, y que su padre le ocultase la verdad, la había sacudido, tal vez incluso roto; la había asustado y la había llevado a cometer el mayor error de su vida. Pero también la había obligado a crecer. La traición de Liam la estaba matando lentamente. No podía soportar el motivo por el que Liam había entregado el trabajo de su padre a Samuel Cambray. No podía soportar que Liam hubiese pasado por eso. Odiaba que él fuese ahora tan honesto con ella, que le arrebatase la posibilidad de odiarlo sin más y que la obligase a seguir siendo valiente y a reconocer lo que de verdad sentía y el profundo dolor que comportaban esos sentimientos.
—Lo sé. —Por fin le soltó la mano. Sintió que ya no tenía derecho a tocarla—. Yo también me odio, créeme. Cuando empecé a sospechar los verdaderos motivos de Samuel, quise protegerte. Te oculté la verdad porque pensé que así Samuel te dejaría en paz y tú volverías sana y salva a Brasilia.
—¿No pretenderás que me crea que te importo, que me has estado ayudando?
—Lo he hecho, aunque sabía que jamás lograría que me perdonases.
—¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Vas a seguir ayudando a Samuel?
Sarah apartó la mirada; no podía ver los ojos de Liam. Los veía anoche mientras la besaba, esa mañana al despedirse y, horas después, hablando con Samuel como si ella fuese un estorbo.
—Iré a la policía y les contaré lo que sé. No creo que puedan demostrar que Samuel estuvo involucrado en el accidente de Eddie, pero al menos podrán protegerte y tú podrás devolverle a Sylvia su pasado. Ella y Gideon se merecen estar juntos, aunque solo sean un recuerdo.
—¿Y tú? ¿Qué será de ti? —Sarah odiaba que le importase.
Liam se levantó y volvió a ponerse la americana.
—No lo sé y la verdad es que no me importa. Supongo que la universidad me sancionará por haber robado el trabajo de tu padre. Tendrían que despedirme, pero no se atreverán; tal vez dimita y les ahorre la vergüenza. Y si tengo que ir a la cárcel, lo asumiré. Lo único que hace que todo esto haya valido la pena ha sido estar contigo de nuevo, Sarah. Recuperarte, aunque ahora tenga que perderte para siempre, es lo mejor que me ha pasado nunca. No recuerdo cómo nos enamoramos hace cinco años, pero mi corazón ha vuelto a latir por ti —confesó desnudando el alma sin esperar nada a cambio—. Ten cuidado, ¿de acuerdo?
Empezó a caminar en dirección a la puerta. Ella clavó las uñas en la butaca y se dijo que tenía que seguir en silencio, que Liam había actuado a conciencia y ahora tenía que asumir las consecuencias de sus actos. «Rochester se comporta como un ser despreciable», pensó de repente al ver el ejemplar de Jane Eyre en el sillón de al lado. «Lo hace porque en el pasado su corazón ha sufrido demasiado. Jane lucha por él, no se rinde.»
«A mi chica del río. Mi Jane.»
—Espera un momento. —Sarah tuvo que detener a Liam. No iba a comportarse como una cobarde ni una mezquina por segunda vez en la vida. Ahora sabía que las raíces de una historia verdadera eran muy complicadas y enredadas, y que a veces tenían incluso espinas—. No te vayas, Liam.
—¿Qué quieres? —Se dio media vuelta y la miró cansado, abatido, sin ocultar nada de lo que sentía.
—Mañana iré a Londres a reunirme con una enfermera que probablemente sabe dónde está Gideon Cambray y creo que deberías estar conmigo cuando hable con ella. —Era la pura verdad, aunque le sorprendió escucharla salir de sus labios. Había decidido ser valiente y reconocer que ni ella ni él eran perfectos. Quizá se separasen cuando encontrasen a Gideon o quizá no, pero pasara lo que pasase, Sarah presentía que Liam y ella tenían que acabar juntos esa historia.
La respiración de él se alteró, pero no quiso asumir nada.
—Claro. ¿A qué hora quieres que pase a buscarte?
—En realidad, me gustaría que te quedaras aquí conmigo esta noche.
Liam tragó saliva.
—No tienes por qué vigilarme, no voy a llamar a Samuel Cambray ni a contarle lo que pretendes hacer. Estás a salvo. Si supiera dónde está Gideon, ahora mismo te llevaría con él.
—No es eso. —Se levantó y se acercó a él—. No sé si podré perdonarte lo que has hecho. Cuando te vi con Samuel, sentí que me arrancaban el corazón y que no podía seguir respirando; jamás me había sentido así, no lo había creído posible. Tal vez nunca podamos superar esto o lo que nos ha sucedido durante estos años, pero mañana quiero que estés a mi lado. Y esta noche —suspiró y él agachó la cabeza hasta que el mentón le tocó el hueco del cuello—, no quiero estar sola en esta casa. Ni en ninguna parte. Puedes dormir en el sofá o en el dormitorio de mi padre, donde prefieras. A pesar del daño que me has hecho, sé que no puedo arrancarte de mi vida como si no existieras. No voy a cometer el mismo error dos veces. Y te creo cuando dices que no sabías qué pretendía Samuel Cambray. Es lo máximo que puedo ofrecerte ahora.
—Dormiré en el sofá. Iré a por la bolsa de deporte que llevo en el coche, allí guardo una muda para cuando voy a remar.
Liam se alejó y tardó unos minutos más de los necesarios en volver. Sarah vio por la ventana de casa que estaba de pie frente al coche, apoyado en él, probablemente haciendo lo mismo que ella: intentando recuperar el aliento y entender lo que estaba sucediendo.
Sarah fue a la cocina porque no quería que él pensara que lo estaba vigilando. No se lo había dicho, pero en lo que se refería al papel que Liam había jugado en los últimos meses de vida de su padre había decidido creerle y confiar en él. Aunque se lo dijera, Liam no la creería, así que se lo demostraría. Estaba dolida, se sentía culpable y al mismo tiempo quería gritar hasta quedarse sin voz, pero en medio del dolor, de la rabia y de la confusión, había algo que se resistía a abandonar su mente y su corazón: los besos de Liam. No podía darle la espalda sin más y esa noche, aunque no era capaz de pensar ni de decidir nada, no quería estar lejos de él.
Sarah estaba preparando el té cuando Liam entró con una bolsa colgada del brazo. La dejó frente a la chimenea y después fue a su encuentro.
—Suceda lo que suceda mañana, iré a hablar con la policía —le dijo él rotundo—. No puedes quedarte aquí mientras Samuel siga tan interesado en que te vayas. Cuando se descubra la verdad, estarás a salvo.
—Vamos a ver qué pasa mañana, ¿de acuerdo? —Le dejó una taza de té delante, encima de la mesa de la cocina, y tras apretar ligeramente la mano que él tenía allí apoyada, se fue a su habitación—. Buenas noches, Liam.
—Buenas noches, Sarah.