26
Sarah fue andando a la Bodleiana; estaba demasiado nerviosa para conducir y necesitaba la paz que le proporcionaría ese paseo hasta la biblioteca. Había intentado no buscar ningún paralelismo entre esa cita con Liam y los encuentros a escondidas que habían mantenido en el pasado. No le costó demasiado.
No se parecían en nada.
Ahora se trataba únicamente de una ayuda profesional, de un favor entre dos profesores de distintas materias y de distintas universidades. Ella misma había colaborado en infinidad de ocasiones con otros académicos y nunca había sentido escalofríos en la espalda antes de encontrarse con ellos.
El pasado que existía entre los dos era en realidad inexistente; ella lo había dejado atrás y él, por culpa del coma, lo había olvidado.
«Se negó a morir por la chica del río.»
Una chica que en realidad no era ella, sino solo un fantasma.
Cuando llegó, no le esperó fuera; ese comportamiento habría sido más propio de una cita y eso no era en absoluto lo que habían acordado. Él iba a ayudarla y después ella le daría las gracias y volvería a Brasilia. Ni más ni menos. Y si al final no se iba y se quedaba en Oxford, serían meros conocidos; ninguna otra opción tenía sentido. Se saludarían al pasar y se evitarían el uno al otro con educación, como buenos ingleses.
En el interior de la biblioteca no tardó ni un minuto en detectar la presencia de Liam. Algo absurdo, sin duda, y que contradecía lo que llevaba todo ese rato repitiéndose a sí misma. Pero estaba segura de que él ya había llegado. Lo buscó sin éxito con la mirada y, cuando ya empezaba a arrepentirse de aquel comportamiento tan adolescente, levantó la vista y lo vio observándola desde el piso superior.
El muy cretino.
No se había afeitado (podía ver la sombra de la barba desde donde estaba) y llevaba una camisa azul claro bajo un jersey de pico azul marino y una americana también oscura. Solo le faltaba una pajarita para ser la imagen del catedrático del año, ese por el que suspiran tanto las alumnas como los alumnos de Oxford y que sirve de imagen de la universidad. No era de extrañar; Liam aún no había llegado a la treintena, tenía cara de héroe atormentado, un pasado acorde, y había escrito un best seller. Ella misma estaba a punto de apuntarse a su club de fans.
Sarah luchó por aflojar el nudo que le apareció en el estómago y subió la escalera recordándose que necesitaba la ayuda de Liam, nada más. No podía arriesgarse a volver a enamorarse de él. Y ahora que por fin habían hablado de lo que había sucedido cinco años atrás, tampoco tenía ningún motivo por el que seguir enfadada con él.
—Buenos días —lo saludó, e incluso intentó sonreírle.
—He empezado a buscar los libros que mencionaste ayer —dijo él caminando hacia la mesa en la que había dejado el ordenador personal y el abrigo—. Hay algunas ediciones de Jane Eyre que ya no son propiedad de la universidad. Una auténtica lástima. Algunas formaban parte de colecciones privadas y han sido devueltas a sus propietarios y otras se han perdido a lo largo de los años.
Sarah intentó no sentirse mal por la frialdad de Liam y para lograrlo se concentró en que él parecía muy decidido a ayudarla. Eso era bueno, ¿no?
—¿Puedes averiguar si alguno de esos libros lo consultó Currer Bell?
Liam se sentó frente al ordenador y se subió las gafas por el puente de la nariz. Sarah ocupó la silla de al lado para poder ver la pantalla, y tras quitarse el abrigo sacó del bolso un cuaderno en donde tomar notas y el sobre con los documentos y las fotografías que había encontrado esos últimos días.
—¿Puedo ver el carnet universitario del que me hablaste?
—Por supuesto.
Liam le había hecho la petición sin apartar la mirada del ordenador y, cuando Sarah encontró el carnet, lo depositó encima del teclado. Entonces él se detuvo y lo levantó con cuidado, incluso con reverencia.
—Es auténtico —señaló dejándolo de nuevo en la mesa—. Los datos de los alumnos de los años cuarenta no están informatizados, aunque supongo que podría consultar los archivos físicos. Tu Currer Bell debe constar en alguna parte. No todos los colegios aceptaban mujeres en esa época, así que tiene que haber algún registro al respecto. Lo que sí que puedo hacer desde aquí es averiguar quién ha consultado los libros del fondo privado de la universidad.
—¿De verdad?
—Eso creo. Vamos a intentarlo. —Se giró hacia Sarah—. Elige uno de los de la lista. —Sarah señaló el primero y Liam tecleó la información—. Aquí está.
Sarah se acercó a la pantalla. El hombro y el brazo izquierdo de ella rozaban el derecho de Liam. Él no se movió; si sintió el escalofrío que la recorrió a ella, lo disimuló a la perfección.
—Currer Bell —pronunció Sarah al encontrar el nombre en la lista de personas que habían consultado la primera edición de Jane Eyre que formaba parte del fondo universitario—. Pidió el libro en 1952 y de nuevo en 1978.
—Sí. Según estas anotaciones es un libro que no puede abandonar la universidad, así que esto nos facilita un poco la búsqueda.
—¿Qué quieres decir?
Liam se quitó las gafas y las dejó en el teclado. Era un gesto que debía de realizar con frecuencia, pues colocó las varillas de tal modo que no presionaran nada y mantuvieran el equilibrio. Cogió aire y lo soltó despacio. Estaba incómodo, y no era solo por la cercanía de Sarah. La tensión que le dominaba los hombros no era improvisada y, al observarlo de cerca, Sarah pensó que la incipiente barba no era un capricho estético sino el resultado del cansancio.
—¿Estás bien, Liam? —le preguntó antes de que él tuviese tiempo de contestar a su anterior pregunta.
—Sí, perfectamente —carraspeó y se frotó el rostro—. Quiero decir que si Currer Bell, es decir, Sylvia, siguiendo tu teoría, encontró una flor en ese ejemplar, la persona que la escondió allí también debía de tener autorización para consultar ese libro, que es de uso restringido.
—Gideon tenía que ser alumno o profesor de Oxford —dedujo Sarah asombrada y feliz por haber encontrado esa nueva pista. Una que prometía mucho.
—Si ese es su nombre de verdad, sí.
Sarah volvió a centrar la atención en la pantalla del ordenador. Inspeccionó cada nombre que figuraba en la lista de personas que habían consultado la valiosa primera edición de Jane Eyre y al encontrar lo que estaba buscando se quedó sin aliento. Cuando levantó una mano y la acercó al ordenador, temblaba. Liam siguió el gesto con la mirada y farfulló.
—Gideon Cambray.
El tono en que pronunció el nombre consiguió sacar a Sarah del estupor inicial y dejó caer la mano justo antes de que él bajase la pantalla del portátil y lo cerrase.
—Tengo que irme, doy una clase dentro de media hora. —Liam guardó el ordenador con suma eficiencia y se puso en pie. Había dejado el abrigo negro encima de la mesa y se lo puso sin que Sarah pudiese hacer otra cosa que mirarlo. Después, se envolvió el cuello con una bufanda gris y se puso unos guantes de piel negros.
—Sabes quién es Gideon Cambray —decretó Sarah entre molesta y preocupada. Hasta ahora no se le había ocurrido la posibilidad de que Liam estuviese ocultándole algo, había dado por hecho que él se había visto involucrado en todo aquello por casualidad, pero ¿y si no había sido así? Un horrible escalofrío le subió por la espalda al plantearse la posibilidad de que la estuviese engañando o utilizando.
—Todo Oxford sabe quién es Gideon Cambray.
—Yo no. —Sarah reaccionó y lo siguió por la escalera.
—Es verdad, tú no sabes nada de lo que ha sucedido por aquí en los últimos cinco años. —Saludó a los bibliotecarios que había tras el mostrador circular y abandonó decidido la Bodleiana. Caminaba impulsado por lo que estaba callando, por las sospechas que llevaban días acosándolo y que no podía compartir con nadie. Menos aún con la mujer que caminaba tras él.
—Antes no eras tan rencoroso, Liam.
Esa frase lo detuvo de golpe. La insinuación de que ella le conocía cuando él seguía sin recordarla le dolió de un modo insospechado y le puso furioso. Cuando pensaba en Sarah, ahora que sabía que compartían un pasado a pesar de que él lo hubiese olvidado, se sentía como si estuviese andando en medio de la niebla con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados. Veía cosas, imágenes que debían de pertenecer a aquel entonces que habían tenido y compartido; sentía el tacto, el sabor, incluso el olor de esos momentos, pero no lograba retenerlos. No lograba ver nada ni tocar nada. Estaba furioso y exhausto y se negaba a plantearse que la irracional atracción que sentía por ella formase también parte de aquel nudo que le oprimía el pecho siempre que la veía.
Después de lo que había sucedido la otra noche en su casa, cuando Sarah fue a cenar, sabía que ella jamás le contaría toda la verdad sobre ellos. En los ojos de Sarah había visto la fuerza del silencio. A él le dolía no recordar la que con toda seguridad había sido la época más feliz de su vida, pero su presente y su futuro no se lo permitían. Liam habría renunciado a ambos a cambio de revivir un solo segundo de lo que había compartido con Sarah, lo habría dado todo a cambio de que el destino borrase los errores que había cometido después de despertarse del coma. Sin embargo, era imposible. No iba a luchar contra eso, no podía. Y no podía poner en peligro a la chica del río: tenía que echarla de allí y meterla en el primer vuelo de regreso a Brasil. Cualquier cosa con tal de mantenerla a salvo.
Ella se detuvo detrás de él, le tocó el hombro y Liam se dio media vuelta.
—Yo no sé cómo eras tú antes, así que por el bien de ambos ciñámonos al presente. —Liam cogió aire y vio a varios de sus alumnos observándolos. Se habían detenido en medio de la calle y, después de la discusión que habían mantenido días atrás en la conferencia, seguro que su público esperaba otro espectáculo. No iba a dárselo—. Gideon Cambray fue profesor de física y de biología durante años aquí en Oxford. En la Segunda Guerra Mundial dejó de enseñar y se dedicó a investigar para la empresa familiar. Sus medicamentos fueron cruciales para el ejército británico durante y después de la guerra. La familia Cambray es uno de los donantes más importantes de la universidad. Todo el mundo en Oxford conoce el apellido Cambray, excepto tú, claro está.
Ahora que Liam se lo había dicho, el apellido le resultó vagamente familiar. Probablemente lo había oído antes de irse a Brasil.
—¿Gideon sigue vivo? —le preguntó atónita pues así lo había deducido de sus palabras, pero quería asegurarse.
Liam reanudó la marcha dando por concluida la conversación, pero Sarah no se dio por vencida y caminó junto a él. Ella también era consciente de las miradas de curiosidad que despertaban a su paso y también las ignoró.
—Es imposible que Gideon Cambray sea el Gideon de Sylvia. Piénsalo, Sarah —le exigió Liam—. ¿Cuándo se conocieron? ¿Dónde? ¿Por qué diablos un profesor de química iba a dibujar flores a la mujer de un sastre y esconderlas dentro de libros de Jane Eyre? No tiene sentido.
—¿Sigue vivo? —insistió. Tal vez Liam no la recordarse, pero ella sí le recordaba y sabía que le estaba ocultando algo. Quizá desconocía muchas cosas sobre él. El infarto y los meses que se había pasado en coma (le dio un vuelco el corazón al pensarlo) le habían cambiado profundamente, pero Sarah sabía que en aquel instante Liam no estaba siendo sincero con ella.
—Sylvia puede haberse inventado el nombre, puede haberse confundido. Quizá eligió el nombre de Gideon al azar después de oírlo en una película o de leerlo en alguna parte —respondió Liam.
Era cruel hablar así de los efectos del Alzheimer, y esa crueldad puso furiosa a Sarah y la impulsó a seguir adelante, a no dejar que Liam entrase en clase sin contestarla. Lo sujetó por la muñeca y él volvió a detenerse. Liam respiró despacio y le tembló el brazo. Sarah nunca había sentido tanta tensión emanar de otra persona.
—Suéltame —le ordenó él entre dientes.
—¿Gideon Cambray sigue vivo?
Liam mantenía la mirada al frente. Dos pasos le separaban de la puerta del aula donde lo estaban esperando más de sesenta alumnos.
—Gideon Cambray sufrió una embolia hace meses, creo recordar que leí que estaba ingresado en alguna clínica privada. No sé el nombre de la clínica ni los detalles. La noticia salió en todos los periódicos durante semanas, seguro que no tendrás ninguna dificultad en encontrarla. Quizá se haya recuperado o quizá haya muerto, no lo sé. No sigo esa clase de noticias. Ahora suéltame.
Sarah aflojó los dedos. Se sentía como una estúpida por haber perseguido a Liam de esa manera, ¿qué diablos la había llevado a comportarse así? Él tenía razón, le habría bastado con buscar en Google el nombre de Gideon para averiguar lo que Liam acababa de decirle.
—Gracias por haberme ayudado en la biblioteca —farfulló casi sin voz.
Él asintió y entró en el aula sin mirarla.
Sarah se quedó allí, frente a la puerta cerrada. Gideon Cambray era el autor de las flores a las que Sylvia se aferraba, tenía que ser él. Pero Liam tenía razón, a simple vista no tenía ninguna lógica que un profesor de Oxford hubiese hecho esos dibujos para la esposa de un sastre.
La reacción de Liam la confundía tanto como esos dibujos. Se suponía que la odiaba porque había sido muy amigo de Eddie Morgan y creía que Sarah era la peor hija del mundo. Pero ahora sabía la verdad y parecía seguir dispuesto a mantener las distancias con ella, a impedir que ni siquiera una simple amistad se desarrollase entre ellos.
¿Por qué la odiaba tanto? ¿Era solo porque no había vuelto a tiempo para el funeral de Eddie? ¿O seguía furioso porque ella no había vuelto a Oxford mientras él estaba en coma? Sarah ya le había explicado que no lo sabía y lamentaba con todas sus fuerzas no haber estado a su lado, pero habían pasado cinco años.
Ella jamás había considerado la posibilidad de volver a ver a Liam, lo había dejado para siempre relegado al pasado, a un primer amor que había acabado mal. Descubrir lo que le había pasado, su infarto, el coma, la obsesión que él había desarrollado con la chica del río, la que le había salvado de la muerte, había impactado mucho a Sarah y era más de lo que podía asumir en ese momento. Llevaba cinco años viviendo bajo la máxima de no acumular bagaje emocional, ni recuerdos ni complicaciones, y desde su regreso a Oxford el pasado no paraba de bombardearla. A Sarah, igual que al resto del mundo, no le gustaba sentirse culpable y nunca se le había dado bien asumir un error o reconocer que se había equivocado. Pero era evidente que había cometido muchos errores, el mayor de todos no luchar por nadie, ni siquiera por ella misma.
Cinco años atrás había hecho una maleta y se había ido porque enfrentarse a la verdad le había dado miedo, mucho miedo. Ahora lo admitía. ¿Podía volver a irse? Una parte de ella le gritó que por supuesto. Lo único que tenía que hacer era girar sobre sus talones, llamar a Rob Long y vender las propiedades al mejor postor. En cuanto dejase el bienestar de Sylvia asegurado podría subirse al primer avión de vuelta a Brasilia. Se despediría de su abuela, volvería a verla quizá en unos meses, y también se despediría de Rob; quizá incluso se acostaría con él y volvería a hacerlo en su próxima visita. Sintió escalofríos y supo que jamás volvería a escuchar esa voz porque ya no era la suya.
Sarah miró entonces por el rectángulo acristalado que había en la parte superior de la puerta y observó a Liam. «Liam.» Le había amado tanto que el eco de ese amor nunca había desaparecido de su interior y ahora, cada vez que le veía, empezaba a gritar más fuerte.
No, esta vez no podía irse sin más, ya no era una cobarde. Por culpa de sus miedos había perdido la posibilidad de reconciliarse con su padre. Eddie le había mentido, cierto, pero lo había hecho para protegerla. La había criado prácticamente solo, con la ayuda de Sylvia, y la había querido con locura. Dios, su padre se había pasado esos últimos cinco años intentado hacer las paces con ella. Él no la había abandonado al nacer, y tampoco la había abandonado cuando Mary se fue; se había quedado y había intentado hacerlo lo mejor posible. Era mucho más de lo que había hecho ella jamás.
Y Liam… Liam había sufrido una mala jugada del destino y había estado al borde de la muerte. Había luchado para sobrevivir y a pesar de que todo parecía indicar que ella, la chica del río, no existía, la había buscado durante años. Él mismo lo había reconocido aunque se había negado a explicarle los detalles. Sarah había decidido olvidarse de él porque no la había llamado ni había ido tras ella, porque no había corrido a rescatarla. Vaya estupidez. Se había comportado como una niña dolida, triste y abandonada y no se le había ocurrido pensar que quizá había alguna explicación para la ausencia de Liam. No había confiado en él ni en sí misma.
Les había fallado a los dos y se arrepentía de ello. No iba a volver a hacerlo. Miró a Liam. Estaba en medio de una explicación, moviendo las manos y apuntando frases en la pizarra, que Sarah no podía leer desde donde estaba. Gideon Cambray también había sido profesor allí, pensó entonces, de otra materia, en otra época, con otros alumnos. ¿También Gideon había amado y perdido a su gran amor? ¿O acaso estaba proyectando sus propios deseos y frustraciones en el pasado de su abuela y de su misterioso Gideon? Sarah aún no sabía nada de él y sin embargo sentía que le conocía a través de sus flores, a través de la emoción que esas flores conseguían despertar en los ojos de Sylvia.
No, ella ya no era la chica que se había ido a Brasil ni tampoco la mujer que había vuelto. No estaba cómoda en su piel, los huesos le picaban por dentro, la necesidad de hacerlos encajar de nuevo era apremiante, pero no podía forzarlos. Tenía que encontrar el camino de reconstruirse a sí misma y sabía que necesitaba a su padre, a Sylvia y a Liam para hacerlo. No, no iba a irse.
Aguantó la mirada fija en Liam hasta que él la enfrentó. Debió de sentirla, supuso Sarah, incluso a través del cristal, y no la apartó hasta que un alumno le habló y le obligó a hacerlo. Solo entonces Sarah dio media vuelta y abandonó la facultad.
Caminó por las calles adoquinadas y húmedas de Oxford con otros ojos, con una carga más ligera en los hombros aunque más pesada en el corazón. Eligió la ruta que solían recorrer ella y su padre en las pocas ocasiones en las que los dos regresaban juntos a casa desde la universidad. El profesor solía quedarse hasta tarde, pero había días, días casi perfectos, en los que Eddie Morgan y su hija coincidían en una de las cafeterías universitarias, o tal vez en un pasillo, y volvían andando juntos a casa.
Sarah había encerrado aquellos días dentro de ella y esa mañana abrió la puerta a esos recuerdos y los dejó escapar. En cada esquina que se cruzaba veía al profesor hablándole de la discusión que había mantenido con unos estudiantes en clase; en un quiosco donde habían comprado el periódico y alguna que otra revista, les vio a ambos justificando la necesidad de comprar también varios paquetes de regaliz. Entró, era casi un milagro que ese negocio siguiese abierto, y compró dos paquetes. El hombre no la reconoció, no tenía ningún motivo para hacerlo, y Sarah se despidió sin más. Abrió el regaliz en la calle y siguió caminando, recuperando y reconciliándose con su padre a pesar de que era demasiado tarde. Sabía que no bastaba con eso, pero aquel abrazo a la añoranza era un buen principio.
Llegó a casa, cruzó el umbral con la certeza de que esta vez lo estaba haciendo de verdad y fue al comedor. Se sentó en una silla, apartó el desorden que ella misma había creado esos días y con solemnidad escribió el nombre de Gideon Cambray en el ordenador. Cogió aire y siguió el primer enlace. Liam tenía razón, los periódicos se habían hecho eco durante semanas del estado de salud del señor Cambray.
Sarah guardó los enlaces de esas noticias en un archivo y leyó una por encima, solo para confirmar que el señor Cambray seguía vivo. Tras haber estado ingresado en el National Hospital de neurología y neurocirugía en Londres, el mejor centro del país para las enfermedades mentales según la prensa, había sido dado de alta y se encontraba en paradero desconocido. La familia Cambray pedía respeto e intimidad, y al parecer les había sido concedido porque Sarah no encontró ninguna fotografía de dicha familia en ninguna parte, al menos actuales. Lo que sí descubrió fue que Liam había sido extremadamente escueto a la hora de describir los descubrimientos de Gideon Cambray y la magnitud de su empresa.
Según la biografía de Cambray, este había dejado de ejercer como profesor para dedicarse a la investigación médica impulsado por la necesidad de encontrar a su hermano mayor, George Cambray, desaparecido en combate durante la Segunda Guerra Mundial. La familia Cambray estaba constituida por tres hermanos. George, el mayor, había sido un hombre muy admirado en su época, había gozado del respeto y del cariño de sus semejantes y había fallecido heroicamente en la guerra bajo el rango de capitán. Samuel, el segundo, había poseído una mente brillante para los negocios, había sabido transformar una vieja fortuna inglesa en una multinacional y se había casado con la heredera de la naviera Odley. Esa decisión fue muy comentada y criticada en su momento, y el matrimonio Cambray Odley llenó páginas y páginas de la prensa sensacionalista inglesa y americana de la época, pues la pareja había residido allí durante unos años. Samuel y Roberta Cambray fueron padres de un único hijo al que bautizaron con el nombre del padre (por insistencia de la madre) y que le sustituyó al frente del negocio tras su muerte. Roberta Cambray, la viuda, volvió a casarse poco tiempo después, pero falleció al año siguiente por culpa de una enfermedad. Samuel Cambray hijo estaba vivo y al mando de Milton Pharmaceutical.
Sarah leyó aquel relato como si fuera una novela, pero cuando se encontró en medio del texto con una fotografía de los tres hermanos Cambray se le detuvo el corazón. Aquello no era una obra de ficción, las vidas de esos tres hombres habían existido de verdad y de algún modo se habían mezclado con la de Sylvia. Levantó la mano y la acercó a la pantalla. Los rostros de esos tres hermanos desprendían tanta vida que no podía dejar de mirarlos, pero fueron las facciones de Gideon las que atraparon a Sarah; ocupaba el centro de la fotografía y tenía los brazos por encima de los hombros de Samuel y de George.
Lo acarició. Eran unas facciones perfectas, llevaba el pelo peinado hacia atrás y tirantes encima de la camisa blanca. Sonreía y al mismo tiempo desprendía seriedad y esa clase de fuego interno que solo existe en los ojos de las personas que poseen alma de verdad. Esos tres hermanos habían estado muy unidos, sus vidas no formaban parte de una novela sino de la historia de Oxford, de Inglaterra y del pasado de Sarah. Lo supo porque al ver a Gideon Cambray en esa imagen sintió que al menos una de las aristas que habían aparecido dentro de ella desde su llegada a Inglaterra se limaba y dejaba de arañarla. Esa foto y la que Sarah había encontrado en el cajón de la abuela las habían hecho el mismo día. Gideon llevaba la misma ropa y el prado y la casa que se veían al fondo eran idénticos. Aun así, Sarah contuvo la euforia, recordó las palabras de Liam y se obligó a tener en cuenta la posibilidad de que Sylvia hubiese encontrado esa fotografía al azar y su mente le hubiese jugado una mala pasada. Pero no lo creía; sentía dentro de ella que el Gideon de la abuela era real y que era Gideon Cambray.
Leyó el pie de la fotografía:
«GEORGE, GIDEON Y SAMUEL CAMBRAY FRENTE A LA CASA FAMILIAR DE OXFORD, MILTON MANOR.»
Ese nombre lo había leído antes, estaba segura, y no solo en esos artículos donde citaban sin parar Milton Pharmaceutical, la empresa de los Cambray y una de las farmacéuticas más poderosas del mundo.
Sarah se levantó y caminó por el comedor; el movimiento la ayudaba a pensar, a poner cierto orden entre la torre de naipes que iba construyendo en su mente. ¿Qué carta era la siguiente? ¿Dónde podía encontrarla? ¿La había visto y se le había pasado por alto?
Se detuvo frente a la chimenea y al dar media vuelta sus ojos se detuvieron en el libro de viejas mansiones de Oxford, uno de los que su padre había sacado de la biblioteca de la universidad y al que ella no le había encontrado ningún sentido. Corrió hacia él y con el dedo repasó el índice; el corazón le trepaba por la garganta y le impedía tragar. Allí estaba, Milton Manor, mencionada como una de las pocas residencias inglesas que seguían estando ocupadas por los descendientes de sus propietarios originales. Sin cerrar el libro, alargó una mano hacia el bolso que había dejado allí encima y buscó a tientas el sobre con los papeles y las fotografías que había encontrado en casa de Sylvia. Le dio la vuelta y lo primero que salió de él y cayó flotando sobre la mesa fue esa fotografía amarillenta que tampoco había entendido: Milton Manor.
En el reverso de la fotografía, casi rozando el borde del cartón, había unas marcas. Buscó corriendo un lápiz y deslizó la punta por encima para hacer resaltar el texto que se había borrado por el paso del tiempo. Cuando las letras empezaron a discernirse, leyó en voz alta:
—Para papá de Sylvia… Dios mío.
Ese era el vínculo entre Sylvia y Gideon, lo sintió en sus entrañas a pesar de que objetivamente nada parecía confirmarlo. Utilizó la fotografía como punto de lectura y la capturó con cuidado entre las páginas del libro. En algún momento de su vida, probablemente antes de conocer a Mathew Morgan, Sylvia había trabajado en Milton Manor y allí fue donde coincidió con Gideon Cambray. Esa era la única explicación posible. Pero, ¿qué clase de relación había tenido? Sarah no lo sabía, pero sentía en su interior que era similar a lo que le sucedía a ella con Liam.
«Hay personas, sentimientos, que nunca desaparecen.»
Pero si Sylvia y Gideon se habían conocido y enamorado tal como ella temía, también había sucedido algo que les había separado. Algo horrible.
Tenía que arreglarlo. Aunque esa historia de amor hubiese transcurrido en el pasado, Sarah temía que, si no la arreglaba, tampoco conseguiría arreglar jamás la suya. ¿Era ese uno de los motivos por los que Eddie Morgan también había buscado las flores de Gideon, para demostrarse a sí mismo que en su familia alguien podía recuperar el amor?