12
Vuelvo a casa en taxi. Mientras lo espero frente a la puerta de la facultad, tengo miedo de que Liam aparezca o de cruzarme con algún viejo amigo de mi padre y que este empiece a hacerme preguntas. Pero no sucede nada; el taxi llega y me monto en él en silencio. Le pido al conductor que me lleve de vuelta a la calle Cranham. Quiero ir a ver a la abuela, necesito su presencia, pero antes tengo que recuperarme de lo que acababa de suceder. Voy directa a la cocina y me preparo un té bien caliente. Me lo llevo al sofá y allí me quito los zapatos, me acurruco bajo una manta y cierro los ojos. Estoy segura de que no voy a dormirme y justo antes de hacerlo miro a mi alrededor: el ridículo gato de cerámica que me regaló mamá antes de irse sigue encima de la repisa de la chimenea.
Eddie Morgan estaba convencido de que su esposa los había abandonado sin previo aviso, pero eso no era del todo cierto. Mary sí había avisado a Sarah de su partida. La niña tenía ocho años cuando una tarde su madre la llevó a merendar al Maison Blanc, un café que había en la calle Saint Giles donde vendían esos pastelitos con acento francés que a ella tanto le gustaban. Mary solía ocuparse de Sarah todas las tardes: la recogía en el colegio e iban juntas a casa. Casi nunca hablaban durante el camino y cuando llegaban a su destino la pequeña jugaba un rato y después se ponía a hacer los deberes o a dibujar plantas. Mary tejía, cocinaba o cosía; la afición dependía del día y fuera cual fuese tenían en común que las hacía a desgana, por obligación, porque sentía que fallaba en algo. Ese día, el día del Maison Blanc, Sarah supo que algo no iba bien. Habían ido de paseo y su madre la había montado en los columpios hasta que el corazón le dijo basta y después, para rematar una tarde falsa y perfecta, la llevó a merendar.
—Ya tienes ocho años, Sarah. Esta primavera cumplirás los nueve.
—Sí, ya soy mayor —presumió la niña.
—Lo sé y estoy muy orgullosa de ti. —Le apartó un mechón de pelo del rostro y con la servilleta le limpió una mancha de chocolate de la mejilla—. Eres igual que tu padre.
Sarah había oído esa frase tantas veces que se limitó a sonreír y a seguir bebiendo el batido de chocolate. Mary le pasó un dedo por las cejas, por encima de los ojos, que eran lo único que tenía distinto a Eddie y parecido a ella.
—Ojalá algún día veas también el mundo a través de mis ojos y entiendas mi decisión.
—Claro, mamá —farfulló la niña sin comprender nada.
—Tengo que irme durante un tiempo, cariño.
—¿Cuánto es un tiempo?
—No lo sé, probablemente mucho. Pero te echaré mucho de menos.
—Y yo a ti.
—Esta merienda será nuestro secreto. No le cuentes a papá que hemos venido ni lo que hemos hablado.
—¿Por qué? Siempre me dices que no puedo decir mentiras.
—Porque es un secreto, Sarah, y los secretos no se cuentan. Además, papá no lo entendería.
—¿Y por qué no se lo explicas?
Mary sonrió con tristeza.
—Porque hay cosas que no se pueden explicar, Sarah. Hay que sentirlas.
Sarah se terminó el batido y durante el camino de regreso a casa se olvidó de esa conversación porque Mary le compró el gatito de cerámica que llevaba meses observando en el escaparate de una tienda de regalos. Un mes más tarde, cuando su madre se fue, Sarah comprendió que esa tarde había sido su despedida. Y cada vez que veía a su padre abatido por el abandono de su esposa, quería gritarle que ni siquiera había tenido la consideración de decirle adiós. Al final lo hizo, se lo dijo y le restregó que Mary sí se había despedido de ella. Llegó un día en que sucedieron demasiadas cosas y no pudo callarse más. Fue el día que se marchó de Inglaterra.
El ruido de la calle me despierta, y al abrir los ojos compruebo aliviada que tanto la pierna como el hombro me duelen un poco menos. Parpadeo dos o tres veces para enfocar la vista y me incorporo despacio. Camino hasta la repisa de la chimenea y cojo el gato de cerámica, lo encierro en el puño y lo llevo a la cocina. Estoy a punto de tirarlo, llego a levantar el brazo justo encima del cubo de la basura, pero los dedos se niegan a abrirse y acabo relegándolo al cajón de trastos de la cocina, ese en el que hay cajas vacías de cerillas, lápices inservibles y paquetes de chicle que parecen cartón.
Faltan diez minutos para las cinco; he dormido más de lo que creía y mi cuerpo lo agradece. No tengo tiempo de cambiarme: iré al baño para refrescarme, me peinaré un poco y esperaré la llegada del señor Long leyendo algo. Evidentemente no tengo intención de acercarme a Jane Eyre ni a nada que pueda recordarme a Liam, así que elijo el libro sobre mansiones y casas palaciegas de Oxford. Es un tomo pesado con amplias fotografías de los edificios y montajes que incluyen viejas imágenes de la época, notas escritas a mano o los planos originales de las construcciones. Siempre me han gustado esta clase de edificaciones. Cuando iba al colegio visité unas cuantas —no todas permiten el acceso a turistas, pero sí a los alumnos de la zona— y con Sylvia descubrí otras. Era una de nuestras tradiciones: descubrir casas antiguas y jugar a imaginarnos qué clase de vida habían llevado sus habitantes. La primera mansión que aparece en el libro la visité con la abuela, y sonrío como una boba al recordar esa excursión. Estoy tan enfrascada en mis recuerdos que cuando llaman al timbre me arrepiento de no haber anulado la cita. Después de cinco años sin pensar en nada que estuviese relacionado con Oxford, ahora podría pasarme horas recordando esa época.
Tardo un poco en levantarme; la pierna me duele menos, pero aún está resentida. El timbre no vuelve a sonar, detalle que alaba la paciencia de Robert Long. No se me ha ocurrido plantearme qué aspecto puede tener el hijo de Robert Long, pero si lo hubiera hecho, habría visualizado a un hombre con el rostro redondo como su padre, nariz respingona y poco pelo.
Nada más alejado de la realidad.
Robert Long hijo es alto y de espalda ancha, delgado y fuerte. Tiene el pelo rubio con mechas más oscuras y los ojos marrones, el rostro con facciones marcadas y lleva un poco de barba. Su traje es tan impresionante como él y los tonos marrones combinaban elegantemente con el suéter beis que lleva debajo. Ninguna elección ha sido al azar y el resultado es sin duda perfecto.
—Soy Rob Long —me tiende la mano y me sonríe. Ha notado que le estaba observando y le ha encantado.
—Un placer, señor Long, yo soy Sarah Morgan. Gracias por venir.
—De nada. Como le dije ayer, iba a estar en la ciudad. ¿Puedo pasar? —enarca una ceja y ensancha la sonrisa—. Y trátame de tú, por favor.
Acepto su ofrecimiento y me aparto para dejarlo pasar.
—¿Qué te ha pasado? —No aparta los ojos de mi rostro magullado—. ¿Estabas así anoche cuando llamaste a mi padre?
El tono, la actitud, el interés, son radicalmente opuestos a los de Liam. Me gustaría saber por qué les comparo. Rob es encantador a la vez que educado, y con la dosis justa de interés y distanciamiento.
—Sí. Intentaron atracarme.
—¿Intentaron? A juzgar por tu aspecto diría que tuvieron cierto éxito.
—Sigo teniendo mi bolso, pero acabé en el suelo. Fue un motorista.
—No pierdas el tiempo denunciándolo a la policía, no servirá de nada.
—No lo he denunciado. —Me gusta que sea tan práctico y que no haya intentado tratarme como si yo fuese una damisela en apuros—. ¿Te apetece tomar algo o quieres ver la casa?
Aún estamos en el vestíbulo y Rob gira la cabeza a ambos lados. Detiene la mirada un segundo en la escalera y otro en el salón que hay delante de nosotros. A pesar del gesto, no parece tener prisa por ver la propiedad.
—Tras nuestra conversación de anoche deduje que estás interesada en vender la casa, pero si no te importa, antes me gustaría hablar tranquilamente contigo. No sé si nuestro bufete es exactamente lo que necesitas.
Me muero de vergüenza al recordar mi llamada de la noche anterior.
—Lamento haber llamado tan tarde y haber estado tan… comunicativa.
Él vuelve a sonreírme.
—¿Por qué no nos sentamos? Me iría bien tomarme esa bebida que me has ofrecido antes. Diría que a ti te duele la pierna y yo necesito un café o un vaso de agua, o de algo más fuerte. Acabo de salir de una reunión que ha durado demasiado.
—Claro, sígueme.
Llevo a Rob al salón. Él no hace ningún comentario más acerca de mi leve cojera y sencillamente adecúa sus pasos a los míos. No se sienta en la butaca hasta que yo entro con una bandeja con una jarra de agua y dos vasos. No he querido entretenerme en preparar té y no sé si ha bromeado sobre lo de beberse algo más fuerte.
—Mi padre falleció hace unas semanas —empiezo tras llenar ambos vasos.
—Lo sé, me lo comentaste anoche. Lamento tu pérdida.
—Gracias. No estábamos muy unidos; yo no vivo aquí y no quiero quedarme. Por eso he decidido que lo mejor es vender esta casa. No quiero complicaciones y, si me la quedara, tendría que pagar los impuestos y mantenerla en buen estado.
—Eso podría arreglarse, pero sí, si no quieres complicaciones, vender es una muy buena opción. Dime, ¿dónde vives?
—En Brasilia.
—Vaya, suena interesante. ¿Cuánto tiempo tienes previsto quedarte aquí en Oxford?
—Hasta que lo tenga todo resuelto.
—¿Te refieres a la venta de la casa o depende de algo más?
—Básicamente depende de la casa, pero también tengo que resolver algunos asuntos familiares. —Aunque Rob parece un hombre honesto e interesante, acabo de conocerlo y no quiero explicarle cuáles son los motivos por los que necesito seguir en Inglaterra. ¿Culpa? ¿Remordimientos?
—Mi consejo como abogado es que no vendas.
—¿Por qué?
—Por el mercado. Por lo poco que he visto hasta ahora esta casa es una gran propiedad y está en uno de los barrios de moda de la ciudad. Ahora es mal momento para vender, a no ser que tengas prisa y necesites el dinero.
Pienso en mi cuenta de ahorros: no soy millonaria ni mucho menos, pero llevo años trabajando. Empecé en cuanto llegué a Brasilia, y el gasto más extravagante de mi vida ha sido comprar el billete que me ha traído hasta aquí.
—No, no tengo prisa.
—Entonces no vendas. Si quieres puedo preguntar a alguno de nuestros clientes si estarían interesados en echarle un vistazo a la propiedad y tenerla en cuenta para el futuro. Así tú te haces una idea de lo que puedes esperar y puedes tomar una decisión con más fundamento.
—Gracias, la verdad es que me sería muy útil. —No sé cómo no se me había ocurrido antes. Si quiero vender la casa de papá, y quiero, tengo que saber qué se está pagando por una casa como esta en esta parte de la ciudad.
—Entonces no se hable más: haré unas cuantas preguntas y te pasaré los datos.
Observo a Rob con detenimiento y me fijo en todos los detalles, en el reloj carísimo y elegante que asoma por debajo de la manga de la americana, en el perfume que desprende cuando se mueve, en la tela de la corbata que asoma por el pico del jersey.
—¿Qué clase de abogado eres, Rob?
Él sonríe una vez más y se apoya en el respaldo de la butaca.
—Me dedico a fusiones y adquisiciones.
—¿Si busco tu nombre en Google, lo encontraré?
—Probablemente.
—¿Qué estás haciendo aquí, a qué has venido?
—El otro día, cuando llamaste al despacho medio… «dormida» —me guiña el ojo—, despertaste mi curiosidad.
—No me lo creo.
Él se inclina hacia delante, descansa los antebrazos en los muslos y entrelaza los dedos.
—Mi padre y yo somos la noche y el día, estoy seguro de que no existen un padre y un hijo que discutan tanto como nosotros, pero si se muriera y yo no pudiese llegar a su funeral, creo que me volvería loco. Quizá si no hubiese descolgado el teléfono la otra noche, hoy no estaría aquí. Pero descolgué y estoy aquí. Y ahora que te he visto, Sarah Morgan, aún me tienes más intrigado. ¿Por qué no volviste a tiempo para el funeral de tu padre?
Bajo la cabeza. No quiero hablar de ese tema ni con Rob ni con nadie, pero él es el primero que se ha atrevido a preguntarme directamente por qué no volví. ¿Es una táctica de seducción? ¿Quiere que me ponga a llorar en sus brazos? Porque si es así, está muy equivocado. Se me eriza la piel, una a una levanto mis defensas y él, observador, lo detecta y retrocede.
—No he pretendido insultarte. Lo único que quiero decir es que pensé que necesitabas hablar con alguien antes de tomar una decisión precipitada. Sobre la compraventa, quiero decir. Nada más. Atribúyelo a que me pillaste en el despacho con más de treinta y seis horas sin dormir a mis espaldas.
Suelto el aliento. Reconozco que tengo que estarle agradecida por aligerar el tono de la conversación. Es lógico que a un hombre que mantiene una relación «normal» con su padre le sorprenda y le intrigue mi comportamiento.
—No creo que tu padre y tú discutáis tanto —le digo intentado imitar su tono más relajado. Supongo que los dos vamos a fingir que estos últimos segundos no han sucedido.
—Créetelo. —Aliviado, me devuelve la sonrisa.
—Gracias por venir y por ofrecerme tu ayuda. La verdad es que aún no he decidido qué hacer con la casa. Supongo que venderla es lo que tiene más sentido.
—Deja que tantee a nuestros clientes. Así, cuando tenga la información, sabrás a qué atenerte.
—¿Por qué haces esto? Me imagino que estás muy ocupado y que para ti esto es una ridiculez.
—Porque no me cuesta nada. Tengo varios clientes en Oxford y visito la ciudad con frecuencia. Solo haré unas llamadas y te pasaré la información. ¿Siempre desconfías tanto de los demás?
Siempre. Me imagino que hay algo más, pero acepto esa explicación porque estoy harta de que todo sea tan difícil.
—Gracias.
—De nada. —Rob se levanta de la butaca y se acerca a la mía—. Puesto que hemos llegado a un acuerdo, ¿qué te parece si vamos a cenar? —Al ver que me sonrojo añade rápidamente—: Es una costumbre muy extendida entre los abogados y sus clientes.
—¿No acabas de decir que solo harás unas llamadas? No creo que eso te convierta en mi abogado.
—Cierto. Ven a cenar conmigo, Sarah Morgan. Yo estoy aquí, tú estás aquí y creo que los dos estamos disfrutando de nuestra conversación. Vamos a cenar.
—Está bien. —Es imposible resistirse a un hombre tan seguro de sí mismo.
—Perfecto. Dado que tú prácticamente eres una turista, ¿te importa que elija yo el restaurante?
—Por supuesto que no.
Me irá muy bien dejarme llevar y no pensar. Es justo lo que necesito.
—¿Qué te parece si salimos ahora mismo?
—Me parece perfecto —le respondo.
Rob me tiende el brazo para ayudarme a levantarme y me acompaña al vestíbulo. Él abre la puerta mientras yo me pongo el abrigo y, cuando salgo a la calle, no me sorprende descubrir un Jaguar aparcado justo delante de casa. Es el coche perfecto para Rob, para su pelo rubio y sus modales de seductor. Él, cumpliendo a rajatabla el papel del perfecto caballero, me abre la puerta del lujoso vehículo y espera a que me siente para cerrarla. Después, se dirige al lado del conductor. Durante esos segundos de soledad me pregunto por qué he aceptado salir con él en realidad. Es obvio que Rob es un experto en esta clase de juegos, en la seducción, y a mí no suele gustarme jugar. Pero desde que he llegado a Oxford todo ha salido mal, no paro de darle vueltas al pasado y de cuestionarme el futuro. Rob es el candidato perfecto para distraerme.
—¿Estás cómoda? —me pregunta mientras pone el motor en marcha—. El coche se calentará enseguida.
—Estoy bien, gracias.
—Estuve en este restaurante hace unos meses con unos amigos, creo que te gustará.
—He estado cinco años fuera. Aunque hay partes de Oxford que siguen idénticas, otras, como probablemente este restaurante del que hablas, me resultan completas desconocidas.
—¿Puedo preguntar por qué has estado todos estos años en Brasil?
—Acabas de preguntármelo, ¿no crees?
—Sí, eso he hecho.
No le respondo porque el Jaguar detiene el motor frente a un invernadero de cristal que ha sido transformado en un restaurante. El Glee’s ofrece a su clientela una elegante barra con taburetes de terciopelo azul turquesa donde pueden tomarse una copa mientras esperan una mesa, o sencillamente mientras disfrutan del placer de estar allí.
Me siento un poco incómoda al entrar, en especial cuando dos señoras inspeccionan con descaro mi rostro magullado. Rob lo percibe y me rodea por la cintura. Las señoras se giran y fingen no haber sido tan maleducadas.
—Nuestra mesa estará enseguida —me dice tras hablar con un camarero—. ¿Te apetece beber algo mientras esperamos?
—Sí, gracias.
Ocupamos dos taburetes y otro camarero con camisa blanca y delantal de cuero a juego con los tonos azulados del local nos sirve dos copas de vino.
—Dime, ¿por qué te fuiste? —Él retoma la conversación que hemos dejado a medias al salir del coche.
—Quería estudiar fuera y Brasil era una buena opción. Iba a estar allí unos meses, pero cuando quise darme cuenta habían pasado cinco años.
Es la respuesta que suelo dar cuando me preguntan por este tema.
—Seguro que hay algo más.
—Tal vez.
Rob sonríe de un modo distinto y bebe un poco.
—¿A qué te dedicas en Brasil?
—Soy profesora de psicología medioambiental en la Universidad de Brasilia.
—¿Psicología medioambiental? —Casi se atraganta con el vino.
—Básicamente consiste en intentar explicar la relación que existe entre las personas y su entorno, y averiguar cómo los primeros afectan a lo segundo y viceversa. —Rob enarca una ceja y sigo con mi explicación—: Tuve un profesor que decía que el pez es el último en enterarse de que vive en el agua, pero que si lo supiera desde un principio buscaría la manera de conservarla en su mejor estado e incluso optimizarla. En el caso de los humanos, es evidente cómo hemos afectado y destruido la naturaleza, y que esta ha empezado a devolvernos el favor.
—¿Te refieres a que el clima se ha vuelto loco?
—Entre otras cosas.
—Es fascinante.
Me sonrojo, no puedo evitarlo. Esta conversación, aparte de haberme hecho sentir normal de nuevo, me ha recordado lo mucho que me gusta mi trabajo en Brasil.
—Su mesa está lista. Si son tan amables de seguirme, les acompañaré hasta ella.
El maître nos espera solemne. Rob deja la bebida en la barra convencido de que aparecerá un camarero y se la llevará a la mesa para que se la termine. Yo me quedo con la mía y bajo con cuidado del taburete. Caminamos entre las mesas hasta que el maître se detiene para dejar pasar a otra pareja que abandona el restaurante en ese momento.
—Profesora Morgan, ¿qué hace aquí?
El tono entre insultante y sorprendido de Liam me pone furiosa. Soy tan idiota que cuando le he visto, un segundo antes de que hablase, he tenido la estúpida reacción de alegrarme. Y un escalofrío me ha recorrido la espalda.
—Lo mismo que tú, me imagino. He venido a cenar.
Desvío la mirada de Liam a la chica que lo acompaña. Primero pienso que no la conozco, pero tras unos segundos veo que es Janet, la bibliotecaria. Se ha quitado las gafas y lleva el pelo recogido de un modo muy estudiado, por eso me ha costado identificarla. Está muy atractiva y, sin proponérselo, consigue que yo vuelva a sentirme insegura de mi aspecto. ¿Qué me está pasando? Yo no soy así. Miro a Liam para despedirme y acabar con esta situación cuanto antes, pero él está inspeccionando a Rob sin disimulo. Rob aguanta el escrutinio con una sonrisa y le tiende la mano. Creo que podría besarle solo por cómo ha cogido a Liam desprevenido.
—Buenas noches, soy Rob. Un amigo de Sarah.
Rob me rodea la cintura con la otra mano y debo confesar que en este instante no me importa lo más mínimo la intimidad que desprende el gesto. El rostro de Liam cambia y tengo que morderme los labios para no sonreír como una idiota. «Está celoso.» Se me anuda el estómago y me tiemblan las manos. «Liam ya no es Liam. No, Sarah, no puedes pensar así. No puedes permitir que te importe.»
—Liam Soto. —Le estrecha la mano sin ofrecer la menor explicación—. Disfruten de la cena.
Liam suelta la mano de Rob y sigue su camino. Tras él, Janet acelera el paso para no quedar rezagada. Yo aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula, y cuando la aflojo sonrío a Rob.
La velada, gracias a Dios, transcurre sin más incidentes. Al terminar la cena, Rob me lleva de regreso a casa e insiste en acompañarme hasta el portal. Es un hombre encantador, seductor y con un atractivo más que evidente. Me siento atraída hacia él, mi mente agradecería la desconexión que sin duda sentiría tras una noche de sexo, y mi cuerpo también. Pero no puedo; quizá si no hubiera visto a Liam… Es estúpido, lo sé. Ojalá pudiera olvidarme de todo y dejarme llevar, pero no puedo, y Rob, aunque acabo de conocerlo, no se merece que le arrastre al desastre que soy ahora.
—Buenas noches, Sarah. Espero volver a verte pronto. Te llamaré en cuanto tenga noticias sobre la casa.
—Buenas noches, Rob. Gracias por la cena y por todo.
Rob se agacha y deposita un beso en mi mejilla antes de irse. No es un gesto en absoluto profesional, pero tampoco es en exceso atrevido. Ha estado a punto de rozarme el labio y sus ojos me han dejado claro que su cuerpo ha sabido interpretar el mío. Nos atraemos, pero esta noche no es el momento. ¿Lo será alguna vez? Tengo la sensación de que Rob quiere averiguarlo, la pregunta es si yo también.
Acurrucada bajo las mantas, prefiero no repasar los eventos de esta mañana. Quizá soy una cobarde o sencillamente estoy exhausta, no lo sé. Cierro los ojos y finjo que soy una chica normal que acaba de volver a casa después de cenar con un chico encantador.
El chico equivocado y la chica equivocada.