38
Al despertarse a la mañana siguiente y ver la caja de objetos perdidos a los pies de la cama, Sarah supo sin lugar a dudas que no iba a volver a Brasilia. Quizá lo hiciera algún día, pero no mientras tuviese tantos recuerdos por recuperar con Sylvia y tanto por aprender de la historia de su padre y de ella misma.
Tenía que reconciliarse con el pasado, con las consecuencias de haber abandonado Oxford y a Liam. No sabía si a él podría recuperarlo, pero sentía que se debía a sí misma intentarlo. Él era el primer y el único hombre al que había amado y por fin se daba cuenta de que nunca había dejado de hacerlo.
La toma de esa decisión la empujó a salir de la cama y, tras ducharse y vestirse, escribió al jefe de su departamento en la Universidad de Brasilia para comunicarle que debido a su situación familiar dejaba el trabajo y se trasladaba a Inglaterra. También le preguntó si podía escribirle una carta de recomendación para poder presentarse en la Universidad de Oxford y si, abusando de su generosidad y amabilidad, sabía de alguien a quien pudiera dirigirse. Después, y porque le pareció lo correcto, también escribió a su amigo José Cardosa para hacerle saber que iba a quedarse en Inglaterra por una temporada larga. Le explicó que quería estar con su abuela y que intentaría buscar trabajo en la universidad o en algún laboratorio, y le prometió que le escribiría de nuevo muy pronto, o incluso le llamaría, para contarle todos los detalles.
A su amiga Adriana la llamó. Sarah estaba tan nerviosa que no atinó a comprobar la hora: en Oxford eran las nueve de la mañana así que en Brasilia serían las siete. Era temprano, pero no tanto como para que Adriana no contestase o la mandase a paseo. El teléfono sonó tres veces antes de que la carioca respondiera adormilada. Fue una conversación emotiva. Adriana la escuchó y cuando Sarah terminó de contarle los motivos por los que había decidido prolongar su estancia en Oxford, su amiga le dijo que lo entendía, que lo mejor que podía hacer era estar con su abuela y recomponer su vida. Sarah no le contó nada sobre las flores de Gideon y tampoco sobre su padre, y mucho menos sobre Liam, únicamente le explicó la situación de Sylvia, pero su amiga siempre había sabido leer entre líneas.
Sarah decidió que de momento no vendería el piso de Brasilia, intentaría alquilarlo. Adriana se encargaría de ello y la avisaría en cuanto tuviese a alguien interesado. Por lo demás, Sarah le prometió que la llamaría más a menudo, no volvería a estar tantos días sin dar señales de vida, y le aseguró que iba a echarla de menos. Tarde o temprano tendría que viajar allí, aunque solo fuera a recoger sus cosas y a resolver temas administrativos y firmar lo que fuera que tuviese que firmar en la universidad, pero ahora no podía irse de Oxford. Esperaría a haber resuelto el misterio de las flores y después, si la doctora Kensington le aseguraba que Sylvia estaba bien, quizá realizara un viaje relámpago a Brasilia. Ya se vería.
Tenía dinero ahorrado. La vida que había llevado en Brasilia había sido muy cauta y por desgracia acababa de heredar los bienes de su padre. Podía estar una época cuidando de Sylvia, poniendo su vida en orden, decidiendo qué quería hacer exactamente. A Sarah le gustaba enseñar, pero como le había dicho a Liam, había entrado en el mundo de la docencia casi por casualidad. Investigar siempre le había llamado más la atención. Quizá ese fuera el momento de intentarlo. Tenía la sensación de que por fin empezaba a conocerse y que tenía que luchar por lo que de verdad quería, fuera lo que fuese.
Bebió una taza de té caliente con leche y fue en busca del libro de Jane Eyre que había encontrado la noche anterior. Desenvolvió el pañuelo despacio y lo colocó encima de la mesa a modo de mantel con la novela en el centro. Parecía tan frágil y delicada que Sarah pensó que debería ponerse guantes de gamuza blanca igual que hacían los bibliotecarios con los libros centenarios que se conservaban en las cámaras acorazadas de la biblioteca. Ella no tenía guantes de esa clase, pero supuso que si la novela había sobrevivido todos esos años en una caja de cartón en el hueco de una escalera, no le hacían falta.
Repitió la inspección que había realizado la noche anterior ahora que tenía más luz y estaba más tranquila; sin embargo, el resultado fue el mismo. Solo había dos detalles que no acababan de encajar: un recosido en el lomo y el estampado del papel que forraba la parte interior de la contracubierta. A Sarah le daba miedo hacer algo que pudiese dañar irreparablemente el libro; estaba ansiosa por encontrar una nueva ilustración de Gideon y lo que fuera que hubiese escondido en él, pero no quería correr el riesgo de destrozar ese ejemplar tan antiguo. Necesitaba ayuda, o al menos alguien que la tranquilizase. Se secó el sudor de las manos y fue a por el teléfono.
Liam contestó enseguida.
—Hola, Sarah.
—Hola, Liam.
Él respiró profundamente al detectar el temblor de ella.
—¿Qué sucede?
—Lo he encontrado. —No dijo nada más y se produjo un silencio en la línea. Él tenía que entenderla. A pesar de la distancia que había establecido Liam cuando se despidieron, existía una inexplicable conexión entre los dos.
—Has encontrado el libro de Currer Bell.
—Sí.
—¿Qué hay dentro?
—No lo sé. A simple vista no he descubierto nada y tengo miedo de romperlo. ¿Puedes venir a ayudarme?
—¿Dónde estás? ¿Dónde lo has encontrado?
—Estoy en casa. Lo encontré ayer por la noche en casa de la abuela. ¿Puedes venir?
—Voy enseguida.
Sarah dio por terminada la conversación y respiró aliviada. Liam era un experto en la obra de Charlotte Brontë y seguro que estaba acostumbrado a trabajar con ejemplares incluso más antiguos y en peor estado que el que tenía encima de la mesa. Ella poseía destreza y pericia en un laboratorio, probablemente podría manipular ese libro sin dañarlo, pero prefería no arriesgarse y contar con la presencia de otra persona. Y esa otra persona solo podía ser Liam, por todo lo que era y por todo lo que representaba para ella.
Mientras lo esperaba, recogió los libros y los papeles del profesor Morgan que seguían esparcidos por el suelo desde el día en que había intentado ordenarlos y clasificarlos. Ahora dispondría de tiempo para hacerlo y aprovecharía para leer algunos y seguir recuperando a Eddie. Los llevó al piso superior, al dormitorio de su propietario, y corrió las cortinas de esa planta. La madera de los marcos de las ventanas necesitaba una capa de pintura y al suelo también le vendría bien un repaso.
Tenía una oferta más que generosa para vender esa casa. Podía aceptarla y con el dinero comprarse un piso en otra parte de la ciudad y aún le quedarían unos ahorros. Acarició la barandilla de la escalera; ya no la sentía tan fría y extraña como el día de su llegada. Le quedaba una semana para decidirse: le había asegurado a Rob que para entonces tendría una respuesta. Recordó que Rob y ella tenían una cita el día siguiente, el mismo día en que se celebraba la fiesta de los Cambray en Milton Manor, y supo que tenía que anularla. No iba a ir; ahora más que nunca sabía que no podía tener una aventura con Rob Long.
Llamó a Rob y él contestó de inmediato con una sonrisa en la voz. Sarah suspiró, deseó durante un segundo que las cosas fueran distintas, fáciles, que ella no hubiese empezado a cambiar y poder así tener la clase de relación de pareja que él le ofrecía: divertida, sin complicaciones, sin besos que te sacuden el alma. Pero había empezado a cambiar, podía sentirlo dentro de ella y en cada una de las decisiones que tomaba. No podía tener un romance con Rob ni con ningún otro hombre sin antes resolver lo que sucedía entre ella y Liam.
Anuló la cita. Le dijo que tenía que ocuparse de unos asuntos de su padre y él aceptó la excusa y el rechazo. Antes de terminar la llamada, Rob le preguntó si ya había tomado una decisión respecto a la venta de la casa y Sarah le prometió que estaba a punto de hacerlo y que tendría una respuesta para su cliente justo a tiempo. Sin llegar a pronunciar las palabras exactas, ambos supieron que su relación jamás pasaría de esa amistad.
El timbre de la puerta sonó justo entonces. Sarah aún tenía el teléfono en la mano cuando bajó a abrir, y por el camino contó las reparaciones que llevaría a cabo en la casa. Bajó aturdida, pero también valiente por primera vez en mucho tiempo.
—Buenos días, Liam. Gracias por venir —lo saludó. No se le veía tan enfadado como la última vez que se plantó bajo esa puerta. Esa mañana no tenía los brazos cruzados y parecía más preocupado que furioso con ella.
—De nada. —Le sonrió. Los dos se sentían distintos, inseguros—. La verdad es que estoy impaciente por ver ese libro de Jane Eyre.
Sarah se apartó de la puerta y lo invitó a pasar.
—Espero no haber interrumpido ninguna clase —bromeó porque el estado de Liam la inquietaba un poco.
—No, no te preocupes. Estaba en casa. ¿Dónde está el libro?
—Ven conmigo. Lo encontré en casa de Sylvia dentro de una caja que ella había etiquetado como «objetos perdidos». Estaba llena de cosas que la abuela había guardado porque no lograba identificar, pero que sentía que eran importantes.
—Darte cuenta de que has olvidado algo que sientes que es vital para ti puede ser muy doloroso. Yo solía pasarme horas mirando cierto objeto con la esperanza de recordar algo. Jamás lo logré. En fin, supongo que en mi caso ahora ya no importa.
Sarah se moría de ganas de preguntarle qué objetos eran los que se había pasado horas mirando, pero él no parecía dispuesto a retomar ese tema a pesar de que durante los primeros días había insistido en lo contrario. ¿Por qué había cambiado de opinión? ¿Por qué ya no quería recordar?
Lo miró sin disimulo y vio que había adoptado su papel de profesor. Aunque ella lo intentase, esa mañana él no iba a dejar que se le acercase.
—El libro está aquí. Lo he abierto un par de veces y no he encontrado nada.
Eligieron cada uno una silla y se colocaron frente al ejemplar. Liam lo observó durante unos segundos.
—Es una edición muy antigua. ¿Estás segura de que es el mismo libro que Gideon Cambray sacó de la Bodleiana? Podría ser otro; aunque no es un ejemplar fácil de encontrar, seguro que hay varios en Inglaterra.
—Estoy segura. Mira.
Le enseñó la nota que había escrito Sylvia en el trozo del sobre con la dirección. Liam la leyó despacio, tanto las preguntas que la abuela de Sarah había escrito en el reverso como la dirección que figuraba en la parte delantera con la caligrafía de Gideon. Él también la reconoció.
—Gideon Cambray debió de mandarle el libro cuando ella ya había empezado a sufrir los síntomas del Alzheimer.
—Es muy triste —suspiró Sarah—. Quizá Gideon crea que Sylvia nunca lo recibió.
—Eso no lo sabemos. ¿Dices que no has encontrado nada raro en el libro?
—Uno de los puntos de sutura del cosido del lomo me parece extraño y también el cartón de la contracubierta, pero no me he atrevido a tocar nada. Tengo miedo de que solo sean imaginaciones mías, como lo que me sucedió anoche.
Las cejas de Liam se arrugaron.
—¿Qué te sucedió anoche?
—Nada importante. —La mirada de él no cedió hasta que ella siguió hablando—. Fui a ver a Sylvia a la residencia para enseñarle la fotografía, tal como te dije. Cuando me fui tuve la sensación de que me seguía un coche. Yo conduzco relativamente despacio y era un coche muy potente, o a mí me lo pareció. Pensé que me adelantaría, incluso aminoré de velocidad y me puse a conducir como una anciana, pero el coche siguió detrás de mí.
—¿Y qué hiciste?
—Vi un cartel anunciando un pub y decidí pararme a cenar. El coche siguió adelante y yo me sentí como una estúpida.
—¿Qué coche era?
—No lo sé, era negro y tenía los cristales oscuros. Fue una tontería, lo sé. Probablemente el conductor iría hablando por el móvil y por eso conducía tan despacio.
—Probablemente —convino Liam, a pesar de que una gota de sudor frío le resbaló por la espalda y una fuerte presión se instaló en su pecho. Él le había dicho a Samuel Cambray que Sarah iba a ir a la residencia, era culpa suya que hubiese corrido peligro. Ese malnacido iba a tener que responder por ello. Eso no era lo que habían acordado.
—Cuando salí del pub, el coche negro ya no estaba por ningún lado, evidentemente, pero yo estaba bastante alterada y me di cuenta de que me resultaría imposible dormirme, así que decidí ir a casa de la abuela y ordenar un poco. La policía me llamó hace unos días para asegurarme que todo estaba tranquilo y aún me quedan…
—Espera un momento. ¿La policía?
Liam apartó la silla de la mesa y se quitó las gafas para apretarse el puente de la nariz. Ella lo observó intrigada. Sin las gafas parecía más joven, le recordaba al chico que conoció aquel día junto al río.
—Hace unos días alguien entró en casa de Sylvia, pero no se llevaron nada. Ya te lo conté. La policía de Garsington cree que la persona que entró solo buscaba refugiarse del frío, entrar en calor. Pero dejó la casa hecha un desastre y tengo que ordenarla.
—¿Cómo sabes que no se llevaron nada? Hace cinco años que no ponías un pie en esa casa.
—El televisor estaba allí, y también los otros electrodomésticos. Ni siquiera rompieron las ventanas.
Liam se puso en pie y se acercó a la chimenea. No podía estar cerca de Sarah mientras pensaba en las implicaciones de lo que le estaba revelando, en el papel que él había jugado en todos esos incidentes.
—¿Cuándo vuelves a Brasil? —le preguntó sin mirarla.
Sarah seguía sentada. La reacción de Liam la inquietaba: podía ver que no le había hecho esas preguntas por cortesía ni por curiosidad. Estaba muy alterado, como si de verdad le preocupase la respuesta de Sarah.
—He decidido quedarme un tiempo.
Liam se giró al instante y se enfrentó a su mirada.
—¿Por qué?
—Quiero estar con Sylvia y resolver el misterio de las flores. Pero también quiero quedarme por mí —añadió mirándolo a los ojos. «Y por ti. Quiero quedarme por ti.»
—Deberías dejarlo estar. El pasado es mejor dejarlo atrás y no removerlo, tú misma me lo dijiste hace apenas unas semanas.
Sarah se alegró de no haberle confesado que él también formaba parte de su decisión de quedarse. Era evidente que Liam estaba impaciente por que se fuera.
—¿Vas a ayudarme con el libro o no?
Él estuvo a punto de negarse, de volver a ponerse el abrigo y salir de allí sin mirar atrás. El libro que había encima de la mesa, la historia que con toda seguridad escondía en alguna parte, y la mujer que lo estaba mirando, parte chica del río, parte mujer complicada, lo llevaron a quedarse. Se puso las gafas y volvió a sentarse.
Liam pasó las hojas del libro muy despacio, mantuvo la mirada fija en la novela, en busca de cualquier detalle inusual.
—¿Puedo preguntarte por qué elegiste especializarte en Jane Eyre?
El silencio y la solemnidad de Liam aumentaron las ganas que tenía Sarah de averiguar qué había pasado para que él iniciase el camino que lo llevaría de regreso a ella. Sin Jane Eyre quizá ellos dos no se habrían reencontrado.
—Ahora no.
—Nunca me lo mencionaste.
Él la miró de reojo un segundo y ella aguantó el escrutinio. Había elegido esas palabras adrede.
—Fue después del infarto. —Dejó el libro—. No veo nada raro en las páginas, lo que más me llama la atención es el cosido del lomo, igual que a ti.
—¿Puedes descoserlo?
—Puedo intentarlo, pero también puedes intentarlo tú. Ninguno de los dos somos expertos en esto.
—Creo que Jane estará mejor en tus manos.
Otra alusión a su pasado que él ignoró.
—¿Tienes un costurero, unas tijeras con la punta muy fina y unas pinzas?
—Iré a buscarlo.
Sarah se levantó y fue a por los utensilios que él le había pedido. No tardó demasiado y cuando volvió lo encontró observando preocupado la pantalla de su teléfono móvil.
—¿Sucede algo?
Liam levantó la cabeza y se guardó el aparato en el bolsillo. Parecía más enfadado que antes.
—No, nada.
Sarah se sentó y dejó las cosas en la mesa. Él levantó las tijeras y las acercó al lomo de la novela para hacer una incisión entre los puntos de costura que unían las páginas. Después, cambió las tijeras por las pinzas y tiró con cuidado de un extremo del hilo. El lomo se abrió como un acordeón en busca de aire y un canuto de papel se soltó. Liam lo capturó también con las pinzas e intentó moverlo. El papel cedió despacio: era más grueso de lo que había creído en un principio, lo habían apretado mucho para ocultarlo allí y de eso, si las fechas del archivo de la biblioteca eran correctas, hacía más de diez años.
—Ten cuidado.
Liam no le contestó y siguió extrayendo el canuto del lomo de Jane Eyre.
—Ya casi está.
Aflojó las pinzas y el cilindro quedó encima del pañuelo de Sylvia. Ni Liam ni Sarah se atrevieron a tocarlo. Ella se sintió como una intrusa: ese papel formaba parte de la historia de amor que habían vivido Sylvia y Gideon, y ahora ellos dos se estaban entrometiendo.
—Ábrelo —le dijo Liam.
Tenía que hacerlo ella.
Sarah asintió y con los dedos inseguros de una mano empezó a tirar de un extremo mientras que con el índice de la otra mano sujetaba la punta opuesta encima de la mesa para evitar que el canuto volviese a enrollarse. No era una única hoja de papel sino tres, a juzgar por las puntas que iban levantándose.
La primera era la ilustración de una flor.
—Es preciosa —susurró—. Florem atramentum.
—Flor de tinta —tradujo Liam del latín—. ¿Existe?
—No, pero supongo que para Gideon y Sylvia, sí.
—¿Qué son los otros papeles? —Hablaban en voz baja, estaban descubriendo un secreto.
Sarah apartó con cuidado la ilustración de la flor, que volvió a enrollarse en cuanto dejó de sujetarla, y repitió el proceso de estiramiento con el segundo papel.
—Es… es un certificado de matrimonio. Mi abuela se casó con Gideon Cambray en noviembre de mil novecientos cuarenta.