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Salir del garaje de la compañía de coches de alquiler es tan complicado que durante unos minutos consigo no prestar atención al hecho de que estoy de nuevo en Inglaterra. La lluvia, obviamente, ha venido a darme la bienvenida y a reírse de mi torpeza al volante. El verde inglés también me saluda y lo cierto es que se me acelera un poco el corazón.
Llevo conduciendo una hora cuando el cansancio me golpea de repente. El sonido monótono del limpiaparabrisas y el paisaje cada vez más familiar me están adormilando y me maldigo por haber salido tan rápido del aeropuerto. Tendría que haberme tomado un café, o mil. Los nervios me han llevado a actuar sin pensar y, si no hago algo, pronto acabaré durmiéndome al volante. Giro la ruedecilla de la radio en busca de una emisora, pero el claxon de otro vehículo me advierte de que he invadido el carril contrario. Me disculpo con las manos y al ver la señal de una gasolinera decido desviarme. También me irá bien llenar el depósito; la empresa de alquiler me lo ha entregado medio vacío.
El logo de Shell me guía hasta los surtidores y detengo el motor. Bajo, estiro los brazos, noto todos los músculos doloridos y me dispongo a descifrar qué gasolina utiliza el Rover azul. Cada uno de estos gestos me aleja un poco más de mi vida en Brasilia. Devuelvo la manguera al surtidor después de llenar el depósito y entro en la gasolinera. Recorro las tres estanterías, una manía que tengo desde pequeña, y cojo unas galletas Cadbury y una caja metálica de bombones: es la menos escandalosa y la más adecuada para la cita a la que me dirijo.
—¿Esto es todo? —La cajera señala el vehículo con la barbilla y después coge las galletas y los bombones.
—No, ¿puede prepararme un café para llevar, por favor?
—La máquina está estropeada, solo tenemos té.
Sí, sin duda estoy en Inglaterra. Miro por encima del hombro de la cajera y veo la máquina de café. Si de verdad está estropeada, probablemente se debe al polvo que la cubre.
—Té está bien. Gracias. Con leche.
La señora se da media vuelta y vierte agua hirviendo en un vaso para llevar. Después, hunde dos sobres de té en ella y lo remata con un chorrito de leche.
—Son setenta libras.
Pago y salgo de allí haciendo malabares con el té, las galletas y la caja de bombones. Había dejado de llover, pero una nube aprovecha ese momento para quitarse de encima las gotas que le quedaban, y entro en el coche con el pelo mojado y soltando improperios.
—Mierda. Mierda. Mierda. Odio este país.
Dejo la caja de bombones en el asiento del acompañante. Me quito el abrigo, que no ha servido de mucho para protegerme de la lluvia, y abro el paquete de galletas. Cuando tengo una entre los dientes, me agacho para recuperar el té. No quiero empeorar las cosas derramándomelo encima, así que no muevo el coche. Si alguien más quiere utilizar este surtidor, va a tener que esperarse. Yo voy a beberme este té horrible y a comerme unas galletas.
Me lo he ganado.
Tras finalizar el raquítico desayuno estoy más despierta y me veo capaz de volver a la carretera y seguir conduciendo, pero antes quiero asegurarme de no haber tomado la ruta equivocada. Habría podido introducir los datos en el GPS del coche o en el sistema de navegación del teléfono móvil, pero no quiero perder la poca calma que me queda intentando descifrar una de estas máquinas. Busco entre los papeles, que tienen los cantos doblados de tanto tocarlos, y miro de nuevo el nombre de la carretera.
La lluvia me acompaña durante el resto del viaje, que paso comiendo galletas y apretando botones en la radio hasta dar con una emisora que más o menos me gusta. A medida que voy dejando atrás las intersecciones que conducen a Londres, el tráfico se va aligerando y, una hora más tarde, paso de largo la señal que indica la llegada a Oxford. Aprieto el volante hasta que el sudor me moja las palmas de las manos.
Una señal distinta a las habituales aparece a mi derecha. Conduzco cinco minutos más por un diminuto camino de doble sentido y doy gracias a Dios por no encontrarme ningún coche de frente. Otra señal, esta más pequeña y elegante, me guía hasta un camino enmarcado por picas de hierro forjado que concluyen en una impresionante verja. Detengo el vehículo y me seco el sudor de las manos en los pantalones mientras respiro despacio e intento contener las náuseas. Bajo la ventanilla y, antes de cambiar de opinión, aprieto el botón del interfono que está semioculto en la maleza.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita?
La voz metalizada que me responde casi me provoca un infarto. Me llevo una mano al corazón para asegurarme de que no se me sale del pecho.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita? —insiste.
—Sí, hola —carraspeo y vuelvo a apretar el botón para contestar—. Buenas tardes, soy Sarah Morgan. Vengo a…
—La estábamos esperando, señorita Morgan —me interrumpe—. Pase. Adelante. Puede aparcar el vehículo en la zona de visitas. La recepción está en el edificio principal. Bienvenida.
La verja se abre y trago saliva antes de poner de nuevo el coche en marcha. Todavía estoy a tiempo de irme de aquí y volver más tarde, cuando esté preparada. O nunca.
Una camioneta cargada con utensilios de jardinería se detiene tras el Rover y toca el claxon. No tengo escapatoria, la única salida es hacia delante.
—Ya voy —farfullo al ver el rostro impaciente del conductor de la camioneta por el retrovisor.
La grava que cubre el camino es suave y cruje bajo las ruedas, los arbustos están perfectamente cuidados y hay una fuente preciosa en medio de un círculo de hierba. El edificio probablemente había pertenecido a una familia noble y seguro que aquí han rodado alguna película de época.
Estudio mi aspecto en el retrovisor del coche antes de descender. Un modo como cualquier otro de retrasar lo inevitable. Todavía estoy morena, aunque sin duda el mal tiempo inglés conseguirá eliminar el color de mi piel en cuestión de horas. Tengo las ojeras muy marcadas y el poco maquillaje que llevaba antes de subirme al avión ha desaparecido (ya no recuerdo cuántas horas han pasado desde entonces). Mi pelo negro está enmarañado, demasiado, parezco una loca; alargo la mano hacia el interior del bolso en busca del neceser. Me cepillo lo mejor que puedo y después me pinto los labios y me pongo un poco de colonia de una de las muestras que nadan perdidas por el bolso. Observo el resultado final: no ha sucedido ningún milagro, pero ahora parezco más centrada. Me anudo el pañuelo alrededor del cuello con cierta gracia y me pongo el abrigo antes de salir del vehículo. Cierro el coche y, tras dar dos pasos, me doy cuenta de que se me olvida algo y retrocedo a buscarlo. Sujeto la caja de bombones con ambas manos para disimular que estoy temblando y subo los escalones de la entrada.
—Adelante, pase —una señora de unos sesenta años con un precioso abrigo a juego con el color de su pintalabios me sujeta la puerta de la entrada.
Me he detenido sin darme cuenta.
—Gracias —contesto al dar el primer paso, aunque en algún rincón de mi mente sé que es de mala educación y que tendría que haberla dejado salir primero. La señora me sonríe y después abandona el edificio dejando tras de sí una estela de perfume.
La recepción es sumamente moderna y complementa de un modo extraño y elegante el clásico interior de la mansión. Tengo un nudo en el estómago; aunque he visto este interior muchísimas veces en fotografías, la realidad de estar aquí me impide respirar.
—Buenos días, ¿puedo ayudarla en algo? —Una de las enfermeras intenta captar mi atención desde detrás del mostrador. Tengo que hacerlo, tengo que seguir adelante. Camino hasta allí y empiezo a hablar apresuradamente.
—Lamento presentarme sin haber llamado antes. ¿Tienen ustedes horario? ¿Es un mal momento?
—¿Es usted la señorita Morgan? —Tras verme asentir, continúa—: Tenemos horario, pero no se preocupe por eso ahora; usted acaba de llegar y es normal que haya venido sin avisar.
Recuerdo entonces que hace unos días les mandé un correo informándoles de mi fecha de llegada a Inglaterra. Al parecer han dado por hecho que acudiría allí directamente. Me siento culpable por no haber ido antes, por haber necesitado una cruel jugada del destino para hacer esta visita. Aprieto la caja de bombones, un detalle que ahora me parece de lo más sórdido.
—¿Cómo está Sylvia? —pregunto tras encontrar la voz.
—La doctora que la atiende bajará enseguida y la pondrá al tanto de todo.
—¿Pero está bien? —insisto.
—Está tranquila. Le gusta mucho el chocolate —me asegura al ver la caja de bombones.
Comprendo que esa enfermera quiera comportarse con profesionalidad y que se niegue a darme detalles más específicos sin estar en presencia del doctor, pero estoy al borde un ataque de nervios y necesito acabar con esto de una vez por todas.
—¿Puedo verla?
—Por supuesto, ya he avisado a la doctora. Enseguida vendrá alguien a buscarla.
Apenas unos segundos después se abre una puerta y aparece una mujer de rostro amable acompañada por un hombre de porte distinguido. Los dos son médicos; tanto sus batas como sus andares lo demuestran.
—Buenas tardes, señorita Morgan. Lamento que nos veamos por primera vez en estas circunstancias. Soy la doctora Kensington y él es el doctor Elba, el director del centro.
—Lamentamos mucho lo sucedido, señorita Morgan.
—Gracias. Llámeme Sarah, por favor. —Aunque el pésame me lo ha dado el doctor Elba y me ha estrechado la mano con fuerza, contesto dirigiéndome a la doctora.
La doctora Kensington y yo hemos intercambiado docenas de correos electrónicos a lo largo de los años y nunca hemos abandonado el tono formal. Ahora, a escasos pasos de distancia, me parece absurdo.
—De acuerdo, Sarah. Me imagino que estarás cansada del viaje. ¿Por qué no visitas a Sylvia y nos reunimos mañana para hablar a solas? —me sugiere Kensington.
—Claro, por supuesto.
Le estrecho de nuevo la mano al doctor Elba cuando se despide y me deja a solas con la doctora. Andamos sin intercambiar más preguntas. No me molesta el silencio, lo agradezco. Es la primera vez que visito este lugar y quiero observarlo con detenimiento. Son unas instalaciones extremadamente elegantes y sofisticadas, se oye música clásica y los enfermeros que surcan los pasillos parecen amables y muy profesionales. Es un buen sitio, aunque algo frío.
—Sylvia tiene días buenos y malos —dice al fin la doctora deteniéndose ante una puerta—. Hoy está muy bien, pero mi consejo es que esperes a que hable ella y que te dejes llevar. Es mejor ir poco a poco. Si nos necesitas, no dudes en llamarnos. Hay un timbre al lado de la cama y otro al lado de la puerta; apriétalo y alguien vendrá a ayudarte, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Os dejaré a solas media hora. Después, vendré a buscarla.
La doctora da la vuelta y se aleja por el pasillo. Espero unos segundos frente a la puerta y, tras coger aire, rodeo el pomo con una mano y entro.
No puedo dar ni un solo paso.
Nada podría haberme preparado para esto. Hace cinco años que no veo a Sylvia, y ahora está sentada en una butaca estampada de flores tejiendo lo que parece ser una bufanda rosa. Tiene la cabeza agachada porque está contando los puntos. En la mesilla que hay al lado descansa un libro muy viejo. La cubierta es de un color amarillento y, a juzgar por algunos hilos que salen del lomo, le faltan algunas páginas.
El picaporte me resbala entre los dedos. El ruido de la puerta al cerrarse logra captar la atención de Sylvia y alejarla de los nudos de lana.
—Hola, Sarah.
—Hola, abuela —se me rompe la voz y no tengo más remedio que admitir que he tenido un miedo atroz a que no me reconociese. Me había sucedido antes y me volverá a suceder, pero en este instante, cuando más lo necesito, mi abuela me ha reconocido.
Me desmorono. El castillo de cartas que llevo años construyendo dentro de mí se derrumba. Dejo la caja de bombones en la mesilla y abrazo a Sylvia con todas mis fuerzas. Lloro con el rostro oculto en la piel arrugada del cuello de la abuela y dejo que ella me consuele y me acaricie el pelo como cuando era pequeña.
—Tranquila, pequeña. Tranquila, a ti no te sucederá nada malo. Te lo prometo.
Lloro, lloro tanto que tardo varios minutos en darme cuenta de que Sylvia me está hablando. Me aparto con reticencia porque algo me dice que cuando me aleje de estos brazos que huelen a lavanda sucederá algo horrible. Como siempre. A pesar del miedo, logro soltarme. Se supone que ahora ella depende de mí y que tengo que ser valiente por las dos.
—Ya sé que no me sucederá nada malo, abuela. Solo es que me he emocionado al verte.
Sylvia me sonríe y me acaricia la mejilla. Sus ojos brillan con tanta lucidez que se me encoge el corazón. Antes de que me fuera de Inglaterra, el Alzheimer ya había empezado a llevarse lo mejor de ella.
—Yo también, pequeña.
Cierro los ojos y vuelvo a abrazarla.
—¿Y tú estás bien, abuela?
—A veces.
El significado de esas palabras hace estragos en mi interior y me muerdo el labio para no volver a llorar. Los años que llevo alejada de allí y el motivo de mi partida me retuercen el estómago.
—La doctora vendrá enseguida. Parece simpática. Me ha dicho que tienes que descansar, pero mañana volveré a visitarte, ¿de acuerdo? —susurro como puedo.
Sylvia se tensa y me abraza con más fuerza.
—Tienes que tener cuidado. Si mañana no estoy bien, vuelve otro día. No vuelvas a irte. —A ella también le cuesta hablar.
Asiento. No sé cuánto tiempo voy a quedarme; la falta de sueño y la emoción me nublan la mente. Necesito descansar y centrarme.
—Tendré cuidado y te prometo que vendré mañana.
—No quiero que te suceda lo mismo que a tu padre —insiste Sylvia—. No fue un accidente.
Me aparto del sofá y me paso las manos por el pelo. No quiero hablar de eso, aún no.
—Estoy cansada —esquivo el tema—. Creo que las dos deberíamos descansar —suspiro exhausta de verdad—. Te he echado de menos, abuela.
—No fue un accidente —repite nerviosa, y el brillo de sus ojos se altera—. Tu padre nunca habría conducido si hubiese bebido, era demasiado estricto. Mi hijo podía ser muchas cosas, pero jamás habría hecho algo tan temerario y egoísta. Tu padre no era ningún estúpido y no habría corrido el riesgo de perder la vida antes de volver a verte.
—La policía…
—¡No me hables de la policía! No fue un accidente, no lo fue —balbucea Sylvia y lanza el ovillo de lana al suelo para aferrarse al libro desvencijado que hasta entonces ha estado olvidado en la mesa—. No lo fue. Las flores lo saben, tengo que recordarlo. Maldita sea.
—Abuela. —Intento acercarme, pero el modo en que me mira me detiene.
Sylvia cierra los ojos y aprieta el libro contra el pecho. Unas gruesas lágrimas le resbalan por las mejillas apergaminadas.
La miro sin saber qué hacer. ¿La abrazo? ¿Me voy sin decirle nada más? ¿Pido ayuda? La postura de Sylvia ha cambiado, es como si su alma hubiese salido del cuerpo y hubiese dejado un cascarón vacío soportando el dolor.
En medio de esa confusión aparece la doctora Kensington con dos enfermeras y, mientras estas últimas se quedan a atender a Sylvia, ella me pide que la acompañe fuera.
—Vendré mañana, abuela —le recuerdo en voz baja a Sylvia antes de salir, a pesar de que no sé si puede oírme o entenderme
—¿Te ha reconocido? —me pregunta la doctora en cuanto nos encontramos en el pasillo.
—Sí, me ha reconocido. Estaba bien hasta que ha mencionado el accidente de mi padre.
—Han sido unos días difíciles —reconoce la doctora—. La muerte de tu padre ha sido una verdadera tragedia para todos, pero en especial para Sylvia.
Farfullo algo inteligible. Creo que he intentado darle las gracias, y me dejo acompañar hasta la salida. Tampoco sé qué añadir. Antes de despedirse, la doctora me recuerda que me llamará para establecer una cita y hablar de Sylvia. Tiempo; lo que necesito es un poco de tiempo para descansar y recuperar fuerzas.
Ha llegado el momento de volver a casa. Una casa que no piso desde hace años y en la que ya no estará papá para explicarme por qué no se guardó ese horrible secreto hasta el final o por qué creyó necesario destrozar los cimientos de mi mundo cuando yo apenas tenía dieciocho años.
Si papá siguiera vivo podría volver a discutir con él, podría volver a gritarle y echarle en cara los errores del pasado. Pero Eddie Morgan está muerto, murió hace unas semanas en un accidente de coche. A pesar de que nunca antes había conducido borracho, un viernes por la noche decidió hacerlo y murió. Bebió una botella de whisky y chocó con un camión de reparto a pocos quilómetros de la universidad. Se suponía que algún día íbamos a hacer las paces. Se suponía que algún día volveríamos a discutir y nos reconciliaríamos.
«Tu padre no era ningún estúpido y no habría corrido el riesgo de perder la vida antes de volver a verte.»
Me seco una lágrima.
Se suponía que algún día recuperaría a papá. Pero ahora es imposible, nadie puede desoír un secreto igual que nadie puede volver de entre los muertos. Lo único que puedo hacer en este momento es resolver los asuntos legales cuanto antes y asegurarme de que Sylvia estará bien atendida durante el resto de sus días. Después, me iré de aquí y no volveré.