19

 

Chrysanthemum coccineum

(Crisantemo rojo: te quiero)

2 de abril de 1940.
 Oxford.

No hemos recibido noticias de George. Seguimos en ese limbo tan impreciso y cruel que creó la palabra «desaparecido» semanas atrás. Padre y madre lo asumen como una mala señal; ambos van vestidos de duelo e insisten en enterrarlo y en celebrar su funeral. Sam y yo nos negamos a aceptarlo, aunque cada uno lo afronta de distinta manera. Sam dirige Milton Pharmaceutical como si la empresa familiar fuese la única responsable de la guerra y ella sola pudiera ponerle punto y final y rescatar así a George de donde quiera que esté. Yo he dejado las clases (volveré a ejercer de profesor cuando esto acabe) y me dedico en cuerpo y alma a investigar en los laboratorios de la universidad, a mejorar las fórmulas de los medicamentos. Estos días estoy haciendo pruebas con el ácido acetilsalicílico; sé que en Alemania habían hecho grandes avances antes de que empezase la guerra y si encontrase la manera de adelantarme…

—Profesor Cambray, tiene visita.

Aparto la vista del microscopio y miro intrigado al bedel que ha venido a avisarme.

—¿Quién es?

—Una señorita, no me ha dicho su nombre.

Anoto los últimos resultados y salgo al pasillo, y cuando veo a Sylvia no puedo evitar sonreír y acercarme a ella tan rápido como me es posible.

Le cojo las manos y tiro de ella para besarla. Sylvia me devuelve el beso sonrojada y se sujeta el sombrero con una mano.

—¿Qué haces aquí?

Sylvia sigue trabajando en Milton Manor y, a pesar de que su padre y mi hermano Sam están al tanto de nuestra relación, seguimos ocultándola a los demás.

—Tus padres han decidido ir a pasar unos cuantos días a casa de unos amigos de la familia, los Reddick, creo.

—Ah, sí, son un matrimonio encantador. Viven en Lambourn si no me equivoco.

—La señora Marks estaba de muy buen humor esta mañana y me ha dicho que si quería podía tomarme el resto de la semana libre. Me ha dicho que serán mis vacaciones porque…

No la dejo terminar; la cojo en brazos y vuelvo a besarla.

—¿Eso quiere decir que te tengo para mí solo? ¿Vas a quedarte aquí conmigo o vas a ir a casa de tu padre?

—Puedo quedarme contigo, si quieres. Pero si tienes trabajo no te…

Vuelvo a besarla. Me vuelve loco cuando dice tonterías.

—Cállate, Sylvia, y deja que te bese.

Sonríe; me estaba tomando el pelo. Siempre me olvido de lo mucho que le gusta provocarme.

Unos tacones suenan al fondo del pasillo y me suelta. Enredo los dedos de una mano con los suyos y tiro de ella. No pienso dejar que se avergüence de nosotros.

—Vamos, te enseñaré el laboratorio.

—¿Has descubierto cómo salvar al mundo, profesor?

—Aún no, pero voy por el buen camino.

Cuando estoy con ella me siento invencible.

—Siempre has sido un engreído, Gideon.

—Y tú también, señorita Godworth.

Le enseño el laboratorio. Sylvia tiene tantas preguntas que tengo miedo de no poder contestarlas. Aplica la misma insistencia y pericia que con sus flores, estudia cada detalle, observa las posibilidades desde cada ángulo. Salimos del laboratorio cogidos de la mano y vamos al centro de la ciudad; son tan pocos los momentos que tenemos para nosotros que quiero almacenar recuerdos. Quiero que la próxima vez que alguno de los dos pase por esta calle, pensemos en este día.

—¿Le has dicho a tu padre que estás aquí? —le pregunto mientras le compro una flor en una floristería de la calle.

—No. Si voy a verle insistirá en que me quede con él, y yo quiero estar contigo.

Tengo que volver a besarla.

—¿Te ha dicho alguien alguna vez que se supone que no puedes decirme estas cosas en medio de la calle?

—¿Por qué no? Es lo que siento.

—Y yo. Toma, es para ti.

—Gracias. —Acepta el crisantemo y lo huele—. Es precioso, lástima que se vaya a marchitar. Debería existir una manera de hacer que las flores no se marchiten, así podría guardar esta para siempre.

—Existe: puedes colocarla entre las páginas de un libro y quedará prensada.

—Pero perderá la forma, el color, el perfume, todo lo que la hace mágica. Ya no será esta flor, la flor que tú me has regalado. Yo quiero conservar esta.

—Podría dibujártela —sugiero—. Siempre se me ha dado muy bien dibujar.

—¿Harías eso por mí?

—Haría cualquier cosa por ti, Sylvia.

Me sonríe de nuevo y esta vez es ella la que se acerca a mí para besarme. Estos besos, los que me da Sylvia, los colecciono en mi corazón.

—No hace falta, con el dibujo bastará.

Paseamos hasta mi apartamento. A medida que nos vamos acercando noto que se le acelera el pulso y que le tiemblan las manos. Está nerviosa y creo saber por qué.

—No tiene que suceder nada, Sylvia.

Nos hemos besado y, en nuestros encuentros furtivos, Sylvia me ha vuelto loco con sus besos y con sus miradas. Cuando se atreve a tocarme, sea donde sea, tengo que contenerme para no pedirle más o suplicarle que me deje acariciarla. Pero nunca hemos hecho el amor. Sé que para ella es importante y para mí, por primera vez en la vida, también.

—Quiero que suceda, Gideon.

—Y yo. —Me detengo en medio de la calle—. Pero no tiene por qué ser esta noche, ni la de mañana, ¿de acuerdo?

Le acaricio la mejilla y deslizo la mano hasta el mentón para mirarla a los ojos.

—De acuerdo.

Pasamos caminando por Christ Church, la catedral, que parece más solemne desde que ha empezado la guerra, y no tardamos en llegar a casa. Sylvia ha estado allí en otras ocasiones, pero brevemente. Esta es la primera vez que la pequeña maleta de cuero marrón con un ribete verde botella alrededor hace acto de presencia.

Nos detenemos en el portal. Sylvia está tan nerviosa que no puede disimularlo. Es tan valiente como el día que la conocí, cuando la señora Marks amenazó con echarla porque había roto unos platos y ella, en lugar de salir llorando, se sentó a mi lado en ese banco del jardín y me pidió un cigarrillo.

Me enamoré de Sylvia en aquel preciso instante.

—Vamos, entra en casa. Empieza a hacer frío.

Ella no sabe que acabo de darme cuenta de que la amo. Me sonríe y cruza la puerta. Yo la sigo y dejo la maleta frente al dormitorio de invitados; los únicos que lo han ocupado alguna vez han sido mis hermanos y algún que otro profesor visitante de la universidad. Sylvia está esperándome en el comedor. La observo mientras se quita los guantes, el sombrero y el abrigo, y los deposita con cuidado encima de la mesa.

Ella se sienta y yo voy a la cocina y pongo agua en un vaso de cristal grueso donde coloco con cuidado la flor que antes le he regalado.

—¿De verdad quieres que te la dibuje?

—De verdad.

En mi estudio guardo algún que otro cuaderno y una antigua caja de acuarelas. Reúno los utensilios necesarios así como una pluma, el tintero y un retal de lino limpio para corregir imperfecciones. Me siento a su lado en el sofá y ella coloca los pies en mi regazo mientras dibujo el crisantemo.

Me resulta muy difícil concentrarme con Sylvia tan cerca, pero lo consigo porque veo cómo me mira. Es una sensación a la que podría acostumbrarme.

—Ya está —afirmo al dar el último trazo—. ¿Te gusta?

Levanto la hoja de papel y ella acerca los dedos. Le tiemblan.

—Le falta algo.

—¿El qué?

—Tu firma.

—Yo no tengo firma ni nada de eso. Soy un científico, ¿te acuerdas?

—Ah, sí, es verdad, perdona. —Sylvia me hace cosquillas hasta que consigue que suelte el dibujo—. Dame, la haré yo.

Coge la pluma y dibuja una «g» medio escondida entre las hojas de la flor. Cuando me devuelve el dibujo veo que el extremo final de la letras es alargado. Primero pienso que es una floritura, pero al observarla con más detenimiento veo que son una «g» y una «s» diminutas. Unidas para siempre. Nuestros nombres unidos para toda la eternidad, si de mí depende.

Dejo el dibujo encima de la mesa y me acerco a ella muy despacio. Sylvia se echa hacia atrás, no sé si inconscientemente, y quedo prácticamente tumbado encima de ella.

—Voy a tener que besarte.

—Si de verdad tienes que hacerlo, adelante… Me sacrificaré.

—Gracias, no esperaba menos de ti.

Ella me rodea el cuello con los brazos y tira de mí. Quiere besarme, y yo a ella, pero me detengo antes.

—Te quiero, Sylvia. Quiero dibujarte una flor distinta cada día.

—Hazlo.

La beso, le dibujo el cuerpo a besos. La desnudo y ella a mí, en todos los sentidos posibles. Cuando entro en ella por primera vez creo morir y nacer al mismo tiempo. Sylvia es mi vida y yo soy la suya; no podemos existir el uno sin el otro, ya no. Hacemos el amor entre besos, sonrisas, unas lágrimas de emoción y tanto amor que tengo miedo de no poder contenerlo dentro de mí. Después la llevo en brazos a mi cama y volvemos a necesitarnos. Tengo miedo, estoy muerto de miedo: no puedo perderla.

Sylvia se despierta en mi cama desnuda en mis brazos. Yo apenas he dormido; me he pasado horas observándola, besando los rincones de su piel y pensando que soy el hombre más afortunado del mundo.

—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? —le pregunto.

—Por supuesto que me acuerdo —contesta adormilada—, si no hubieras estado en ese banco probablemente me habría puesto a llorar por culpa de la señora Marks.

—No es verdad. —Deslizo un dedo por su espina dorsal.

—Sí que lo es. Me había gritado y era mi primera semana en Milton Manor, pero no quería quedar como una idiota delante de ti.

—Yo sí que quedé como un idiota.

Se apoya en un codo y me mira.

—No puedo creérmelo: Gideon Cambray, el hombre más atractivo, más seductor, más inteligente y más ingenioso del mundo, es inseguro. Deberías habérmelo dicho antes, no habría hecho el amor contigo. Creo que ahora tendré que irme.

La rodeo por la cintura y la coloco encima de mí.

—Me temo que ya es tarde, señorita Godworth. —Coloco las manos en sus nalgas y ella se sonroja. Pero fiel a la valentía que la caracteriza se niega a apartarse—. A ver, vuelve a decirme eso de que soy el hombre más atractivo, más seductor, más inteligente y más ingenioso del mundo.

—Lo eres. —Se acerca y me besa la punta de la nariz.

—¿No crees que te has olvidado de algo?

—¿El más engreído del mundo?

—No, y más tarde te haré pagar por ese comentario.

—¿Qué me he olvidado?

—El mejor amante del mundo.

—¿Estás seguro de eso?

—En lo que a ti se refiere, sí, muy seguro.

15 de mayo de 1940.
 Milton Manor.

Ayer Alemania bombardeó Róterdam y hoy hemos amanecido con la noticia de que la RAF se dispone a atacar la cuenca del Ruhr. Hasta ahora el Gobierno británico aseguraba que nunca atacaría intencionadamente a la población civil fuera de las zonas de combate, pero esta noche lo ha hecho. Quizá sea absurdo que esta noticia me esté afectando tanto, pero tengo el horrible presentimiento, la certeza, de que esta guerra nos destruirá el alma.

Sam vino a verme hace unos días al laboratorio. Milton Pharmaceutical ha recibido una oferta de unos laboratorios norteamericanos para que desarrollemos juntos la penicilina que tanto estamos buscando. Es una oferta tentadora, muy suculenta económicamente y que además me permitiría realizar grandes avances. Aquí en Inglaterra no dejo de tropezar con barreras burocráticas y con trabas políticas: nuestro Gobierno está perdido en medio del caos de la guerra y hay demasiados intereses en juego. Nosotros no somos así. Sam quiere ganar dinero, nunca me lo ha negado, pero sé que su interés por que nuestras fórmulas mejoren y nuestros medicamentos lleguen a los soldados es genuino.

—Deberíamos aceptar, Gideon. En la Universidad de Columbia te recibirían con los brazos abiertos y compartiríamos la fórmula con ellos. Por lo que he leído, las aplicaciones de la penicilina son casi ilimitadas.

—Si consiguiéramos una formulación estable y un sistema de fabricación rápido, podríamos dotar de antibióticos a todos los médicos del frente —añadí sin poder contener el entusiasmo—. Se evitarían las infecciones, las amputaciones y las muertes innecesarias.

—Exacto. Tienes que ir, Gideon. Ellos no aceptarán el trato si uno de nosotros no está allí, y tú eres el químico. Yo puedo convencer a un político, pero méteme en un laboratorio y lo más probable es que acabe volándolo por los aires.

—Eso también podría sernos útil —bromeé. En mi mente empecé a dar vueltas a la posibilidad de aceptar. Sylvia y yo podríamos irnos a América, nos casaríamos antes de partir y viviríamos en Estados Unidos. Allí nadie se fijaría en nosotros.

—Piénsatelo. —Sam me dejó los papeles de la oferta de Columbia encima de la mesa—. El próximo miércoles me gustaría que fueras a cenar a casa, a Milton Manor.

—¿Por qué? —Estaba de nuevo frente al microscopio—. ¿Sucede algo?

—Ve a casa el próximo miércoles y lo sabrás.

Acudí a la cita, obviamente. La noticia que quería darnos Sam es que se casa. Su futura esposa es Roberta Odley, única hija y por tanto heredera de Richard Odley, propietario de una de las navieras más grandes del Reino Unido. Supongo que puede afirmarse que Sam siempre piensa en los negocios. Madre y padre están entusiasmados con la idea, por supuesto, y yo no puedo evitar sentir rabia. Basta con mirar a Sam y a Roberta, a la que todo el mundo llama Robie, para saber que no están profundamente enamorados; están profundamente interesados, eso sí, y se sienten lo bastante atraídos el uno hacia el otro para que su matrimonio funcione, me imagino, pero nada más. Ellos no están enamorados y su boda va a ser celebrada por todos. Yo amo con locura a Sylvia y tengo que esconderlo.

Me cruzo con ella en el pasillo del piso superior, cuando está saliendo del dormitorio de mi madre; en ocasiones la ayuda a arreglarse el pelo. Accedí a mantener nuestra relación en secreto en contra de mi voluntad, pero hoy no puedo hacerlo. Le cojo la mano cuando pasa por mi lado y tiro de ella hacia mi habitación.

—¿Qué haces, Gideon? Alguien podría vernos.

—No me importa. —Le sujeto el rostro con las manos y la beso—. Mejor dicho, sí que me importa. Quiero que nos vean. —Me aparto y me froto la frustración del rostro—. Estoy harto de fingir, Sylvia. Ni tú ni yo nos merecemos estar así. Es una estupidez.

—Tus padres no lo aceptarán —repite lo que me dice siempre.

—No me importa. No quiero pasar el resto de mi vida con ellos, quiero pasarlo contigo. Además, no sabemos qué dirán; han cambiado mucho desde que empezó esta guerra.

—Sí, todos hemos cambiado.

—¿Qué quieres decir? —No me gusta lo que creo que insinúa.

—¿Qué habrías hecho la Navidad pasada si la guerra no hubiese empezado? ¿Habrías venido aquí, a Milton Manor, o te habrías ido a explorar Egipto o a descubrir cafés en París? ¿O te habrías quedado en Oxford acostándote con una sensual cantante?

—No es justo, Sylvia. No es justo que me eches en cara un pasado que he compartido contigo porque te amo. Ese ya no soy yo. Ya no.

—Sí, cierto, pero no lo eres porque la guerra te impide serlo. Cuando todo esto acabe…

—No lo digas. —La miro furioso—. No lo digas.

Sylvia aprieta los labios y se cruza de brazos. Va a mantenerse firme, lo sé, pero en sus ojos brillan unas lágrimas que hasta hoy no había visto nunca. No permito que me afecten; esta conversación es demasiado importante para que me deje llevar por ellas y para que no le diga el daño que me hacen sus dudas.

—Quieres irte a Estados Unidos, a esa universidad de la que me hablaste, y la verdad es que deberías ir. Puedes hacer grandes cosas, Gideon.

—¡Quiero irme contigo! Quiero hacer grandes cosas contigo.

—Yo… yo no quiero irme.

Sylvia se gira. Cree que ha conseguido ocultarme las lágrimas que le resbalan por las mejillas, pero no es así. Abre la puerta y sale corriendo.

No puedo ir tras de ella.

Maldita sea.