43

 

Sorprendentemente, Sarah consiguió dormir unas cuantas horas. La verdad podía ser brutal, pero también tenía un extraño poder liberador. Los secretos ya no podían hacerle daño. Podían hacerla llorar y obligarla a asumir partes de su vida que quizá aún no estaba preparada para aceptar, pero ya no podían dañarla. Con la verdad podía lidiar: la desmenuzaría hasta entenderla, la compartiría con la abuela y con Liam y tal vez lograrían salir adelante juntos.

Se despertó cuando aún no era de madrugada y oyó a Liam andando por la planta de abajo. Debería dejarle solo; el dolor aún no había desaparecido y, aunque creía que Liam le había contado la verdad, no estaba segura de poder estar cerca de él. Salió de la cama casi sin darse cuenta y abrió la puerta. Esperó: si no escuchaba nada más, no bajaría. Oyó que Liam movía los troncos y supuso que estaba encendiendo un fuego en la chimenea, así que tiró de la manta que tenía a los pies de la cama, se envolvió en ella y fue hacia el comedor. Cuando llegó, encontró a Liam sentado en el suelo frente al fuego. Llevaba unos pantalones de deporte y una camiseta de manga corta, tenía la mirada fija en las llamas y parecía estar perdido en sus pensamientos. Quizá no la había oído, pensó Sarah, pero entonces él dijo:

—¿Sabes por qué escribí Amar a Jane Eyre?

Seguía con el rostro hacia delante, frente a la chimenea. Sarah tuvo un escalofrío, se abrigó más con la manta y caminó hacia él porque esos pocos metros de distancia le parecían demasiados si iban a tener esa conversación. Se agachó y se sentó a su lado con las piernas cruzadas.

—No, no lo sé —le respondió. Entonces Liam se giró y la observó como si no pudiera creerse que estuviera allí.

—Había dejado de beber y llevaba meses sin tomarme nada. Aquel día tenía la última clase del doctorado y mi antiguo entrenador de remo me había invitado a ir a remar con él. Recuerdo que pensé que era un buen día. —Liam volvió a apartar la mirada de Sarah—. Me cambié y cogí mis remos, creo que incluso iba silbando por el bosque que hay cerca del río. Entonces te oí.

—¿A mí?

Liam se pasó las manos por el rostro.

—A ti, a la chica del río. No lo sé. Oí tu risa y solté los remos sin darme cuenta. Te busqué como un loco, crucé el bosque corriendo. Estaba frenético, el corazón me latía tan rápido que me dolía el pecho y apenas podía respirar. Lancé al suelo a un chico que se cruzó por mi camino, me insultó y yo seguí buscándote. No sé cuánto tiempo estuve, pero de repente abrí los ojos y vi a Josh, mi exentrenador, sentado de cuclillas frente a mí. Estábamos en el suelo, a los pies de un árbol, y yo tenía sangre en los nudillos porque había dado un puñetazo a un tronco. Josh me preguntó qué me pasaba y fui incapaz de contestarle: después de lo del infarto y de mis problemas no quería que nadie volviese a mirarme con cara de lástima. Farfullé que me encontraba bien y me fui de allí corriendo.

—Liam…

—No, déjame terminar. Volví a mi apartamento y en cuanto entré fui directo a por una botella de whisky que tenía guardada y un bote de mis antiguas pastillas. Aún recuerdo la sensación de tenerlo apretado entre los dedos. No podía dejar de oír tu risa y además veía tu espalda —sonrió con tristeza—, ahora sé que eras tú, corriendo entre los árboles y pidiéndome que te atrapase. ¿Lo habíamos hecho alguna vez? —Miró a Sarah un segundo.

—Sí, una mañana. Después de salir de la cabaña tú querías hacerme cosquillas y yo me puse a correr entre los troncos. Cuando me atrapaste nos besamos bajo uno de los árboles.

Liam sacudió la cabeza.

—Joder. Mierda. Siempre soñaba que estabas en el río conmigo, nunca antes había tenido una alucinación como esa del bosque y me puse furioso. Estaba convencido de que estaba volviéndome loco, me sentí como un estúpido por haber pensado que podía rehabilitarme y rehacer mi vida. Deseé… —clavó los ojos en los de Sarah— deseé haber muerto alguna de esas dos veces en el jodido hospital.

Sarah no pudo más, levantó una mano y le acarició el rostro. Él suspiró entre dientes.

—No abrí el bote de las pastillas, Sarah. ¿Y sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque en medio de esa locura llegué a la conclusión de que tú eras solo un fantasma que me había inventado para sobrevivir, y entonces recordé a ese pobre hombre del hospital, el que me había maldecido por seguir vivo mientras su mujer, su mujer de verdad, había muerto. Me acordé de ese día, de la mirada de ese hombre, y lancé las pastillas por el retrete junto con el whisky. Abrí el ordenador y empecé a escribir Amar a Jane Eyre. Escribí esa jodida historia de amor porque estaba convencido de que jamás te encontraría y necesitaba contarle a alguien lo que sentía. Porque a pesar de todo, a pesar de mi jodido corazón, de mis problemas con el alcohol, de la violencia, a pesar de absolutamente todo, lo único que siempre he sabido es que yo amaba a alguien con toda mi alma y que por ella tenía que seguir vivo. Porque ella también me amaba, estuviese donde estuviese, aunque solo existiera en mi cabeza. No sabes cuánto me duele haberte traicionado, haberte fallado y no haber sabido que eras tú desde el principio.

—Liam…

A Sarah le resbaló una lágrima por la mejilla y Liam apartó la mirada como si le hubiese hecho daño verla.

—Vuelve a tu habitación, Sarah.

—No.

—Lo digo en serio, Sarah. Vete.

—No.

—Joder. ¿Acaso no tienes bastante con esto? Vete, por favor. Si te quedas, te cogeré en brazos y te besaré. Me tiemblan las manos de las ganas que tengo de tumbarte aquí en la alfombra y hacerte el amor o de poseerte sin que me importe nada más, apenas puedo distinguirlo. Mi cuerpo aún no ha comprendido que todo ha acabado y que me odias.

—Yo no te odio, Liam.

Él bufó, un sonido amargo, triste y resignado, y dejó de mirarla. No podía moverse, no se veía capaz ni de ponerse en pie. Liam no estaba mintiendo; a pesar de que se sentía emocionalmente exhausto, su cuerpo no dejaba de repetirle que tenía a Sarah a menos de dos pasos y que la necesitaba. Ella estaba cerca y le había acariciado el rostro, le bastaba con eso.

—Vuelve a tu habitación, Sarah. Mañana será un día importante y después no tendrás que volver a verme.

Él ya lo había decidido: la acompañaría y haría todo lo que ella le pidiera, y después, cuando Sarah le echase, se iría sin rechistar y la protegería desde la distancia. Aunque estaba claro que ella no lo necesitaba, lo haría igualmente porque de lo contrario se volvería loco de verdad. Sarah se levantó del suelo y Liam aguantó la respiración; se derrumbaría en cuanto ella lo dejase a solas. Había sido una tortura contarle aquel incidente en el bosque, pero supuso que a esas alturas Sarah se merecía saber toda la verdad.

Sarah no se fue.

Sarah destrozó a Liam sentándose en su regazo y dándole un beso.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó él cuando ella se apartó unos lentos y preciosos segundos más tarde. Liam tenía las manos apoyadas en la alfombra porque sabía que si las levantaba y tocaba a Sarah, no podría soltarla.

—Si me hubieras encontrado ese día en el bosque, te habría besado y te habría dicho que te quería, que te quería con toda el alma.

A Liam le costó hablar.

—No estamos en el bosque.

—Lo sé. —Cerró los ojos y escondió la cabeza en el hueco del cuello de Liam—. Pero quiero estarlo, aunque sea solo durante este amanecer. Bésame, Liam. Dime qué me habrías dicho si esa mañana, cuando fuiste a remar con tu exentrenador, me hubieses encontrado entre los árboles.

Liam no sabía qué hacer. Le temblaban las manos del esfuerzo que estaba haciendo por no acariciar a Sarah y todo su cuerpo estaba al borde del infarto o del orgasmo, las dos opciones se confundían. Tenía miedo, eso era lo peor de todo. Tenía miedo de no volver a tener a Sarah, de perderla definitivamente.

—Tengo miedo, Sarah. No soportaré hacerte más daño —le confesó.

—Yo a ti tampoco. —Ella le besó el cuello y él creyó morir—. Bésame, por favor. Aunque solo sea ahora, aunque solo dure este amanecer. Te necesito, Liam.

Él no pudo más: separó uno a uno los dedos de la alfombra y buscó el cabello de Sarah. Lo acarició y poco a poco le echó la cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos.

—Si te hubiese encontrado, te habría dicho que te amaba y te habría dado las gracias por obligarme a buscarte. —La besó despacio, la besó apasionadamente—. Te amo, Sarah.

Sarah se tensó al oír esa confesión, pero Liam siguió besándola y no le permitió apartarse. La enredó con sus besos igual que ella hacía con él siempre que lo tocaba. La tumbó en la alfombra y la desnudó en silencio. Las llamas del fuego iluminaban la piel de Sarah y, durante un segundo, Liam pensó que era una criatura mágica, la más hermosa que había visto nunca, pero cuando Sarah tiró de él y lo besó supo que no había nada de mitológico o irreal en ella. Sarah era de verdad, era su verdad, la que le había salvado y condenado al infierno al mismo tiempo. Por ella se había convertido en un loco, por ella había sobrevivido y por ella había escrito una gran historia de amor. Esa noche ella le necesitaba porque tenía miedo a lo que pudiera depararle el mañana y Liam era un estúpido por aceptar que lo utilizase de esa manera, pero le daba igual. Soportaría cualquier cosa con tal de estar con Sarah. Cualquier cosa.

La besó, se colocó encima de ella y se quitó la camiseta y el pantalón. Desnudo, no le ocultó nada. Tampoco habría podido. Le hizo el amor, marcó cada peca del cuerpo de ella con un beso y dejó que ella le acariciase y le viese tal como era. Cuando Liam entró en Sarah, no cerró los ojos; no quería perderse ni un segundo, ni un suspiro, ninguna de las miradas de ella. Liam maldijo su cuerpo por estar tan al límite, por no poder esperar más y alargar ese momento. Cuando Sarah alcanzó el orgasmo, él fue incapaz de retener más el suyo y, para no volver a confesar que la amaba ni gritarlo a los cuatro vientos, la besó mientras su cuerpo se rompía y era incapaz de recomponerse.

Después, tumbado junto a Sarah, fingió que se quedaba dormido mientras ella le acariciaba el pelo y la espalda. Quizá si no abría nunca los ojos, no tendría que reconocer que acababa de hacerle el amor por última vez a la mujer que amaba.

Horas más tarde, cuando Liam despertó, vio que estaba cubierto por una manta y que Sarah se había levantado. La oyó en el piso superior y adivinó que se estaba duchando. Él esperó, respiró profundamente y guardó dentro de él esos recuerdos. Por mucho que su maldito corazón insistiera en fallarle, la noche anterior jamás la olvidaría.

Durante el trayecto a Londres, que iniciaron después de que él también se duchara y de desayunar un poco, Sarah le contó cómo había conocido a la señora Barret en el invernadero de Milton Manor y la extraña y sincera conversación que habían mantenido. Compartió con Liam la emoción que había sentido al comprobar que esos desconocidos para ella (Johns el mayordomo, la señora Marks o incluso la entonces pequeña Patricia Barret) habían protegido y resguardado el secreto de Gideon y Sylvia. También le explicó cómo el gusto por las tradiciones de antaño había facilitado que la visita de esa mañana fuese posible.

—Samuel Cambray tiene a más gente pendiente de Gideon. Todo está relacionado con Milton Pharmaceutical y el testamento de Gideon. Samuel no ha dejado nada al azar, créeme.

—Lo sé, pero tengo que encontrarle. Ese hombre para mí no es un profesor de Oxford retirado o un interesante multimillonario. Es el hombre que mi abuela necesita recordar, el último retal que ha decidido conservar de su vida. El amor de su vida. —Se secó una lágrima—. Y mi abuelo.

—Siento que no le hayas encontrado antes.

—Yo también, pero al menos le he encontrado. Y esta vez no pararé hasta averiguar toda la verdad.

—Tal vez no lo hagas nunca. Hay secretos que solo conocen Gideon y Sylvia.

—Ninguno de los dos está muerto todavía. Esta vez no voy a rendirme, voy a ser como Jane.

—¿Jane?

—Tu Jane. Ayer no te lo dije —se sonrojó—, pero he leído tu libro y es precioso.

Liam tragó saliva y siguió conduciendo. Aún podía recordar los besos de anoche, todo lo que le había contado, y no sabía qué había significado para Sarah. Se sentía como un cretino por querer presionarla teniendo en cuenta el papel que él había jugado en la muerte de su padre y que ella estaba a punto de descubrir finalmente si Gideon Cambray era en verdad su abuelo, así que optó por mantenerse en silencio y esperar. Faltaba poco para llegar al hospital nacional de neurología y neurocirugía y los dos aprovecharon para desenredar sus pensamientos. No tuvieron demasiado tiempo.

Queen Square seguía conservando el entramado propio de Bloomsbury del siglo dieciocho y decidieron dejar el coche en la calle Marchmont y seguir caminando. Sarah buscó la mano de Liam y entrelazó los dedos con los de él. Aún no se lo había dicho, pero ella podía entender por qué había accedido al chantaje de Cambray; él no era perfecto, y ella tampoco. Nadie lo era. Liam había conseguido rehacer su vida por segunda vez; habría podido morir en el río o cuando sufrió esa sobredosis y no quería tener que volver a hacerlo.

Si Liam hubiera sabido que estaba arriesgando la vida de Eddie, no lo habría hecho. Eso Sarah lo sabía, lo había descubierto la noche anterior cuando él se quedó abajo en el sofá porque ella se lo había pedido y después, cuando le habló de su novela. La había leído y era la historia de amor más maravillosa que había tenido nunca en sus manos. Los lectores se habían enamorado de Amar a Jane Eyre porque era una historia real, cruda, auténtica y desgarradora, pero Sarah había encontrado en sus páginas el alma de Liam. En cada frase, en cada párrafo había rastros de los recuerdos del chico que la enamoró en la universidad y de las complejidades del hombre que la noche anterior le había hecho el amor sin esconder nada de lo que sentía. Liam le había contado lo peor de sí mismo y la había besado como solo besa alguien que sabe lo que es perder el único amor de tu vida.

—Gracias por estar aquí conmigo —le dijo en voz baja justo antes de entrar en el hospital e ir al encuentro de la enfermera Hannah Marks.

—No me digas esto ahora, Sarah. —La detuvo apretándole los dedos de la mano—. Lo único que te pido es que hablemos cuando todo termine.

—De acuerdo.

Liam abrió la puerta y la apartó para que Sarah pudiese pasar primero. Al ver que ella se quedaba petrificada en la entrada, tiró con suavidad de la mano que seguía sujetándole. La enfermera, Hanna Marks, se levantó nada más verlos.

—Es usted igual que su abuela, señorita Morgan. Ya me lo advirtió Patricia, pero le confieso que creía que exageraba.

—¿Usted también la conoció?

—Un poco, pero no demasiado. Cuando era pequeña y paseaba por Oxford con mi madre coincidí con su abuela unas cuantas veces. Mi madre y ella siempre se saludaban con cariño e intercambiaban unas cuantas palabras y cuando se despedían mi madre la miraba con tristeza. Supongo que por eso un día le pregunté por qué y ella me contó la historia de Sylvia en Milton Manor. Mamá le tenía mucho cariño, decía que era la chica más valiente que había conocido nunca. Me alegro de que siga viva, aunque lamento profundamente lo que le sucede.

—Muchas gracias, y gracias por dejarnos venir a hablar con usted. Perdone que sea tan directa, pero ¿puedo preguntarle si sabe dónde se encuentra el señor Cambray y si se ha recuperado?

La enfermera Marks le sonrió.

—Veo que está usted impaciente por verle. El señor Cambray se recuperó de la embolia sorprendentemente bien para un hombre de su avanzada edad. La verdad es que, en cuanto empezó a recuperar la movilidad, parecía ansioso por irse. Refunfuñaba a diario y les decía a los médicos que no podía seguir perdiendo el tiempo aquí, que tenía algo muy importante que hacer.

—¿Sabe usted qué era?

—No tengo ni idea, pero el señor Cambray desprendía vitalidad, eso se lo aseguro. —La enfermera siguió ocupándose de rellenar unos formularios mientras les contestaba—. Una mañana, sin embargo, todo cambió.

—¿Qué sucedió?

—No lo sé exactamente. —Marks se detuvo—. El señor Cambray estaba leyendo el periódico y vi que las hojas de papel le caían al suelo. Pensé que le dolía la mano, pero cuando se lo pregunté me aseguró que estaba bien. No sé qué leyó en ese periódico, o si llegó a leer algo, pero después de esa mañana dejó de tener prisa por irse.

Sarah no tenía modo de comprobarlo, pero estaba segura de que la noticia que Gideon había leído esa mañana estaba relacionada con el accidente de coche de su padre. Eddie Morgan era un reconocido profesor de biología de Oxford y su esquela seguro que había aparecido en la prensa. Pensó que iba a ponerse a llorar, y entonces notó la mano de Liam en su espalda.

—¿Qué sucedió después? —le preguntó él a la enfermera Marks al ver que Sarah no podía hablar.

—Le dieron el alta y discutió con su sobrino, con el señor Samuel Cambray. Yo no estaba ese día, pero mis compañeros me dijeron que fue un escándalo.

—¿Sabe de qué hablaron?

—No, nadie logró entenderlo. Pero el señor Gideon vino a despedirse de mí al día siguiente. Se acordaba de mi madre y quería despedirse en persona. Cuando le pregunté adónde iba, me dijo que a Thornfield Hall. No sé nada más, no tengo la dirección y tampoco sabría cómo ponerme en contacto con él. Lo siento.

—No, no se preocupe —le aseguró Sarah tras carraspear—. Me ha sido de mucha ayuda.

La enfermera le sonrió y se acercó a ella.

—Espero que le encuentre y que él y Sylvia vuelvan a verse. A mi madre le habría gustado mucho saber que al final consiguieron estar juntos.

Sarah asintió y no le preocupó llorar frente a esa mujer.

—Le prometo que si es así, vendré a contárselo.

—Vamos, tenemos que irnos —le dijo Liam. Aunque estaba convencido de que habían conseguido ocultar ese encuentro a Samuel Cambray, no quería tentar a la suerte.

Sarah y Liam abandonaron el hospital en silencio y, cuando llegaron al coche, él se sentó tras el volante y se puso a conducir. No habían intercambiado ni una sola palabra; él se había limitado a estrecharle la mano y ella se había aferrado a sus dedos con todas sus fuerzas.

—¿Adónde vamos? —le preguntó a Liam cuando vio que no giraba hacia Oxford.

—A Thornfield Hall.

—¿Sabes dónde está? —Lo observó atónita—. Sé que Thornfiel Hall es el nombre de la mansión de Edward Rochester, pero también sé que no es una casa real. Charlotte Brontë se la inventó para Jane Eyre.

—Cierto, pero cuando escribí mi novela me informé mucho sobre el tema y hay una casa en Escocia con ese nombre.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo.

—¿Y vamos allí ahora? —No sabía si llorar, si darle un beso o si pedirle que la dejase ir sola.

—Sí, si tú quieres. —Liam giró el rostro un segundo para mirarla—. Si seguimos por esta carretera podemos llegar a Thornfield Hall al anochecer. O si quieres podemos volver a Oxford. Yo no le diré a Samuel lo que hemos averiguado. —Apartó la mano izquierda del volante y apretó los dedos de Sarah de nuevo—. Si quieres, puedo ir a la policía ahora mismo.

—No, no quiero que vayas a la policía. Quiero que me lleves a Thornfield Hall.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Entonces de acuerdo. Vamos a ver si Gideon Cambray es nuestro Rochester.

Durante el trayecto a Escocia, Sarah aprovechó para preguntarle a Liam todo lo que quería saber sobre él y no se había atrevido a preguntar hasta entonces. A él le costó responder a algunas de esas preguntas, pero lo hizo. Igual que la noche anterior, Liam no le ocultó nada y, a medida que iban avanzando los quilómetros, iba desapareciendo la distancia entre ellos.

Pasadas unas horas, Liam también se atrevió a hacerle preguntas a Sarah y ella le respondió con la misma honestidad que él le había ofrecido.

Ese trayecto no solo llevaba a Sarah a encontrarse con su abuelo, sino que también la ayudó a conocer mejor al hombre que la acompañaba y que había vuelto a meterse en su corazón.

Se detuvieron para comer algo en un pub cerca de una carretera secundaria. Había música dentro y mientras esperaban que les trajeran los sándwiches que habían pedido, Sarah le cogió la mano a Liam. Después, al salir, él la rodeó por la cintura y le dio un suave beso en los labios. Aún les faltaba mucho camino por recorrer, pero la intimidad que había empezado a tejerse entre ellos era demasiado intensa como para ignorarla.

Cuando volvieron al coche, Sarah se ofreció a conducir, pero Liam le dijo que prefería seguir él al volante y le propuso que durmiese un rato. Ella se negó, pero tras unos minutos cerró los ojos y descansó. Llevaba demasiados días alerta y saber que estaba allí con Liam, tan cerca de encontrar las respuestas que le faltaban, le robó las fuerzas que le quedaban y se durmió un rato.

Liam se concentró en la carretera. Recordaba perfectamente esa mansión: de todas las que había encontrado con ese nombre mientras se documentaba para el libro, era la que más le había impactado. En su momento no llegó a investigar quién era el propietario porque no tenía importancia para su obra, ojalá lo hubiera hecho, pero algo le decía que esa casa era la de Gideon Cambray. No se permitió pensar en las consecuencias que tendría para él haber robado ese trabajo de investigación de Eddie Morgan y habérselo entregado a Samuel Cambray, las asumiría cuando llegase el momento. Liam no iba a rehuir su responsabilidad y, en cuanto Sarah se reuniese con su abuelo, iría a la policía y les contaría todo lo que sabía. Probablemente él y ella jamás volvieran a verse, a pesar de lo que había sucedido durante ese trayecto no se hacía ilusiones, pero al menos ahora podría sentirse orgulloso de sí mismo.

Llegaron al último tramo de carretera y despertó a Sarah.

—Sarah, despierta. Ya falta poco.

Ella parpadeó confusa durante unos segundos, pero poco a poco abrió los ojos. Liam daría lo que fuera por verla despertarse cada día, por conducir así siempre, quizá incluso con un par de niños discutiendo en la parte trasera del coche. Pero era un sueño imposible.

—¿Ya hemos llegado? —le preguntó ella ajena a la imagen que él acababa de descartar en su imaginación porque le hacía demasiado daño.

—Sí, es allí. Detrás de esa colina.

El coche enfiló la última subida y Thornfield Hall apareció. Era una mansión impresionante, aunque lo primero que pensó Sarah al verla era que desprendía mucha tristeza. Liam no le dio tiempo de dudar: condujo directamente hasta la entrada y detuvo el coche en el camino de grava. Paró el motor y bajó decidido a abrirle la puerta.

Sarah jamás se había imaginado que ese momento fuese a llegar de una manera tan brusca. Le habría gustado tener tiempo para pensar y buscar el modo de acercarse a esa puerta. Pero en realidad, pensó entonces, jamás estaría verdaderamente preparada para hacerlo. Lo mejor sería que saliese y llamase al timbre.

Era el único modo de averiguar si Gideon Cambray de verdad estaba allí.

—Vamos, sal —le dijo Liam—. Seguro que se alegrará de verte.

Sarah asintió temblorosa y aceptó la mano que él le tendía. Subieron los escalones cogidos de la mano y llamaron al timbre. Oyeron ruidos en el interior y, durante unos segundos, Sarah pensó que era ridículo que Gideon Cambray estuviese allí oculto. Lo pensó hasta que la puerta se abrió y se encontró con una mirada idéntica a la de su padre. No pudo contener las lágrimas por más tiempo.

—¿Sylvia? —le preguntó él con la voz muy ronca. Fue más un sonido, una sensación que una palabra.

—No, soy Sarah. Soy la nieta de Sylvia.

—Sarah —le sonrió.

Sabía quién era.

El anciano que tenía delante levantó las brazos y la capturó entre ellos.

—Sarah, oh, Dios mío. Sarah.

Ella no pudo decirle nada, solo era capaz de abrazarlo.

—Eres igual que tu abuela.

Sarah se apartó y observó por primera vez a Gideon. Habían pasado muchos años, pero era idéntico al hombre de las fotografías que había encontrado, y se parecía muchísimo a su padre.

—Yo… —no sabía qué decirle— te he estado buscando.

Gideon desvió la mirada hacia Liam, que se había quedado detrás, y demostró la astucia que siempre le había caracterizado.

—Ha sucedido algo —dijo.

—¿Podemos entrar, señor Cambray? —le pidió Liam entonces.

—Claro, por supuesto.

Gideon se apartó y les llevó a un salón sin soltar la mano de Sarah. De camino hacia allí se cruzaron con un hombre altísimo con aspecto de ser un guardaespaldas y con una enfermera.

—Se han enfadado porque he ido yo a abrir la puerta —les explicó a Sarah y a Liam—. Pero es mi casa y puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no crees, Sarah?

Ella seguía atónita, no por la casa, sino porque Gideon estaba cogiéndola de la mano.

—Vamos, siéntate —le pidió al llegar al salón.

—Sabes quién soy —dijo ella—. Sabes que soy tu nieta.

Gideon entonces vaciló un poco y le tembló la mandíbula.

—Lo sé. Y sé que tu padre murió por mi culpa. Tendría que haberle protegido mejor. No te imaginas cuánto lo siento.

—Yo… yo también lo siento.

—Tenemos mucho de qué hablar —dijo Gideon—. Creía que estabas en Brasilia.

—No, volví hace unas semanas.

—Maldita sea. Si no me hubiese encerrado aquí, me habría enterado. Siento mucho que hayas tenido que estar sola estos días.

—No he estado sola. —Sarah miró a Liam un segundo—. Y la verdad es que ahora mismo no entiendo nada. Si sabes quién soy yo, ¿por qué diablos no me lo habías dicho antes? La abuela está desesperada buscándote.

A Gideon se le transformó el rostro.

—¿Sylvia está buscándome?

—Por supuesto que está buscándote.

—Dios mío. He sido un estúpido. —Se puso en pie y se acercó a la chimenea—. Un estúpido. Tengo que ir a verla.

—¿Ahora? —Sarah no comprendía nada.

Gideon miró por la ventana y suspiró abatido. Había oscurecido y estaba lloviendo.

—No, ahora no. Es demasiado tarde. —Apretó un botón y al cabo de unos segundos apareció un hombre con uniforme—. Prepara una habitación para mis invitados y encárgate de que todo esté listo para volver mañana a Oxford.

—¿Volvemos a Oxford?

—Sí. Mañana mismo.

El hombre desapareció y Gideon se dirigió a Sarah y a Liam.

—Me imagino que quieres hacerme tantas preguntas como yo a ti, pero ahora mismo necesito… —tragó saliva— necesito prepararme para ver a Sylvia. Quiero que os quedéis a dormir, la casa es enorme, obviamente, y no quiero perderte de vista, Sarah.

—De acuerdo. —Aceptó porque ella tampoco quería perderle de vista a él—. Liam, si tú quieres…

—No, yo también me quedo.

—Perfecto. Gracias. —Gideon se acercó a ella y le dio un abrazo—. Ahora, si me disculpáis, necesitaría estar a solas.

Liam y Sarah observaron cómo ese fuerte anciano se iba de allí secándose los ojos. Al cabo de unos minutos reapareció el sirviente de antes y los llevó a su habitación. Ninguno de los dos lo corrigió cuando los condujo a un único dormitorio.

—He encontrado a Gideon —susurró Sarah en cuanto se quedaron a solas.

—Sí, lo sé. Me alegro mucho por ti —le dijo Liam apartándole un mechón de pelo del rostro—. Pero ahora tienes que descansar un rato. Estás pálida y pareces a punto de desmayarte.

—Mi padre averiguó que era hijo de Gideon Cambray —susurró mirando a Liam. Él le cogió la mano y no la interrumpió—. Y también supo que esto era peligroso. Por eso no me lo dijo, por eso no me pidió que volviera.

—Eddie te quería.

—Y yo a él. Me comporté como una estúpida, como una niña mimada.

—Te comportaste como una niña porque lo eras, y después él te ocultó la verdad para protegerte. Nunca sabremos qué llegó a averiguar Eddie exactamente, así que no te obsesiones con eso, es mejor que te perdones y que le quieras por lo que era, por lo que hizo por ti.

—Sí, pero le echaré mucho de menos. Nunca podré recuperarle.

—No, a él no. Pero tienes a Gideon y él quizá pueda ayudarte. Y yo… yo encontraré la manera de demostrar que Samuel está detrás del accidente de Eddie, testificaré, haré lo que sea necesario. Y entenderé que no quieras volver a verme. —Intentó soltarle la mano, pero ella se lo impidió—. Fue culpa mía, Sarah.

—No, Liam. No lo fue. —Levantó la mano y le besó los nudillos. Él aguantó la respiración—. No fue culpa tuya como tampoco fue culpa de Gideon. Estoy segura de que cuando Samuel Cambray acudió a ti fue porque ya tenía sus sospechas. Quizá había encontrado alguna carta de Gideon o quizá su padre, Sam, le había contado algo. Él ya lo sabía. Si tú no le hubieras facilitado ese informe, habría encontrado otra prueba en alguna parte.

—Si no hubiese sido tan estúpido y tan egoísta, Eddie estaría con vida.

Sarah daría lo que fuera porque su padre siguiera vivo y sentía el más profundo desprecio por aquel vil desconocido, Samuel Cambray, que sin duda había intervenido en la muerte prematura e injusta del profesor. Pero por nada del mundo quería que Liam cargase con el peso de aquellos horribles y venenosos remordimientos y sabía que Eddie Morgan tampoco.

—Te protegiste, Liam. Y sé que le habrías contado la verdad a mi padre. Lo sé sin lugar a dudas —repitió al ver que él intentaba apartarse—. Me alegro de que te tuviera por amigo.

—¿A pesar de todo?

—A pesar de todo.

—Sarah… —agachó el rostro y le dio un beso en los labios.

—Liam —pronunció su nombre y él se apartó.

—¿Qué?

—Si puedo perdonar a mi padre por haberme mentido, a Mary por haberme abandonado, o a Gideon por no haber venido a buscarme…

—¿Sí?

—¿Crees que también encontraré la manera de perdonarte a ti? —le miró a los ojos mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla.

Liam la atrapó con el pulgar antes de contestarle:

—No lo sé, pero lo deseo con todas mis fuerzas.

Esa noche, la única que pasaron en Thornfield Hall, Sarah y Liam durmieron abrazados. Los dos tenían mucho que perdonar y que recordar. Quizá cuando disminuyera el dolor, quedaría el amor, o quizá se darían cuenta de que había desaparecido del todo.