17
La iglesia de Santa María la Virgen está inscrita a la universidad y se encuentra en el epicentro de la ciudad amurallada de Oxford. En sus inicios, en el siglo XIII, había albergado tanto actos universitarios como religiosos, así como eventos propios de la vida social de la ciudad. Con el paso del tiempo había quedado pequeña para tales usos pues la universidad no había dejado nunca de crecer, pero siguió estando estrechamente vinculada a la vida universitaria.
Aunque el edificio ha sido remodelado, conserva partes de su estructura medieval y los visitantes suelen apreciar la vidriera que decora el extremo final del ala central.
Edward Morgan no había sido un hombre muy dado a formalidades; su mente siempre había pertenecido a la biología y a la botánica, y su corazón a Mary y a su hija Sarah. Nadie lo habría considerado nunca un creyente devoto, pero le habría gustado saber que sus amigos y sus compañeros se acordaban de él con cariño y respeto. El sitio donde eso ocurriese le traía sin cuidado. En más de una ocasión había entrado en la torre de la iglesia de Santa María la Virgen para disfrutar de las vistas de la ciudad, así que aquel no era mal lugar.
Llego cinco minutos tarde adrede porque no quiero ser vista y porque quiero observar con calma a los asistentes. No sé exactamente qué estoy buscando, pero supongo que lo averiguaré en cuanto lo vea. Me siento en el extremo del último banco. Dudo que alguien me reconozca; llevo años fuera de la ciudad y he cambiado durante ese tiempo, pero por si acaso mantengo la cabeza agachada y una actitud discreta. Veo a la doctora Materson en primera fila acompañada por un grupo de hombres y mujeres de aspecto solemne y deduzco que se trata del claustro de profesores. En otro banco se encuentra Caitlin, y durante un segundo me siento culpable por no haberla llamado desde el día que compartimos ese té en la cocina. También hay bastantes alumnos, pero ninguno capta mi atención. El único hombre que parece fuera de lugar está sentado tres filas más adelante, ocupa el extremo del banco y mantiene la cabeza gacha igual que yo. Lleva un traje impecable y tiene una espalda fuerte y robusta que contrasta con el pelo canoso. Tendrá unos cincuenta años, deduzco, y si fuera capaz de sacar el móvil y hacerle una fotografía sin que nadie me viese, lo haría.
Llevamos quince minutos de misa cuando otro hombre, este más joven pero también muy elegante, se acerca al señor canoso y le susurra algo al oído. Entonces, la mirada del de más edad cambia por completo, se torna aguda, y su postura pasa de relajada a tensa. Un escalofrío me recorre la espalda al sentirme observada y me agacho con el objetivo de que la pareja que tengo sentada delante me oculte de la mirada de esos dos desconocidos.
Pasados unos pocos minutos, me atrevo a incorporarme y veo que esos dos hombres se levantan y salen en silencio. La presión que tengo en el pecho se afloja un poco y al oír la voz del párroco comprendo que estoy jugando a los espías en medio del funeral de papá, el único al que he sido capaz de asistir.
¿Pero qué me pasa? ¿De verdad soy tan despreciable? ¿Por qué no me he sentado con Caitlin y me he comportado como una hija normal? ¿Por qué no soy capaz de acercarme a los antiguos compañeros de papá y aceptar su pésame y sí, también su reprobación?
Empiezo a llorar sin darme cuenta. Las lágrimas caen una a una por mis mejillas.
—Maldita sea —farfullo furiosa.
Varias personas se vuelven para mirarme. Tengo que salir de aquí. Abro la puerta de la iglesia, pero al iniciar mi huida choco de bruces contra algo. Contra alguien. Aparto el obstáculo de mi camino y me pongo a correr.
—¡Sarah! ¡Sarah! —grita Liam, que ha intentado sujetarme después de que chocásemos—. ¿Adónde vas?
No le contesto. Finjo no oírle. No puedo oírle, a él no.
«Liam. No. No puedo más.»
—Mierda —masculla él, y también se pone a correr.
La rodilla aún me duele un poco, pero no me detengo; el dolor me da una excusa para llorar. Esquivo a la gente que se interpone en mi camino y cruzo la calle sin preocuparme por el tráfico. Un coche frena en seco para no atropellarme, oigo los timbres de unas bicicletas. Corro sin rumbo, o eso creo hasta que veo la puerta de Danby del jardín botánico y paso bajo el arco de piedra. Al entrar en ese jardín amurallado que tantas y tantas veces he visitado con papá de pequeña, me abruma la tristeza. Sigo corriendo. La Casa de las Palmeras, el invernadero más grande del jardín, se insinúa entre los árboles, pero no me dirijo hacia allí; corro hasta el pequeño embarcadero del río Cherwell y me siento en un viejo banco de madera rugosa para observar cómo las parejas o padres e hijos se montan en las barcas de remos.
Aquí me encontraré mejor. Aquí podré dejar de llorar.
Busco un pañuelo en el bolso para secarme las lágrimas y después apoyo las manos en las láminas del banco de madera y cierro los dedos con fuerza para contener la rabia. El corazón me duele en el pecho y me queman los pulmones y la rodilla por la carrera. Cuando recibí la noticia del accidente de papá, apenas reaccioné, y cuando Caitlin me preguntó si podían enterrarlo antes de mi regreso, respondí sin titubear. Cuando fui a la universidad a recoger las pertenencias de papá, mantuve la compostura. En Brasilia, mi amiga Adriana me aseguró que algún día iniciaría el periodo de duelo y que entonces lloraría la pérdida, pero yo pensé que era una de sus tonterías californianas y que a mí no me sucedería jamás. Papá y yo nos habíamos despedido hacía años; la muerte de él, aunque prematura e injusta, no podía cambiar eso.
Pero en medio de esa absurda misa he comprendido por fin lo que Adriana había intentado explicarme: que llegaría el día en que me daría cuenta de que he perdido a papá para siempre y que no puedo hacer nada para recuperarlo, excepto recordarlo y echarlo de menos.
—Dios —sollozo. Suelto una mano del banco y me seco una lágrima. El pañuelo de papel está inservible.
—Toma.
Me giro sobresaltada y veo a Liam sentado a mi lado ofreciéndome un pañuelo de lino. ¿Qué clase de hombre los usa hoy en día? Su presencia aquí es tan inexplicable como ese pañuelo, pero acepto ambos sin cuestionármelo. Estoy exhausta.
—Gracias.
Liam asiente y vuelve a girarse hacia delante. Tiene las piernas ligeramente separadas, los antebrazos apoyados en los muslos, las manos entrelazadas y la mirada fija también en las barcas.
Estamos en silencio unos minutos. Yo me seco las lágrimas que surgen a medida que voy recuperando los buenos momentos que viví con papá en el jardín botánico, que son muchos. Él siempre estuvo a mi lado, a pesar de todo, incluso después de la discusión que nos separó. Mierda.
—¿Estás mejor?
Asiento porque no sé qué hacer. Tengo los ojos cerrados y la voz de Liam, mezclada con el sonido del río y de los árboles, me lleva a recordar el día que lo conocí y lo que durante un breve periodo de tiempo significamos el uno para el otro. Es dolorosamente obvio que para él nuestra relación no tuvo importancia, pero para mí sí. En este banco, sin embargo, no voy a pensar en él. Llevo años sin hacerlo y no tiene sentido empezar ahora. Yo nunca me había planteado buscar a Liam de nuevo, pero tampoco me había imaginado que él pudiese reaparecer en mi vida y formar parte de ella de esta manera, fingiendo que no éramos nada. Tengo que arrancarlo de raíz igual que las malas hierbas que aparecen a traición en un jardín y se beben el agua de las demás; seguro que él tiene intención de hacer lo mismo conmigo. No quiero volver a discutir con él ni tener una conversación educada como la última vez; sencillamente quiero que desaparezca y que a mí me deje de doler el pecho al verlo.
—Eddie me contó que solía traerte aquí de pequeña.
—No quiero hablar contigo, prefiero que te vayas.
Liam no dice nada más y, aunque no le veo, siento que me observa. Observa el rastro de las lágrimas y que tengo las manos apretadas en el banco. Se pone furioso, puedo sentirlo. Odio que así sea, odio que, de todas las personas que hay en este mundo, solo haya sentido una vez esta clase de conexión: con él.
—¿No te parece muy hipócrita? Debería caerte la cara de vergüenza; llorar ahora por tu padre cuando llevabas años sin dignarte a hablar con él. La que debería irse de aquí eres tú. Eddie no se merece que sigas burlándote así de él.
—Cállate —le digo entre dientes. No voy a abrir los ojos, no voy a defenderme ante él. El desprecio que siente hacia mí es tan fuerte que puedo notarlo como dardos sobre mi piel.
—Oh, sí, claro, me callaré. —Se pone en pie. La tensión sale a raudales su cuerpo—. Pero antes, dime una cosa: ¿por qué diablos has vuelto a Inglaterra?
Sigo en silencio y aprieto los párpados.
—Contéstame —insiste.
Hoy no, hoy no puedo tener esta conversación.
—Vete de aquí. Déjame en paz.
—No. Abre los ojos y contéstame. —Le molesta no poder verlos. «Creo que me colé dentro de ti a través de tus ojos.» Odio recordar que me dijo esa frase—. ¿Por qué has vuelto? Tu padre ya estaba muerto y enterrado cuando llegaste, ¿para qué molestarte? Estoy seguro de que podrías haber resuelto los temas legales desde Brasil o desde donde te apeteciera.
—¡Cállate!
Liam me sujeta por los hombros y me levanta del banco. Noto lo sorprendido que está por su propia reacción. Ha actuado sin pensar, impulsado por la confusión que lleva días dominando su mente. Pero cuando me toca los dos sentimos algo incomprensible, un alivio que no tiene ningún sentido.
—Contéstame.
Un grupo de estudiantes que están de excursión en el jardín botánico pasan por nuestro lado y nos observan. Seguro que Liam también siente sus miradas posándose encima de nosotros. Debería soltarme e irse de aquí, o yo tendría que apartarlo y largarme. Pero ninguno de los dos puede hacer nada excepto permanecer así, cerca el uno del otro.
Abro los ojos y lo miro. Los míos están húmedos por las lágrimas y al mismo tiempo me escuecen de rabia y de dolor. Los de Liam también resplandecen.
—Suéltame.
Liam se ahoga, el corazón le late tan fuerte que incluso yo puedo sentirlo. Harto de tantas dudas y de esa tensión que existe entre nosotros, siento el instante exacto en que se rinde.
Liam me besa.
Nuestros alientos se rozan, el corazón de Liam se afloja un segundo y después recupera el pulso, nuestras bocas se encuentran. Me sujeta con fuerza, suspira, sonríe y sigue besándome. Yo tiemblo en sus brazos. Liam me está besando. Creí que no volvería a hacerlo nunca y ahora me pregunto cómo podría haber seguido con vida sin este beso. Tengo el cuerpo pegado al de él y lo beso ansiosa, furiosa, mordiéndole, sujetándole para que no se aparte. Pero de repente el beso de Liam se vuelve dulce, tierno, incluso inseguro. Doloroso. Me recorre los labios con la lengua, dejo que note mis miedos y mis dudas, me acaricia la mejilla con la mano y yo enredo los dedos en su pelo. Liam baja las manos por mis brazos y las detiene en mi cintura. No quiere soltarme. No quiero que me suelte.
Entonces noto que se tensa un segundo y, cuando suelta el aliento, me besa durante un instante como me besó una vez aquí mismo. Es un beso lleno de recuerdos y a él parecen golpearle de repente. ¿Qué le está pasando? Tiembla demasiado.
—Sarah… Mírame. Tengo que mirarte a los ojos. Por favor.
No puedo negarme: esa petición le ha salido de un lugar que hasta ahora no me había mostrado. Liam vuelve a agacharse, esta vez más despacio; acerca el rostro a mi pelo e inhala su perfume. Se agacha un poco más y con la nariz me acaricia las pecas del pómulo derecho. Detiene la boca en la mía, la dibuja con la lengua. Yo tengo que coger aire a través de los dientes. Tendría que apartarle de mí, exigirle que me suelte. No puede ser que pase de ignorarme a besarme de esta manera, como si se estuviese ahogando sin mí. Me dispongo a apartarlo, pero entonces Liam busca de nuevo la calidez de mis labios. Suspira, tiembla, me mira y yo quiero volver a sentir que le importo a alguien.
—Te he besado antes —me susurra al apartarse con mi rostro aún entre las manos—. Tú y yo nos habíamos besado antes.
Los dos tenemos los ojos abiertos. Liam tiene la frente apoyada en la mía y veo algo tan oscuro en los de él que me asusto.
—Liam…
—¡Dímelo!
—Sí —contesto humedeciéndome los labios—. Nos habíamos besado antes. ¿Acaso lo habías olvidado? —El sarcasmo sale humedecido entre lágrimas.
No entiendo nada. ¿Está jugando conmigo? ¿Se está riendo de mí? Tiemblo y me horroriza volver a ponerme a llorar.
Liam me suelta y se aparta de mí como si fuera un monstruo, su peor pesadilla. Yo no puedo moverme. No le he pedido que me besara, por mí podía haber seguido ignorándome, pero ahora que lo ha hecho no podré borrarlo de mi mente ni de mi cuerpo.
Tendré que arrancarme el corazón de nuevo.
—Liam…
Dios, todo vuelve a dolerme demasiado.
—¡No! Tengo que irme de aquí.
Él se da media vuelta y se dirige con paso firme y acelerado hacia la salida del jardín botánico. No le sigo; las piernas dejan de sujetarme y me quedo sentada en el banco. Un bote parte entonces del embarcadero que tengo delante. Nadie parece fijarse en mí; si alguien ha presenciado este altercado (no sé cómo llamar a nuestro beso) seguro que cree que ha sido una riña de enamorados. Nada más lejos de la realidad. No me siento con fuerzas de analizar las palabras de Liam, ni su mirada, ni su voz, y mucho menos sus besos. Dejo la vista fija en los remos del bote que se aleja, miro cómo entran y salen del agua, los círculos que se dibujan a su alrededor con cada movimiento.
Cualquier detalle, por insignificante que sea, tiene consecuencias.
El remo mueve el agua, espanta a los patos. Liam me ha besado y me ha recordado lo que significa sentir demasiado. Liam se ha ido y me ha partido de nuevo el corazón con su indiferencia. Liam. Tengo que arrancarlo de mi vida antes de que vuelva a convertirse en ella.
Oigo un zumbido molesto. Quiero seguir hipnotizada por el remo, pero el sonido continúa y al final mi cerebro lo identifica y reacciona: me están llamando. Busco el móvil en el bolso y contesto.
Es el agente de policía de la noche anterior. El hombre me pregunta educadamente cómo estoy y tengo que contener una risa histérica al responderle. ¿Que cómo estoy? Perdida, triste, confusa, furiosa… La lista es larga. Respondo con un formal «bien, gracias» y el agente me confirma que, tal como esperaban, no han encontrado huellas en la casa de Sylvia, y que puedo ir allí cuando quiera. Le doy las gracias y él, antes de colgar, me recuerda que si veo algo extraño o si quiero que alguien me acompañe, vuelva a llamarlo.
Me pongo en pie y me paso las manos por el pelo igual que ha hecho Liam. Tengo que dejar de pensar en él y de temblar. Suelto el aliento y cojo aire. Yo también tengo que irme de aquí; si me quedo acabaré como Alicia en el país de las maravillas, perdida en la madriguera del conejo blanco. Solo que en mi caso no hay un conejo blanco sino demasiados recuerdos olvidados y misterios que me da miedo resolver. Por no mencionar al hombre que siempre ha tenido el poder de romperme el corazón o de recordarme que lo tengo. Abandono el jardín botánico sin pasar por los invernaderos de las orquídeas: hoy no podría soportar que se despertasen más recuerdos.
En casa me esfuerzo en mantenerme ocupada. Abro el resto de habitaciones, a las que no había entrado desde mi regreso, y empiezo a hacer inventario de lo que quiero vender o de lo que sencillamente voy a donar o a tirar. Sé que me estoy comportando como una cobarde, que estoy huyendo de nuevo, pero después de los besos de Liam, no me importa. Salgo un momento y voy a comprar cajas de cartón, cinta de embalar, papel de burbujas y unas enormes bolsas de basura. Voy a vaciar esta casa, voy a vaciarme a mí, voy a dejarme de tonterías románticas y de fantasmas, y voy a poner punto y final a esta locura. Y en medio de mi ataque de cobardía, como en el fondo soy una experta en ocultar lo que siento de verdad, llamo a Rob Long.
—Buenas tardes, Sarah —me contesta de inmediato—. Ahora mismo estaba pensando en ti.
—Seguro.
—Es cierto —insiste Rob—, tengo varias propuestas interesantes respecto a tu casa, pero no quiero hablar por teléfono, prefiero hacerlo cenando. O con una copa de vino.
—¿Propuestas?
—Sí, y todas te van a gustar. Cena conmigo y te las cuento.
—De acuerdo. ¿Cuándo está disponible, señor abogado?
—Mañana por la noche. Pasaré a buscarte a las siete.
—¿Es una orden o una pregunta?
—¿Qué quieres que sea?
Me río. Hablar con Rob es justo lo que necesitaba para seguir fingiendo que Liam no me ha besado.
—Ven a las siete.
Entonces se ríe él; no le ha pasado por alto que he cambiado nuestros papeles.
—Allí estaré.
Cuelgo y dejo que la conversación se quede conmigo más tiempo. Basta de Liam. Basta de torturarme con estos sentimientos de culpabilidad. Papá ha muerto y no hicimos las paces. Punto. La abuela recuerda unas flores, y sí, me gustaría encontrarle sentido a todo esto y hacerla feliz, pero lo más probable es que sean todo imaginaciones suyas. Y yo no puedo correr el riesgo de quedarme aquí: Liam me destrozaría. Dedicaré el resto del día a preparar la casa para cerrarla pronto porque, tanto si al final acepto alguna de las propuestas de Rob como si no, no voy a quedarme a vivir aquí. No puedo.
A pesar de mi decisión, al final el cansancio puede conmigo y apenas ordeno nada. Me acuesto triste y agotada.
Por la mañana iré a casa de Sylvia e intentaré a hacer lo mismo, pondré en orden las pertenencias de la abuela y le llevaré a Green Meadows todo lo que encuentre relacionado con las flores o con Jane Eyre, si es que hay algo. Nada más. Después, y porque soy una idiota, volveré a la biblioteca y seguiré buscándoles algún significado a los papeles de papá y a las flores de Gideon.
Sí, sé que no tiene sentido, y sí, es una locura y acabaré haciéndome daño.
Pero no puedo huir como cuando tenía dieciocho años. Esta vez, cuando me marche, dejaré todas las puertas bien cerradas detrás de mí: así me aseguraré de que no vuelven a abrirse.