11
El viejo despertador me hace retroceder en el tiempo y revivir las mañanas de mi adolescencia. Lo apago de un golpe, igual que hice tantas veces entonces, y vuelvo a taparme con las mantas. El baño de agua caliente y el té con whisky de la noche anterior me habían ayudado a quedarme dormida, pero ahora las articulaciones de mi cuerpo me están recordando que acabé el día contra el suelo húmedo y duro de Oxford. La cabeza está a punto de estallarme, eso si antes el hombro o la rodilla no me matan de dolor. Finjo seguir dormida durante unos minutos; aprieto los párpados con fuerza y respiro despacio. Tiro de la sábana y me giro hacia el otro lado en busca de una postura más cómoda.
Cometo el error de entreabrir un ojo y veo el libro de Jane Eyre encima de la mesilla de noche. La cubierta sigue rota, obviamente, y entonces recuerdo la flor de Gideon y que ayer vi a Liam en la biblioteca.
Ambos temas me impiden volver a dormirme.
Frustrada y, en cierta medida, furiosa conmigo misma, alargo una mano y cojo el despertador. Aprieto el botón que ilumina la pantalla y compruebo que tengo tiempo de ducharme y llegar a la primera conferencia de Jane Eyre.
—Mierda, mierda —farfullo repetidas veces mientras intento incorporarme—. ¿Qué estás haciendo, Sarah?
Podría quedarme en casa, no tengo ninguna necesidad de asistir a esa maldita conferencia. Pero se me ha metido en la cabeza que cuanto más evite enfrentarme a esta situación, más se empeñará el destino en entrometer a Liam Soto y a Jane Eyre en mi camino. No voy a la conferencia porque quiera ver a Liam, voy porque necesito saber qué diablos pinta Jane Eyre en la vida de mi padre. Nada más. Yo soy una mujer de ciencia, nunca he creído en el destino ni en nada que no fuese demostrable; la única excepción es la mala suerte. En la mala suerte sí creo.
Liam es mi mala suerte y tengo que sacudírmelo de encima.
Camino despacio hasta el baño, sujetándome en los muebles que voy encontrando. La bañera me tienta, pero al final me resigno a ducharme. Quiero llegar a la universidad con tiempo para tener esa conversación con Liam, y después ir a visitar a la abuela para enseñarle el dibujo que encontré ayer. Y a las cinco tengo una cita, o algo parecido, con un abogado: Robert Long hijo. Rob.
—Mierda —susurro por enésima vez al recordar la conversación telefónica.
Entre el dolor y el estupor provocado por el alcohol, ayer por la noche me pareció muy buena idea llamar al agradable caballero que conocí en el avión y que cometió la temeridad de decirme que era abogado. Esta mañana, no me lo parece tanto. Debería llamarlo y disculparme, y de paso cancelar la cita. Aunque en realidad, si al final decido poner la casa en venta, necesitaré a un abogado.
Salgo de la ducha y, envuelta en una toalla, decido que no anularé la cita y que me disculparé con el señor Long hijo en cuanto lo vea. De todos modos tengo que poner en marcha los temas legales y mi mente no puede seguir generando preguntas sin respuestas.
Me visto como puedo y vuelvo a darme cuenta de lo dolorida que estoy al llegar a la escalera. Bueno, qué remedio, tengo que bajar sí o sí. Apoyo una mano en la barandilla y desciendo muy despacio. Cuando llego al último escalón, una fina capa de sudor me cubre la frente y me cuesta respirar. Llamo un taxi: hoy no puedo conducir y no me atrevo a caminar hasta la universidad. Mientras espero a que llegue, leo el correo electrónico y echo un vistazo a la vida que he dejado en Brasilia.
Tengo varios correos de compañeros de trabajo y de alumnos dándome el pésame por la muerte de papá. También me ha escrito Adriana para preguntarme cómo estoy y para recordarme que la llame o le escriba si necesito algo, lo que sea.
Esta misma noche responderé. Adriana es fotógrafa. La conocí pocos meses después de llegar a Brasilia, cuando fui a revelar unas fotografías para un trabajo y la dependienta se rio en mi cara de lo malas que eran. Se llamaba Adriana, y en aquel entonces trabajaba en esa tienda porque el horario y el sueldo eran buenos y le permitían costearse la universidad. Con el paso del tiempo, y gracias a su talento, Adriana ha llegado a ser una de las mejores fotógrafas del país, a pesar de que ella insista en que nunca lo ha pretendido, y me ha enseñado unos cuantos trucos. Es una buena amiga a la que llevo demasiados días sin llamar porque no quiero tener que explicarle lo que estoy sintiendo.
El sonido de un claxon me sobresalta y cierro la aplicación del correo. Sé que me cuesta abrirme y compartir mis sentimientos, y Adriana es de las pocas personas que se ha atrevido a decirme a la cara que le importa una mierda y que haga el favor de contarle cosas si no quiero que se largue y deje de hablarme.
El claxon vuelve a sonar y me apresuro tanto como puedo en salir. Al verme, el taxista sale del vehículo y me mira arrepentido:
—¿Necesita ayuda, señorita?
—No, gracias. Es usted muy amable —añado. Pensar en la simpatía de Adriana me ha recordado que a menudo se consigue mucho más siendo agradable que con malas palabras.
El conductor me sonríe y cierra la puerta del taxi después de comprobar que estoy bien sentada.
—¿Adónde vamos?
—A la Facultad de Literatura, por favor. Está en…
—No se preocupe, señorita, sé dónde es. Desde que salió la película de El Señor de los Anillos he llevado a mucha gente a ver dónde estudió el señor Tolkien.
—Vaya.
Estiro la pierna y apoyo la cabeza en el respaldo.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, ayer me caí —me sorprendo contándole—. Intentaron atracarme de regreso a casa. Solo es un rasguño, pero me golpeé la rodilla contra el suelo y todavía me duele un poco.
—Tenga cuidado e intente no apoyar el peso. Aunque, si me lo permite, quizá debería ir al hospital.
—¿Ha habido muchos robos últimamente? Creía que Oxford era una ciudad muy tranquila.
—Y lo es. —Gira hacia la calle que conduce a la facultad—. Lo cierto es que usted es la primera persona a la que oigo hablar de algo así en mucho tiempo. Lamento que le sucediera, señorita.
—No es culpa suya, pero gracias. Supongo que en todas partes suceden estas cosas.
—Efectivamente. Ya hemos llegado.
Pago el trayecto y el conductor baja del vehículo para abrirme la puerta y ayudarme a descender.
—¿Está segura de que no necesita ayuda? Puedo dejar aquí el coche unos minutos.
—No, gracias. No se preocupe. Ha sido usted muy amable.
El hombre me sonríe y se toca la boina con dos dedos al despedirse. Espero a que el vehículo se aleje antes de ponerme a caminar; no quiero que el pobre taxista me vea cojear y decida retroceder y ayudarme. Ya llego más de quince minutos tarde y, si la memoria no me falla, la sala donde el profesor Soto realiza la conferencia está al final del pasillo principal, así que a esos quince minutos tengo que añadirles como mínimo diez más.
Cruzo el pasillo despacio; con cada paso me duele más la rodilla y se me acentúa la cojera. Algunos estudiantes me miran entre curiosos y preocupados, pero yo los ignoro y sigo mi camino.
Llego a la puerta y me basta con tocar el tirador para saber que la sala está a rebosar. La energía es incluso palpable en el aire. Oigo la voz de Liam muy cerca: está alabando la valentía de Jane y deduzco que está de pie al final de la clase. ¿Qué clase de profesor es Liam? Aunque, ¿qué importancia tiene eso? No estoy aquí para criticarle o aprender de él.
Liam hace una pregunta al otro lado de la puerta y la voz de un alumno le responde largo y tendido. Me imagino que Liam se ha movido; seguro que ha vuelto a colocarse al principio de la clase o quizá se haya acercado a su interlocutor. Tengo que entrar ahora, es el mejor momento. Cojo aire y abro la puerta.
He supuesto mal: Liam sigue allí de pie, frente a la puerta. De hecho, tiene que apartarse para dejarme entrar.
Me mira furioso durante un segundo, hasta que los ojos se detienen en el círculo púrpura que me cubre la mejilla y en las heridas de la ceja y del labio. Entonces su expresión cambia por completo y se vuelve impenetrable. Indescifrable.
—Disculpe, llego tarde —farfullo. Lo trato con formalidad porque la sala entera nos está observando.
—Siéntese, está a punto de caerse.
Su tono autoritario me sienta muy mal. ¿Pero qué diablos le pasa conmigo? ¿Por qué está tan enfadado? Seguro que no soy la primera que llega tarde a una de sus «conferencias». A todos nos molesta, pero él tiene que contenerse para no gritarme. Porque es más que evidente que eso es lo que está haciendo, a juzgar por las arrugas que se han instalado entre sus cejas y en las comisuras del labio. Estoy a punto de contestarle que puedo quedarme de pie perfectamente, pero justo entonces una alumna se levanta y me ofrece su asiento.
—Puede sentarse aquí —me dice la chica sin apartar la mirada de Liam.
En ese momento me arrepiento de no haber ido al hospital, porque si hubiese ido ahora mismo tendría unas muletas y podría atizar a esa animadora y a Liam con ellas. No las tengo, pero me conformo con ver que Liam la ignora. La chica, que no tiene la culpa de nada de lo que me está sucediendo y no se merece ser víctima de mi mal humor, es tan guapa que tres chicos se levantan al mismo tiempo para invitarla a sentarse.
—Señorita Padmore, elija un asiento para que podamos continuar —Liam interrumpe el absurdo juego de asientos y consigue que el aula entera se ría.
Liam camina por fin hacia la tarima —que es donde tendría que haber estado hace cinco minutos y así yo me habría ahorrado ser el centro de atención—, elige una tiza y escribe en la pizarra. Ver el trazo de su letra me crea una fuerte presión en el pecho. Cojo aire y lo suelto despacio para intentar aliviarla. Él se gira y me mira desde la distancia; debe de haber más de diez filas de separación, aunque eso a él no parece afectarle.
Se me pone la piel de gallina.
Maldita sea.
—Haremos una pausa de quince minutos —anuncia Liam de repente, con voz firme—. No se retrasen o empezaré sin ustedes.
Los alumnos se miran confusos unos a otros durante unos segundos. Esta pausa no estaba prevista y deduzco que Liam no es de la clase de profesor que regala descansos así como así.
—He dicho que pueden irse a tomar un café o hablar por el móvil o teclear esos mensajes indescifrables. Largo.
Un primer grupo se pone en pie y, al ver que no reciben ninguna represalia, los demás los imitan. Yo me quedo sentada; aprovecharé estos minutos para recuperarme de la caminata de antes. Estiro la pierna tanto como puedo y me llevo una mano a la rodilla para masajearla.
Liam está en su mesa. Ha abierto un cuaderno de piel negra y está haciendo anotaciones. Es la primera vez que me permito observarle: está muy cambiado, pero sigue siendo demasiado atractivo. Lleva el pelo un poco más largo que antes y lo tiene tan completamente negro como siempre. Atiende a una estudiante que se acerca a su mesa y después pone cara de pocos amigos. Unos chicos que iban a acercarse a él descartan la idea. A pesar de que lo más probable es que Liam sea apenas unos años mayor que ellos, es como si perteneciesen a universos distintos. Liam levanta la vista con discreción y, cuando comprueba que estamos a solas, cierra el cuaderno y se acerca a mí.
Creo que no puedo respirar.
—¿Qué diablos le ha pasado? —Se agacha en el escalón (el aula tiene una pendiente hacia abajo) y me sujeta la barbilla entre el pulgar y el índice de su mano derecha.
Se me acelera el pulso. Hasta ahora no me había tocado. Ni yo a él, no estoy tan loca, gracias a Dios. Esta situación es infinitamente peor a cualquiera que me hubiese imaginado. ¿De verdad va a seguir tratándome de esta manera, como si no nos conociéramos? ¿Está torturándome adrede o simplemente se acuerda de mí y mi recuerdo le parece tan insignificante que no merece la pena mencionarlo?
—No es asunto tuyo. —Intento echar la cabeza hacia atrás, pero el respaldo de la silla y la mano de él me lo ponen difícil. Mi respuesta y el tono en que la he pronunciado le enfurecen. Los ojos le delatan.
—¿Le duele? —Me pasa el pulgar por el pómulo.
—Suéltame.
Lo hace, pero al retirar la mano me roza la rodilla y a mí se me escapa una mueca de dolor.
—Maldita sea, ¿dónde más te duele? Dime qué te ha sucedido, Sarah.
Esa palabra, mi nombre en su voz, sus ojos, son demasiado, y se me olvida que Liam se está comportando como un imbécil y que no tengo por qué contarle nada.
—Ayer un motorista intentó robarme el bolso cuando volvía a casa. Yo decidí no colaborar y acabé en el suelo. Fin de la historia. Estoy bien, solo es un rasguño.
Liam se levanta del suelo y sigue observándome de pie. Tiene los puños fuertemente cerrados y los hombros echados hacia atrás por culpa de la tensión que acumula entre ellos. Reconozco el gesto, y me duele.
—Debería ir al hospital. —Otra vez de usted. Le odio.
—Ya te he dicho que estoy bien. Gracias por el interés.
—Como mínimo debería estar en la cama y no aquí, en una conferencia.
—Quería hablar con usted, profesor.
En realidad lo que estoy pensando es: «Quiero gritarte e insultarte. Insultarte hasta que no me quede ni una gota de aliento».
Él enarca una ceja.
—¿Sobre qué? —Está intrigado y un poco a la defensiva.
—Sobre Jane Eyre, ¿sobre qué iba a ser si no? —Estoy a punto de perder los estribos. Le gritaré y después me sentiré como una idiota por haberme derrumbado frente a él en medio de la universidad. En su trabajo. En el lugar donde trabajaba y vivía papá. No puedo, no pienso permitirlo. Tengo que irme de aquí, pero eso no significa que no vaya a decirle unas cuantas cosas primero—. Veo que sigues decidido a mantenerte en tus trece, a comportarte como un imbécil y un maleducado. Está bien. Si quieres hacer teatro, haremos teatro, no hay problema. Pero necesito hablar contigo de Jane Eyre.
Las preguntas se acumulan en los ojos de Liam. No sabe qué hacer conmigo. ¿Qué le pasa? Empieza a asustarme; es imposible que su comportamiento se deba solo al rencor. Maldita sea, yo tenía dieciocho años y él veintitrés, tampoco hicimos nada malo.
Estoy cansada, muy dolorida y harta de no saber qué ocurre. No puedo seguir así. Me tragaré el orgullo y se lo preguntaré directamente. Cojo aire, dispuesta a poner punto y final a esta situación, pero entonces entran dos chicas en la clase. Mierda. No quiero que nadie más presencie mi humillación.
—Espere a que termine la conferencia y la llevaré a casa. Entonces podrá preguntarme lo que quiera. —Se levanta dando el tema por concluido.
¿Y ya está? ¿Él manda y yo obedezco? Ni hablar. Voy a exigirle que me responda ahora mismo.
—Lamentamos interrumpirle, profesor, pero nos preguntábamos si podía resolvernos unas dudas antes de retomar la conferencia.
Esas dos chicas acaban de salvarle el pescuezo a Liam y quizá también a mí, porque presiento que, a pesar del temple que domina su rostro, él también iba a gritarme. Me mira a los ojos unos segundos y, tras soltar el aire entre los dientes, se aparta resignado y se dirige a sus alumnas con el rostro aún molesto.
—Está bien, vengan conmigo.
Es el flautista de Hamelín: esas dos chicas y probablemente todas las que hay en el pasillo, y también la gran mayoría de chicos, le seguirían a cualquier parte. Siento cierta envidia porque yo no causo ese efecto a mis alumnos. Es verdad que aún estoy empezando, este ha sido mi primer año como profesora, y que Liam posee un atractivo casi animal, pero no es solo eso. Liam tiene un aura de misterio y de inaccesibilidad que le hace irresistible.
Lo sé porque conmigo funcionó, aunque entonces él no resultaba tan inaccesible y los dos éramos alumnos. Tengo ganas de llorar, mierda. Echo de menos algo que no llegó a existir: lo que podría haber pasado entre Liam y yo. Tengo ganas de llorar y él ni siquiera me tutea. «Basta, Sarah.»
Liam se va con esas dos chicas fuera del aula y yo no quiero imaginarme qué clase de dudas tenía que resolverles. No debería haber venido. Me he metido en la boca del lobo y si me come entera será solo culpa mía. No voy a irme en coche con él a ninguna parte y encontraré otro modo de averiguar por qué papá se convirtió en un ferviente lector de Jane Eyre. Me pongo en pie y vuelvo al pasillo del infierno; la determinación y el orgullo me ayudan a fingir que estoy suficientemente bien. Voy por la mitad cuando oigo la voz de Liam. Él está en la bifurcación que conduce a los despachos, de espaldas y apoyado en una ventana.
—¡Un accidente! ¿Cómo que fue un jodido accidente? —Se me hiela la sangre—. Dijiste que no ibas a acercarte a ella, que ella no tenía importancia.
Me llevo una mano a los labios para no gritar y rezo para que él no me haya visto. Liam no ha dicho mi nombre; en realidad esas frases podrían hacer referencia a multitud de temas. Podrían hacer referencia a una camisa que Liam se hubiese dejado en la tintorería, por ejemplo. Pero algo me dice que no, y esa duda acaba por matar el poco cariño por Liam que al parecer quedaba en mi corazón.
Estúpido corazón. Estúpido Liam.