Epílogo
Serc
Is serc bo báidiu fri bliadain
Mo sherc
Is cuma fo thuinn
Is rigi nirt dar forrain
Is cetharruinn talman
Is dichend nime
Is brissiud brágat
Is comlunn fri scáth
Is combath fri huacht
Is rith fri nemh
Is gasced fo ler
Is grad do macalla
Mo grad-sae, ocus mo shercc ocus
M’inmaine dontí da tucas
Amor
Es un amor más devoto con los años
Mi amor
Es dolor por debajo
Es tensar la fuerza por encima
Es los cuatro extremos de la tierra
Es la cúspide del cielo
Es romperse el cuello
Es igualarse contra la sombra
Es ahogarse en el frío
Es correr contra lo sacro
Es combatir con el mar
Es un querer que resuena
Mi querer por ella a quien he dado
Mi vida y mi amor
Anónimo, irlandés antiguo
—¿Crees que hay cosas que, simplemente, no pueden ser?
Ciarán contemplaba el mar junto a Érne. Sabía lo que le aguardaba al otro lado.
—No hay una respuesta para eso —contestó la mujer.
«Los caminos de Dios son inescrutables», la escuchaba decir Ciarán, pero ¿hacia dónde? ¿Cuál había sido su misión?
Había llegado el verano y seguía soñando. Olwen habría iniciado ya su andadura por las tierras del Otromundo, la vida paralela. En sus sueños la sentía en sus brazos, en la casa de la Llanura, la casa familiar de Bróenán. El fuego les calentaba con fuerza y el caldero humeaba en el centro. Ella le explicaba una vez más que todo había sido un gran error, que había tenido que fingir para protegerles a él y a los niños, de Diarmait y de sus hombres. Que no estaba muerta, que nunca lo había estado. Y él volvía a creerla porque sentía que, en aquel lugar donde todo estaba bien, ella no podía ser sino real. La luz venía a desgarrar su sueño con los rayos tempranos, como agujas descosiendo una herida. En el verano irlandés, la luz siempre llegaba demasiado pronto. Su mente se sujetaba al inconsciente mientras era arrastrada por aquella luz fría. Seguía con la mirada fija en las llamas del hogar, mientras le inundaba un océano de certeza que indicaba lo contrario: que estaba solo, en los confines del mundo. La mente se resentía, la química de su cerebro se negaba a fluir, incapaz de sostener dos realidades contrapuestas. El corazón le chirriaba como hierro sobre piedra. El sonido del mar no llegaba a la Llanura. Era el susurro de las olas lo que se imponía, al final, y le traía de vuelta al mundo de los vivos.
Despertaba entonces y marchaba lejos de la casa y de los niños, lejos de Érne, para dejar fluir el llanto, un llanto cánido y subterráneo, extraño para un hombre; un reflejo de lágrimas primitivas, de las quejas de los lobos y los perros, que extraía de una reserva muy profunda. No había conocido un lugar así, dentro de sí mismo, hasta entonces. Lo forzaba a salir afuera, a agotar su reserva de concentrado abismo. Deseaba librarse lo antes posible de aquella angustia. Las lágrimas le abrasaban, pero solo durante un momento. Luego se incorporaba, entero otra vez, como si la transformación en animal doliente nunca hubiera tenido lugar, y se dirigía de nuevo al fuerte a trabajar.
Las aguas volvían a estar tranquilas. Era de nuevo el tiempo de hacerse a la mar y los comerciantes preparaban sus barcazas.
—Los niños necesitarán una madre —dijo Érne. Su tono de voz era suave y firme al mismo tiempo—. Y no dentro de diez años, sino ahora, que son pequeños. Han pasado varios meses y deberías pensar en otra esposa…
—No necesito otra esposa.
Érne tomó aire, negó con la cabeza y se dispuso a protestar, pero él la frenó:
—Ya tengo una, en Alba. —Creyó divisar la tierra irlandesa sobre el horizonte—. No quiero volver a Ériu nunca más.
La luz de la tarde daba pátina a las aguas de la costa cuando Ciarán alcanzó la granja de Aífe. Llevaba siete días en el mar y medio más de marcha por los caminos indefinidos de las playas. Había navegado con un nutrido grupo de hombres y mujeres y ahora avanzaba solo. Sabía que, a medida que siguiera, le sería más difícil alimentar a los bebés. Tendría que ir de casa en casa, apelando a los antiguos valores de la hospitalidad o a los nuevos de misericordia, pero prefería no dejar ningún margen a la fortuna. Debía encontrar a Aífe.
Solo deseaba llegar a la casa y plantar de nuevo los cuatro palos de su vida. Sentía sobre el pecho las lágrimas cálidas de Eochaid, otra vez hambriento y con el rostro enrojecido de llorar, algo cansado por no recibir el consuelo lactante al que estaba acostumbrado. No se resignaba a haber cambiado el abundante pecho, perfumado de leche, de Bláthnat por el firme torso de su padre, que estaba hecho para servir de soporte a las mujeres y no a las crías. El calor que Ciarán le proporcionaba era, sin embargo, intenso y constante. Se preocupaba mucho de que ambos niños mantuvieran la carne pegada a él. Niam iba, como siempre, silenciosa y despierta.
Ciarán avanzó con dificultad por la arena, subiendo la loma. Eochaid sintió el esfuerzo y se revolvió, incómodo, gritando de nuevo con las chozas ya a la vista.
Aífe salió de la casa, alertada por el llanto, y se detuvo en seco al encontrar a Ciarán en los límites de la empalizada, bañado en una luz de ocaso, declinante. Aquel era el último tramo de un largo camino y en sus veinticuatro años se leían otros muchos, décadas completas que se ataban a sus pies como los bancos de arena que le entorpecían el paso.
Ciarán continuaba, sin embargo, avanzando hacia ella. El azul de sus ojos seguía siendo intenso y fiero en aquella luz amarilla que parecía querer devorarlo todo. No a Ciarán, que seguía adelante, imponiéndose a su cansancio cósmico. Su imagen le resultó a Aífe valerosa, a pesar de lo insolente; hermosa, a pesar de lo terrible. La imagen del caballo en llamas, siempre al galope, aún en el trance de su destrucción.
Vino a poner toda su voluntad fatigada a sus pies, la promesa de darle servicio, durante el tiempo que tuviera. Allí, de rodillas ante ella, sellaba el final de su lucha con la vida, de su rebeldía. Una tregua de paz. Bajó los párpados, velando por un momento la luz de su mirada, quedándose a la espera de una palabra suya. Aífe hablaría para expulsarle de su mundo y condenarle o bien para salvar lo que quedaba de él y de su legado, que seguía llorando, apretado contra su cuerpo como si fuera una extensión de sí mismo.
Ella volvió a verle con aquella luz de náufrago o de amnésico, de los hombres que empiezan de nuevo desde cero. Cuántas veces lo había hecho ya Ciarán: destruir la casa completa y poner de nuevo los cuatro palos. Cómo se empeñaba una y otra vez en levantarse. Llegaba hasta ella humillado por los dioses, pero aún vivo. Había visto fuerza en sus ojos, la voluntad de nacer una vez más. Esta vez, quizá, podría hacerlo en su forma definitiva, con la madera que le proporcionaban los hijos y el barro de la resignación, que era el que mantenía unidas las junturas de las casas. Los puños de Aífe se relajaron poco a poco, abandonando sus ganas de luchar contra él, de rechazarle y abofetearle por su abandono. La sangre guerrera de Murchad se durmió en sus venas para ceder a la piedad de Fand. Quizás aún podrían ser felices.
Como ya ocurriera décadas atrás, cuando Ciarán estaba indefenso ante Derdriu, fue la urgencia de la vida y del alimento, la urgencia del llanto, lo que decidió por Aífe. Un nuevo grito del bebé la sacudió y ella se inclinó para tomar a Eochaid en sus brazos. El niño se tranquilizó enseguida al sentir el cambio: la suavidad de la piel femenina, el golpe placentero del olor a leche, el pecho generoso de Aífe, que se abría para compartir su reserva. El alivio de Ciarán fue tal cuando vio cómo se aceptaban como madre e hijo, que no se preguntó cómo tal cosa era posible. Cómo era que los senos de Aífe eran ahora los de una madre y no los de la muchacha de la que se había separado. Eochaid dejaba caer los párpados mientras tragaba. Su boca tierna estaba hecha solo para aquel reflejo de succión, permitiendo en su ansiedad que la leche le llenara el borde de los labios.
Aífe miró entonces a Niam. Era una niña extraña, poco natural. Con aquellos ojos verdes tan atípicos, siempre alerta. Aífe la acarició como símbolo de aceptación, pero algo había fallado y no se repararía con el tiempo.
Ciarán la siguió al interior de la casa, donde ella se sentó en un banco para amamantar mejor al bebé. Junto a él había una primitiva cuna, una estructura sencilla donde dormía un niño de pelo negro, de año y medio.
—Este es tu hijo, Ciar.
Hasta entonces no había pensado en lo graves que habían sido sus decisiones respecto a Aífe. La había abandonado embarazada. Era inusual que una mujer de su estatus no hubiera vuelto a casarse.
—Siempre tuve la esperanza de que te cansaras de correr.
Ciarán había corrido mucho y ahora solo quería descansar.
Decidieron que, para no hacer distinciones, llamarían igual a los dos niños, como se hacía con los gemelos. Los llamaron Eochaid Ciar y Eochaid Finn, diferenciándoles por el color de sus cabellos. Con ello asentaron las bases de lo que, a partir de entonces, sería su familia.
Ante él se mecía la extensión calma del mar. Ni un solo pájaro, ni roca, ni hombre. El sol le arrancaba guiños a la manta gris de agua, como si cientos de párpados luminosos se abrieran y cerraran sobre ella.
Y entonces, de pronto, entre la niebla del horizonte apareció una vela desplegada, llena de luz.
—Has ayunado bien. Pronto volverás a tu hogar. Mira, tu barco está listo.
Patricio abrió sus ojos azules y supo que Dios le había hablado en sueños y que se fugaría de Irlanda aquella misma noche.
FIN del Libro I