26

Sobre nidos de pájaros

No te preocupes si tardáis unos meses. A veces cuesta un poco más. —Brionna hablaba sin parar mientras caminaba junto a Olwen hacia el lugar del concurso. Era la víspera de Beltine otra vez y parecía que el verano iba a ser benigno—. Tu tía Oíbell tardó casi tres años en engendrar el primero. Lástima que hayas perdido tanto tiempo, pero aún eres joven… ¿Qué tal tu vida conyugal con Diarmait?

—Bien.

—En la cama, ¿lo hace bien? —insistió la madre, dispuesta a dejar claro a qué se refería. Era su responsabilidad asegurarse de que su hija no se hubiera casado con un incapaz.

Olwen asintió, sin levantar la vista, molesta de que su madre le hiciera aquellos comentarios a plena luz del día y en un túath que no era el propio. Se habían reunido allí mujeres de toda la región para el concurso de pan y gachas. Olwen echaba de menos el verano anterior, en el hospital de Araid Cliach, y la mención de su tía Oíbell no hacía sino aumentar su deseo de regresar junto a la comunidad cristiana. Ella era la única bautizada en toda la Llanura.

—Me hubiera gustado pasar el verano fuera, como la otra vez, pero Diarmait ha dicho que no, que era demasiado pronto. Que primero el niño y que después ya hablaríamos. Pero ya sé que para entonces no podré ir a ningún sitio.

—Te ha dicho lo que debía. No vas a irte del lado de tu marido con seis meses de matrimonio… Ya no puedes andar por ahí como lo haría un muchacho de chozas intermedias.

—Nadie sabe construir una iglesia aquí —protestó ella—. Nadie ha hecho todavía ninguna y no tenemos ni los cimientos. Así no llegará a hacerse nunca. En el otro lado del mar podrían… Yo podría…

—Ni lo sueñes —la interrumpió Brionna—. Ya enviarán a alguien. Eres mi única hija y querría que fueras feliz, pero lo que propones es una insensatez. No vuelvas a mencionarlo.

Habían llegado al lugar donde estaban los hornos y ambas guardaron un silencio repentino al encontrarse con las mujeres de los pueblos vecinos. Brionna mudó el gesto y esbozó su mejor sonrisa. No había nada peor que alimentar las habladurías. Las mujeres se fueron presentando: algunas llegaban de Múscrige y otras de los Aes Eala, que eran quienes ahora ocupaban las tierras de los Barr. Había muchachas muy jóvenes, recién casadas sobre todo, pero Brionna confiaba en que Olwen sabría sacarle partido al caldero con todo lo que había aprendido de ella. Gráinne también estaba allí, pero apartó la vista, disgustada.

Desde que Olwen se había casado con Diarmait, su vieja amiga ya no le hablaba. El día antes de su boda, Gráinne le había dirigido todos sus reproches:

—Él es mi deseo, verdaderamente, y no solo ahora que es rey del túath, sino desde mucho antes. Yo ya estaba con él cuando tú seguías esperando a que el otro volviera… Te salió mal y entonces, ¿qué haces? Vienes a quitarme lo que es mío. Si eso es amistad, que se la queden los perros.

Olwen sintió piedad de ella y soportó las palabras duras que le arrojaba, sin repetirle lo que ambas sabían: que Diarmait la había estado utilizando todo aquel tiempo, que nunca la había amado. Numerosas veces se lo había advertido, pero Gráinne había preferido engañarse.

—Tú siempre lo mejor —había seguido Gráinne—. Siempre tienes que ser la más bonita, la más talentosa, la mejor casada… La reina del túath. Ya sea con el uno o con el otro. No puedes conformarte con menos. Estoy harta de competir contigo. Me tenías envidia porque yo he tenido a Diarmait mientras tú perdías el tiempo. Pero a ti no te pueden abandonar, ¿verdad? ¿Qué voy a hacer yo ahora que tengo casi veinte años?

Que debía tener siempre lo mejor, había dicho. Qué ironía, cuando sentía que no tenía nada. Cuando su sueño había sido un imposible y su tardío matrimonio solo había sido un intento desesperado de remendar su vida.

Brionna metió las manos en el grano que habían traído y examinó su consistencia. Eran los últimos restos del año anterior, pues las espigas nuevas estaban demasiado verdes. Habían traído cebada, centeno, avena e incluso trigo. Sobre los cestos de mimbre habían colocado finas capas de cuero para contener la harina. Las mujeres del túath anfitrión llevaban más de una semana moliendo. Todas se encontraban allí ahora, vestidas con sus más ricas galas, como si acudieran a un banquete real en lugar de a un concurso de cocina. Brionna revisó entonces los cubos que se alineaban en un lateral y que contenían la mantequilla, la leche y el agua para las gachas, suero de leche, sal y un pequeño recipiente con miel del que solo se permitía una cucharada a cada participante. También tenían a su disposición levadura de cerveza. En el otro lado del recinto se apilaban calderos, tablas de amasar, cazos de medida, ralladores, coladores y cuchillos. Por último, cada una de las jóvenes llevaba una bolsa con sus propios ingredientes secretos, los que debían hacer especiales sus creaciones: perejil, apio, ajo fresco, zarzamoras, manzanas, endrinas y hasta huevo duro y queso. Ningún ingrediente estaba prohibido.

Para Brionna se trataba de un acontecimiento importante. Había ganado algún concurso similar en el pasado y alardeaba numerosas veces de la sabiduría culinaria del otro lado del mar, de las buenas influencias que la cocina del Imperio había dejado en su familia. Había pasado casi dos semanas involucrando a toda la casa en la preparación del concurso: a Finn buscando avellanas; a Cáel recogiendo bayas y frutas del bosque; a Oissíne, que había vuelto temporalmente del Lago Lein, recolectando un poco más de miel.

Transcurrió buena parte de la mañana. Mientras los hombres disfrutaban de las hazañas deportivas y de las carreras ecuestres, los panes empezaban a tomar forma en los hornos semienterrados del suelo. Una tapa de arcilla, rodeada de brasas, aseguraba una cocción uniforme de las hogazas, de dos puños de anchura por uno de grosor: las medidas del pan cocinado por una mujer, la mitad que las de un hombre.

Había siete tipos de pan admitidos a concurso, dependiendo sobre todo del cereal escogido. La mayoría de las muchachas se decantaron por los mejores ingredientes: el trigo y la miel, que eran escasos y se consideraban exquisitos. Sin embargo, su fórmula se repetía año tras año y a la tercera muestra los jueces ya estaban empalagados.

Olwen, bajo la supervisión de Brionna, escogió también el pan de trigo, pero su sabor era muy diferente, más suave. Había picado avellanas sobre la masa, lo presentaba acompañado de confitura de serbal y contaba con un ingrediente secreto que Oíbell les había regalado, una extravagancia del mundo romano: una preciada rama de canela.

El novedoso sabor sorprendió a los jueces, que quedaron también impresionados por la maestría técnica de Olwen a la hora de cocinar las gachas. Rechazó el trigo, más exclusivo, y utilizó granos enteros de avena y leche fresca. Las cantidades estaban bien medidas, lo que le daba una consistencia suave, y durante la cocción vigiló muy de cerca el caldero, retirándolo a intervalos. Nuevamente la canela, acompañada de menta, hizo que su plato destacara entre todos los demás.

—Olwen, hija de Finn, de los Necht de la Llanura del Cisne, es la ganadora del concurso —anunció el juez, sin dudarlo.

Diarmait, que estaba allí para escuchar el veredicto, se adelantó orgulloso para abrazarla y la levantó ligeramente del suelo.

—¿Qué quiere la reina de los Necht a cambio de este pan y de estas gachas tan magníficas?

—Hay algo que deseo…

—Pide lo que quieras. —Diarmait estaba triunfante de alegría.

—Quiero ir a ver a mi tía Oíbell, en las colonias.

Diarmait la bajó y la miró disgustado, arrepentido de haberle hablado así. Olwen había aprovechado para hacerle en público una petición que él le había negado ya en privado. Un hombre no debía desdecirse de sus palabras y menos si era rey. El valor de la promesa de un soberano era demasiado grande como para ponerlo en duda en una asamblea. La tomó del brazo y la llevó lejos del grupo, ante las chismosas miradas de sus vecinas.

—Ya te dije que eso no pasaría. No quiero oírlo. ¿No puedes escoger otra cosa? ¿Un vestido bordado? ¿Una joya? ¿Por qué me pones en esta situación?

—Eres tú el que se ha puesto en esta situación —recalcó ella.

—Deja de comportarte como una niña que debe tener todo lo que quiere. Te necesito aquí.

—Me marcharé con tu aprobación o sin ella —le desafió.

Diarmait se llevó la mano a la sien. No recordaba a Olwen tan cabezota. Era consciente de que aprovechaba la debilidad que sentía por ella para salirse siempre con la suya.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo. Los caminos son peligrosos y el agua lo es mucho más. Incluso ahora que los vientos son más clementes. Tengo que poner a cinco hombres a guardarte. Si te pasa algo, tendré que lamentar el haberte consentido tanto…

—Volveré pronto. Te lo juro sobre mi palabra.

Diarmait negó con resignación. Como tantas veces, no podría convencerla.

—En menos de un mes. Sin falta. Y no me sigas poniendo a prueba, especialmente en público. No quiero tener que convertirme también en tu jefe.

Olwen se arropó con el chal y se unió de nuevo al gentío.

—¿Qué te ha dicho? —indagó Brionna.

—Me voy a Demet, madre.

Después de pasar toda la tarde tratando con los clientes, con los nobles de otras provincias, con los viajeros y con los casos de justicia, Diarmait se sentía agotado. Los festejos de Beltine habían comenzado la noche anterior y el festín se había prolongado hasta muy tarde. Después, le había seguido un día largo en el que había tenido que desempeñar numerosas funciones. Y la marcha próxima de Olwen no hacía sino añadir preocupaciones a su cabeza.

Olwen estaba siempre probando sus límites. Su cuñada se lo advertía a menudo y Diarmait empezaba a pensar que tenía razón. Se quejaba de los privilegios de la muchacha en la casa y en el túath, pero Diarmait siempre lo había achacado a las pequeñas luchas por el poder doméstico y a las envidias femeninas. En el pasado, Olwen le había parecido más dulce, más tranquila, pero ahora parecía que su voluntad se revolviera, sin descanso a largo plazo. Nada le era suficiente.

—¿Puedo pasar? —preguntó Oissíne en el marco de la entrada. Diarmait le hizo un gesto de bienvenida y se preparó para cumplir de nuevo con su deber de rey.

—Dame buenas nuevas. Las necesito.

—Me temo que no voy a poder.

Las forjas eran un buen lugar de intercambio de rumores. La del Lago Léin, donde estaba el taller-escuela de Oissíne, era el mejor lugar para enterarse de todo lo que concernía a la federación occidental de Iarmumu y a Coirpre de los Juncos.

—Sus ojos siguen pendientes de nuestro territorio —continuó Oissíne—. Lamentablemente, hacia el Oeste no les queda más que el mar. Solo pueden expandirse en nuestra dirección. Los mensajeros de los Aes Eala van y vienen todo el tiempo, cada pocas lunas. Siempre pasan por la forja.

Diarmait guardó silencio un minuto, mientras sopesaba sus opciones. No permitiría que la soberanía de la tribu se extinguiera bajo su reinado: tenía que defenderla como fuese. Pero carecía de la fuerza militar suficiente. Solo le quedaba la política.

—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que se declare una guerra abierta?

—Pueden ser meses. Pueden ser años. Están esperando el momento oportuno. Saben que tienes aliados y aprovecharán cualquier debilidad que muestren… Si ellos te fallan, cualquier excusa les parecerá buena.

—No podemos estar en sumisión constante a esa gente, haciendo todo lo que pidan por miedo. Por desgracia, si Coirpre quiere su guerra, la tendrá. Su hijo es quien gobierna, pero él es el verdadero señor del Oeste. Iré de nuevo a Múscrige. Y a Caisel, si hace falta. Nad Froích no permitirá que su hermanastro le siga desafiando y comiendo el terreno. Es su peor enemigo dentro de la provincia.

—Ahí has hablado bien.

Oissíne hizo ademán de retirarse.

—Espera. Hay un asunto privado que debemos tratar. Tienes que acompañar a tu hermana a Demet, al menos hasta que se haya reunido con sus parientes. Llévate a cinco hombres más, por el Sur —le dio una bolsa, con oro en lingote para el barco—, y volved a buscarla al cabo de un mes. Ni un día más. Por la esposa del dios Néit que no sé qué hace una mujer de su estatus viajando de esa manera, exponiéndose a los peligros de la tierra y el mar sin necesidad alguna. No entiendo cuándo se le metió en la cabeza semejante insensatez.

—Ese es el nervio de Brionna. Ha salido a mi madre, que cuando tiene alguna idea dándole vueltas…

—Pues espero que con los hijos se le coloque la cabeza en su lugar.

Oissíne ya estaba saliendo cuando Diarmait le llamó de nuevo.

—¿Sabes algo de Ciarán?

—No. Desde que me fui de Caisel no sé nada.

—Bien.

Oissíne salió de la casa, consciente de que le había dicho una verdad a medias. Era cierto que no tenía noticias directas de él, pero de vez en cuando escuchaba historias en la forja acerca de un jinete, un muchacho moreno de Caisel, que había desafiado a los dioses en carrera. Dos días cabalgando contra la diosa Grian y una victoria. Solo conocía a un hombre capaz de hacer tal cosa.

Al día siguiente, Oissíne llegó temprano a la casa de su hermana, seguido por el grupo de hombres que debían acompañarle. Mientras Diarmait ultimaba los detalles con ellos, Olwen preparó la ropa y la comida que necesitaría para el viaje. Cuando hubo dejado todo atado, salió con los paquetes para reunirse con los hombres, pero Diarmait, que todavía estaba disgustado con ella, le ordenó que volviera a la casa.

—Estaremos juntos antes de que te vayas.

—Pero nos retrasaremos… ¿Por qué…?

—Porque lo digo yo. Ve adentro y prepara tu costado para mí.

Olwen no sabía si todo aquello era una pequeña venganza por el viaje o si, simplemente, quería demostrar autoridad ante sus hombres, imponiendo tan inoportunamente sus derechos. Estaba turbada de que le hablara así en presencia de su hermano y de quienes venían con él.

—Te esperaremos aquí —musitó Oissíne.

Volvió a la casa seguida por Diarmait, y cuando estuvieron dentro, él la apoyó contra la pared de zarzo y le levantó las faldas. Se empujó dentro de ella, buscando su propio placer, hasta que se hubo saciado. Entonces ella, sin dirigirle la mirada, se arregló la ropa y se marchó.

—No te enfades tanto. Ya te ha dejado venir, que es lo que querías —le decía su hermano, camino del barco—. Va a estar treinta lunas sin verte y no lleváis tanto de casados.

Durante el resto del viaje, Olwen permaneció sin pronunciar una palabra.

—Me gustas más con barba. Te resaltan más los ojos —sugirió Aífe mientras apuraba la cuchilla contra la piel de Ciarán. La limpió contra un lino untado en aceite.

—Hoy no puedo quedarme. Tengo que ir a ver a varias personas.

—Shhh… No muevas la boca. Además, lo que opinen esas personas es irrelevante. Lo que importa es lo que opine yo.

—Por supuesto.

Aífe enjuagó la cuchilla en el cubo y le secó el rostro con el lino. Aprovechó que tenía fuera de su caja todo un muestrario de objetos de aseo, de copia romana, para arreglarse también ella. Contaba con utensilios delgados para los oídos, punzantes para los dientes, pequeñas hoces para las uñas… Sin duda, el objeto más preciado de su colección era un espejo de mano, embellecido en el dorso por un dibujo de espirales.

—¿Quién te hacía todo esto de afeitarte, arreglarte las manos y cortarte el pelo antes de que te casaras conmigo?

—En Caisel teníamos a las esclavas del rey, que lo hacían todo.

—¿Y antes? ¿En tu pueblo?

—Antes de Caisel no tenía que afeitarme —le respondió, dando por zanjada la conversación.

Aífe desplazó el banco ligeramente para aprovechar la luz de la entrada. Comenzó a extender cuidadosamente una tintura roja sobre las uñas de sus manos, mientras Ciarán terminaba de vestirse.

—Tienes que grabar una piedra nueva, ¿verdad? Ya podría morirse alguno menos.

—Creo que no les dejan elegir.

—Me parece bien que mi tío te tenga de aquí para allá, pero que me devuelva a mi marido de vez en cuando. Entre la iglesia, las tumbas y otros siete recados diarios te tiene todo el día lejos de mí… Dile que los niños no vienen todos del cielo, que hay que poner algo de empeño…

—Aífe, ¿cómo le voy a decir eso? Me voy, antes de que me entretengas más. —Terminó de atarse las botas y se despidió con un beso.

En realidad, a Ciarán le gustaba desarrollar las tareas que Finnén le encomendaba. Eran mucho más gratificantes que trabajar en el campo o con el ganado. Habitualmente hacía de mensajero, lo que le permitía pasar tiempo cabalgando por la región, pero también grababa el ogam. Finnén necesitaba a un hombre joven, con brazos lo suficientemente fuertes como para herir las piedras, y Ciarán ya lo había hecho antes, con las armas ceremoniales de Caisel. Sabía cómo marcar la roca, aunque hubiera sustituido la espada por cinceles y martillos.

Descargó el primer golpe cerca de la base, sobre la arista que servía de eje para toda la inscripción. Era un solo zarpazo horizontal, corto y centrado: una A. Ciarán acarició la marca sobre la superficie lisa. La piedra había sido bien cortada y la habían transportado en carreta aquella misma mañana. Siempre se comenzaba por la arista izquierda, de abajo arriba.

La siguiente letra era más complicada. Cuatro cortes diagonales. Una R. El sonido agudo golpeó el aire, con cada una de las incisiones. Era un nombre largo: la familia se había empeñado en escribir el nombre del difunto, el nombre de su padre y el nombre de su tribu. De seguro, acabaría dando la vuelta por encima de la piedra y usaría también la arista derecha. Se pasó el dorso de la mano por la frente, no sabía si para limpiar el sudor o las gotas de lluvia fina que habían empezado a caer. Esperaba que Finnén hubiera negociado bien el servicio.

La demanda de las piedras ogam no era suficiente como para llenar el tiempo de Ciarán, pues las colonias estaban escasamente pobladas y no todos los días fallecía alguien de la importancia social suficiente. Por ello, Finnén le había pedido ayuda para la construcción de una nave de madera que sería la primera iglesia del túath y que estaba dirigiendo un artesano venido del interior. Ciarán colaboraba aserrando los troncos, levantándolos y uniéndolos posteriormente.

—¿Crees que aún le falta mucho? —preguntó Aífe en pie, con las manos en jarras, mientras observaba la construcción. Su diseño era inusual, cuadrangular, aunque su tamaño era parecido al de una buena vivienda. Finnén había escogido el terreno en torno a una gran piedra plana, que haría las veces de altar. Como sucedía con todas las iglesias, la orientación era necesariamente de Este a Oeste. Los fieles debían mirar todo el tiempo hacia Jerusalén.

—No sé cuánto le falta. —Ciarán estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra los troncos. El estofado se había quedado frío, pero no le importaba. No recordaba haber tenido tanta hambre desde que pasara el año de entrenamiento en el bosque—. ¿A ti qué te parece?

—Lo decía porque vamos a tener visita de unos vecinos para verla. Son amigos de mi tío, de otro túath. Por lo visto hay algunas gentes que quieren empezar a construirlas al otro lado del mar y han enviado a un grupo.

—No sé qué van a aprender que no sepan ya. A hacer las esquinas… Porque el resto es igual que una casa…

—No seas tan modesto. Esto es mucho más difícil. La parte del altar va a quedar muy bien. Crees entonces que podría estar, digamos… ¿para dentro de tres días?

Ciarán enarcó las cejas en un gesto de sorpresa.

—Sí… si quieres que se caiga el techo en la primera misa y tengamos que pagar el precio de cuerpo a todo el pueblo.

Aífe le sonrió, antes de tomar de vuelta el camino de la granja.

—Les diré a los demás hombres que traigan las losas de los asientos y las pongan contra las paredes. Ya verás que va a quedar muy bien.

Los perfiles rotos de las conchas se le clavaban en la palma de la mano, pero no le importaba. Seguía buscándolas entre la arena, sacándolas cuidadosamente y añadiéndolas al puñado, que cada vez era mayor. Olwen llevaba ya una semana en Demet y seguía fascinada con la playa.

El cruce en barco había sido emocionante, el más increíble de todos sus viajes. La masa de agua que nunca se acababa. Su olor era ya el de un territorio remoto, el de una reencarnación distinta, abierta a cualquier posibilidad. Aquel viaje tenía, para ella, mayor realidad que muchas semanas y meses que habían transcurrido en la Llanura, sin ningún cambio, sin nada verdaderamente importante que hacer. El viaje por mar, sin embargo, participaba del tiempo mítico de sus antepasados, repetía el mismo esquema de los conquistadores, de la primera Macha, la esposa de Nemed, de las primeras invasiones. En aquel viaje no estaba siendo Olwen y, al mismo tiempo, era ella más que nunca.

Observó el pequeño tesoro que había logrado reunir en el puño. Había algunas piedras bonitas y muchas conchas. Eran menudas y tenían un color entre azulado y negro. Cuando estaban mojadas brillaban como los ojos de una yegua.

—Por fin… ¡Estás aquí! —Era Oíbell, que llegaba a grandes pasos—. Cómo te gusta perderte tú sola. Deberías ser más prudente, al menos mientras estés a mi cargo.

—Perdona, tía. No quería estar en casa pudiendo estar aquí.

—Ya sé que te distraes con cualquier cosa. Pero déjate eso y prepárate, que ya tenemos el carro listo y nos esperan en el Sur. Te presentaré a mi amigo Finnén. Él también es cristiano y está construyendo la iglesia de la que te hablé. A veces viene por aquí, cuando alguien importante muere y hay que tallar alguna piedra, pero lo mejor es que vayamos directamente a verle y que nos enseñe cómo van las obras. No sé si estará terminada, pero es la única iglesia que hay en la región.

—Déjame un momento más, tía…

Le dirigió una sonrisa suplicante y Oíbell no se pudo negar.

—No tardes. Que los días son largos, pero no eternos. Y cámbiate, que te vean como tú eres…

—Ya voy como yo soy.

—Ya me entiendes.

Oíbell se refería a su estatus. A Diarmait no le parecería bien que se presentara en un nuevo túath con las ropas de viaje. Metió todas las conchas en un pañuelo y le hizo un nudo. Empujó los pies hasta enterrarlos en la arena y un cangrejo pequeño le hizo cosquillas al pasar sobre su empeine. La brisa que venía desde Ériu le desordenó los cabellos, que habían escapado a las trenzas. Estaba tan lejos de todo que allí podía ser lo que quisiera. Lejos de la Llanura, de Brionna y de Diarmait. Lejos de Caisel. Lejos de Ciarán.

—¿Está Finnén en casa? —anunció Oíbell en alto, nada más bajar de la carreta. Era la hora de comer.

Finnén salió de la choza y su rostro se iluminó de alegría al ver a Oíbell.

—¿Cómo estás? ¿Y la familia? Aífe, mira quién ha venido…

La muchacha salió también y abrazó a la invitada.

—¿No traías visitantes del otro lado?

—Aquí la tienes —anunció, señalando a Olwen, que bajaba del carro con ayuda del conductor.

—Olwen, hija de Finn —se presentó ella.

—Reina de los Necht de la Llanura del Cisne —terminó de decir Oíbell.

Aífe se sorprendió ante lo último. Verdaderamente, Olwen llevaba ropas nuevas y bien teñidas de rojo y glasto azul, prendidas con un broche dorado. Le dio los tres besos de bienvenida.

—¿Has venido sola?

—Mi sobrina es una valiente —respondió Oíbell, orgullosa—. Es como mi hermana, que ni la detiene el mar ni el mal tiempo.

—Recuerdo bien cuando Brionna y Finn cruzaron las aguas, hace años —intervino Finnén. Entonces Oissíne y tú aún no habíais nacido. Tu abuelo acababa de morir. Pero tú te pareces más a tu padre que a ninguna de las mujeres de tu familia.

—Aífe es mi nombre —saludó la anfitriona—. Pasad, que tendréis mucha hambre. Hay caldo y pasteles recién hechos y también infusiones de rosa mosqueta.

Olwen le sonrió. La rosa mosqueta era su favorita.

—Escuché que tu padre había muerto —musitó Oíbell una vez que estuvieron alrededor del fuego—. Lo lamento.

—Gracias —respondió Aífe, escuetamente. Sabía lo mucho que Oíbell había criticado a Murchad porque era un guerrero y porque se dedicaba a capturar esclavos. No había podido mermar un ápice la admiración de la propia Aífe por su padre. Si hubieran tenido más guerreros en Demet no se hubieran visto como estaban ahora, en territorio a medias defendido, con pueblos de escasos hombres con los que casarse o trabajar la tierra, todos demasiado jóvenes o demasiado viejos. Necesitaban que llegaran más como Ciarán—. ¿Cuántas lunas os quedaréis? Tenemos sitio para vosotras, aquí, en la granja.

—Sois muy amables. Tu vecina, Lassar, ya se ha adelantado. Estaremos cerca, en la granja contigua. En cuanto al tiempo… todo dependerá de Olwen, pero habíamos pensado en una semana.

—Quedaos todo el tiempo que queráis… ¡Bueno! Ya está bien de hablar. Vamos a ver la iglesia, ¿no? Que es a lo que habéis venido. Se nos va a hacer tarde y nos vamos a quedar aquí dormidos.

Al salir se encontraron con que un fuerte viento se había levantado. Las olas rompían embravecidas junto a la orilla y las sacudidas se dejaban notar en los árboles, sobre la hierba, en los vestidos y en las capas. Olwen temió que el cambio de estación fuera a llegar demasiado pronto, que el verano acabara antes de tiempo y tuviera que regresar de inmediato a la Llanura. Los caballos estaban inquietos y se mostraban cada vez más intratables a medida que se acercaban al emplazamiento de la nueva iglesia. Finnén estuvo a punto de caer de uno de ellos y, cuando hubieron llegado, Aífe no conseguía atarlos.

—Avisa a mi esposo y dile que venga a ayudarnos —señaló la construcción—. Se le dan bien estos animales testarudos.

Olwen se protegió los ojos con la mano y buscó con la mirada, pero no conseguía ver a nadie. La iglesia, en cambio, tenía muy buen aspecto. Estaba casi terminada y solo le faltaba el techo.

—No consigo verle —alzó la voz por encima del vendaval.

—Estará en la choza aquella. La utilizan como taller. —Uno de los caballos se encabritó ante el sonido de un trueno, aún lejano—. Maldita sea. No podremos quedarnos mucho tiempo.

Olwen recorrió la distancia que la separaba de la casa, sujetándose los cabellos con la mano, pues era imposible mantener el pañuelo en su lugar.

Al acceder al interior, se encontró con la figura del marido de Aífe, de espaldas, iluminado por un fuego que proyectaba estampados fugaces sobre la madera.

Ciarán escuchó los pasos suaves entrando en la choza y continuó retorciendo y atando el sauce, haciendo las cuerdas sobre la mesa de trabajo.

—Ya te dije que haría todo lo que pudiese, Aífe, pero con tan pocos días es imposible terminarla.

Para Olwen fue como si cada palabra le bajara caliente por la garganta para hacerse de piedra en el estómago. Las vibraciones de aquella voz hacían temblar sus huesos. Reconocía como propias aquellas palabras ajenas, le resonaban en las cavidades de los órganos. No podía hablar ni moverse ni huir. A sus espaldas tenía un muro de viento.

Ciarán siempre había tenido tendencia a arrancarles la piel a las cosas, pero debajo de la piel de Olwen solo había el dibujo original, la herida primera, los cimientos del mundo cuando aún había tiempo. Cuando el ogam aún no había dado el primer zarpazo en la piedra de su tumba. Aquel mundo era el que había compartido con Ciarán, una edad remota donde aún había vida y voluntad. Al verse transportada hasta allí, sus miembros se quedaron sin savia, como los árboles que permanecen caídos en el bosque sin que nadie los vea, pero no por ello dejan de ser hermosos.

Al recibir el silencio por respuesta, Ciarán se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con la figura pálida de Olwen: el rostro sereno e intemporal de las mártires, el de las heroínas que han asumido su final, al borde del acantilado.

Olwen. La marea del mundo se la traía de nuevo como una barca en llamas, inexorablemente. La «Huella blanca». El camino donde hubiera deseado permanecer siempre. Temblando, ardiendo de nuevo ante sus pies. La hermosa y trágica Olwen, mascarón de proa de todas las dichas y todas las desdichas.

La voz de Aífe les arrebató de su sueño. Olwen se alejó sin decir palabra, en busca de un lugar solitario donde calmar su estómago. A medir el suelo con las manos, a recobrar el tacto de la tierra, a clavarle los huesos por ver si así dejaban de temblar. Aífe entró en la choza, sin entender. Ciarán permanecía sentado, intentando recuperarse de aquel golpe en el pecho.

—Qué extraña muchacha. Se marchó sin decir nada. —Aífe recogió las herramientas del suelo. Ciarán parecía incapaz de moverse—. ¿Y a ti qué te pasa?

—Estoy cansado. La tormenta me agota.

A lo lejos, los truenos se mostraban cada vez más cercanos.

Continuó lloviendo durante toda la tarde, pero Ciarán se marchó al bosque, solo, hasta bien entrada la noche. La sola mención por parte de Aífe de que debían organizar una cena para agasajar a sus invitadas le disuadió de permanecer en la casa. Aífe no lo tomó de buen grado cuando él asió las riendas del caballo y dijo que no regresaría hasta la mañana. Que no debía ser tan insociable, que no hacía noche para estar por ahí, que si tan agotado estaba por qué no se quedaba a descansar… Nada de lo que dijera podía tener ya importancia alguna. Olwen estaba allí. Podía encontrarse con ella en cualquier momento, en cualquier parte. En el río, en los caminos, en la granja familiar. Y entonces las apariencias no servirían de nada, no serían soportables. Solo podría abrazarla, intentar calmar el ansia que tenía de ella.

Allí, refugiado bajo la tormenta de verano, mientras las gotas se acumulaban y caían de las copas de los árboles, pensaba en lo mucho que había que explicar. Cómo podía torcerse tanto una cadena de decisiones, doblarse el material de la vida hasta quedar inutilizable. Sabía que, inconscientemente, la estaba esperando. Recordaba cuánto la había esperado, hacía años que ahora le parecían décadas, junto a las piedras megalíticas, la noche en que habían estado juntos por primera vez. Había sido una espera larga como un sueño. Un buen sueño. En cambio, la espera de los últimos años había sido como una pesadilla que se había iniciado el día de su marcha, en la Llanura. Desde entonces, como un marino luchando contra la mar, no había encontrado la manera de volver. Le parecía que, siempre que lo había intentado, algún obstáculo insalvable se había interpuesto. Quizás había sido la maldición, la palabra venenosa de Medb y su deseo de extinción contra él. Quizás había sido solo él mismo, su incapacidad para regresar al pueblo y enfrentarse a ello. Quizás había sido inseguridad, cobardía, indecisión. La palabra de Nad Froích amenazándole o la de Murchad previniéndole. Quizás había sido tan solo la imagen fantasma de dos amantes en Múscrige, huidos y muertos en la fuga, la imagen de un ahorcado junto al río, hacía mucho tiempo.

Nada podía excusarle ya ante Olwen. Las razones, las intenciones, nada de eso tenía valor alguno. Allí estaba, desesperado por volver a verla.

Olwen, mientras tanto, no podía descansar en el lecho que Lassar le había procurado. Le había costado tanto llegar a la conclusión de que no volvería a ver a Ciarán, que encontrarle allí, en Demet, casado con otra mujer, resultaba la mayor de las traiciones. Una muerte por hierro, el crimen contra un pasado que siempre había permanecido a salvo.

Los pensamientos la consumían y le impedían conciliar el sueño. La rabia sucumbía al dolor y luego a la necesidad de verle de nuevo, a la frustración y otra vez a la nostalgia de la edad perdida, de la reencarnación perdida.

Oíbell estaba preocupada. Olwen insistía en que no se encontraba bien y no quería salir de la cama. No podía comer ni dormir. Al amanecer la encontró levantada, su silueta de brazos en cruz junto a la puerta, rezando. Rezó durante tres horas, hasta que la luz se hizo fuerte y entonces pensó que estaría preparada para separar de nuevo el pasado y el presente.

En el transcurso de la tarde, Aífe visitó a Oíbell y a Olwen e insistió en que dieran un paseo juntas por los caminos, por ver si la muchacha mejoraba su estado. Aprovecharían para intercambiar noticias.

—Siento que no pudiéramos ir anoche a cenar —se disculpó Oíbell—. Estábamos agotadas del viaje.

—Lo entiendo. Es normal, después de un trayecto tan largo.

—Seguro que Ciarán y tú estáis deseando tener nuevas de la provincia.

—Sí, pero podemos esperar a que estéis más recuperadas. Ya habrá tiempo de charlar durante la semana. —No quería revelar que, en realidad, Ciarán se había marchado a cabalgar la noche anterior y que desde entonces no le había vuelto a ver. Tenía aquella extraña costumbre de cabalgar de noche, aunque siempre solía regresar antes del amanecer, al calor del fuego y de la cama.

Olwen tenía pocas ganas de hablar y enseguida quedó rezagada, mientras su tía hablaba sin parar sobre las novedades en el Norte de Demet. Nacimientos, casamientos y defunciones, principalmente. Olwen estaba más pendiente de las plantas que crecían a los lados del camino. Muchas de ellas las conocía ya, pero otras no las había visto nunca y aquella podía ser su única oportunidad de estudiarlas.

Ciarán la observaba desde el otro lado de los árboles y los arbustos, avanzando paralelo al camino, mientras ella distraía la mirada entre las hierbas y se agachaba de vez en cuando para recoger alguna. Ciarán había echado de menos esa mirada, la mezcla de dulzura y fortaleza que había en sus ojos. Le gustaba cómo Olwen arrancaba las hierbas y las frotaba entre las manos para aplanarlas y limpiarles la tierra. Cuando era pequeña hacía lo mismo antes de sujetarlas entre los pulgares y silbar a través de ellas.

En un momento en que se quedó lo suficientemente rezagada, Ciarán salió de la espesura y, amordazándola, tiró de ella hacia atrás. Se la llevó tras un árbol viejo, mientras las voces de las dos mujeres se alejaban por el camino. Su experiencia en la captura de esclavos le dotaba de una extraordinaria habilidad para ocultarse. Permitió que pasaran unos segundos hasta que se hizo total silencio. Ambos estaban inmóviles, ella de espaldas a él. Ciarán le abrazaba el vientre con el brazo izquierdo y con la mano derecha le cubría los labios. Olwen escuchaba su propio corazón en mitad del bosque. Apenas se atrevía a respirar mientras sus ojos grisáceos buscaban una abertura entre los árboles, una salida imaginaria.

Poco a poco él le descubrió la boca, los dedos temblorosos por la tensión, y ella se dio la vuelta entre sus brazos, que aún no la habían liberado. Olwen tenía los ojos abiertos como dos pozos de aguas claras a punto de agitarse.

Intentó desembarazarse de él, pero Ciarán conseguía sujetarle los miembros, como si fueran los cabos sueltos de una embarcación que dieran latigazos en una tempestad. La redujo por completo y, cuando ella ya no pudo moverse, le dio libertad de nuevo. Olwen volvió a forcejear, le golpeó el pecho con rabia, frustrada porque no conseguía liberarse del todo y, por una segunda vez, él se cerró a su alrededor y la abrazó hasta no dejarla apenas respirar. Después relajó los brazos y ella le empujó y salió corriendo. Él la observó marchar, permitió que huyera, calculadamente, hacia el interior del bosque. Que desahogara su odio y su dolor en aquella carrera y lo dejara prendido de las ramas de los árboles. La siguió y pronto le dio alcance, empujándola, cortándole el paso. La besó contra el tronco de un árbol y sintió su aliento agitado por la carrera y por el trastorno de tenerle tan cerca. La obligó con el peso de su cuerpo a caer de rodillas junto a él, a tierra, ambos ya desesperados por amarse, caníbales del recuerdo físico que tenían uno del otro.

Las manos, ávidas, eran incapaces de darles consuelo. Ciarán presionó su boca contra la de Olwen, perdido de sí mismo cuando entró en ella para hacerla suya de nuevo. Le empujó la cintura duramente. Le estaba haciendo daño, ambos se lo estaban haciendo, pero era un daño que deseaban, que era preferible al vacío del que venían. Olwen repetía su nombre, necesitada de reafirmación, de escuchar su voz, y él repetía «estoy aquí» para calmarla.

Se lo dieron todo, también la rabia y el dolor. A uñas y dientes se marcaron los cuerpos por encima de la ropa. El placer no era respuesta suficiente y, entre ellos, parecía que no lo sería nunca. Las torceduras en las raíces de los árboles, clavándose en la espalda, la tierra húmeda, los arañazos de las ramas y las piedras, eran el camino de una caída sin final.

Sus cuerpos se separaban lo suficiente como para volver a golpearse, hasta que el placer les sacudió por dentro y sintieron que el aliento les era reclamado.

Ciarán la abrazó con fuerza por las caderas, hundió sus dedos hambrientos en ella y comprobó que la rabia contra la vida aún seguía allí, que no tenía sosiego y que no sabía cuán profunda era ni si desaparecería alguna vez.

Le dio la vuelta y la puso de rodillas, entrando en ella de nuevo. Le sacó por la cabeza aquellos vestidos caros que se ponía ahora. Le mordió con cuidado el hombro y la espalda y le soltó las trenzas a tirones para acariciar sus cabellos. Ella apretó los dientes y se sujetó al tronco del árbol. Su ira había desaparecido y solo se sentía entregada por completo, necesitada de darle calma. Ciarán volvió a colmarla, tensándose contra ella, la voz quebrada al quejarse de placer.

Temblando, lentamente, se retiró de su interior y le dio la vuelta para admirarla. Le impresionaba verla así, comprobar la brecha entre el cuerpo que había en su memoria y aquel que tenía delante: la certeza de lo irrecuperable.

Olwen le desvistió despacio y él, más rendido, se dejó hacer. Ambos reconstruyeron, parte por parte, la geografía humana que el tiempo les había hurtado. Las preciadas señas que recordaban, antes tiernas, con un punto de inmadurez, habían dado lugar a anatomías plenas e intensas. Olwen contempló el vello que se le arremolinaba a él en el pecho, una ligera sombra que le regaba el esternón. También se había extendido desde el pubis hacia el ombligo y allí donde observaba estas regiones oscuras las cubría con cuidado, con devoción y lástima, como si fueran heridas cuyo flujo pudiera detener al posar sus manos sobre ellas. El tiempo en fuga era lo que, inconscientemente, deseaba interrumpir. Besó los lugares donde su piel estaba rematada y cicatrizada por las armas, mientras él se hacía a las nuevas dimensiones de ella. El cuerpo de Olwen no había sido maltratado por los rigores del embarazo o el parto. Su carne se mostraba álgida, en un punto firme y a la vez fecundo. Un terreno juvenil, abonado por una vocación maternal aún no consumada.

Olwen le miraba ahora con tristeza y dulzura, con aceptación. La violencia y el temor habían desaparecido de sus ojos. Él se inclinó sobre ella y Olwen le besó, frotándose contra su incipiente barba, otra prueba inequívoca de los años que habían pasado. Se enrojeció con las caricias las delicadas mejillas, buscando sentir todo lo posible.

La vida era fuerte en ambos y seguía cantando lejos, como un eco en la sangre, yendo y viniendo sin acabar de marcharse, así que, para darle satisfacción a la vida, Ciarán permitió que hiciera de nuevo su trabajo. Con una sensación autómata entró en ella una tercera vez. Siguió moviéndose acompasadamente en su interior, cada vez más calmado, más cansado, mientras ella le acariciaba el cabello negro. Cada vez más vencido, más consciente. Su mente encontró sosiego poco a poco, hasta que se paró del todo, agotado entre los brazos sanadores de ella. Estaba rendido. El rastro de lágrimas y de jugos como el de los sacrificios sobre las piedras. Permaneció cubriéndola con su cuerpo, guardándola de todo lo que no fuera él mismo. Soñó que dormía sobre nidos de pájaros.