2
Ni siquiera eres irlandesa
Tenía tan solo nueve años, casi diez, pero sabía perfectamente cuándo hablaban de él a sus espaldas. Allí estaba Cranat, la mujer más anciana del pueblo, junto a una sobrina que había cruzado el río para intercambiar cuentas y noticias. Cranat era ahora la encargada de poner los nombres a los recién nacidos, una tradición antigua entre su gente. Medb se había marchado hacía casi una década y Ciarán era el último de los nombres que había puesto.
—Es aquel, ¿verdad? —señaló la extranjera, con ademán temeroso.
Cranat giró un instante la cabeza y su nariz huesuda asomó un momento tras el pañuelo gris. Ciarán, como tantas veces, no alcanzaba a escuchar las palabras de sus labios. «El niño de los otros», arañaba entre los jirones invisibles del aire. Las voces desconfiadas de los hombres, el temor de las mujeres, el cuchichear de los niños… se deshacían como tela de araña cuando intentaba asirlos y darles consistencia. «El niño de los otros»: ¿el niño de quiénes?
—¡Ciarán! ¿Qué haces? ¿Por qué no vuelves? —Olwen bajaba la pendiente a saltos tan grandes como sus piernecitas de ocho años le permitían. Las tenía húmedas del roce con los sembrados, que acumulaban todo el rocío de la mañana. Los cabellos pálidos se agitaban tras ella en desorden, pero el rostro infantil estaba despejado gracias a una pequeña trenza que lo enmarcaba. Llevaba la pala de fresno con que sus hermanos jugaban al immáin[4], que era tan alta como ella misma—. Devuélveme la pelota.
Ciarán seguía abstraído, concentrado en la conversación de las dos mujeres al otro lado de la valla.
—¿Me estás escuchando? Me aburro y los demás nos esperan…
—Shhh… —Sus ojos vibrantes amenazaban con delatarle en el patrón uniforme de la cebada.
—Dame la pelota —insistía Olwen, impaciente.
—Toma la maldita pelota —la acalló él, con un susurro, poniendo en su mano los cueros desordenados. Las capas se enredaban entre las cuerdas de lana, alrededor de un centro de madera—. De todas formas se ha deshecho. Hay que arreglarla.
—La has roto tú —le reprochó ella, torciendo su boca infantil. El profundo enojo causaba un efecto cómico en su rostro.
Ciarán aprovechó un momento de descuido por parte de las mujeres y se escabulló por detrás de la valla, aproximándose aún más, avanzando posiciones hacia la pared de la choza. Hacía ya un rato que las mujeres no le prestaban atención. Olwen había abandonado el cayado a su suerte y le seguía los pasos, finalmente cautiva de la emoción de espiar.
—Yo no sé si hubiera podido. La pobre Derdriu… —continuó la extranjera—. Toda la vida dedicada a eso. De todas formas, él nunca hubiera dejado que se fuera. Necesita a alguien que le lleve la casa.
—El niño no parece malo, pero si Bróenán no hubiera sido el rey… no seguiría vivo. Habría muerto aquella misma noche. Hubiera sido lo correcto…
Ciarán se tensó contra la pared de la casa. No quería que Olwen oyera aquello. De pronto, le molestó que estuviera allí. Tenía que llevársela de aquel lugar. Olwen, sin embargo, no se enteraba de lo que estaban hablando y tampoco le importaba. «Cosas de mayores».
—Vamos —la arrastró Ciarán, dándole un tirón del brazo. Tomó de nuevo la pelota y se dirigió a zancadas hacia el campo de juegos, con Olwen corriendo detrás de él.
Durante un rato, largo para un niño, no dijeron nada, hasta que finalmente él se armó de valor.
—¿Has oído alguna vez lo de «el niño de los otros»?
Olwen asintió.
—En mi casa. Alguna vez. Creo que eres tú.
—No lo creo —negó con la cabeza, como si así pudiera sacudirse la certeza de encima.
—Porque no eres de aquí.
La cebada estaba alta y les costaba avanzar. Olwen tenía que hacer un gran esfuerzo para mantener el paso, subiéndose el vestido para no tropezarse, compensando la marcha mediante pequeños saltos que la dejaban sin aliento.
—Tú tampoco eres de aquí.
—Yo sí. Es mi madre la que no.
—Ni siquiera eres irlandesa. Eres… de la otra isla —contraatacó. Iba lanzando guijarros al lateral del camino. De vez en cuando se agachaba y hundía los dedos en la tierra para coger otro puñado.
—Yo no soy de la otra isla —replicó ella, molesta. De pronto, aquella cuestión se había convertido en la más importante de todas. Por un momento de infantil intensidad, su mundo giró en torno a demostrar que no era una extraña—. Mi madre sí, pero yo no. Yo soy de aquí. Nací aquí. Pero tú eres del otro lado del río.
Ciarán guardó silencio. No quería escuchar lo que Olwen pudiera saber. Si hubiera tenido enfrente a cualquier otro niño le habría empujado, pero a ella simplemente le entregó la pelota y luego se dirigió hacia los postes donde había atado al caballo. Olwen se quedó en mitad del camino, sin poder moverse, mirando cómo se subía a la montura y tomaba el camino de su granja familiar. Hubiera preferido que la empujase, que la hubiera acusado de mentirosa. Aquella era una victoria amarga.
Durante la semana siguiente, Ciarán siguió pensando en aquella conversación hasta que concluyó que debía de proceder de un lugar terrible. El otro lado del río tenía que ser un lugar siniestro, como decían que era el fondo del mar, un territorio maldito. Su nombre era, en cualquier caso, impronunciable. Pero si él venía de allí, entonces su padre, Bróenán, también tenía que hacerlo.
—¿Qué te pasa, niño? Los ojos te vagan como dos corderitos gemelos —le interrogó Derdriu mientras le bañaba a la luz de las brasas—. Los dos van hacia la derecha, luego a la izquierda…
—Derdriu, ¿qué pasó con mi madre?
Ella continuó con su tarea de frotar y enjuagar, arrodillada ante él. Apretó entre sus dedos la grasa mezclada con cenizas de helecho: el jabón no se había cocido bien.
—Yo no la conocí. Bróenán es ahora tu padre y tu madre.
Aquella fue la única vez que habló con Derdriu sobre su procedencia. Ella nunca decía una palabra y Ciarán no sabía hasta qué punto deseaba saber. Pretendía ignorar la existencia de aquel secreto la mayor parte del tiempo, pero tropezaba con él a veces, cuando se encontraba a solas frente al fuego, al final de la fiesta. También cuando despertaba de madrugada, con el sol blanco del verano, o bien cuando era invierno y llovía y no había otra cosa que hacer que acostarse en la cama y esperar. A veces le parecía que aquel secreto se movía a su alrededor, como un animal nocturno, como un lobo. Susurraba, pero no se dejaba ver. Solo con Olwen sentía que no había barreras, que ella siempre le diría la verdad. Olwen también era una extraña a su manera. Tenía un nombre extranjero y sus orígenes quedaban patentes cada vez que lo pronunciaban.
—Ya estás otra vez estropeándolo todo —protestó Olwen mientras se sentaba junto a él sobre la colina, a la sombra de las piedras monumentales. Él ya tenía trece años y ella once y aquel era uno de los pocos días de tregua que permitía el otoño. El sol era pálido, apenas calentaba y únicamente subía a media altura, pero su presencia, tan poco frecuente, daba a los días un lustre especial. Ciarán tenía la mejilla marcada con un arañazo que otro muchacho, Diarmait, le había hecho en una pelea.
La vista desde la colina era magnífica. Más allá del río Cisne se extendían los dominios que, para Ciarán, habían estado durante muchos años envueltos en la sombra, habitados por criaturas imaginarias. Aquel territorio se había desnudado poco a poco de sus ropas tenebrosas, a medida que Ciarán había explorado las fronteras con el caballo y había visto ir y venir a los comerciantes, que eran tan solo hombres y mujeres, que respiraban y hablaban y caminaban con pies propios. Los Aes Eala, les llamaban, la Gente del Cisne. No parecían muy diferentes. Se preguntaba si ellos serían los otros de los susurros.
Hacía tiempo que Olwen había desistido de curar las heridas de sus escaramuzas. Ciarán confundía ayuda y lástima y odiaba ambas. La única forma de apoyarle era aquella, distante, fría. Sentándose a su lado y observando la vida en su misma dirección.
—Alguna vez podrías terminar algún juego —continuó ella—. Si sigues así te quedarás solo.
Él no contestó. Arrancó un puñado de hierbas y sus raíces emitieron un sonido desgarrado. No sabía por qué, pero le gustaba cómo sonaban las cosas cuando las arrancaba: las cebollas, el berro, los juncos, las manzanas… También cuando separaba la piel de las vacas y los jabalíes, la madera a medio talar… Era un sonido que le liberaba.
—A mí no me gusta estar sola —siguió Olwen. Se recolocó las faldas aparatosamente, como si se fuera a levantar para marcharse, pero no lo hizo. Prefería permanecer junto a Ciarán. Su única alternativa era volver a casa a encerrarse con sus cinco hermanos mayores, a verles pelear, o bien a continuar con las tareas domésticas, a moler el grano y a coser. Olwen prefería extrañamente el silencio de Ciarán a cualquier música o sonido en el mundo. Quedarse sobre la colina, sentir el viento que se levantaba en olas imaginarias. Como si estuviera junto al mar, que nunca había visto, que no podía verse desde la Llanura. Como si estuviera junto al mar… Quizás el viento le llegaba desde la costa. Era su aliento, su fuerte resoplar—. No me gusta estar sola… Me gustaría creer que siempre estaré con alguien.
Ciarán continuaba inmóvil, siguiendo los dibujos del aire sobre la hierba. Sin embargo, supo descifrar el significado de aquellas palabras: «Que siempre estaré contigo». Su mano dejó de estar en un puño y se abrió sobre el suelo. De pronto, ya no estaba furioso. Relajó el rostro delgado, la expresión en torno al azul hiriente de los ojos. Junto a su perfil anguloso se definía el óvalo del rostro de Olwen. La miró y vio nubes que pasaban sobre los ojos grises de ella, dulcificando su expresión.
Diarmait se puso a agitar el asta en círculos dentro del agua. Cortaba con ella la corriente, como si todavía conservara algo de la agilidad del ciervo al que había pertenecido. Frotó los cantos hasta que las manchas de sangre se diluyeron. Era aún mejor que un cuchillo. No había cuero que se le resistiese.
Sus ojos algo rasgados observaron los efectos del sol sobre el marfil brillante. Cada vez que enjuagaba la pieza y la sacaba, encontraba pequeños charcos y nuevos destellos en sus concavidades. Mientras, su mente regresaba una y otra vez a la pelea. Estaba en su derecho. Ciarán era insoportable.
Recordaba cómo Olwen había salido corriendo detrás de él, después de que le arañara con el asta. Tenía la sensación de haber quedado como un cobarde. Se sentía perdedor, cuando su entendimiento le decía que había ganado. Por culpa de Olwen, que había cambiado el significado de todo. No era justo, ¿por qué tenían que transigir con Ciarán? ¿Solo porque era hijo del jefe Bróenán? Todos sabían que en realidad no lo era.
—Uno, dos… tres.
Derdriu y Brionna arrastraron el jabalí por las patas, casi rozando el suelo. Se trataba de una hembra, poco más que una cría, pero les hizo falta descansar un par de veces para llevarla junto al fuego. Las bestias muertas pesaban mucho más de lo que parecía cuando sus miembros rezumaban vida y andaban salvajes por el bosque.
—Parece mentira que puedan mover toda esa masa de huesos y carnes, bebiendo lo que beben y comiendo lo que comen. —Brionna, la madre de Olwen, se pasó la mano por la frente sudorosa.
Empezaron a despiezar el animal en el propio suelo, a la intemperie, donde había más luz y el viento se llevaba el olor de la sangre. Brionna tomó el hacha y Derdriu los cuchillos. En pocos minutos habían conseguido separar todas la partes y comenzaban a ensartarlas sobre la hoguera.
—¿Cómo quieres hacer tu parte? —preguntó Derdriu.
—¿Con todos los que somos? Solo es posible en estofado…
Desplegó un trapo sobre el suelo y comenzó a envolver las piezas que le correspondían. Derdriu miró sus propios pedazos y pensó que quizá tendría que salar algunos. En otras ocasiones intercambiaba parte de la caza con algún vecino o invitaba a comer a los hombres de confianza de su hermano, para evitar que sobrara. Las familias solían incluir hasta doce, quince o incluso veinte personas y estaban formadas por abuelos, padres, tíos y primos hasta tercer grado, pero la de Bróenán, en cambio, era muy escasa. No tenía sentido preparar un banquete para tres.
—Ciarán ya debería estar aquí… Una mañana entera para recoger un puñado de berros —gruñó Derdriu.
—Estaba entrando en mi granja cuando yo salí de ella. Pensé que lo sabías…
—Con Ciarán no hay forma de saber nada. Siempre anda con la manada, como el padre, que a veces se olvida de que los caballos no alimentan por sí solos. Carne de perro o de caballo muerto no vale una piedra. Teníamos que criar al único animal que no se puede comer. —Dio una vuelta al espetón para que la carne se asara por el otro lado. Después de unos momentos de silencio, un recuerdo le llevó una sonrisa a los labios—. A veces pienso en aquellas noches cuando todavía era un bebé y vivíamos en tu casa.
—Para eso estamos las vecinas. Además, Oissíne nunca ha sido de mucho comer. Ni siquiera ahora. Allí sobraba leche para alimentar a dos o a tres.
En aquellos días lejanos, Brionna parecía haber dejado la guerra atrás. A la luz del fuego, mientras amamantaba a los niños, solo tenía para con Derdriu gestos de amistad. A su marido, Finn, tampoco parecía importarle que la esposa dividiera esfuerzos entre el hijo propio y el extraño. «Otro par de brazos no le vendrán mal a este túath[5]» solía decir, a veces, mientras acariciaba la pared interna de la casa. La pared externa era de mimbre nuevo, sin señales, pero la interior mostraba cicatrices: las marcas del incendio que habían provocado los Barr, años atrás. El tizne nacido de sus rupturas, del odio entre los dos pueblos, que tan radicalmente había llegado a su fin.
Ahora el muchacho contaba ya con quince años, casi dieciséis, y podía cuidarse solo. Derdriu no tenía que preocuparse tanto por él. Durante años había dormido intranquila, temiendo que Medb volviera e intentara causarle algún daño. Él era lo único que separaba a la anciana del deber para con su marido muerto.
El rostro de Derdriu se ensombreció un instante al recordar las maldiciones. «Que no tenga descendencia ni parientes…». Un deseo terrible. Ahora aquellas palabras parecían lejanas y sin poder. Su aliento venenoso se había disipado en la mañana helada. Ciarán caminaba ante ella sano y fuerte y a Derdriu no le importaba nada más que eso. Si hubiera sido hijo de Lug Brazolargo en lugar de hijo de los Barr, no le habría parecido más hermoso.
—Estará por llegar, no te preocupes. —Brionna cargó los fardos de carne sobre sus hombros.
—Si le ves, dile que su padre estará aquí en breve.
—Se lo diré. Cuídate mucho y que tu caldero esté siempre lleno.
—También el tuyo.
Las mujeres se despidieron con tres besos.
Pasó parte de la tarde, hasta que se asó el animal y Derdriu lo llevó adentro y se puso a limpiar los utensilios de cocina.
Poco después, Ciarán se deslizó por la puerta posterior, separando con cuidado la valla de mimbre y descorriendo la piel con sigilo. Se deshizo de la capa gris y la colgó en una rama de avellano que había escapado al entramado de la pared. Finalmente, se acercó al fuego para hurtar una porción del asado.
—Eso ya solo sabe a carne de perro de agua[6]. Fría, dura y sin sabor —le reprendió Derdriu, sin volverse, intuyendo sus movimientos con precisión. Estaba terminando de limpiar los cuchillos junto a la pared derecha, el extremo menos noble de la casa—. Un día completo para traer unas hojas de berro. Tendría que habértelo pedido por mediación de tu padre, que es al único al que temes y respetas. —Ciarán ya se había sentado en el suelo y devoraba el muslo de jabata, su única comida en todo el día—. O bien por mediación de Olwen —le provocó, mientras se secaba las manos, frotándolas sobre una piel de yegua.
—Olwen apenas me habla, de todas formas —se defendió él, sin dejar de comer—. Está siempre rodeada de mujeres.
—Eso es normal.
—Ya lo sé.
Derdriu se sorprendió ante aquella respuesta. No pensaba que Ciarán fuera a aceptar sin queja la separación de su única amiga. Temía que la necesidad que tenía de ella se interpusiera. Lo cierto es que lo decía exento de reproches, como si comprendiera y dominara bien la situación. Los años le habían hecho observador e inteligente, capaz de percibir los cambios a su alrededor y adelantarse a ellos. La actitud de un superviviente que debe estar preparado.
—Tú también deberías andar rodeado de hombres. Lo de estar siempre con ese caballo negro no es suficiente. Los caballos no ayudan a construir nada.
Ciarán se mantuvo en silencio. Para él sí que era suficiente. Un mundo que tenía sus reglas bien definidas. Levantarse al amanecer, cumplir con sus deberes, mantener las distancias. Mientras no se saliera de aquellos recorridos podría sentirse tranquilo, sin tener que rendir cuentas a nadie. Olwen siempre estaba en el corazón de sus rutinas, alimentándolas y dándoles aliento. Aquella distancia temporal no era sino el pago necesario, inevitable, que tenía que hacer si quería seguir junto a ella.
Cada espacio que le había cedido lo había hecho con dolor, más cuando, a medida que él también se transformaba, su necesidad de ella había tomado múltiples formas. En los últimos años, la imagen de la muchacha se había vuelto inestable, como la superficie del barro antes de entrar en el horno para conservar, a fuego, su forma definitiva. Olwen se había vuelto conocida y desconocida a un tiempo, mudable como un bosque azotado por ventisca. Podía percibir su poder, la fascinación de sus secretos. A Olwen merecía la pena esperarla.
Le despertó de sus pensamientos el golpe de la puerta contra la pared y la presencia repentina de Bróenán llenando el marco.
—Ya empezaba a pensar que te habías marchado del túath —le reprochó. Descargó la leña que acababan de entregarle—. Me refiero a que te habías marchado para no volver más.
Ciarán guardó silencio.
—Estuve esperándote para arreglar esas vallas —continuó Bróenán—. Los potros nuevos…
—Ya lo sé. Corren el riesgo de escaparse.
Ciarán le sostuvo la mirada durante un momento. El destello azul de sus ojos era un filo cortante y sus palabras sonaron como una advertencia: por encima de todo, era dueño de sí mismo. «No te debo nada», decía, inflexible, su expresión. Ante aquellos desafíos, que venían dándose desde hacía poco, Bróenán no sabía cómo reaccionar. La obediencia que Ciarán siempre le había mostrado le había llevado a relajarse. De un tiempo a esta parte, sin embargo, tenía la impresión de que aquella actitud disciplinada era solo superficial, una herramienta que utilizaba a conveniencia. ¿Cuándo había empezado a tener aquella sensación? Por momentos su hijo le parecía un completo desconocido que ocultaba, entre los pliegues de su carácter, un espíritu incontrolable, difícil de predecir.
Derdriu fregaba y secaba ruidosamente cuencos, garfio, caldero y cucharones procurando romper el silencio, pero consiguiendo tan solo discordantes ruidos, que no conseguían aliviar la tensión y resultaban irritantes. Utilizó el filo de una piedra para rascar los restos de leche sobre el bronce.
—Brionna y Finn tienen a cinco hijos varones para pastorear ese rebaño —continuó Bróenán—. No es lo apropiado para alguien de tu estatus. Haces más falta en otros sitios.
Ciarán se levantó del banco con violencia, como impulsado por un resorte. Sin mediar palabra, salió a la noche fría de octubre. Que no era propio de su estatus, había dicho. Con ello no había querido referirse solamente a la actividad del pastoreo sino, de alguna forma, también a Olwen. Ya le había insistido alguna vez: que era materia de rey y que lo apropiado era que se casase con la hija de alguno. Que podría tomar a Olwen como segunda esposa, si quería. Aquello era asunto suyo. Detestaba verse así descubierto y, aún más, cuestionado, juzgado, reprendido… Todo aquello de lo que intentaba protegerse. «No te debo nada», se repetía a sí mismo, pero no era así como se sentía. Cranat misma lo había dicho, años atrás: «Si Bróenán no hubiera sido el rey… no seguiría vivo. Habría muerto aquella misma noche». La deuda le impedía avanzar más allá de una línea trazada en el suelo. Se comportaba como quien tiene la permanente sensación de que, en cualquier momento, se le va a reclamar algo que no quiere dar. Por ello, quizás, era de los muchachos más esforzados de su generación. De esta forma podía resguardar su espíritu únicamente para sí mismo.
—Es duro como un cuchillo de cortar calzado —murmuró Bróenán, sentado en el mismo lugar donde, momentos antes, se había sentado su hijo. Aún permanecían sobre una tabla los huesos del asado—. Yo cada día estoy más viejo. Y él más fuerte.
—Eso es verdad —le concedió Derdriu. Observó la imagen cansada de su hermanastro, que aún era treintañero, pero aparentaba más edad. El desgaste de la guerra, la responsabilidad de que el pueblo prosperase, los secretos, quizá—. Pero sé tolerante. Deja que vaya a casa de Finn. Necesita algo a lo que agarrarse.
—Que se agarre a las crines de los caballos, que para eso están. Y menos a esos silencios suyos.
—Algo sospecha, Bróenán. Siempre lo ha hecho. Deberías hablar con él… Al final te lo llevaste y eso es lo que importa. Tú le salvaste…
Siguió un largo silencio y después Bróenán tomó aire, como si su aliento regresara de algún lugar lejano.
—Yo sigo siendo el rey de los Necht. Si me da motivos para un enfrentamiento, lo tendrá.
Derdriu suspiró y se dio la vuelta para seguir ordenando la cocina. Al menos allí sí que podía poner cada cosa en su sitio.
Ciarán rodeó la valla del cercado principal. Podía reconocer a Cuchillo Negro incluso en la noche más cerrada. Le había puesto aquel nombre desde potro por su pelaje oscuro y porque tenía la capacidad de abrir nuevos caminos en la tierra, de ordenarla y domarla bajo sus cascos. Para Ciarán, aquel caballo era su herramienta, la forma que tenía de transformar y conquistar el mundo.
Le alertó suavemente con un silbido y el animal se removió, inquieto. Ciarán lo acarició y se dejó llevar un momento por la idea de subirse a su lomo y, simplemente, permitir que galopara hasta quedarse sin fuerzas. Podría marchar, quizás, hasta la costa sur, llegar a puerto. O bien cabalgar al Oeste, más allá de los pechos de la diosa Danu, las colinas gemelas que eran la puerta de Iarmumu. Lejos de aquellas tierras aisladas de las que ya nadie se acordaba.
Montó sobre el lomo y abandonó la granja familiar. Los jóvenes tenían varios puntos de reunión para cuando caía la tarde y habían terminado sus labores. Las muchachas solían reunirse con sus madres en alguna de las casas, para charlar, coser, intercambiar trucos de cocina o cuidar de los niños, mientras que los muchachos solían hacerlo al aire libre, en la confluencia de los ríos o bajo el roble sagrado del pueblo. De este último procedía, aquella noche, el resplandor de la fogata.
Se acercó cautelosamente, amparado por el bosque, y poco a poco se hicieron audibles las risas y murmullos. Olwen estaba allí, trenzando coronas para el festival, con la falda llena de lazos y mimbres y flores. No había podido verla aquella tarde, cuando había pasado por su casa. De hecho, hacía semanas que no la veía. La acompañaban dos amigas y dos de sus hermanos, Oissíne y Brecc. También estaban Diarmait y su hermano, Muiredach, y dos muchachos más a los que Ciarán no conocía.
Junto a la hoguera permanecía en pie un músico vestido con ropas de viaje, que exhibía la alegría propia de los primeros efectos del alcohol. Narraba un cuento corto en el que varios animales se habían puesto de acuerdo para cocinar a su rechoncho dueño.
—¿Y cómo le cocinarías tú, amigo gato?
—No es difícil: yo lo pondría directamente al fuego. Un espetón afilado como las uñas de mi pata, desde la boca hasta el culo… ¡Miau! —El narrador acompañó la descripción con expresivos movimientos de caderas y brazos.
—¿Y por qué lo asarías así?
—Porque el muy insensato me quemó mi cola y así, cuando le diera vueltas sobre el fuego, ¡las brasas le quemarían la suya!
Entre los jóvenes estalló el alborozo general.
—¡Pero podría mearse en el fuego y apagarlo! —Rio uno.
—¡Echadle más troncos, que no se escape! —gritó otro.
—¡Auuu, qué dolor! ¡Cola a la brasa!
Olwen y sus amigas se cubrían los ojos, a medias, para resguardarlos de los gestos obscenos del fabulista. Este interrumpió entonces su relato y tomó un flautín de hueso con el que se daba buena maña y que le servía para separar los relatos de los distintos animales. Cuando Ciarán le vio tocar, reconoció en él a un muchacho que se había marchado del pueblo hacía años para aprender la profesión de bardo itinerante. Durante aquel tiempo, el aprendiz se había dedicado a escuchar cuentos, a ensayar el recitado, a entrenar la memoria y a mejorar sus actuaciones. Aun así, había una gran distancia entre un bardo menor y un auténtico poeta. Para acceder a los grados superiores hacía falta más de una década de estudios, un repertorio de cientos de historias y unos talentos al alcance de muy pocos, incluyendo la capacidad vidente.
Ciarán pensó que aquel muchacho tenía una gran suerte. Libre de ir y venir entre territorios, conservando su posición social y la protección de sus derechos, un privilegio que era exclusivo de artistas y druidas y que, sin embargo, era fundamental para poder moverse entre fronteras.
—Parece que tenemos otro espectador —anunció Muiredach, volviendo la mirada de todos hacia las sombras. Ciarán permanecía junto al caballo, semioculto entre los árboles.
—Llegas justo a tiempo. Ahora viene lo mejor —siguió el bardo, que continuaba caminando alrededor de la hoguera. Así mantenía activa la creatividad. Consideraba que estaba haciendo una buena noche—. El de la cola blanca[7] siempre es el favorito…
—En realidad venía a buscar a Olwen.
El sobrio anuncio cayó como un jarro de agua fría en la asamblea. Todos miraron a Olwen desconcertados y la atmósfera dejó de ser alegre, ligeramente mimada en los efluvios de cerveza, para volverse extraña y tensa. La muchacha se miró la falda, llena de lazos y coronas a medio trenzar, sin saber muy bien qué decir ni qué hacer. Diarmait seguía mirando a Ciarán, metido de lleno en sus propios pensamientos.
—Preferiría quedarme aquí un rato más. Escuchando la música… —le contestó ella, dubitativa—. ¿Por qué no te quedas y hablamos después?
—No te preocupes. Ya nos veremos.
Había avanzado apenas unos pasos cuando ella sintió cómo algo se rebelaba en su interior. Apartó las coronas terminadas, se sacudió el resto y salió tras él. Diarmait le tomó la mano.
—No vayas.
—Puede que sea importante.
—No. No lo es —protestó, con evidente rabia.
—Él me necesita.
—Todos te necesitamos, Olwen. Ciarán solo piensa en él…
Ella se soltó de su mano y se internó en la arboleda. Olwen detrás de Ciarán. Diarmait detrás de Olwen.
—¿Por qué no la dejas en paz? —gritó Diarmait.
Ciarán se paró y se volvió, con los ojos brillantes, pero con la calma que le daba el saberse con ventaja. Olwen le era leal. Siempre lo sería.
—Habla… —siguió Diarmait, provocador—. ¿O es que ya te has olvidado de hablar? Puede que tú quieras seguir siendo un marginado toda la vida, pero deja que ella haga lo que quiera.
—Calla —le suplicó Olwen.
—¿Es que no lo ves? Te trata como si fueras uno de sus caballos. Te lleva de aquí para allá, como a uno de esos que se pasean en círculo con una cuerda.
Olwen retrocedió y se sintió avergonzada, pues nunca había pensado que su actitud pudiera ser lastimosa o indigna hasta aquel momento.
Diarmait la miró, orgulloso de que sus palabras hubieran surtido al fin algún efecto en ella. No tuvo tiempo de reaccionar antes de irse contra el tronco del árbol con las manos de Ciarán en torno al cuello. Eran fuertes como una horca de aventar la paja.
—¿Qué sabrás tú de Olwen? —le amenazó. La mirada, como un martillo sobre un clavo. A medida que la presión aumentaba, Diarmait pensó que Ciarán le iba a estrangular—. ¿Y qué sabrás tú de mí?
De haber podido recuperar aunque fuera un suspiro de aliento Diarmait le habría dado alguna de las muchas respuestas que acumulaba en su interior, aprendidas a lo largo de años de escuchar a sus mayores. Sin embargo, no conseguía articular palabra. Se concentró en seguir respirando hasta que Olwen le quitó de encima a su enemigo, a base de empujarle y tirarle del pelo. Para entonces, el resto de los muchachos ya estaban allí, asustados por los gritos, y miraban a Ciarán atónitos. Este liberó el cuello de Diarmait, que se arrodilló, congestionado y presa de la tos.
Ciarán tomó el caballo y, sin mediar palabra, emprendió el camino a casa. Esta vez, Olwen no le siguió.