22
La carrera de las Cinco Colinas
Mantenía la rienda firmemente sujeta dentro de su mano. El tacto sedoso que percibían sus dedos, al hundirse entre los cabellos de Olwen, le mantenía concentrado.
El druida mayor de Temair compartía aquel silencio que marcaba la línea entre lo común y lo extraordinario. El amanecer estaba cerca.
Ciarán meditó sobre el significado de aquella carrera. Grian era el nombre de la diosa del sol, pero al astro también se le identificaba con el Dagda, el buen dios, en su faceta de jinete. Así pues, era a un tiempo diosa y dios, diosa y jinete, diosa y montura. Era como correr contra la propia Macha.
Se tensó en el lomo del caballo. La rueda estaba a punto de abandonar sus dominios subterráneos para quemar, a su paso, la espalda del cielo.
Finalmente despuntó el párpado ígneo, señalando el lugar donde podía romperse la barrera. Aquello que Ciarán intuía a lo lejos no eran las formas de bosques y ríos, no eran los contornos de provincias y capitales, sino el territorio del mito.
El druida agitó entonces su vara. Los siete cascabeles de oro capturaron el guiño solar y los cascos del caballo entraron en guerra con el suelo. El viento se deformó para abrazar el cuerpo de Ciarán, pues era un elemento que siempre le había amado.
El jinete no tardó en cruzar el río y a partir de entonces eran unos 55 kilómetros los que separaban Uisnech y Cruachain, trazando una línea recta. Iban a ser muchos más, teniendo en cuenta lo imperfecto y antiguo del camino. Algunas de las placas de roble se habían desvencijado y en otras los clavos saltaban de sus agujeros bajo el implacable galope, pero tenía la solidez de las cosas antiguas, bien hechas, herederas de un pasado mejor. En aquel pasado Cruachain había sido más fuerte y su vigilancia del centro de la isla mucho más poderosa.
Ciarán sabía que aquel era el tramo más corto de cuantos debía cubrir y, por lo tanto, donde más podía apurar la resistencia de su montura. Otro jinete hubiera temido más por que el esfuerzo fuera excesivo, pero su corazón conocía el de los animales que montaba. Podía sentir su sufrimiento como si estuviera dentro de su piel.
Ahora también había aprendido a controlarse a sí mismo. No podía perder de vista la barrera: la mantenía fija en su mente y la bordeaba, sin sobrepasarla. No se dejaría arrastrar a menos que fuera el último recurso. Ya sabía lo que aquello implicaba: fundirse con lo invisible, perder el control y la conciencia, convertirse plenamente en ese otro Ciarán que había dentro de él y que desconocía. Como sucedía con los grandes guerreros cuando entraban en frenesí o con los druidas cuando más cerca estaban de los dioses. Convertirse en un elemento más de la naturaleza. Hacer estallar el corazón.
Llegó a Cruachain como si fuera su último destino, el final de una última carrera. Después de pasar el poste antropomorfo buscó las columnas de humo que debían guiarle hasta la casa de reunión.
Al llegar a ella, sin embargo, tan solo había tres o cuatro hombres.
—Sigue hacia el Noroeste. Allí tienen mejores caballos y podrás cambiarlo. Es el túath siguiente. Los fuegos te guiarán.
Ciarán se enfureció. Aquello era justo lo que pretendía evitar: perder el tiempo con imprevistos. Necesitaba un buen caballo, el mejor que tuvieran en Cruachain, y estaba claro que aquellos hombres no estaban dispuestos a dárselo. Se bajó de la montura, que estaba exhausta, y tomó el primero de los cinco anillos que debían probar la hazaña: el anillo de Connacht, esmaltado de azul.
—Necesito otro animal. Este no aguantará. Me llevaré ese de allí.
Los hombres se pusieron a murmurar entre ellos, pero antes de poder protestar Ciarán ya había cambiado las riendas y montado el nuevo ejemplar.
—¡Ese es el caballo del hermano del rey!
—¡Pues que lo reclame a sus vecinos!
Cabalgó durante otra media hora hacia el Noreste, camino de la capital septentrional hasta que alcanzó el Lago Rey y las últimas ramificaciones del Sinann. Era una parada breve en el camino y aún no había abandonado la provincia del Oeste. Un grupo de reyes locales le esperaban allí con hermosas monturas, dispuestas para la carrera. Ciarán no perdió el tiempo en hablar con ellos. El sol ardía en el cielo, peligrosamente cerca de su cénit. Aún le quedaba mucho camino por recorrer.
Un poeta estaba sentado en el suelo, grabando el ogam en una corteza de abedul. Levantó un momento la vista y, desde el suelo, contempló a Ciarán erguido sobre el caballo negro, observando la posición del sol en lo alto. Jinete y montura sobre un lecho de piedra pálida, con la única compañía del cielo al fondo. Fue tan solo un instante, un ala de libélula que se posa en el agua y la altera fugazmente. Y después, desapareció. Aquella visión le pareció hermosa, digna de preservarse, y le compuso un poema que fue recordado por sus gentes durante innumerables años.
Ciarán recorrió la larguísima distancia llana: inabarcables extensiones verdes en un paisaje desierto de hombres, mientras su rival se desplazaba en el cielo, lenta pero inexorablemente. Pasó por encima de charcos y aguas grises de afluentes, hizo vibrar sus superficies y modeló el terreno limoso de sus márgenes. La inmensidad de Ériu amenazaba con atrapar su ánimo, la sensación de imposible, de que no se acabaría nunca.
Llegaron los bosques, extensos y frondosos: la fantasía del laberinto. Se mantuvo concentrado, en línea recta. Cerró los ojos a sus llamadas sobrenaturales, a sus seres invisibles. Solo miraba el camino, la tierra, la piedra.
Llegaron las ciénagas, los caminos fundados sobre placas de roble y ramas, cubiertos de gravilla y de barro. Desde los laterales le observaban las aguas, celosas de sus secretos de oro y de bronce. Espadas ceremoniales, escudos sobredorados, hermosos torques. Lo mejor del tesoro de toda una época. Bajo la encantada superficie se preservaban los cuerpos de los hombres que habían caído de forma traicionera, las cabezas de enemigos batidos, los rivales sacrificados en el camino del poder real.
Llegó la niebla, que intentó encantarle y perderle. Un truco, quizá, de su competidora, pues los dioses no aceptaban la derrota fácilmente. Pero su madre estaba junto a él, lo sentía, y la niebla siempre había sido una manifestación de su presencia.
Observó a lo lejos la manta cubriente del agua, desdibujando las montañas bajas. Llegó la lluvia y el viento endureció su figura, como si fuera la de una escultura única, ni hombre ni animal. La llovizna caía de lado cuando avistó los fuegos sobre la colina de Emain Macha. El santuario de la diosa, al fin. El lugar donde dio a luz a sus mellizos. El lugar de su muerte.
Unas manos temblorosas, ateridas, le entregaron el anillo esmaltado de rojo. El sol ya se había ocultado. Le llevaba ventaja. Descabalgó y tomó la montura siguiente, que ya le estaba esperando. No podía pararse a descansar. La lluvia proseguía y tendría que cabalgar sin luna. Al amanecer debía estar pisando la colina de Temair.
La mayoría de los granjeros habían seguido a rajatabla las indicaciones del emisario de Niall y habían encendido hogueras a lo largo de Slige Midluachra, la gran vía que unía las capitales del Norte y el Este, para iluminarle el camino. No debía apartarse de él ni un solo instante.
Cuando llegó al lago de la Poza de cerdos, supo que continuaba en el curso correcto. Para entonces las nubes estaban más retiradas, la lluvia había cesado y la luna se permitía algunas miradas tímidas sobre la tierra. Estaba ya cercano el amanecer cuando cruzó el río de la diosa vaca. La colina de Temair, al fin, donde el viento era poderoso y la vista dominaba sobre tierra sagrada. Cambió de montura y tomó el anillo esmaltado de púrpura. Sin respiro, continuó hacia Dún Ailinne, la capital de Laigin.
El gran camino de Slige Dala atravesaba la provincia del Este antes de entrar en la del Sur. Era una vía ancha, cómoda y bien mantenida, pero a Ciarán el trayecto se le hizo muy largo. Empezaba a acusar la falta de descanso.
—Todo lo que sea ganarle una apuesta a Niall de los Nueve es bienvenido aquí.
A su llegada el rey de Laigin, Énna Cennselach, le había preparado su mejor bienvenida, con músicos y un gran banquete. Era uno de los mayores enemigos de Temair, pues Niall le estaba comiendo el terreno poco a poco. Su hijo, que también se llamaba Eochaid, estaba allí con él. El muchacho tendió a Ciarán el anillo decorado en verde:
—Que te protejan las diosas.
Tuvo que rechazar la fiesta y conformarse con beber agua y comer pan para no desfallecer. Ya solo le quedaba Caisel. Bajar del todo para volver a subir, durante la noche. El camino más largo. Cabalgó muchas, interminables horas, hasta que logró divisar, por fin, los contornos de La Roca.
—Necesito otro caballo. Este no me sirve —dijo, rechazando el ejemplar que se le ofrecía. El anillo esmaltado en blanco ya relucía en su dedo: un anillo de pulgar. Su propia provincia era la única en que ningún rey, ni mayor ni menor, estaba presente—. Falta el camino más largo y pronto será de noche. No puedo hacer más paradas. Dame a la Esquirla Negra.
Ailcne Dub, la Esquirla Negra, era el hijo de Cuchillo, el caballo de Ciarán. Era joven, pero ya tenía edad para correr.
El sol empezaba a ocultarse cuando Olwen y el druida de Araid Cliach regresaban a casa desde el Este, después de atender a un enfermo muy cerca de la frontera de Caisel. A sus espaldas, un caballo negro abandonaba La Roca a toda velocidad, camino del Norte.
En la colina de Uisnech, el guardián del fuego ya se desperezaba. Había conseguido mantenerse despierto durante toda la noche. Era importante que alimentase bien la pira para el caso improbable de que el jinete de la apuesta regresase a tiempo. La luz cada vez se aclaraba un poco más y el camino del Sur permanecía desierto. Estaban cerca del verano y los movimientos del sol eran más lentos. Los campos abrían sus múltiples dedos bajo el calor creciente, los pájaros comenzaban a sentir el alboroto en sus pechos.
Eochaid permanecía mudo con la vista clavada en el horizonte, ojeroso y exhausto. Tampoco él había dormido en dos días, pensando en Ciarán. Allí estaba también el resto de la banda, que había aguardado junto al príncipe toda la noche y ahora permanecía en riguroso silencio. El intendente mayor de Niall bostezó:
—Ya podríamos volver a nuestros quehaceres, que no son pocos —murmuró.
El rey miró a su druida y este asintió. Era prácticamente de día.
—Habría que dar la orden para que empezasen a organizar el banquete. Para todos —reflexionó en voz alta, refiriéndose a Eochaid y los suyos.
—Iremos a tu banquete —contestó el príncipe. Una media sonrisa se dibujó en su rostro cansado—, pero no sabemos aún si será para celebrar tu victoria o la mía…
Entonces Niall dirigió su mirada hacia el punto donde la mantenía fija el príncipe, y sus ojos, como rendijas, recibieron el golpe de una visión a la que estaba muy poco acostumbrado: la de su propia derrota. A lo lejos, aún lejana, se recortaba la silueta inconfundible de un jinete y su montura.
Los cascos de la Esquirla hicieron entonces retumbar las colinas, buscando perturbar el sueño de los dioses, bajo tierra. Despertaron a Macha y esta escuchó a su hijo cabalgar. Ciarán cruzó entonces la barrera, aquella que le separaba del Otromundo, y fue haciéndose caballo por dentro, asimilándose a él progresivamente. Primero se le insensibilizó la piel. Ya no sentía el viento ni el frío, ni el calor de la luz que se aproximaba a sus espaldas, buscando darle caza. Después el olfato: la hierba mojada, machacada bajo los cascos. El olor de la planta y del agua. Después perdió el gusto, en el que sentía el pálpito de su propia sangre, que ya no era sangre humana sino sangre de caballo o quizá de una criatura nueva, mezcla de ambas. Después perdió el oído y fue como si estuviera cabalgando sobre el cielo, sin tierra donde apoyarse. No podía escuchar el golpe de los cascos ni el corte del aire. Estaba sordo. Por último perdió la vista y se quedó ciego. Dejaron de crecer sus uñas y sus cabellos, dejó de funcionar su estómago. Toda su vida pasó al caballo para dar nacimiento a un ser desconocido, un monstruo. Se guardó para él tan solo un pulso, un latido para mantener vivo el corazón.
Aquellos que presenciaron la carrera no consiguieron describir jamás lo que habían visto. Lo que recordaban era más cercano a una sensación, la imagen de un caballo-hombre sobre un amanecer. A contraluz. La silueta indivisible de un centauro.
Al cruzar la línea de meta despuntó la pestaña de fuego de su rival, cuyo aliento celeste no había logrado alcanzarle. De la prodigiosa carrera quedó tan solo eso: una sensación, un vuelo, un poema.
Sus sueños fueron largos y profundos, demasiado para recordarlos. Cuando despertó, le pareció por un momento que salía de una niebla espesa, como aquella que le rodeaba en sus visiones y le aliviaba del dolor de quemarse. Pensó que todavía podía estar soñando hasta que escuchó la voz rasposa de Máelcenn. El olor de la menta poleo, cociendo junto a su cama.
—Llevas durmiendo dos días.
Ciarán volvió a cerrar los ojos. Era, sin duda, insuficiente.
—Cuando alcanzaste la meta —siguió Máelcenn—, tuvieron que atraparte con una red y meterte en agua. El mismo Eochaid te hizo descabalgar. Si no hubieses estado tan agotado habrías sido un peligro…
Las palabras caían en la cabeza de Ciarán como dentro de un saco oscuro. No se acordaba de nada.
—Dormiría todavía un poco más.
—No es tiempo ya. —El druida se estiró en su silla—. Mucho se está hablando de lo que hiciste y los viajeros llevan la noticia al otro lado de la frontera. Nadie había conseguido circundar las capitales en tan poco tiempo. Aunque es posible que tu padre, Cathal, también lo hubiera conseguido.
Después de tantos años, Ciarán seguía siendo el mayor desconocedor de su propio pasado. Sin embargo, en su mirada ya no había furia o súplica, sino la autoridad serena que le daba el derecho a saber.
—Supongo que, ahora que Bróenán ya no está, es absurdo guardar secretos —continuó Máelcenn, respirando profundamente. El aire límpido y purificante de las infusiones abría todos los canales de su cuerpo, incluidos los de la memoria—. Estos secretos se hicieron para protegerte del dolor y de las envidias, Ciarán, y no con la intención de hacerte daño. Tú naciste enemigo y Bróenán te hizo materia de rey. Te dio vida allí donde debió darte muerte. Pero no hablaré más de Bróenán, pues es de Cathal de quien se te ha ocultado siempre toda palabra. Él también era un gran jinete, que viajó mucho por la costa durante los buenos días de comercio de los Barr. Los caballos que criaba eran adquiridos por los establos del Oeste y del Norte hasta Araid Cliach. Su familia era descendiente de gentes antiguas, de los Érainn de la Llanura. Tu madre, en cambio… no podía decirse exactamente de dónde procedía. Muirenn, la de ojos verdes. Decían que venía de tierras de Míl, de la costa noroeste de Hispania… pero lo cierto es que nunca conocimos a ninguno de sus familiares. Ella y Cathal debieron de encontrarse en uno de los viajes que él hacía a puerto para comprar caballos. Cuando tomó el mando de su pueblo, Cathal no dudó en convertir a Muirenn en su esposa. Solía decir que para qué necesitaría un hombre casarse con la Soberanía, teniendo a una reina como ella a su lado. Un comentario insensato, a mi parecer. —Máelcenn quedó en suspenso por un instante. Parecía estar recordando o bien sacando alguna conclusión—. Los dioses se molestan con facilidad y entonces retiran sus favores. De Muirenn debiste heredar tu habilidad vidente. Sí, no te sorprendas. Me lo ha contado tu amigo. Supongo que, en algún momento, tu madre debió de conocer su propio destino y el de los Barr. Se volvió más triste durante los últimos años en que la conocí. O puede ser que, simplemente, supiera ver mejor que nosotros el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.
Máelcenn se mesó la impecable barba y se sirvió otro cuenco de poleo humeante.
—La familia de Bróenán y la tuya se tenían un gran respeto —continuó—. En el pasado, antes de que la política lo estropeara todo. Bróenán admiraba a tus padres y envidiaba de alguna forma su felicidad. Siempre anheló tener una familia. Entonces, una mañana, llegó el emisario de Caisel. Era Coirpre de los Juncos, el hermanastro de Nad Froích. Estaba interesado en toda la región del Suroeste y quería ser Señor de Iarmumu a toda costa. Y a los Barr les pudo el orgullo. Dijeron que querían seguir viviendo como lo habían hecho hasta ahora, dependiendo del comercio, sin someterse a nadie. Que no lucharían por nadie más, dijeron. Que no entregarían a sus hijos como rehenes ni a sus vacas como tributo. Que no querían ser esclavos de ninguna alianza. Bróenán, en cambio, fue más realista. Supo mirar en los ojos de Coirpre, que entonces era joven y salvaje, y vio que era un hombre que no se detendría ante nada. Adivinó la extinción que le esperaba a su pueblo. Y escogió la alianza, los tributos, la atadura a Caisel. No le importaba cómo apareciera el nombre del túath en los poemas, solo su gente. Que las vacas siguieran pariendo y los cereales siguieran siendo cosechados. Se elevaron entonces los reproches entre ambas tribus, disputas ancestrales por las tierras y el ganado de las que ya nadie se acordaba. Iarmumu entró en la contienda y la recrudeció, enfrentando a los vecinos unos contra otros. Coirpre quería las tierras de los Barr porque eran las más ricas de la región, la mejor parte de la Llanura. Envió guerreros y provocó escaramuzas hasta que la situación fue insostenible y se declaró la guerra abierta. Muchos hombres murieron entonces, en ambas tribus. —El rostro de Máelcenn se volvió aún más sombrío. Permaneció en silencio durante un instante—. En una de sus emboscadas, los Barr acabaron con todos los que tenían derecho a la soberanía entre los Necht. Murió toda la familia real: el rey Óengus, sus hermanos, sus sobrinos. Solamente quedó Bróenán, al que hasta entonces habían mantenido al margen por los tabúes tan fuertes que tenía sobre él. Quedaron él y Cormacc, su primo segundo…
—El padre de Diarmait.
Máelcenn asintió.
—Ambos prepararon el ataque definitivo. El resto ya lo conoces. El motivo último de que Bróenán te salvara de la destrucción solo él podía conocerlo. Quizá fue porque los Barr le habían dejado sin familiares y, por tanto, sin sucesores, y se creía con derecho a que le restituyeran uno. Pero yo creo que más bien fue en recuerdo de un tiempo pasado, más feliz, un recuerdo hermoso que él apenas pudo rozar. El homenaje a una amistad que no había podido ser. Bróenán sabía que tú eras el corazón de Cathal y Muirenn, su única progenie. Supongo que, salvándote a ti, salvó también un pedazo de su historia, de ellos mismos. Cada día que pasaba a tu lado era un día en que podía perdonarse. Tú eres la prueba viva de ese perdón. Del perdón de todos ellos.