21
Festival de Beltine
—Debes marchar a Uisnech. En cuanto termine la «primera mitad» y regrese el buen tiempo. Te pondrás al servicio del rey Niall. Capturarás esclavos para él.
Habían pasado el invierno completo en Caisel y se encontraban ya cerca de Beltine, la fiesta del fuego de principios de mayo. Eochaid se había sorprendido de que su padre le hubiera dado audiencia en La Roca en lugar de hablarle en privado en su casa. Su petición le sorprendía aún más, teniendo en cuenta que Niall era su mayor rival en el saqueo.
—¡Ni aunque se abra la tierra! ¿Por qué habríamos de hacer algo así? —protestó—. Capturaremos esclavos para Caisel. El coste es demasiado alto. ¡Qué Niall se busque sus propios guerreros!
—Todavía soy tu rey, además de tu padre. No deberías cuestionarme tanto. Comprenderás que no es de mi agrado enviarte con quien es mi enemigo, pero mataste a uno de sus hijos y debe ser compensado.
—Dicen que Niall de los Nueve Rehenes tiene cientos de hijos. Tú mismo lo has dicho: la diosa le favorece. Lo difícil sería no matar a ninguno de ellos a lo largo de toda una vida.
—Ciertamente… —El rey sonrió un instante ante el ingenio de su hijo.
—Padre, yo te juro que se respetaron todas las reglas de un combate legítimo, que se hizo con todo el honor…
—Lo sé, hijo mío. No hay compensación para los muertos en guerra, sería la primera vez. El precio de cuerpo no lo vamos a pagar. Pero este era uno de los hijos de la esposa primera y parece ser que la reina no encuentra consuelo. No quiero darle una excusa para envenenar la mente del rey. Necesitamos la paz con Temair. Ve con él y aprende cuanto puedas. Será tan solo hasta Lugnasad, hasta que se pague el precio de rostro por un hijo de rey tan elevado… —Eochaid permanecía en silencio, sin estar convencido—. Es bueno ser brillante, hijo mío, pero no demasiado… No tan joven. La excelencia puede atraer a la desgracia tanto como a la fortuna. Sé prudente, mi querido hijo, cuando estés en presencia de Niall.
—Bien dices que eres mi rey y no seré yo quien ponga en peligro tus políticas. Adiós entonces. Nos veremos para la cosecha y La Roca seguirá siendo antorcha de tu paz y tu justicia. No podrán decir que Caisel no paga generosamente sus deudas.
—Tendrás un nuevo hermano para entonces, pues Faochan está embarazada. Óengus será su nombre.
Eochaid asintió y se dio la vuelta para abandonar la sala. Más materia de rey con la que competir. La carrera por el poder se volvía cada vez más complicada.
Cuando Olwen cruzó los marcadores de frontera tuvo que esforzarse por recuperar el aliento. La capucha se le había descolgado hacia atrás y dejaba al descubierto sus trenzas claras, que cada vez estaban más crecidas. Cuchillo Negro era un animal superior a todos los de su especie y no podía evitar la tentación de soltarle la rienda. Le palmeó el cuello, agradecida, mientras se giraba para ver dónde habían quedado sus hermanos, incapaces de seguirle el paso. Sus padres habían considerado aquel viaje una locura, pero al final habían consentido. Que no era bueno que pasara tanto tiempo encerrada en casa pensando «en sus cosas», decían para evitar mencionar directamente a Ciarán.
La primavera estaba siendo especialmente dulce y benévola. Los cantos de los pájaros anunciaban ya la caída de la noche sobre el territorio de Araid Cliach, región de famosos jinetes y aurigas. Hacia el Este, entre velos azules, aún podía distinguirse el contorno brumoso del camino de Caisel. Cada vez más cercano, ardiéndole. Sobre el lomo de Cuchillo Negro podían ser tan solo unas horas de viaje. Pero estaban los derechos de paso y los bandidos, y para una mujer sola aquella era una distancia insalvable.
—Ad-rae búaid ocus bennachtain[34].
Olwen apartó la mirada del camino y la dirigió a la figura menuda que le hablaba desde el suelo. Se trataba de un niño de pelo rubio y ojos claros, opacos debido a la luz menguante, pero grandes y hermosos. Iba vestido con una túnica blanca que parecía tener luz propia en mitad de aquella atmósfera azulada.
—Me llamo Ailbe y tengo cuatro años. —Se le había quedado mirando sin apenas pestañear. Lo hacía con esa devoción silenciosa que muestran los niños muy pequeños a sus maestras y cuidadoras—. Es tarde y tú eres chica. Ven a mi casa.
Olwen descabalgó y tomó la mano que él le ofrecía.
—También es tarde para ti, Ailbe. Aún eres muy pequeño.
—Estaba rezando. Es mejor hacerlo fuera. Si quieres puedes rezar conmigo.
—Sí que quiero. Pero a partir de mañana. Es la hora de dormir.
Le aupó en brazos y le besó la frente mientras se dirigía hacia el resplandor de una casa cercana.
—Ailbe, ¿dónde está el hombre santo? ¿El que dicen que viene de Roma?
—No está aquí. Se ha marchado, pero volverá.
—Muy bien. Le esperaremos.
Olwen escuchó los caballos de sus hermanos, que ya estaban próximos. De la casa humilde salían las esclavas que cuidaban de Ailbe.
—Quédate con nosotros… Eres muy guapa —susurró él, medio dormido.
—Hasta la cosecha, niño mío. Hasta entonces por lo menos.
Finalmente llegó la víspera de Beltine y se pusieron en camino hacia el Norte. Quien encabezaba la expedición era uno de los muchachos de la banda, que había sido pupilo de los druidas de Caisel por un tiempo. Su sabiduría era suficiente: sabía manejar la pintura y los tatuajes, escoger el mejor momento para el ataque, dirigir los sacrificios y los funerales y mantener la fuerza espiritual del grupo. Conocía las hierbas curativas y sabía restañar las heridas y ahuyentar las fiebres. Pero, sobre todo, era el mayor del grupo, con seis años más que Eochaid, y se había convertido en su mejor consejero.
Desde que regresaran a Caisel algunos de los compañeros habían solicitado tierras, se habían casado y habían formado sus propias granjas en los alrededores de la corte. Otros preferían el ganado, que habían enviado a sus familias. Pero Ciarán no tenía tribu a la que regresar y tampoco había querido establecerse en la capital. Seguía viviendo en la casa comunitaria. No había querido las capas de lana, ni las copas de oro, ni las esclavas: solamente los caballos. Después de ganar dos carreras en Samain y pasar tres años al servicio del rey contaba con una manada considerable. Pagaba su mantenimiento en los establos reales y a veces los prestaba para que no estuvieran encerrados.
La luz se volvía mortecina por el camino, fantasmal como el brillo de una criatura marina, cuando Lugaid levantó la vista alarmado por la extraña sensación de tener un zumbido en los oídos. Era apenas audible, pero, sin embargo, constante.
—¿Habéis oído eso?
Los demás se miraron extrañados.
—Un sonido se propaga por el valle.
Eochaid ordenó con un gesto que los caballos se detuvieran y entonces, al acallar los cascos, los demás también pudieron oírlo. Caílte arrimó la oreja al suelo.
—Es como si cientos de toros bramaran a un tiempo. Muy lejos. Como si lo hicieran desde las moradas bajo tierra.
Eochaid, que iba en la cabecera de la comitiva, se volvió hacia el carro que llevaba detrás. Era una biga adornada de relucientes bronces donde se erguía una mujer druida, embajadora de Caisel, que Nad Froích había enviado para que intermediara ante Niall. La mujer vestía acorde con su nobleza y estaba acompañada por una muchacha más joven, que era la conductora de su carro.
—No se trata de toros —anunció ella, solemne—. Ni tampoco de otros animales. Son los cuernos sagrados, que llaman al fuego.
A medida que se acercaban, aquel sonido imposible cobraba una mayor realidad, se transmitía como un clamor ascendente formado por cientos de voces. Un temblor secreto y constante que acariciaba la tierra y la hierba, que eran la piel de Ériu; que golpeaba suavemente las piedras, que eran sus huesos; que reverberaba en las aguas de los ríos, que eran sus venas. Solo faltaba que la diosa abriera los ojos.
Uisnech era el centro geográfico de la isla, el corazón sangrante de las energías del mundo. Era en este ombligo cósmico donde se había encendido el primer fuego, que había brillado por siete años, y de donde se habían prendido todos los demás. De allí habían partido la primera luz, el primer calor y la primera vida. Los grandes festivales del año, los que reunían a druidas y reyes de toda la isla, eran Beltine, en Uisnech; Lugnasad, en Tailltiu, y sobre todo Samain, en Temair.
Se estaba formando una densa oscuridad, cada vez más palpable, y debían guiarse por aquel eco que bramaba a través del valle. No despuntaba ningún fuego. En aquella hora de silencio, previa al estallido de la luz, estaba prohibido.
—Debemos detener el carro. Todas las ruedas deben detenerse —anunció la druida. Lamentaba que se hubieran retrasado tanto y fueran a llegar tarde, pero era necesario que nada molestara al «gran resplandor» al que con tanto ahínco se estaba reclamando. Todos los fuegos debían estar apagados y todas las ruedas bloqueadas.
Eochaid tomó a la druida en su grupa y Ciarán a la muchacha acompañante. Dos de los muchachos se quedaron guardando el carro y acordaron llevarlo más tarde para que no hubiera peligro de ofensa alguna.
Cuando llegaron al lugar del que procedía el sonido ya era noche cerrada. Pronto comenzaron a entreverlos, a la luz de la luna, envueltos en sus túnicas blancas que parecían de plata: centenares de druidas se congregaban en el valle. Habían acudido desde las cinco provincias a provocar al sol entre todos. El empuje debía traer el verano, el calor y la luz necesarios para dorar los cereales y para que los animales entraran en celo. Muchos de los eruditos se adornaban con pendientes o incluso con torques y diademas de oro. Otros lucían capas blancas con ricos broches, símbolos de su estatus, el más alto de su sociedad. Ellos eran la clase privilegiada, la que poseía todo el conocimiento y ante la cual hasta los reyes se rendían, pues sus miembros imponían los tabúes, mediaban ante los dioses, oficiaban los sacrificios y dominaban los secretos del cuerpo, el cielo y la tierra. Muchos habían traído a sus hermosas mujeres y a sus hijos, que debían heredar la profesión, o bien a sus discípulos, sus hijos de adopción. La multitud al completo esperaba una señal.
La banda esperó en las faldas de la colina mientras la embajadora descendía a la planicie para reunirse con los demás de su casta. Dúngal estaba cansado. Preguntó a uno de los guerreros de guardia, en un susurro, por el intendente mayor y la hospedería, pero Uallgarg le dedicó una mirada fulminante y Eochaid le mandó callar con un gesto.
Los cuernos ceremoniales seguían haciendo resonar el bronce, sobrecogiendo a los asistentes con su clamor de Otromundo, que se renovaba sin cesar. Los hábiles músicos los hacían vibrar sin descanso, respirando y tocando a un tiempo mediante su depurada técnica. Sobre una base constante se elevaban otros cuernos menores, alternando, creando ritmos y melodías con sus distintos tamaños y formas. En el ascenso y descenso recreaban la idea del retorno circular, de la vida y de la muerte, con su promesa de reencarnación en este mundo y en el Otro. Como el mismo sol, que se ocultaba y vivía bajo tierra durante la noche y seguía viviendo durante el día en el cielo. Los ancestros del mundo subterráneo tenían preferencia y lo disfrutaban primero: por eso para los vivos la jornada empezaba en la noche y el año empezaba en invierno. Cuando había luz y calor en uno de los mundos, la oscuridad y el frío se adueñaban del otro. Siempre había vida en algún sitio. No existía la muerte, sino solo la ausencia.
El silencio cayó de pronto y una gran expectación se apoderó de la asamblea. Los ancianos de la orden se separaron para dejar paso al druida mayor de Temair, que portaba una antorcha representando al primer fuego del mundo. Otros dos druidas, hermanos gemelos, encendieron sus teas de esta fuente única y prendieron los gigantescos postes de roble, untados de aceite y de grasa. Dos columnas ígneas se elevaron hacia el cielo, robando el aliento a los asistentes. La diosa, finalmente, había abierto los ojos. La voz del druida se alzó, poderosa:
Yo soy el viento que acaricia las colinas,
yo soy la ola que recorre los mares,
yo soy la lluvia que murmura en los árboles,
yo soy el toro, el eco de la tierra,
yo soy el resplandor, que cabalga en el cielo,
yo soy la resplandeciente, párpado de la noche,
yo soy la estrella que tiembla,
yo soy el lago y el salmón que no duerme,
yo soy el jabalí de los bosques,
yo soy el cuervo y el mirlo, el cisne y el halcón,
yo soy la flor, la raíz y la rama, el poste de la casa,
yo soy la punta de lanza, de siete combates,
yo soy el martillo, el arado, la pericia,
yo soy la Palabra y su llama, creadora y destructora.
¿Quién puede prender los fuegos anuales en las montañas?
¿Quién lee en los múltiples rostros del cielo?
¿Quién conoce el viento que lleva a la batalla?
Sino yo.
Parte por parte estaban asistiendo de nuevo a la creación del mundo. Como todos los años, el universo se regeneraba desde el centro de la isla.
Sus palabras se sucedían como un encantamiento que inspiraba a todos los allí reunidos y que dio paso de nuevo al estremecedor sonido de los cuernos. El bronce recogía el color de las llamas y llenaba la noche de formas brillantes. Al tiempo que la vibración se propagaba, el fuego también lo hacía. Los campos, que habían permanecido oscuros a la caída del sol, comenzaron a iluminarse y grandes hogueras fueron prendidas, contagiando a algunas cercanas y después a otras distantes, extendiéndose poco a poco hacia todos los rincones de las cinco provincias. Las colinas lanzaron su mensaje a los puestos fronterizos y costeros, por encima de bosques, lagos y ciénagas. Hasta las más remotas de las tribus encendieron sus fuegos ceremoniales. Comenzaba la mitad luminosa del año.
Algunos de los druidas llevaban crótalos de bronce, muy antiguos. Tenían la forma simbólica de testículos de toro y estaban llenos de guijarros que creaban un ritmo cuando se agitaban, al pasar junto a las piras en el sentido de la mano derecha. La fiesta de Beltine era la fiesta del toro y condujeron al ganado entre las hogueras para purificarlo, guiándolo con varas de serbal.
Y luego estaban las voces. Las extraordinarias voces de aquellos cientos de figuras vestidas de blanco. Voces que no pronunciaban palabras sino tan solo ecos melódicos que se elevaban a un tiempo, como cintas de humo.
Los muchachos se encontraban extasiados por la visión. Ninguno de ellos había tenido ocasión de participar en una de las tres grandes asambleas. Algunas mujeres les entregaron coronas de espino para que pudieran arrojarlas al fuego.
Ciarán advirtió, súbitamente, una presencia que le sacó de su embeleso. Le pareció distinguir una figura conocida entre la multitud. Máelcenn estaba allí. Noticias de la Llanura.
Preso de la emoción, Ciarán intentó llegar hasta donde estaba el druida. No era tarea fácil pues todos los de su clase se habían alineado para encender las antorchas que portaban.
—¡Máelcenn! —le llamó, alzando la voz. Consiguió interceptarle cuando salía del gentío.
—¡Ciarán! —exclamó el druida. Enarcaba las cejas en su expresión tan peculiar. Parecía que le alzaran el rostro con pinzas—. Lugar extraño para encontrarte. Y al servicio de las diosas triples… —El torques dorado parecía aún más bello a la luz de la antorcha—. Debo irme ahora para continuar el ritual, pero después podemos hablar…
—Máelcenn —le dijo sin apenas aliento—, ¿cómo está Olwen? ¿Cómo está…?
El rostro del druida se ensombreció. Estaba claro que Ciarán no había olvidado a la muchacha, como muchos habían creído.
—Ella está bien. No te preocupes. Dime dónde estás e iré a buscarte.
—Voy al banquete de Niall. Y luego estaré en la hospedería, con los demás. Máelcenn… no te olvides…
—Hasta de la palabra de un druida desconfías, Ciarán —sonrió—. Ya veo que hay cosas que no han cambiado tanto. Iré a buscarte. Tienes mi honor, junto con el gran resplandor, la resplandeciente, el rocío y las estrellas.
Un solo cuerno anunció la llegada de los guerreros de Caisel. Para Niall fue como un augurio funerario, peor que el graznido de un cuervo.
Una sala circular de banquetes había sido construida para la ocasión en las faldas de la colina, junto a la Piedra de las Divisiones, de donde partían las fronteras de las cinco provincias. El interior de la sala era magnífico, adornado de ricas telas y armas, y al fondo habían colocado la majestuosa silla donde se sentaba el rey de Temair. Niall fijó la vista, serena y orgullosa, en aquel que había de ser, probablemente, su asesino.
Eochaid había acudido a la asamblea con una apariencia espléndida que el largo viaje a caballo no había logrado deslucir. Nad Froích le había enviado ante su rival con una túnica de negro recién teñido y una capa de púrpura impecable. La sujetaba con un broche de alfiler, en plata y esmalte rojo, de tamaño y peso excesivos para su función: una auténtica insignia de poder, de lo mejor del tesoro Eóganacht. Recogía los cabellos en una coleta baja, al igual que el propio Niall, y se adornaba la frente con una cinta de cuero trenzado.
El druida mayor de Temair les dio permiso para hablar y la druidesa de Caisel dio un paso al frente. Su tono conciliador ayudó a mantener la sangre fría.
—Nuestros reinos se respetan y admiran. Muchas son las alianzas que nos unen, por nacimiento y por méritos. Venimos a hacer honor a nuestra palabra.
El príncipe se adelantó, seguido muy de cerca por su consejero y también por Ciarán, Dúngal y Lugaid. Les habían ofrecido garantes para su protección y no había, en principio, nada que temer. Hubiera sido motivo para la guerra que el rey les invitara con garantías para luego traicionarles, más aún durante una asamblea religiosa, pero Eochaid no se separaba de quienes debían guardarle los puntos cardinales. Únicamente el lugar de Étaín permanecía vacío.
Niall permanecía hierático en su asiento. A su izquierda estaban sentados los nueve rehenes de Airgialla, los que le proporcionaban su título, y a su derecha su druida mayor, sus poetas y sus jueces. Se puso entonces en pie y esperó a que Eochaid se acercara. Aquellos momentos en que se mantuvieron la mirada en silencio, el uno frente al otro, cautivaron el aliento de la corte entera. Los ojos del soberano centelleaban mientras se asomaba al acantilado de su destino en los ojos del príncipe Eóganacht. Tres besos era todo lo que necesitaba para demostrar su aceptación. Era una distancia corta, insignificante. Pero si lo que le ofrecía al muchacho era la mano, entonces significaría que rechazaba su oferta de paz, que las alianzas de siglos se desmoronarían. Podía ser el comienzo de una guerra sin precedentes.
—Fo-chen dúib[35] —anunció, finalmente, sin entusiasmo.
El príncipe le observó con desconfianza. ¿Era aquella una bienvenida sincera o tan solo una formalidad?
—Is ed doróachtamar[36] —respondió Eochaid, tras unos instantes.
—Bienvenido sea Caisel y cualquiera que llega en nombre de su rey.
Se besaron entonces por tres veces en las mejillas, lo que reafirmaba la posición de alianza. Muchos fueron los suspiros de alivio entre los asistentes.
—La amistad que nos une es, en verdad, poderosa —sonrió Niall, aunque su voz no lograba disimular un poso amargo—. Hagamos, pues, honor a ella. Dejemos que hablen los poetas.
«Temair la de caballos equinos, la de toros bovinos, la de cánidos perros de presa, la de reinas regias…», hablaron los poetas de Temair. A su rey correspondía el privilegio de celebrar las asambleas del cambio de estación, manteniendo en equilibrio a la isla entera ante los dioses.
Cuando comenzó el banquete, los representantes de las cinco provincias ocuparon sus lugares en la sala. Se distribuyeron en círculo y por orden, recreando un imaginario mapa de la isla: Míde y hacia su derecha Ulaid, Connacht, Mumu y Laigin. Niall no apartaba la vista de Eochaid y Ciarán comenzó a preocuparse. Convertirse en la obsesión de un hombre con tanto poder era extremadamente peligroso.
Cuando hubieron comido en abundancia y los sirvientes empezaban a retirar las bandejas, el rey Niall se levantó de nuevo.
—Bien es sabido que las apuestas y el juego estaban entre las mayores aficiones del Gran Corcc y lo siguen estando entre las de Nad Froích. ¿Comparte el príncipe Eochaid la vocación de sus ancestros?
—¿Qué apuesta quiere hacer Niall de los Nueve Rehenes? —contestó él, sin dudar. Aquel que se negaba a apostar solo podía hacerlo por falta de talento, de astucia o de arrojo.
—¿Sabes jugar al cuervo negro? —preguntó sin rodeos.
A Eochaid le invadió una sensación de inquietud. La audiencia al completo esperaba una respuesta. No era un experto jugando al cuervo negro. Era un juego nuevo que estaba de moda en Temair. En las demás provincias se jugaba sobre todo a la sabiduría de madera, que era el juego de tablero tradicional. Por lo que sabía, el cuervo negro no era más difícil.
—Por supuesto que lo conozco, ¿cuáles son tus condiciones?
—Si vence Eochaid mac Nad Froích, Caisel estará libre de su deuda.
—¿Y si triunfa Niall de Temair?
—Entonces la deuda se triplicará. Para un hijo como el que se me arrebató sigue siendo una retribución escasa.
La verdadera intención estaba al descubierto. Las buenas palabras iniciales habían sido tan solo eso, pero Eochaid no podía excusarse. Protestar le dejaría en la posición de un débil o un cobarde. Los integrantes de la sala estaban expectantes y no debía decepcionarles.
Ciarán se acercó al consejero del príncipe y le dijo algo al oído. Este se lo transmitió a Eochaid, que asintió.
—Acepto el desafío, pero impondré una condición —anunció—. Aquel que pierda la primera apuesta tendrá la opción de hacer una segunda para intentar recuperarse. Y ya que Niall de Temair ha propuesto el primer juego, justo será que Eochaid de Caisel escoja el segundo.
—Ya veo que te cubres bien las espaldas —contestó Niall, sonriendo con sorna. El muchacho había sido astuto, pero, igualmente, no le serviría de nada. Él estaba en su terreno y contaba con la mitad de su corte como apoyo, mientras que Eochaid no tenía más que a un puñado de muchachos a su lado—. Acepto tus condiciones. In comram beus[37].
Los portadores del tablero lo colocaron en el centro de la sala. Era un gran damero de roble que comprendía cuarenta y nueve cuadros con hendiduras para encajar las piezas, que eran lisas como piedras pulidas y se guardaban en una bolsa de hilo de bronce. No había duda sobre quién desempeñaría cada papel. Niall tomó las piezas de vidrio transparente: colocó la ficha del rey en el casillero central, que se llamaba Temair, al igual que su reino. Allí estaría protegido. Sus defensores ocuparon los cuatro puntos cardinales a su alrededor. Eochaid tomó sus ocho piezas de vidrio ennegrecido y las dispuso contra las paredes del tablero, dos por cada lado. Estaba claro por qué era el juego favorito de Niall: aquella imagen le representaba a sí mismo, en el centro de su mundo, acosado por las cuatro provincias circundantes. En las fichas enemigas, sombrías como cuervos, veía el rey la mano irónica del destino, tratando de darle caza. La partida era su particular forma de burlarlo. Aunque nadie más lo sabía, para el rey lo que estaba en juego sobre el tablero no era otra cosa que su propia vida.
Ambos contrincantes pensaban concienzudamente cada uno de sus movimientos y el tiempo transcurría con lentitud. El silencio era absoluto. Podía escucharse, como se decía, hasta el sonido de una hebra de carrizo cayendo del techo. Los invitados borrachos habían sido desalojados. La tensión entre ambos jugadores se hacía sentir en toda la sala.
Ciarán, cerca de Eochaid, observaba con preocupación al príncipe Láegaire, el favorito de los hijos de Niall, su probable sucesor. Este seguía atentamente los movimientos de la ficha del rey, en sus intentos de escaparse por las esquinas del tablero. Eso le daría la victoria si Eochaid no conseguía rodearlo y bloquearlo antes. El príncipe avanzaba una casilla cada vez, con movimientos perpendiculares, acosando a su rival, buscando arrinconarlo.
Láegaire asentía con la cabeza cada vez que su padre movía ficha. Parecía un jugador experimentado, pues lograba anticipar todas sus jugadas. La satisfacción de su rostro indicaba que la partida no marchaba bien para Caisel.
Finalmente, el rey de Temair hizo un último movimiento y se libró de los cazadores oscuros de su oponente, conquistando la esquina. Un largo aplauso se propagó por toda la sala, junto a numerosas felicitaciones y muestras de alegría. El rey Niall levantó la voz e impuso silencio.
—La apuesta no ha terminado. No deshonraré mi palabra, ¿cuáles son las condiciones del príncipe Eóganacht?
Eochaid miró a Ciarán de soslayo y este asintió, en un pacto secreto.
—Una carrera. El jinete que tú escojas contra el hombre que yo elija.
Niall miró a los hombres de su séquito en busca de aprobación. Su druida mayor se acercó y le susurró algo al oído. Niall, extrañado, le dijo algo también y el druida le reafirmó su propuesta.
—El jinete que escoja… —Niall se dirigió nuevamente al príncipe—. Temair no es sorda, muchacho, y las noticias también nos llegan. Dicen que tienes en tu corte a un jinete imbatible. Que cabalga sin tocar el suelo, dicen. Pues bien, el corredor que yo elijo tampoco lo toca. No viene de ninguna de las provincias ni forma parte de la nobleza de Temair. Es tuerto, pero seca las aguas allí por donde va y su galope no cesa nunca, ni sobre la tierra ni por debajo de ella. Las nubes son sus caballos blancos, ¿puede tu corredor competir contra su luz?
No había misterio alguno. Por la forma en que Niall evitaba pronunciar su nombre solo podía tratarse de la más grande de las fuerzas naturales. Los romanos, que sabían que era invencible, lo habían llamado Sol Invicto.
Se hizo un silencio de desconcierto, pero Eochaid no se retractó. Quería saber hasta dónde llegaba la audacia del soberano.
—¿Cuál es el recorrido?
—Las cinco capitales y vuelta a Uisnech. Al amanecer del tercer día —concluyó el rey.
Los guerreros de Caisel mostraron su indignación con murmullos de sorpresa. Apenas dos jornadas, con sus días y sus noches, para dar toda la vuelta a la isla. Había que estar loco para intentar algo así.
El mayor de ellos, el consejero del príncipe, hizo unos cálculos aproximados en su cabeza y negó, en un gesto de desaprobación.
—Eso es imposible —sentenció Eochaid—. Simplemente no puede hacerse.
El rey de Temair le interrumpió, colérico.
—¡No digas que no puede hacerse, solo que Caisel no es capaz! Si vencéis estaréis de servicio hasta Lugnasad y luego os liberaré de vuestra deuda.
—¿Y si perdemos?
Un denso silencio cayó sobre la habitación, en espera de la demanda.
—Entonces me serviréis durante siete años.
Las protestas se elevaron al unísono, causando el alboroto por toda la sala.
—¡Por los cuernos de la diosa vaca que no será así! —vociferó Dúngal, golpeando el suelo con el pomo de su lanza.
—Extraña forma tienen de apostar en Temair… —se quejó Caílte, incrédulo.
—¿Qué clase de justicia es esta? —exclamó Eochaid, levantando la voz y adelantándose con decisión. Algunos de los guardias, alarmados por su ímpetu, desenvainaron las espadas y los guerreros de Eochaid les secundaron. La druidesa embajadora de Caisel se interpuso entre Eochaid y Niall, que ya estaban frente a frente, a escasos centímetros el uno del otro: los ojos del príncipe relampagueaban, fijos en los del rey.
—La apuesta es excesiva —intervino la mujer—. Lo demandado es superior a lo ofrecido. Y las condiciones de la prueba son inasequibles.
—La apuesta nos favorece, es cierto —intervino el druida mayor de Temair, que también se había interpuesto—, porque la deuda de sangre es de Caisel hacia Temair y no al revés. En cuanto a la prueba, el que nadie lo haya hecho todavía no significa que no pueda hacerse.
—Es necesario más de un día completo, con todas las horas de luz de Beltine, solo para cubrir la distancia entre Caisel y Temair —dijo el consejero del príncipe—. A paso de mensajero real.
—Ya hemos hecho los cálculos. Los hicimos para saber de cuánto tiempo dispondríamos en caso de ataque. Puede hacerse, aunque la dificultad es manifiesta. Digna de una gran hazaña. Merecedora de un gran poema.
Ante estas últimas palabras, la druidesa no pudo decir nada más. Nadie tenía derecho a interponerse entre un destino glorioso y aquel que debía abrazarlo. La decisión estaba ahora en manos de Ciarán, que permanecía mudo, pensando. Todos se volvieron a esperar su respuesta.
—No es necesario que hagas esto —le insistió Eochaid en voz baja—. Está forzándolo para que nos retiremos. Sabe que es irrealizable. Tres años son suficientes para él.
—¿Cuántas son las tribus que separan las capitales? —preguntó Ciarán al consejero del príncipe.
—Unas dieciséis como mínimo, dependiendo de los pasos que tomes.
—¿Y la noche? ¿Estará despejada?
Ahí es donde pensaba conseguir mayor ventaja. Todos sabían que era capaz de cabalgar hasta la madrugada.
—La noche será propicia. Y la resplandeciente estará casi llena.
—Necesitaré cambiar caballos. Y que me estén esperando con ellos. Envía a tu gente en avanzada —indicó al soberano de Temair.
Niall de los Nueve Rehenes se adelantó para mirar a Ciarán a los ojos, ahora que sabía quién era el corredor del que tanto había oído hablar. Había estado ante él durante todo aquel tiempo.
—El hijo de Macha… al fin —escudriñó su rostro, como si intentara descubrir algún rasgo que pudiera demostrar su ascendencia divina. Macha, una de las diosas triples, encarnación de la Soberanía, aquella que dormía con muchos hombres. De todos sus esposos, él se consideraba el más privilegiado. Acercó la mano al pómulo de Ciarán y lo encontró frío. Tras un momento de duda, relajó la tensión—. In-óenchorp at·tá side[38]. La gloria es privilegio de muy pocos y se resiste a sus amantes, ¿por qué crees tú que puedes conquistarla?
Ciarán miró en aquellos ojos, menudos, pero al tiempo imponentes. Niall, señor de la guerra, azote de las costas de Alba. Desprendía una sensación imperecedera, el olor de la leyenda, que le acompañaba incluso en vida. Y estaba allí, invitándole, ofreciéndole compartir una gota de aquella esencia inmortal.
El hospital requería de atención constante. Las mujeres se turnaban para ir a lavar dos veces al día y para traer cubos de agua, cocinar el pan y las gachas y ordeñar a las vacas. La ley especificaba que las construcciones destinadas al cuidado de enfermos se asentaran junto a la orilla del río y a Olwen le parecía que sus manos ya no volverían a entrar nunca más en calor. Siempre permanecían frías entre colada y colada.
Se sentía orgullosa de su trabajo allí, con los enfermos. Era un servicio a la comunidad que tan amablemente la había acogido durante el verano. También estaba aprendiendo mucho de ayudar al druida, un hombre cuya habilidad quirúrgica era famosa en toda la región, así como sus baños de plantas curativas. Olwen, sin embargo, no le hacía preguntas y se limitaba a observar con respeto. Los druidas tenían sus secretos, que no debían ser revelados a quienes no formaban parte de su clase. Él, sin embargo, la instruyó en muchos trucos y saberes, incluido el de identificar y clasificar las hierbas. Le proporcionó pequeñas bolsas con salguera, alquimila y sanalotodo. Necesitaba una ayudante eficaz, que consiguiera las plantas adecuadas y no se equivocara al administrarlas.
—El primer hospital de Ériu lo fundó la diosa Macha —le explicaba mientras estaban juntos en el prado, buscando rubia y musgo para taponar heridas—. Brón Bearg, La Casa de la Pena. Para paliar los dolores causados por la guerra de Cuailnge. De aquella casa nacieron todas las demás.
El druida siempre había respetado a la comunidad cristiana del túath y no había puesto problemas a la estancia de Paladio. Deseaba hablar personalmente con él. Había conocido a muchos sabios en la isla y todos tenían sus propios dioses, a veces más populares, salidos de las sagas, y a veces dioses tribales de los que apenas había oído hablar. Cada uno dedicaba su devoción al dios que sentía más cercano y lo honraba de la manera en que creía mejor. Siempre merecía la pena sentarse a hablar con otro druida, y este Paladio, extranjero, despertaba su interés.
Olwen cruzó una de las cuatro puertas que daban ventilación al hospital y acudió a atender a una mujer que había tenido un parto difícil y que se recuperaba favorablemente. Era una de las mujeres de Alba que cuidaban al pequeño Ailbe y había vivido en las colonias.
—Mi familia vive en la región de los ordovicos, cerca de la frontera con los démetas.
—Entonces vive muy cerca de mi tía.
Olwen había pensado mucho en Oíbell durante aquel verano. El ambiente de Araid Cliach resultaba menos asfixiante que en la Llanura, más abierto a distintas posibilidades. A una nueva vida.
—¿Y cómo es la vida en Demet?
—Hace falta estar muy unidos. La presión de los vecinos es muy grande. Pero la iglesia nos ayuda mucho.
El bebé empezó a llorar de hambre y Olwen le sostuvo un momento, apretado contra su cuerpo, mientras la madre se incorporaba sobre las pieles. El niño, sin embargo, se revolvió en su avidez y comenzó a buscar con la boca tibia el pecho de Olwen, humedeciéndoselo por encima de la ropa.
—No, no… Espera…
—Parece que tiene mucha hambre —sonrió la madre, mientras lo tomaba en sus brazos.
En momentos como aquellos Olwen sentía que su vida no tenía sentido alguno. Cualquier satisfacción que pudiera darle el hospital se desmoronaba ante aquel único deseo. La fuerza de la vida la empujaba a un lugar irracional en el que nada más le importaba. Estaba buscando otros destinos, esforzándose por hacerse otra vida, pero en el fondo solo quería volver a la idea inicial, a lo que siempre había querido: una familia propia, con Ciarán. Sentía entonces ganas de llorar, impotencia por cómo le había perdido, por cómo se había arruinado su sueño cuando tan cerca había estado de hacerlo realidad. Dolor ante la certeza de que ya no volverían a estar juntos. Un punto de ira, un despecho que cada día se hacía más sólido. Se rebelaba entonces contra él por su abandono y se prometía que su casamiento no pasaría del próximo festival. No permitiría que nadie decidiera por ella: ni Ciarán, ni Brionna, ni los cristianos. No sacrificaría su anhelo por ninguno de ellos.
Cuando Ciarán llegó a la hospedería, con el mejor caballo de Uisnech asido por las riendas, Máelcenn ya le esperaba en la puerta.
—Has venido —le sonrió—, aunque mañana tengo una carrera…
—Entiendo —contestó el druida. Se cubrió la cabeza con la capucha de la túnica—. Podemos hablar en otra ocasión…
—¡No! Espera… No sé cuándo volveré a verte… ¿Cómo está Olwen…?
Todas las preguntas que Ciarán le había hecho eran la misma. Necesitaba a Olwen. Tantos años sin saber de ella le hacían repetirlas varias veces, por todo el tiempo en que no las había podido hacer.
—Ella sigue siendo tu único deseo, ¿verdad?
Ciarán se sentía temblar. Debía de ser el frío, la lluvia, la tensión de la carrera. Debía de ser que llevaba años esperando alguna noticia.
—Sobre mi palabra que siempre lo ha sido. Y que será mi deseo mientras esté viva.
Máelcenn negó con la cabeza. En verdad la muerte de Bróenán había traído consecuencias trágicas.
—Ella estaba bien hasta el día en que yo me marché, hace ya casi tres años… Ahora vivo con mi familia, cerca de Temair. Siento no poder darte nuevas más recientes.
Ciarán se sintió algo decepcionado, pero se alegraba de ver a Máelcenn igualmente. Una parte del hogar que nunca había pensado que añoraría.
—No importa. Pasa un momento, por favor.
Máelcenn se desprendió de su capa blanca, húmeda de la llovizna, y la estiró ante el fuego para secarla. Había un par de hombres profundamente dormidos y el resto seguían aún en el banquete.
—Bróenán estaría orgulloso de verte así. Te has hecho un camino entre las élites. La del guerrero es una vía exigente, de mucho sacrificio… ¿Cómo estás?
—Ha sido un camino algo inesperado. Pero estoy bien.
Máelcenn se sorprendió de que Ciarán no hubiera reaccionado a la mención de su padre. ¿Dónde estaba el hombre de chozas intermedias? ¿El adolescente de los reproches, las respuestas imprudentes y la autosuficiencia que había abandonado la Llanura furioso y sordo a las palabras? Nada quedaba ya de aquel muchacho. Un hombre al que aún no conocía ocupaba su lugar.
—Tu padre hablaba de igual manera acerca de sí mismo. Siempre pensé que batallaba solo por deber. Temía a los dioses, como todos los hombres, y no faltaba en darles servicio. Pero su felicidad estaba en la cría de caballos. Su vocación era la vida, no la muerte.
—Yo no sé si tengo vocación. Mis decisiones han sido demasiado graves, Máelcenn, y todavía no sé si han sido las correctas.
—Hay acontecimientos sobre los que no podemos decidir nada. Te hablaré de lo que pasó con tu padre. Varios tabúes limitaban su destino, como el de todos los reyes. Tres le impuse, muchos años antes de que fuera inaugurado, cuando todavía era un niño, pues en su caso no podía esperar. —Máelcenn dudó un momento, pensando que quizás había hablado demasiado—. Los tres los rompió el mismo día de su muerte.
—¿Qué tabúes eran esos?
—Bróenán no podía cortar su propia leña, debía permanecer vestido hasta la caída del sol y no debía combatir a ningún miembro de su familia.
—¿Combatir? ¿A quién? —Ciarán se estremeció, anticipando lo que, hasta entonces, no había sospechado: que Bróenán hubiera sido asesinado—. Además, ya se había enfrentado antes a su familia. Yo le desafié y no pude con él.
—Tanto has cambiado, Ciarán, que pasas a olvidar lo que antaño te ardía como una quemadura. Tú no llevabas su sangre y por eso la prohibición no actuó. Su pariente, Cormacc, le abatió en combate y después él mismo murió de sus heridas. La soberanía pasó a su hijo mayor, Muiredach.
Ciarán se puso en pie.
—Debo volver a la Llanura. Esto no tendría que haber sucedido. Nunca debí marcharme. Todo se está torciendo y cada vez se vuelve más oscuro… —La angustia de Ciarán respondía a la amenaza de un caos cósmico. Tenía la sensación de que toda su existencia escapaba a su control, se escurría por las fisuras de un abismo.
—Tú no fuiste responsable. ¿Qué hay de Bróenán? Debió contarte la verdad. Tenía demasiado miedo. ¿Qué pasa con Diarmait, que desafió a la ley y no pagó por ello? ¿Y no es culpable el propio Cormacc, que me expulsó del túath en cuanto fue inaugurado?
—Debo ir. Vengaré a Bróenán y me llevaré a Olwen. Adonde sea. Aunque esté casada, aunque nos persiga toda la provincia. Ahora puedo hacerlo. Puedo defenderla…
Ciarán veía su vida como un caballo al galope, desbocado por el páramo mientras él evitaba caerse de su lomo. No permitiría que siguiera siendo así. Salió de la casa con la fiereza que le habían dado las últimas revelaciones de Máelcenn. De nuevo dejaban de importarle el futuro y las consecuencias, de nuevo le dominaba su naturaleza irracional, que podía ser la verdadera, la acertada, la que le condujera hacia donde debía ir. Afuera se había levantado un viento cuya fuerza arrastraba maderas, telas y frutos por la tierra. El fuego de Beltine, a lo lejos, se inclinaba como un coloso esclavo bajo los azotes del aire. Preparó los arneses del caballo.
—Ciarán… pensaba que estabas descansando —era Eochaid, que llegaba por el camino para retirarse de los festejos. La corte de Temair le resultaba aburrida y estirada en comparación con el ambiente relajado de su reino—, ¿te ha molestado alguien?
Ciarán levantó la vista y se encontró con la expresión preocupada del príncipe.
—¿Qué te pasa? Te veo muy alterado. ¿Ha pasado algo?
—No ha pasado nada.
Había olvidado por completo la carrera. Todas las promesas de gloria se habían desvanecido para él ante la mera mención del túath, ante la furia por la muerte de Bróenán y la idea de volver a estar con Olwen. Su corazón se había entregado a aquella intención y ahora era doloroso volver a ponerlo en su lugar, dentro de su pecho. Pero a Eochaid no podía fallarle así. Era un pensamiento espantoso, la mayor de las traiciones. Fugarse en vísperas de la carrera y entregar a sus hermanos de banda a un servicio de siete años en manos de un rey rival. Después de aquello Eochaid no tendría posibilidad alguna de ser rey. No… la Llanura debía esperar. No añadiría nuevos errores para rectificar los ya cometidos. Permitió que su pecho liberara todo el aire que le estaba dando fuerzas.
—Deberías descansar —le aconsejó Eochaid.
Ambos sabían que ya no existía marcha atrás. La carrera debía tomar parte. Los dioses ya estaban apostando entre ellos.