14
El Gran Silencio
Cuando se hubo repuesto, Ciarán regresó a La Roca. No había dado señales de vida desde su intento de fuga y quería decirle a Oissíne que se encontraba sano y salvo en la casa de Murchad. El capitán le había dado un voto de confianza al permitirle salir del fuerte.
Al llegar a la casa comunitaria, se encontró con una imagen muy diferente a la esperada: eran pocos los que quedaban a aquella hora del día y dos muchachas se abrazaban, dormidas y desnudas, medio cubiertas por las pieles en un lateral del interior. Eran esclavas del rey.
—Llegas tarde para casi todo. —Era Lugaid, adelantándose para admirar a las jóvenes mientras se apoyaba con pesadez en su hombro. Exhibía una sonrisa complacida. Llevaba parte de la mano vendada y su piel olía a hierba de bálsamo—. Lo de Samain fue una auténtica cacería —murmuró, tornando severa su expresión—. A cada cual con el perro al que más temía.
Hasta entonces Ciarán pensaba que el incidente del río había sido únicamente un castigo a su intento de fuga. Ahora podía ver que se trataba de algo mucho mayor, de una prueba. Los capitanes sabían que el temor le estaba atenazando el galope, que tenía miedo de saltar y quedarse atrapado en el Otromundo. Así que habían decidido, simplemente, echarle al agua con los espíritus, provocar el encuentro, empujarle a través de la barrera en la única noche en que no había barrera en absoluto. Fuera como fuera, lo que había visto no le había causado inquietud, sino alivio. Le había hecho más fuerte. Ahora sabía lo que le esperaba al otro lado.
—Usaron fuego, agua, cuchillos, alturas… —continuó Lugaid—. A mi primo Ségán le tuvieron colgado de un árbol durante una noche y un día, bocabajo, y todavía no se ha querido levantar. —Propinó una leve patada al bulto arrebujado en una manta—. Parece que no estaba lo suficientemente ligado a su animal protector…
Era irónico que el muchacho tuviera el nombre de un ave rapaz, «pequeño halcón», y no reuniera los suficientes arrestos como para enfrentar el suelo desde una altura mínima. A Ciarán no le causó ninguna lástima verle en aquel estado: era un muchacho extraño, desligado de la realidad, que ni siquiera parecía entender qué había de malo en sus crueldades, cada vez mayores. Ciarán le había sorprendido un par de veces torturando animales. Cuando se lo reprochaba, este se justificaba diciendo que si no hacía pruebas con los venenos cómo iba a saber si eran eficaces o no para el combate.
—Nos conocen bien estos hijos de «aulladores» —susurró Lugaid. Giró la cabeza a un lado y a otro para cerciorarse de que nadie les escuchaba—. El príncipe debió de llevarse la peor parte. Nadie le ha visto desde entonces, pero yo sospecho cómo fue porque en el Norte también se hacía. Lo llamaban lámnad ríg[27]. —Lugaid se percató de la expresión de alarma en el rostro de Ciarán—. Tranquilo, lo pasó sin problemas. Tiene algunos cortes, pero…
—¿Dónde está Oissíne? —le interrumpió. Le costaba tragar saliva.
—Eso no debería preocuparte.
Ciarán se volvió hacia la puerta. Era la voz de Conaire.
—¿Qué le habéis hecho? ¡Habla!
El capitán era mucho más alto que él y sólido como una torre de piedra. No se inmutó. Las pulseras de oro macizo tintinearon en su muñeca cuando se cruzó de brazos.
Al contemplar la estampa magnífica del guerrero, Ciarán se percató de su insolencia inicial. Conaire era un superior y todo en él transmitía poder y autoridad. La sensación que se experimentaba en su presencia era muy diferente a la que inspiraba el capitán Murchad. A pesar del renombre y la fama que tenía, el capitán moreno era mucho más cercano en el trato, sarcástico, visceral, capaz de arranques violentos, carcajadas o, como Ciarán había podido observar en los últimos días, auténticas demostraciones de cariño. Murchad era, con todas sus virtudes y todos sus defectos, un hombre apasionado, terrenal. Conaire, en cambio, parecía siempre un escalón por encima de los demás. Más templado, mejor acabado. Sus ojos azules parecían capaces de sostenerle la mirada a cualquier rey, bruja o erudito. Pocas veces necesitaba llegar a las armas pues su sola imagen ya intimidaba.
—Necesito saber qué le ha pasado —susurró Ciarán, mucho más prudente—. No está preparado para algo así. No sé si sobreviviría… —Se detuvo, al darse cuenta de lo grave que era lo que estaba diciendo.
Conaire le sostuvo la mirada sin inmutarse. Disfrutaba de una íntima satisfacción por que Ciarán hubiera llegado a sus propias conclusiones.
—Por ahora está bien. Se le ha enviado como mensajero unos días, pero pronto estará en mitad de la batalla. Se terminarán los entrenamientos y será necesario matar y morir. Comenzará la verdadera vocación del guerrero, que es hacer la guerra. Entonces se dará cuenta de lo alto que es el pago. No podemos protegerle más.
Las palabras del capitán no le dolieron tanto como la sonrisa burlona de Lugaid.
La noche cayó pronto y Ciarán regresó al fuerte de Murchad, que le había ofrecido hospitalidad ilimitada y había insistido en que se quedase con él por un tiempo. La perspectiva de la casa comunitaria no era muy alentadora, con la compañía de Lugaid, los primos y el resto de los chicos de fuera. Las esclavas se las habían dado para que se iniciaran en el sexo los que no lo habían hecho ya, pero Ciarán prefería con diferencia la casa del capitán. En ella podía crearse la ilusión de tener una familia en el exilio.
Durante la cena no pronunció una palabra y Murchad, una vez terminada esta, permaneció junto al fuego y quiso saber por qué.
—¿Alguna vez —preguntó Ciarán, escogiendo cuidadosamente las palabras— has perdido a alguien a quien llevaras mucho tiempo protegiendo? ¿Has pensado entonces… que hubiera sido mejor renunciar a esa persona voluntariamente, antes de que te la quitaran?
—¿Lo dices por esa muchacha de tu pueblo?
Ciarán lo pensó un momento. Pensó en cómo aquellas palabras podían referirse a Olwen. Dejarla ir, antes de que se la arrebatasen. Volvió a centrarse y negó con la cabeza.
—Lo decía por Oissíne.
—Ya veo. —Murchad se frotó las manos frente a las brasas.
Ciarán regresó a las imágenes del túath sin dejar de darle vueltas a aquella idea. Le pareció por un momento que, a través de ella, se podían interpretar muchos de los pasajes de su vida. Era como si, sin quererlo, hubiese dado con la clave para comprender todo lo que le había ido sucediendo. Y pensó en Bróenán, que tanto había luchado por mantenerle a su lado. Al final, sus caminos habían sido divergentes. Bróenán, que tanto se había enfrentado a la vida, había fracasado. En aquello, pensó, no eran tan distintos. En el empeño perdido, en la voluntad extraviada. Un gran peso cayó sobre su corazón porque, desde que se había enterado de su muerte, no le había dedicado un solo pensamiento, tan terrible era el trastorno que sentía por verse definitivamente separado de Olwen. Su ánimo se llenó de pesar y, al levantar el rostro de la hoguera, las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—¿Qué te entristece? —preguntó Murchad, amable—. Habla.
Pero Ciarán no estaba preparado para decir nada y solo negó con la cabeza, con los párpados cerrados.
—Está bien. Entonces hablaré yo. —Murchad se acomodó, cambiando de posición en el suelo, y se dispuso a distraerle. Si la tristeza no podía compartirse, lo mejor era dejarla atrás. Sacó la cerveza humeante del caldero, llenó dos buenas jarras y dejó que el primer trago le bajara por la garganta. Fuerte, intensa, pero no amarga en exceso—. ¿Has visto el mar alguna vez?
Ciarán abrió los ojos llorosos y se los frotó con los dedos para aclarar su vista. Volvió a hacer un movimiento negativo.
—Supongo que te lo has imaginado, pero no es lo mismo. Hay que verlo respirar… El mar está vivo y nunca te muestra el mismo rostro. Siempre te sorprende.
Murchad habló largamente sobre el mar porque él había navegado mucho como guerrero e incluso antes. Su familia pertenecía a la nobleza de los Déisi, que eran colonos en Alba, y él había pasado mucho tiempo recorriendo las costas y cruzando el mar irlandés. Le hubiera gustado describirlo, pero comprendió pronto que no tenía palabras para ello y derivó hacia distintas anécdotas y aventuras que había protagonizado durante sus viajes. Habló de la gente a la que había conocido, de los tesoros, de las grandes amistades que había hecho en el camino y que le habían reportado buenos regalos de prestigio.
—Entonces nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado sin puerto. Por detrás, una tormenta y aquellos galos gritando como locos, obsesionados con recuperar su vino. Así que, incapaces de resguardarnos, decidimos continuar hacia el Oeste, hacia la inmensidad del mar. «Una locura auténtica», dirás, «eso es navegar hacia una muerte segura». Pero lo cierto es que todavía nos quedaba una salida. A los hijos de Ériu nos esperan tres islas antes de la desesperación: la Grande, la Media y la Final. Son los riñones, el término de su espalda, el último puerto de Ériu. Es buena la gente que vive allí. Hay varias familias cristianas que suelen acoger a los viajeros. A mi gente y a mí nos dieron refugio, calor y todo aquello que puede esperarse de la buena hospitalidad. Ruadán, se llamaba el hombre. Esas islas son, verdaderamente, la frontera última entre nuestro mundo y las tierras de los dioses.
Murchad era un buen narrador de historias y estuvo entreteniendo a Ciarán hasta que los pesares fueron un eco distante en su cabeza. El capitán consiguió que sonriera de nuevo y que aceptara la cerveza de cosecha propia que le ofrecía.
—Esas historias, ¿se las contabas a tus hijos también? —Ciarán tomó un largo sorbo de la jarra. Era ya la tercera. Sabía que Murchad tenía dos hijos, ambos en período de adopción: un muchacho de catorce, hijo de Orlaith, y una chica de trece, hija de Fand. La última permanecía al otro lado del mar, en Demet, con los parientes de su madre. Murchad no les veía desde que tenían siete años.
Al capitán le pareció una pregunta extraña porque él nunca solía hablar de sus hijos. Dedujo que sus esposas debían de hacerlo a menudo.
—Bueno, Rónán siempre ha sido muy inquieto, más inclinado a los juegos deportivos que a los de tablero. Difícil de mantener durante mucho tiempo en el mismo sitio. Aífe, en cambio, es diferente… Ella es diferente a cualquiera, en realidad. Disfrutaba mucho con los cuentos, sobre todo si había pelea. Le gustaba cerrar los ojos e imaginarlo todo.
—Mi padre no solía contarme historias. Lo dejaba en manos de los poetas. Tenía otra manera de hacer las cosas. A veces me subía con él a la grupa del caballo y me llevaba a montar durante toda la tarde. Casi nunca hablábamos. Creo que no sabíamos cómo hacerlo. Otras veces, cuando había feria, me llevaba al mercado porque decía que tenía que salir más y estar con la gente. Que ellos eran mi pueblo y que debía conocerles bien para llevar la «verdad del rey» con honor, para hacer una buena justicia. Recuerdo una vez que fuimos a la feria, cuando tenía siete años, y llevábamos un potro muy bonito para cambiar. Yo no me quería deshacer de él. Pero claro, por entonces no entendía aún que no nos podíamos quedar con todos los potros. Recuerdo que lo intercambió por muchas cosas que me hacían falta: ropa de lana, unas botas… incluso una figura de madera con forma de «aullador». Recuerdo que Oissíne tenía una oveja… A partir de entonces jugamos a eso un tiempo, aunque a Olwen no le gustaba nada, decía que era cruel y una vez se hizo con el animal y me lo escondió y a día de hoy todavía no sé dónde anda el maldito… —Murchad se sonreía. No podía evitarlo. Ciarán no bebía nunca y era incapaz de proseguir su discurso sin que resultara algo errático en algunos puntos—. Bueno, lo cierto es que… —permaneció en silencio un momento, intentando recuperar el hilo. Los ojos se le entrecerraban. Murchad aguardó con expectación, fingiendo seriedad—. La oveja también sabía pelear, ¿eh? Oissíne ponía trampas de caza y buscaba aliados… Un caballo de patas encanijadas que me había hecho Bróenán. Y a la oveja le puso cuernos, con dos clavos que encontró por ahí…
—¿Le ponía cuernos a la oveja? Me lo puedo imaginar…
—El problema es que aquel día en el mercado yo veía al potro, que se marchaba de mi lado, y las cosas que nos daban a cambio de él, y no entendía nada —resumió Ciarán, que había retomado el discurso principal—. El juguete me hacía ilusión, pero aquellas cosas no dejaban de ser madera, tela y cuero, que estaban muertos. En cambio aquel potro estaba vivo y era capaz de respirar y beber y correr. Tenía la impresión de que la cría se había transformado en todas aquellas cosas sin vida, como por encantamiento. Estuve disgustado todo el día.
Murchad sonrió y esperó un momento por si quería decir algo más.
—¿Quieres irte ahora a la cama?
—Sí, por favor.
Y aquello fue lo último que dijo antes de arrastrarse a un rincón y cubrirse con las pieles. Le parecía que había hablado más que en toda su vida.
Oissíne se aseguró de que el maestro no estuviera en el taller e hizo una seña a Suibne para que se acercara. El muchacho cruzó la explanada, sembrada de hornos subterráneos y depósitos de carbón, turba y escoria. Después saltó el foso de protección y se dejó guiar por la estructura abierta, curioseando a través del humo y los vapores. La forja estaba tranquila a aquella hora temprana y solo había un sirviente vertiendo agua en el foso. Una nube se elevó con un bufido y Suibne siguió la emanación con la mirada, hasta el techo de carrizo. Una capa de barro amarillo lo protegía, en prevención de accidentes.
—Ten cuidado —le advirtió Oissíne—. Mira bien por dónde pisas y dónde te apoyas… para que no te hagas daño.
Suibne se sonrió, divertido, enarcando las cejas en un gesto de sorpresa.
—Vamos… no hace falta que me protejas de un puñado de brasas. No pueden ser peores que el mal humor de Lugaid después de un partido…
—No es solo por el fuego —insistió—. Puede haber accidentes. Cuando se recortan los bordes, con los cinceles… o si la cabeza de algún martillo se afloja…
Suibne seguía sonriendo y asentía. «Oissíne… si aquí no hay nadie más que tú y yo», pensaba. Pero decidió seguirle la corriente y dejarle hablar. Su mirada se desvió un momento hacia un minúsculo yunque, el cual sostenía una lámina de oro. Quería permanecer atento a lo que su compañero le estaba diciendo, pero el brillo del metal acaparaba su atención.
Oissíne se percató de que Suibne estaba distraído, absorto en la contemplación del trabajo a medio hacer, y abandonó, resignado, su actitud ilustrativa.
—¿Quieres verlo ahora?
Suibne volvió a mirarle y asintió.
—Sígueme.
Le llevó a la estructura menor donde estaban las piezas acabadas y caminó hasta la mesa para descubrir un paño. Suibne se acercó con actitud reverencial. Incluso a aquella luz temprana el relumbrar del oro era extraordinario. Su belleza nunca se extinguía.
Aquel era el primero de los torques que se habían hecho para la banda de Eochaid. Aunque todavía faltaban varios meses para que tomasen las armas ya habían comenzado a forjarlos, pues eran piezas únicas que requerían de mucho tiempo. Un druida supervisaba los elementos decorativos y se le consultaba durante todo el proceso de creación, con objeto de que las joyas conservasen todo su poder. En aquellos días, dos tipos de piezas acaparaban la actividad de la herrería: los grilletes de esclavo y los torques de guerrero. Dos tipos de aros para el cuello: los más serviles y los más elevados de todos los símbolos.
Suibne se puso en cuclillas para alinear su vista con el borde de la mesa y poder admirar así los dibujos de espirales, grabados en el cierre. Mientras el muchacho se dejaba encantar por el metal, Oissíne reparó en una marca enrojecida que había en su cuello, semioculta por los mechones anaranjados. Era una marca que no tenía antes de Samain.
—¿Quieres que te lo ajuste? —preguntó, refiriéndose al torques.
Suibne se incorporó mientras Oissíne tomaba el collar y se colocaba frente a él para trabarlo. Llevó el aro por detrás del cuello de su compañero y giró una de las dos mitades. Suibne inclinó el cuello ligeramente hacia la derecha, para que Oissíne pudiera bajar la otra mitad hacia delante. La marca en la piel excoriada se reveló de forma aún más evidente y Oissíne sintió una punzada de inquietud mientras enganchaba los dos extremos de la pieza. Suibne acarició los relieves con las yemas de los dedos. Aquel era un momento que había deseado por largo tiempo.
—Te da mucha presencia —dijo Oissíne—. Pareces ya un guerrero completo.
Le movió cuidadosamente el aro para evitar que le rozara la herida y decidió que no podía seguir evitando la pregunta. Durante las pocas horas que llevaba en Caisel había tenido noticias de las pruebas de Samain.
—¿Estás bien?
—Sí. Muy bien —atajó Suibne, incómodo—. Corté la soga a tiempo. No fue más que una prueba de fuerza. No pasa nada.
—Siento no haber podido estar.
—No lo sientas. No podrías haberme ayudado. Es mejor así.
—A pesar de todo.
Se adelantó y besó a Suibne en la mejilla.
Le miró un momento a los ojos, a escasa distancia, pero Suibne bajó el rostro.
—Oissíne… —le reprendió, sin dureza.
—Ya lo sé. Ya lo sé… Perdona.
Suibne se quitó el torques y lo dejó en las manos de su compañero, para que lo guardara.
—¿Es por él? —Oissíne no pudo evitarlo. Tenía que saberlo.
Suibne negó con la cabeza y salió del taller en silencio, dejándole a solas. En la única compañía del rumor de los celos.
Era ya mediodía cuando Ciarán se desembarazó de las pieles. Le dolía la cabeza, pero no era excusa. Solo él era responsable de su estado. Se incorporó y se quitó la camisa para entrar en la tina de agua helada y en cada movimiento que hacía, por pequeño que fuese, tenía la sensación de recibir un martillazo en la cabeza. Le parecía que toda la casa conservaba el olor del alcohol. Aquella debía de ser la «muerte por cerveza» de la que tanto había oído hablar.
Al salir de la choza advirtió a Murchad en un lateral. Estaba dando instrucciones a sus sirvientes, que reforzaban las techumbres de cara al invierno. Se alegró de que el capitán no hubiese tomado aún el camino de La Roca. Quizá le estaba esperando.
El reencuentro de los compañeros en la arena resultó extraño para todos. Era como si hubieran vuelto a la rutina después de un largo viaje. Algunos se habían recortado los cabellos y otros mostraban tatuajes o cicatrices. Los primos norteños llegaron exhibiendo un peinado muy vistoso, con la melena decolorada a base de cal y endurecida hacia atrás. Sus cabellos tenían ahora un color arrubiado y se plegaban ásperos sobre la cabeza, como las púas de un erizo.
—Esos dos —bromeó Caílte, en un susurro— se van a quedar más calvos que una piedra.
Uno de los muchachos estaba en la enfermería por heridas leves. Por fortuna todos habían sobrevivido a sus pruebas recurriendo a la habilidad, a la fuerza o al coraje.
Los cambios en la apariencia eran tan solo el reflejo de una transformación interna que había tenido lugar para todos: cada uno se había enfrentado a su mayor temor, a su mayor obstáculo, y había encontrado dentro de sí la fuerza para seguir adelante. Aquella motivación secreta podía estar cimentada en el poder, la gloria, la familia, la riqueza o la fe. Ninguno de ellos pronunciaría una palabra acerca de cuál había sido su reto ni de cuáles sus armas para superarlo. Se trataba de la motivación última, de aquella que sustentaba sus espíritus, y no debía exponerse a los oídos de nadie, ya fuera madre, hermano, amante o esposa. El que la conociera podía adquirir un gran poder sobre el alma del guerrero. Las sagas ilustraban lo peligroso que podía ser otorgar un secreto como aquel, especialmente a una mujer.
Ciarán acudió al encuentro de Oissíne con una sensación agridulce y sintió la tensión en el abrazo que se dieron. Percibió un alivio y una alegría momentáneos que luego fueron a ahogarse en un cúmulo de inquietudes. Ambos estaban vivos y a salvo, verdaderamente, pero los dos albergaban sus propias sensaciones de pérdida y fracaso. No podían compartirlas. Eran como hogueras solitarias, abandonadas y distantes en el monte, condenadas a apagarse por sí solas o bien a provocar un destructivo incendio.
—¿Estás bien? —le preguntó Ciarán con lo que se había convertido ya en una especie de fórmula entre ellos. Oissíne se preguntó cómo habían llegado a aquel punto, a estar unidos por un hilo tan frágil. Desde la llegada a Caisel, Ciarán no había dejado de preguntarle por su bienestar, pero en cuanto obtenía una respuesta afirmativa y su ansiedad inmediata se calmaba, retrocedía de nuevo a sus propios pensamientos, a sus soledades incurables. Estaba obsesionado con mantenerle a salvo, pero apenas se comunicaba con él. Solo Suibne lo hacía.
Ambos se sentían fuera de lugar en la arena ahora que habían regresado. Para Ciarán no tenía sentido. No había conseguido encontrar una razón para seguir acudiendo a entrenar. Debía redefinir sus motivos para estar allí, ahora que Olwen se había vuelto borrosa y cada vez más lejana. No sabía cómo cambiarlo. Ni siquiera era un guerrero completo, ¿cómo iba a defenderla? Murchad tenía razón: no tenía nada. La cercanía de Oissíne le causaba aún más dolor. Sus familiares rasgos le traían a gritos el reclamo de la Llanura, la tentación de un arrebato que no podía permitirse. No compartiría el destino de la desdichada pareja de Múscrige, de los amantes que habían huido y habían muerto por ello.
El grupo se agitó ante la llegada de Eochaid. Por primera vez, se presentaba el último. Iba seguido de Suibne y, a cierta distancia, del capitán Conaire. A Ciarán le pareció que no había cambiado tanto. Le habían dicho que se había tatuado un perro protector en el costado, desde el pecho hasta la espalda, pero en apariencia seguía igual. Volvía a ellos espléndido, seguro de sí mismo, avanzando con paso firme. Sus compañeros le rodearon y le mostraron su admiración, y hasta el propio Lugaid se acercó a reconocer su mérito por haber salido ileso ante la que sospechaba una prueba de gran dificultad. La seriedad del príncipe se desvaneció cuando llegó frente a Ciarán, que esperaba junto al vallado. Le saludó con firmeza y alegría, golpeándole el pecho, como solía hacer, y Ciarán le sonrió igualmente. Entonces el príncipe tendió la mano a Oissíne, que estaba apoyado en la cerca, pero este se cruzó de brazos y se incorporó hasta quedar frente a él, rechazando el saludo.
Suibne contuvo el aliento, temiendo la reacción de Eochaid, pero este dejó pasar la ofensa. Comprendía el resentimiento de Oissíne por no haber tenido ni siquiera la oportunidad de enfrentarse a las pruebas de guerrero. Decidió ignorar el mal gesto y volver con el resto del grupo. No era rival y no merecía la pena entablar pelea con él.
Lugaid, sin embargo, se adelantó, lanza en mano.
—Este gesto es un desprecio a nuestro líder. ¡Por mi honor que no lo permitiré!
Suibne le dirigió una mirada de rencor. Aquella era la excusa que el norteño había esperado tanto tiempo.
—Es hora de decidir quién se queda en la banda y quién se va —continuó.
El resto de los compañeros asintieron.
—¿Estás de acuerdo en que lo votemos? —preguntó a Eochaid.
Al príncipe le pareció una buena oportunidad.
—Oissíne se marchará de la banda excepto si existen tres votos o más en contra.
—Yo voto a favor y mis primos también.
Uno a uno fueron votando a favor de que Oissíne se marchara, pues los capitanes ya se habían pronunciado con su actitud. Solo faltaba hacerlo oficial. Suibne votó en contra y también Caílte, que siempre había tenido una buena relación con Oissíne. Al final, solo quedaba Ciarán, con el voto decisivo.
—¿Y bien? —le interrogó el príncipe.
Ciarán recordó las palabras que había tenido con Conaire, y le dirigió una mirada. El capitán asintió. Ambos sabían que no había supervivencia posible para Oissíne en aquel entorno, menos sin la confianza y el apoyo de sus compañeros. Lo que fuera que le estaba atando a la banda debía acabar.
—Mi voto es a favor.
Oissíne le miró, incrédulo. Su mirada hizo más daño a Ciarán que todas las palabras que Lugaid pudiera dirigirle. Abandonó la arena y Ciarán fue detrás de él. Le tomó del brazo, pero Oissíne se zafó.
—Dijiste que estarías siempre de mi parte. Creí que lo entendías… Es tu palabra la que no vale nada.
Lugaid les observaba a cierta distancia y disfrutaba de su triunfo. Recuperarse de las humillaciones o de una paliza era relativamente sencillo. Con el tiempo las heridas restañaban. Pero romper en dos una amistad como aquella era algo para toda la vida. Su victoria era doble. No podía haberlo soñado mejor.
Al caer la noche Ciarán supo que Oissíne aún no se había marchado porque todos los caballos estaban atados en el establo, así que se sentó contra la pared y le esperó durante largas horas. El amargo regusto de la deslealtad se le movía por dentro de las venas, un hormigueo que iba y venía como arrastrando una barca muerta. Pensó que podría haberse explicado, haberle dicho que solo intentaba alejarle del peligro. Pero lo que Oissíne pensara de él era ya lo de menos.
Trató de que permanecieran lejos las cruentas imágenes que le habían asaltado en su pesadilla, con Olwen transformándose en hielo mientras él se veía incapaz de hacer nada. Debía dejarla ir. A ella, a Oissíne, al pasado entero, a cualquier viso de su procedencia o su identidad. Dejar ir a Olwen y mantenerla a salvo.
Al amanecer se presentó Oissíne, como Ciarán había previsto, en busca de montura.
—Te estaba esperando —dijo Ciarán, mientras se incorporaba con síntomas de agotamiento.
—Tenía que despedirme de alguien. —Oissíne tomó la manta y la colocó sobre la yegua. Parecía disgustado, pero tranquilo, exento de rabia alguna—. Pensaba que quizá merecía la pena, pero ya he comprobado que no. Esto es, probablemente, lo mejor. No sé hasta cuándo hubiera soportado a Eochaid sin decirle todo lo que pienso de él o sin tener un mal enfrentamiento. Ni tampoco con el resto. Espero que te hagan mejor compañía que yo.
Ciarán no sabía qué decir. Deseaba expresarle que lo sentía y que comprendía su enojo, que siempre había sido un buen amigo, que en realidad no quería que se fuera, que le apreciaba. Pero solo le salía el silencio, romo, obstruyéndole la garganta. Ahora que habían llegado a aquel punto ya no había marcha atrás.
Cuando Oissíne casi había terminado de preparar su montura, Ciarán tuvo un impulso y le sujetó del brazo. Tomó las riendas y las sacó por la cabeza de la yegua.
—Espera.
Se dirigió a Cuchillo, que permanecía atado junto a la pared. Le quitó las riendas que llevaba, las que adornaban las trenzas de Olwen, y se las guardó para sí. Le pasó las nuevas por la cabeza y se las tendió a Oissíne.
—Llévatelo. Es el más rápido. Así llegarás antes.
Oissíne las tomó. Sabía que para Ciarán aquel gesto tenía un valor incalculable. Montaba a Cuchillo desde niño y con otros animales no se entendía igual. Él mismo lo decía: que no sentía lo mismo al cabalgar. Le estaba entregando algo que iba más allá de una montura: una emoción, una experiencia que ya no podría volver a sentir.
—Te lo devolveré —le contestó al subirse sobre el lomo.
Ciarán esbozó una sonrisa triste. La actitud positiva de Oissíne sobrevivía hasta en las circunstancias más difíciles, pues lo cierto es que dudaba de que volvieran a verse. El mundo era un lugar permanentemente oscuro al que había que desafiar palmo a palmo con antorchas, pobres intentos de controlar su inmensidad. Oissíne, en aquella hora de ruptura, mantenía aún abierta la posibilidad de un reencuentro, la esperanza de la reconciliación.
Los dos se miraron, sabiendo que aún quedaba una cuestión pendiente, inevitable. El cielo del amanecer se hinchaba de luz, irritado en torno al horizonte, esperando a que alguno de los dos se decidiera a hablar.
—Dile… dile a Olwen… —Ciarán se detuvo, sin aliento, dominado por el vértigo del destino. El ahogo le impedía el habla. Sintió cómo la última cuerda que le ataba a algo en el mundo, la más fuerte y tirante, se le iba de entre las manos inevitablemente.
Oissíne sintió pesar por él, pero había llegado la hora de las decisiones y era necesario afrontarla sin engaños. Sus próximas palabras podían llevar a caminos muy distintos, incompatibles. Uno de ellos debía imponerse al otro y condenarlo a la inexistencia.
—¿Volverás a buscarla? —le preguntó. Enmascaró toda emoción, como si estuviera ofreciendo a un suicida dos opciones distintas de quitarse la vida.
—No volveré.
Ciarán se encaminó al río con una mareante sensación de ingravidez. Era como si la realidad le fuera extraña, como si acabase de caer del cielo y no supiese quién era ni qué hacía allí: un animal que se hubiera desprendido de su pellejo de siempre, antes de darse tiempo a cultivar uno nuevo. Finalmente se había arrancado la piel a sí mismo. Desorientado, se arrodilló a la orilla del agua y bebió de ella a manos llenas, como un amnésico que puede aferrarse a muy pocas cosas y que por lo menos recuerda lo que es el agua. Debía construir su mundo desde cero, con cuatro palos, como en la base de las casas, escogiendo cuidadosamente la materia que utilizaba.
Bebió con ansiedad. Los dioses tenían el poder de fortalecer y dar paz a cualquier hombre. Se atragantó y el agua anegó sus vías respiratorias, lo que le hizo toser y le provocó arcadas, pero no tenía nada en el estómago.
Mirando aquel lago exánime tenía la impresión de haber ahogado el sueño de Oissíne con sus propias manos y, con él, el suyo propio. Haber imaginado su destino a través de las palabras de Murchad era muy diferente a enfrentarlo ahora, a bocajarro, liberándolo sobre el caballo más veloz del mundo. Ahora era real: la perspectiva de un camino sin ella, falto de la «huella blanca».
Olwen significaba «Huella blanca», «Camino blanco». Ahora que se había desviado de él, tan solo le quedaba uno de aquellos senderos extraviados, en penumbra, adonde la luz solo llegaba a veces, trastabillando entre las ramas.
Olwen caminaba entre la niebla que fluía del Cisne, con un pequeño cubo de sal balanceándose en la mano. Brionna tendría que haberle hecho caso, pensó malhumorada, y haber comprado mayores cantidades en la última feria, porque las medidas de antaño ya no eran suficientes. El cuarto de los hermanos había vuelto finalmente de su período de adopción, con dos años de retraso y trayendo a su esposa y a su niño lactante consigo. La esposa de Fiachu estaba embarazada otra vez. Estaba también de seis meses la mujer de Brecc, el hermano segundo. La granja de Finn no dejaba de crecer e iba camino de convertirse en una de las más prósperas del túath, a pesar de los significativos precios de novia que los hijos varones habían tenido que pagar. Se habían levantado casas en la granja para los cuatro nuevos matrimonios y sus proles. Solamente Olwen continuaba viviendo en casa de sus padres. La vida seguía su curso mientras ella seguía pendiente de las piedras y el barro del camino del Este.
Levantó el paño para observar la sal, ahora que había más luz. Estaba algo mezclada con arena, la sal barata resultante de quemar las algas. Menos limpia que la del agua hervida, pero tendrían que conformarse. La próxima vez se encargaría ella misma de las compras.
De repente advirtió una forma fantasmal entre la bruma. Se quedó sin aliento y esperó inmóvil a que el extraño se revelara. En la luz grisácea se conjuraba poco a poco la silueta de un caballo negro que se revolvía una y otra vez, como debatiéndose en una malla de irrealidad. Una criatura onírica, luchando por materializarse. Un escalofrío recorrió la espalda de Olwen con su sabor helado, de acero, para ir a oxidarse en su garganta. Desde que Ciarán le había hablado de su posible encuentro con la Púca había estado temerosa de encontrarse con ella. Quizás aquel caballo no era uno que viniera a arrastrarla al subsuelo, sino la esperada señal: el heraldo de Ciarán. Su esperanza era mayor que su temor y caminó con firmeza hacia el animal. El corazón le revivió en el pecho cuando comprobó que se trataba inequívocamente de Cuchillo y que respondía al susurrarle el nombre de su dueño, que Olwen repetía sin darse cuenta.
Entró en la casa, agitada, dispuesta a marcharse de allí si él se lo pedía, sin contratos ni despedidas. Ya no le importaba ni la tribu ni la familia, sino tan solo la certeza única de su necesidad por él.
En el interior encontró a Oissíne vestido con ropas elegantes, envuelto en una capa verdinegra. Después de un año en Caisel parecía otra persona. Le encontró más alto y delgado, más fuerte y viril. El entrenamiento había dado forma a sus brazos y a su espalda y sus manos parecían más resistentes y masculinas. Aquí y allá se podían advertir los estragos de chispas traicioneras, virutas de fuego que le habían dejado su señal en la piel. En su rostro advertía también un estirón anímico, las estrías dejadas por una pérdida de la inocencia demasiado rápida: la primera derrota, la primera traición, el primer desengaño amoroso. Le impresionó encontrar a aquel serio muchacho en el lugar de su hermano.
Oissíne, sin embargo, sintió un gran alivio al ver a Olwen y pronto sus facciones se relajaron. Ella representaba toda la calidez familiar y cómplice que tanto había añorado. Atrajo a su hermana hacia sí para abrazarla. Le parecía que seguía igual que siempre, bien definida entre las nieblas del mundo, cada día más hermosa y plena. Sabía, mientras la abrazaba, que no disponía de mucho tiempo antes de que llegara la pregunta fatal. La que le arrancaría de aquel momento perfecto.
—¿Dónde está Ciarán? —«Demasiado pronto», pensó Oissíne, pero ya había escapado de sus labios—. Oissíne… —suplicó ella, separándose y clavando en él sus ojos grises—. He visto el caballo afuera. Dime dónde está…
Oissíne bajó la vista por un momento, pero al levantarla de nuevo se encontró con que ella tenía los ojos muy abiertos, paralizados por un súbito terror, por una sospecha funesta que no alcanzaba a formular. Sus labios parecían decir algo, pero no emitían sonido alguno. Si Ciarán no estaba allí, la vuelta de Cuchillo solo podía presagiar una cosa…
—El caballo lo he traído yo. Ciarán está bien —la tranquilizó, advirtiendo el extremo alcance de su preocupación. El aliento pareció regresar a ella, a bocanadas, como si su hermano orfebre se lo hubiera insuflado con un fuelle—. Está en Caisel. Olwen, escúchame. —La tomó por los hombros, como si así pudiera ayudarla a comprender—. Ciarán está muy cambiado. Diferente.
—Pero está bien, ¿verdad? —demandó ella, sin comprender.
—Sí… ¡Sí, está bien! —El tono de ambos aumentaba, debido a la tensión que soportaban. Oissíne intentaba encontrar desesperadamente las palabras. Olwen se defendía, como una criatura acorralada, no de Oissíne, sino de un destino que se le echaba encima con la intención de devorarla—. Pero ahora pertenece a las bandas de guerreros de la capital y está al servicio del rey. Su vida es muy distinta. Tienes que entenderlo…
Olwen se retrajo ante lo que Oissíne trataba de decirle, lo que aquello implicaba. La comprensión de aquellas palabras la encharcaron de tristeza y desencanto.
—¿Sabes si volverá?
—No lo sé. Es posible que no.
—¿Te dijo algo para mí?
—No, Olwen, no me dijo nada —mintió Oissíne, suplicante—. No me preguntes más.
Después de aquellas preguntas, ella acalló de un tajo el corazón. Le sobrevino entonces lo que en el pueblo llamaron el Gran Silencio, que duró muchos días, aunque un corazón puede tardar toda una vida en encallecerse y hacerse a la idea de que ha sido abandonado.