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Niall de los Nueve Rehenes

El mensajero, con la rodilla hincada en el suelo, esperaba una respuesta. Ante él, sentado en su asiento, guardaba silencio Niall de los Nueve Rehenes, señor de Temair. Descansando en el brazo de la silla, yacía pesada y repleta de anillos la mano más poderosa de Ériu: la de las conquistas y los esclavos, la fundadora de la dinastía más grande de todas. Un ligero estremecimiento de anticipación recorrió sus dedos.

Igual que un anciano podía sentir los cambios del clima en sus huesos, también así percibía Niall los cambios en el cuerpo de la Soberanía. Él era su amante predilecto. Ella se le había entregado en sueños y él la amaba por encima de sus innumerables mujeres, las que le habían dado innumerables hijos.

Uno de aquellos hijos bienamados había desaparecido hacía meses en la frontera del Sureste, entre las provincias de Mumu y Laigin. Su rubia cabeza no había sido hallada y tampoco el collar del toro, que le identificaba como miembro de la casa real. Ninguno de sus compañeros de banda había sobrevivido para contar su suerte y, sin embargo, todos los rumores apuntaban al ataque de una banda rival, una banda de Caisel, liderada por un príncipe llamado Eochaid, descendiente de Corcc el Grande. Miró a los rehenes diplomáticos de los Airgialla, nueve en total, a un lado del salón. En aquellos momentos hubiera deseado tener también rehenes del Sur.

—Irás a Caisel para asistir al juramento de esos nuevos guerreros que dicen que lidera Eochaid, hijo del rey de la provincia. Averiguarás si fueron ellos quienes mataron a mi hijo. Y si es así me traerás el collar que le quitaron porque es un joya de prestigio de nuestra casa.

El mensajero observó ceñidas líneas de preocupación en la frente de su rey. Aquella frente tostada por el sol era herencia de su madre esclava. Hasta entonces la Soberanía de Temair había sido tan solo un título sacro, pero Niall la había tomado para sí y la había transformado en base para su propio reino, iniciando una conquista territorial sin precedentes. Frente a la política de alianzas y respeto que se ejercía desde Caisel, Temair oponía su mano de hierro. El hijo de la esclava se había convertido en uno de los mayores esclavistas del mundo conocido.

Ahora el mensajero escudriñaba su rostro de rasgos duros como los de un acantilado. Los ojos resultaban pequeños para sus grandes proporciones, pero ardían siempre con una llama tenue, azul oscuro. Su expresión había sido curtida por la batalla, pero también por las expediciones, por los viajes y la intemperie. Había conseguido, en su propio tiempo, vivir el equivalente a siete vidas de hombres.

De repente el mensajero pareció advertir una fisura, un mal pensamiento en el semblante del rey. Quizá fuera la perturbación por el hijo perdido o bien la tensión diplomática entre Temair y Caisel. Conall Corcc estaba muerto y el tiempo de los grandes fundadores llegaba a su fin.

Niall despidió a su enviado con un rápido gesto de la mano, resplandeciente de anillos y pulseras de oro. El broche semicircular de su capa lanzó destellos al moverse, con la luz recorriendo las espirales que saturaban su dibujo. Al tomar el caballo y alejarse hacia Mumu, poco podía el emisario imaginarse que un pensamiento aún más funesto resonaba en las añosas sienes del rey. Una profecía que había sido revelada por sus druidas. No le inspiraba desasosiego, sino más bien excitación, un desafío: que su propia muerte llegaría de manos de Eochaid, hijo de uno de los reyes de provincia.

¡Fírinne innar cridib

nert innar lámaib

comall innar tengthaib![29]

¡Verdad en nuestros corazones,

fuerza en nuestros brazos

y cumplimiento de las promesas en nuestras lenguas!

El juramento hizo vibrar el tejo en las paredes del castillo Eóganacht. Quedaban tres jornadas para Samain y la noche de la toma oficial de armas había llegado. A partir de aquel momento serían guerreros de Caisel.

Ricas telas teñidas de púrpura y granate se desplegaban sobre los retumbantes muros, allí donde los guerreros de Nad Froích empuñaban las lanzas en formación. El rey se encontraba feliz de ver allí reunidos a todos sus hijos varones: a su primogénito, Ailill, al recién juramentado Eochaid y al joven Fedlimid, que había regresado de su adopción para asistir a la ceremonia. Las hermanas y la madre, sin embargo, tenían prohibida la asistencia. Todos los allí congregados eran guerreros y todos hombres a excepción de Étáin.

Allí estaba ella, hermosa como Aífe, la legendaria reina de Alba, vestida acorde con sus atributos femeninos, que ya no ocultaba. El cuero se le ajustaba en torno a la cintura, el pecho y las caderas.

En la sala de audiencias sonaron primero los cuernos más graves, cuernos cortos de bronce, con forma de asta. No había un símbolo de poder más claro que el del toro y el sonido constante dotaba a la ceremonia de una gran solemnidad y misterio. El bramido, potente, no estaba preparado para un interior, sino para extenderse sobre pastos y llanuras. Hacía retumbar las paredes de madera.

La ceremonia había comenzado con un baño ritual. Este era necesario cada vez que se dejaba atrás una etapa y se comenzaba una nueva: era un acto de renacimiento, una especie de bautismo. Se preparó una gran tina con agua caliente, cuya superficie zozobraba a la luz de las antorchas. Eochaid fue el primero en pasar y después, uno a uno, el resto de sus hombres. Ninguno de ellos se retiraba de la tina hasta que el siguiente hubiera entrado, pues el agua era el elemento transformador y un lazo indisoluble unía a aquellos que eran «cocinados» juntos durante un baño ritual. Ciarán aguardó hasta el final y después solo quedó Étaín. Caminó desnuda hasta la tina, acompañada de una mujer druida, y entró en el agua tibia para colocarse enfrente. Cuando se hubo sumergido, Ciarán salió y continuó a la sala siguiente para vestirse. Era muy inusual contar con una guerrera en una banda, un hecho especial y, según los druidas, una oportunidad. A las mujeres pertenecían, en exclusiva, algunos de los poderes más importantes relacionados con la vida y la muerte.

Después les vistieron conforme a la nobleza de la capital, con ropajes y adornos similares a los que habían sorprendido a Ciarán hacía un par de años, la primera vez que había llegado a Caisel. Les recortaron los cabellos y se los adornaron de trenzas, con detalles de oro y de cristal de roca. Mostraban unas estampas magníficas, dignas del resto de la corte Eóganacht.

El siguiente paso era la entrega de armas ceremoniales. A la luz del fuego golpearon con las hojas una gran piedra, caliza de la colina de Caisel, cuyo poder sobrenatural debía transmitirse a los filos. El reino del Otromundo bajo aquella colina era uno de los principales de la isla y el ritual era una forma más de ligadura con la tierra a la que servían. El hierro produjo chispas al mellar la superficie de la roca, dejándole marcas como profundos latigazos.

Los rituales se completaban con el gesto tradicional de lealtad, mayormente utilizado entre los reyes y sus hombres, pero también común allá donde hubiera una jerarquía que respetar.

El príncipe fue desprendido de su camisa. Su cuerpo mostraba, además del tatuaje del perro de presa, una cicatriz oblicua a lo largo de la región dorsal. Era un recuerdo de la noche de Samain, de una prueba de reyes. Étaín y Ciarán fueron los primeros en mostrarle su fidelidad. Guardarían su izquierda y su derecha en batalla, así como Dúngal el frente y Lugaid la retaguardia. Ella se arrodilló, puso la mano sobre su pecho desnudo y tomó el pezón entre sus labios, un gesto que ya le había mostrado muchas veces en la intimidad, anticipando aquel momento. El ritual mostraba al líder como guía y abastecedor y, en el caso del rey, representaba la prosperidad para con su pueblo, como si estuviera dotado de una ubre simbólica que propiciara la fortuna: una imagen nacida de una sociedad basada en el ganado que se había erigido en paradigma de lealtad. Después de Étaín, repitió el gesto Ciarán y así hasta el último de los guerreros que debían vincularse a él.

Finalmente, los capitanes trabaron los aros de oro alrededor de sus cuellos, cerrando así el período de formación, cerrando sus destinos. Murchad miró a Ciarán con orgullo mientras se lo ceñía. Luigim luige luiges mo thúath. «Juro por el voto que jura mi gente». Aquella era la fórmula tradicional que rubricaba el pacto, una que les ligaba a los antepasados, dioses fundadores de sus respectivas tribus. Un juramento que a Ciarán le resultaba extraño en los labios.

El olor del fuego y de la carne clausuró la ceremonia, dando paso a un espléndido festín. Las puertas del salón se abrieron y permitieron el paso a las mujeres para que los guerreros bebieran de copas servidas por reinas y futuras reinas. Eithne, la hija de Conaire, fue la que sirvió hidromiel en la copa de Eochaid.

Los dedos del rey Nad Froích se movieron lentamente sobre el collar de oro y esmaltes que le había traído su hijo. Recorrió las líneas del toro, perfectamente grabado, con las pezuñas y los ojos encendidos de rojo. Escuchaba de fondo los ecos de cuernos y tambores procedentes de la celebración. Eochaid acababa de inaugurarse como guerrero, justo después de entregarle aquel collar maldito.

Su mano se movió hacia el cuenco de ámbar, más leal para él que muchos de sus consejeros. Intentó descifrar los dibujos en el corazón de las piezas, que esta vez parecían estrellas negras. Una premonición fatal. La de la posible fractura entre Temair y Caisel y entre sus correspondientes provincias: una segunda guerra de Cuailgne, el conflicto bélico más grande de todos los tiempos. Esta vez la isla se partiría en dos: la mitad norte, la del ancestro Con, enfrentada a la sur, la de Mug Nuadat. No podía permitirse tanta destrucción.

Las dos potencias se habían sostenido la mirada durante muchos años mediante una cuidada diplomacia, con los contratos de adopción y el intercambio de regalos. Pero ahora el mensajero de Temair se presentaba ante él exigiendo compensación.

No podía ser excusa para una guerra. Un hombre como Niall tenía que estar por encima de una mera reyerta de muchachos como aquella, por muy mal que hubiera acabado. Los deportes violentos se practicaban a diario y los accidentes eran tan frecuentes que había una retribución fijada para cada uno de ellos. En los entrenamientos también se producían percances y los duelos entre las bandas raras veces acababan bien. Pero el muerto era su hijo y podía comprender la frustración del soberano en aquellos momentos. Si el resultado hubiera sido inverso, si el caído hubiera sido Eochaid… No quería ni pensarlo.

Le entregó el collar al emisario.

—Llévalo a tu rey. Y dile que cuando llegue el momento se le compensará como ha solicitado. Dile que Caisel desea la paz.

Durante el banquete, la copa broncínea iba pasando de mano en mano, reduciendo su contenido a cada sorbo. El festín había resultado excelso en comida y bebida y muchos se habían puesto en pie, con el cuerno a rebosar en la mano.

—Entonces, ¿qué nuevo nombre te vas a poner? —preguntó Ciarán a Eochaid cuando los demás no prestaban atención—. No, no… Espera. Deja que te lo diga yo. Tengo dos opciones.

Eochaid se sonreía, intrigado.

—¿Y bien?

—Cúán, que es como te llama Conaire. O bien Conall, como tu abuelo.

Los dos apelativos derivaban del perro de presa. Ahora que empezaba su vida de guerrero, el príncipe tenía la oportunidad de adoptar su nombre «verdadero», aquel que correspondía a sus talentos y al que deseara asociar su fama. Conaire y Murchad, por ejemplo, eran nombres que los capitanes habían tomado después de su iniciación. No eran los mismos que tenían cuando niños.

—No voy a apostar porque no quiero aprovecharme de tu estado lamentable —bromeó, señalando el cuerno que Ciarán llevaba en la mano—. Aunque te sorprenda, no me lo voy a cambiar.

Aquello sí que era inesperado. Ciarán sabía que a Eochaid nunca le había gustado su nombre. Se lo había puesto su padre, en la esperanza de que fuera un buen jinete de carreras.

—¿Por qué?

—Es demasiado tarde. Nuestra fama ya ha comenzado a extenderse y no quiero desaprovecharla. Y en cuanto al nombre en sí… Uno de los dos tiene que llevarlo, ¿no? A menos que lo quieras tú también…

Ciarán se entristeció un momento, pensó que por efecto del vino. A él tampoco le gustaba su nombre. Le gustaba mucho más Eochaid. Pero en sus recuerdos Olwen siempre le llamaba Ciarán.

—Si lo llevas tú está bien. Yo tampoco me lo cambio.

Eochaid le dio unas palmadas en la espalda y señaló con el dedo hacia el fondo de la sala.

—Mira, no te pierdas esto.

Murchad se había subido a una mesa y llamaba a Étaín a su lado. Se sentía satisfecho, emocionado, como si de una hija se tratara: la única mujer entre muchos varones. La apreciaba en sí misma por su valor y fiereza, por su capacidad de lucha, pero también por el bien que le había hecho a Ciarán, por haber contribuido a su recuperación. La ayudó a alzarse a su lado, teniendo cuidado de que no perdiera el equilibrio pues el alcohol le fluía abundante por las venas. Entonces la abrazó y le puso por encima su propia capa cortesana, que era roja con hilos de plata, una pieza hermosa, de inusual factura.

—¡Nuestra joven Boudica! —exclamó el capitán mientras le daba la vuelta, presentándola a la audiencia.

Étaín se sonrojó debido a los aplausos. Eochaid y Ciarán aplaudían con fuerza, le silbaban y le llamaban «bella» y «reina». La luz de las antorchas se prendía en su elegante torques. Conaire permanecía cruzado de brazos, en un aparte, y su seriedad contrastaba con el festivo ambiente general.

La muchacha bajó de la mesa para unirse al grupo y a Eochaid le faltó tiempo para ir a besarla, enardecido como estaba por la música, la bebida y la fiesta. Étaín, por una vez, se dejó llevar e intentó abrazarle, en la ilusión de que podían compartir algo más intenso, de que podían ser algo más que amantes ocasionales. Eochaid advirtió en el gesto un calor inusual e incómodo y se desembarazó de ella sin aparente dificultad, con la destreza de una repetida práctica. Sin perder la sonrisa, tomó de la cintura a una esclava rubia que llevaba una bandeja de cerveza y la besó hasta inclinarla sobre la mesa y dejarle los cabellos empapados de alcohol.

Étaín volvió a recordar quién era cada uno. Nada había cambiado entre ellos. Había sido la ilusión del momento, solo eso. Ciarán, que siempre la seguía muy de cerca, supo que el corazón le había dado un vuelco dentro del cuerpo. Era como si pudiera ver a través de su ropa y de su carne. Tomó su mano temblorosa, que había quedado desamparada en el aire cuando Eochaid la había soltado, y le guiñó un ojo.

—Tú eres la reina. No te disgustes…

Étaín le devolvió una sonrisa resignada, pero ya las lágrimas habían iniciado su curso inevitable y se filtraban por las grietas de su cuerpo.

Cuando Eochaid se despidió de todos ellos, ya avanzada la noche, lo hizo con una mujer de la cintura y otra apoyada sobre el hombro. Étaín tomó a Ciarán de la mano y le pidió que la llevara a la cama. Al desnudarla, el olor de sus rabiosas hormonas no tardó en levantarle la sangre, pero Étaín tenía rota la cuerda del corazón y permanecía ausente, muda. Quería desquitarse del príncipe, pero no podía. Ciarán la consoló lo mejor posible sin conseguir curar su amargura. La muchacha hubiera deseado dolor en lugar de placer. Cuando hubo terminado trató de abrazarla, pero ella se apartó de él. Le pareció a Ciarán oírla llorar en algún momento de la noche. Quién iba a imaginar que Étaín se enamoraría así.