23

Patricio

—¡Suerte y salud para la novia!

—¡Suerte y salud para el novio!

—¡Y vino sin mezclar para todos nosotros!

Salió al patio y la atmósfera le resultó todavía más sofocante que la de la casa. Se estiró la túnica elegante, propia de un patricio como él, y alisó con cuidado el remate naranja que llevaba bordado al cuello y que tan de moda estaba. También arregló su verde capa de gala, prendida con un broche de ballesta.

Últimamente, no les daba tregua a sus prendas de lujo: si no se celebraba un cumpleaños, era una fiesta religiosa, pero, sobre todo, parecía que la ciudad estuviera a reventar por las bodas. Sus amigos se estaban casando uno detrás de otro. Eso le pasaba por codearse con muchachos mayores, muy por encima de sus quince años.

Buscó alrededor con la mirada, intentando encontrar la salida. Le asfixiaba la duda de si debía quedarse un poco más. A su lado, una sirvienta le importunaba, empujándole con unas tenazas para recoger las ostras del fuego. Esquivó por muy poco la punta del espetón donde se asaban las lenguas de vaca. Otra mujer se le cruzó llevando en milagroso equilibrio dos jarras, de agua y de vino, y un cubo con la mezcla de ambos. En la mesa, el cochinillo humeaba en su propia grasa, aderezado con cilantro y pimienta negra. El olor a carne y especias estaba logrando marearle.

—Su nombre, por favor.

Se trataba de un administrador nuevo, que no conocía, y que había surgido de entre un torbellino de jarras, bandejas y cuencos. Seguramente le había contratado la madre del novio para evitar que se colara cualquier transeúnte a hartarse de ostras. De escasa estatura, se agarraba a su stilus con determinación, esgrimiéndolo como prueba de autoridad ante hombres más altos que iban y venían.

—En esta casa todo el mundo me conoce… —se indignó el muchacho. Llevaba acudiendo a la residencia de Valerio desde que era un niño. Aquella petición le llegaba en el momento más inoportuno.

—Pues yo no le conozco —zanjó el administrador. Pasó la espátula sobre la tablilla de cera y dio la vuelta al utensilio, dejando el punzón en suspenso—. ¿Y bien?

—No tengo tiempo para esto.

—¡Necesito su nombre completo! —El supervisor interpuso su cuerpo rechoncho en el camino a la salida. El nerviosismo del muchacho no hacía más que acrecentar sus sospechas—. Empiece por el praenomen.

—Succetus… —anunció el joven, resignado. No se olvidaría de presentar una queja a la domina. Dio tiempo suficiente para que lo escribiera—. Nomen… Magonus… Cognomen

—¡Patricio! —exclamó Valerio, dándole un abrazo. El novio había aparecido justo a tiempo. El administrador bufó y se retiró de su lado—. El ilustre, generoso y noble Patricio… El jarrón es exquisito, verdaderamente, la mejor pieza de nuestra mesa. —Se acercó un poco más para evitar que le oyeran—. En realidad es lo mejor que nos han regalado hasta el momento. Y el retrato de Claudia es una maravilla. Cuando mira al fondo es como si fuera un espejo. —Se refería a un jarrón de cristal que llevaba en la base, pintado en oro, un retrato de los novios. Patricio ni lo había visto. Lo había encargado su madre—. ¿Dónde te habías metido y qué haces que no bebes? —Se metió un par de higos secos en la boca. El grueso anillo de casado relumbraba en su dedo: manos entrelazadas y rodeadas de laurel—. ¿Es que no vas a ayudarme a limpiar estos barriles? ¡Hay que relamerlos!

Patricio le dedicó una sonrisa breve, forzada.

—Claro. Dame un vaso.

Valerio le tendió un vaso cilíndrico, de vidrio incoloro y sin adornos, y lo llenó de cerveza de trigo, brumosa y dorada.

—Por Claudia.

Patricio se irguió un poco más, adoptó un gesto serio y alzó el vaso.

—Por ella.

Ambos tragaron el líquido dulce, que ya no estaba ni frío ni caliente. Patricio sintió, mientras bebía a disgusto, cómo un par de gotas de lluvia le caían sobre la frente.

—Vamos a por otro. Que para eso eres mi mejor amigo…

—Tengo que irme, Valerio. Mi padre tiene una recepción.

—Es verdad… El deber te llama. Es una pena. Las solteras se van a quedar desoladas. —Le palmeó la espalda. Valerio había bebido deprisa y en abundancia. Las palabras le resbalaban en la lengua—. Además, no sé si la maldita lluvia nos dejará terminar este banquete en paz. Hace rato que no veo a Claudia. No querrá que se le moje el velo. Mira… por allí sale. —La novia apareció en la puerta de la casa, el rostro cubierto a medias por la toca—. ¿No es la mujer más hermosa de todo el Imperio?

A Patricio le amargaba mirar a Claudia, vestida así, con el velo de novia. Detestaba aquella boda por encima de todas. Se volvió hacia Valerio y le tomó por los hombros.

—Tu fortuna es grande. Y a partir de ahora lo será cada día más. Estoy seguro de ello.

Apoyó el vaso en una bandeja y se dirigió a la salida a grandes pasos.

—¡Oye! ¡Espera un momento!

Patricio se volvió. Su faz estaba pálida y tenía un nudo en la garganta. Valerio parecía solitario en mitad de aquel patio, incluso en el día de su banquete de boda, mientras los sirvientes pasaban por delante y por detrás de él.

—Dime.

—No se te ocurra irte… —dijo con la mayor seriedad— sin probar las rosquillas borrachas. El farro es el mismo que el de la torta nupcial y la miel es digna de dioses. Y dile a tu abuelo que gracias por oficiar la ceremonia de ayer. Claudia y yo no podemos ser más felices.

—Se lo diré.

Patricio tomó una de las rosquillas y abandonó el lugar del banquete. Se la regaló al mozo que había estado cuidándole el caballo. Para entonces el cielo se hallaba tan ensombrecido como su espíritu.

Regresó a la villa de su padre, una hermosa finca rodeada de cipreses y dotada de edificios rectangulares, rematados de tejas, dispuestos en torno a un gran patio central. Fue directamente a su habitación y se desprendió de la capa, lanzándola sobre la cama. Había dejado la tabla encerada sobre la colcha y la vislumbró un momento antes de que la capa la ocultara. Pensó en dejarla ahí abajo, olvidada de por vida. Temía quemarse al tocarla. Finalmente la desenvolvió y comprobó que aún se leían las finas incisiones de la última lección del día, los versos latinos finales de la Eneida: «y se le escapa la vida con un gemido, doliente a las sombras».

Virgilio era tedioso de memorizar. Patricio estaba deseando terminar el grammaticus y comenzar el período escolar de rhetor, donde podría dedicarse a sus propios discursos. Sin embargo, le parecía que aquella tarde el poeta lograba describir su estado a la perfección. El pesar se le enroscaba en el ánimo, como serpientes en los miembros de un Laocoonte. Tomó la tablilla y la colocó en un pequeño brasero. Observó cómo el calor derretía la cera y desdibujaba las inscripciones. La quemaría entera. Junto al borde inferior había escrito un mensaje que no había tenido el valor de entregar a Valerio y que ahora ya no tenía razón de ser: «Tengo que hablar contigo».

—El señor debe prepararse para el banquete de esta noche. —Su antigua nodriza le sorprendió, apareciendo de súbito en el marco de la puerta. Patricio sintió cómo el corazón le martilleaba en el pecho. La mujer advirtió su zozobra, pero no dijo nada. Después de tantos años de cautiverio, aquella esclava le conocía mejor que su propia madre—. El baño está esperando y aquí está el ungüento que pidió. Pronto empezarán a llegar los invitados.

Patricio se abarcó los brazos. La crudeza relativa del invierno en Banna Venta llevaba a su padre a invertir verdaderas fortunas en el hipocausto, que calentaba la sala principal de los banquetes. Grandes troncos se apilaban junto a un horno exterior y eran incinerados uno tras otro para que el aire caliente se canalizara por el suelo, que estaba hueco, sostenido por pilares en damero. El evento especial de aquella noche había tenido a los sirvientes trabajando en la calefacción durante toda la tarde, pero el calor no llegaba hasta su cuarto.

Siempre había sido sensible al frío. Cuando era más niño solía tenderse bocabajo en los mosaicos, a echarse la siesta como un gato mientras sentía el relieve de las teselas bajo los dedos e intentaba absorber su calor. Su madre y las sirvientas se pasaban todo el día reprobándole. No era propio de un noble romano, por muy joven que fuera, el andar tirado por los suelos.

—Da orden de que me enciendan la chimenea… para después. Y llévate estas azucenas. —Señaló un vaso de cristal sobre la mesa—. Ya sabes que no me gustan.

La mujer se retiró sin llevarse las flores y Patricio maldijo su mala suerte. ¿Es que no podía ver cumplido ni el más mínimo de sus deseos? ¿No podía tener nada como quería y cuando quería? Tomó el florero y lo estrelló contra el suelo, por la rabia contra Claudia, contra Valerio, pero sobre todo contra sí mismo. Se abarcó las sienes con las manos. En el brasero, la tablilla se había calcinado.

En la sala marmórea del triclinium, los comensales ya hablaban animadamente, tendidos en sus reclinatorios.

Patricio se encontraba distraído y preocupado, al margen de la conversación que dominaba la asamblea. Se frotaba una y otra vez los anillos dorados, engastados de piedras, que adornaban la primera y la segunda falange de sus dedos. Llevaba toda la vida oyendo hablar de Pelagio y su herejía. Estaba harto.

—No debemos desanimarnos. Fue un duro golpe, pero hay que reorganizarse. —El obispo superaba el medio siglo, pero soportaba bien los viajes—. Lo que se acaba de legislar en Éfeso es tan grave como nos temíamos…

—Creía que ya habíamos hablado de esto —dijo el magistrado superior—. No merece la pena. Es una batalla perdida. —Se inclinó hacia delante, desplazando su cuerpo rechoncho para tomar unas fresas.

—Ya hemos perdido antes y eso no nos ha detenido…

—Va contra la ley —zanjó el magistrado—. Seguimos siendo romanos, ¿qué le vamos a hacer? Si volvemos a rebelarnos, nos enviarán de nuevo a sus perros de caza… o a otros peores. ¿Quién sabe? ¡Lo mismo viene el Obispo de Roma en persona!

Al obispo se le endureció el gesto. El nombre de su hijo, Agrícola, había sonado demasiado en Roma, unido a la herejía. Alguien le había denunciado desde dentro, seguramente un rival electoral. Había pagado por todos para que los obispos Germán y Lupo volvieran de una vez al continente, portando buenas nuevas para el Papa.

—¿Qué opinas tú, Calpurnio? —continuó el obispo—. ¿No dices nada?

—No puedo darte una respuesta. No soy teólogo. Me encargo de administrar mi Iglesia y de hacer cumplir la ley, nada más.

—Vamos, no le des la espalda a los de tu clase. Aquí todos somos iguales en nobleza… Tenemos que protegernos. Los espías de Roma aprovechan cualquier oportunidad para quedarse con nuestros cargos. Tú y yo sabemos quiénes son.

Se hizo un silencio prolongado en la sala.

—Parece que no todos disfrutamos del mismo apetito. —El magistrado tomó aire e intentó cambiar un tema que consideraba agotado. Patricio apenas había probado la ensalada de zanahoria blanca y pétalos de rosa y había hecho caso omiso de la espléndida caza que su madre había hecho disponer: corzo adornado con moras y frambuesas, con el delicado toque del tomillo y del hinojo, y huevos de ganso como guarnición.

—Estoy preocupado por la situación en nuestras costas. Creo que no hay suficiente vigilancia —improvisó Patricio. Sabía que el tema de los asaltos propiciaría acaloradas discusiones que le permitirían su buena dosis de dispersión. No podía admitir que estaba cansado, que seguía pensando en la boda de Valerio y, peor aún, que se estaba aburriendo.

—¡Absolutamente de acuerdo! —dijo el rechoncho romano. Intentaba cascar el huevo con el punzón posterior de una cuchara—. ¡Entiendo que estés preocupado! Este chico tuyo, Calpurnio, es un ciudadano con cabeza. A pesar de su juventud, ya piensa como un gobernante. Necesitamos más hombres como él. No tendré ningún problema en recomendarle en cualquier escuela que elija… incluso en la gran escuela de Bizancio, que lleva ya cinco años de espléndidos resultados. ¿No es allí donde está Agrícola? Quizá pueda hacer un primer contacto… Respecto a los asaltos, está claro que deben ser nuestra prioridad, por encima de los debates religiosos. —Dirigió una mirada al obispo y luego desvió la atención a la bandeja de ostras que acababan de traer—. No podemos defender todas las playas. No somos suficientes… Pero todavía podemos defender nuestras casas. ¡Por Juno que me niego a que todo por lo que he trabajado acabe en manos de ladrones! —Su rostro, de generosas carnes, se había sofocado, desde la papada hasta la frente ancha, sudando por efecto del alcohol, la calefacción y el berrinche repentino.

—Mi padre ya propuso destinar recursos contra los saqueos —intervino Calpurnio para calmar los ánimos—. Contratar a más mercenarios, quizá… con el presupuesto que nos quede.

—No me gustan los mercenarios. Son más de lo mismo.

—Pues entonces solo nos queda incentivar a las milicias… entre nuestros propios hijos… Y confiarnos a Dios más que nunca.

Cuando la cena terminó y los invitados abandonaron la villa, Calpurnio, que era diácono además de decurión, se quedó a solas con su único vástago.

—Deberías prestar más atención a los invitados que traigo. Participar más. En esta vida hay que estar bien relacionado. Nunca sabes cuándo o dónde vas a necesitar una alianza, ya sea civil o eclesiástica. —Hizo uso de un aguamanil de plata. En el sello de su anillo aparecía el símbolo del crismón y, sobre él, un pájaro picando fruta de una rama, un motivo pagano—. Hijo mío… te conozco demasiado bien como para no saber que algo te atormenta. Podría acogerte en confesión, si lo deseas, pero sobre todo ten en cuenta que soy tu padre. Puedes contarme lo que sea, cualquier cosa. Lo que te aflige a ti también me hace daño a mí.

Patricio evitó la mirada de su progenitor. ¿Qué podía entender él, que hablaba de Dios como si se lo fuera a solucionar todo? ¿Cuándo iba a darse cuenta de que tendrían que defenderse solos? Estaban muy unidos, pero aquella mendicidad espiritual le enervaba. A veces su propio padre llegaba a darle lástima. Y luego estaba aquella obsesión por hablar de su porvenir, en el consejo. ¿Es que nunca iba a subir a una tribuna por su propio pie, sin que le empujaran? Tenía solo quince años, pero le parecía como si su futuro estuviera ya completamente escrito.

Los ladridos de los perros les sobresaltaron. El rostro de Calpurnio se llenó de preocupación.

—Voy a ver qué sucede ahí fuera. Seguro que no es nada —tranquilizó a su hijo. Patricio sabía de dónde procedía su inquietud. En la inseguridad de aquellos días cualquier aviso podía preconizar la catástrofe de un ataque.

Patricio se quedó en la sala de banquetes, a solas con sus dudas y preocupaciones, sin haber participado a su padre del gran peso que llevaba en su interior, sin haber confesado. Deslizó los dedos sobre la vajilla de plata repujada que su madre había desplegado para la ocasión. Enormes bandejas sin un rasguño, destinadas a la exhibición de la riqueza y el estatus de la casa. Recién importadas de la Galia. El dios pagano de los océanos, Neptuno, se mostraba rodeado de hermosas bailarinas báquicas, vides abundantes y personajes divinos de todo el panteón romano. Diana cazaba liebres, venados y jabalíes. Había lugares donde el cristianismo aún no había logrado echar raíces. Su corazón era uno de ellos. Irlanda, el otro.

Paladio se quitó las botas, que encontró completamente encharcadas. La humedad permanente del suelo le calaba la túnica y los bordados se estaban arruinando con el barro. Recordó la sequedad de Sicilia, que en otro tiempo le había parecido insoportable, pero que ahora incluso añoraba. Recordó Roma, hermosamente civilizada y cómoda, a pesar de sus desdichas.

Ad Scotos in Christum credentes ordinatur a Papa Celestino Palladius et primus Episcopus mittitur. El Papa Celestino le había enviado, como primer obispo, a los irlandeses creyentes en Cristo, pero ¿quiénes eran ellos?, ¿dónde estaban? Comunidades poco organizadas, dispersas entre un ciento de tribus; puñados de esclavos unidos por su desconsuelo y por la esperanza que lo aliviaba. Pensó que quizá le habían enviado allí como una especie de venganza, por algo que había hecho durante su carrera como diácono. O quizá solo querían apartarle del camino hacia la Santa Sede. Ejerciendo en la administración se ganaba uno muchos enemigos, pero ¿qué le importaba a él? Ya había demostrado en Sicilia su valía como asceta, dejando de lado la fortuna y la comodidad de los Palladii. Allí había descubierto lo que significaba ser cristiano de verdad.

No hablaba el idioma ni de britanos ni de irlandeses y tampoco lo hacía la familia eclesiástica que había desembarcado con él. Debían utilizar traductores constantemente, comerciantes, gentes que habían reclutado en las costas y que no estaban preparadas para transmitir los altos conceptos de la religión cristiana. Esperaba que a Germán le estuviera yendo mejor en Britania. Se sentía, de alguna forma, responsable de su suerte. En cuanto a él mismo, llevaba un año adentrándose cada vez más hacia el interior en busca de aquellos «irlandeses creyentes», sentado en el carro, a trompicones por los caminos. Al menos no había síntomas de contaminación. Aquellas gentes estaban demasiado inmaduras como para tener ningún pensamiento herético. ¡No podían estar equivocados porque apenas sabían nada! «Tú conoces bien las ideas del hereje Pelagio. Eres el mejor para combatirlo», le decían, ¿pero de qué le servía en un lugar como aquel? A veces se desesperaba al pensarlo. Lo mejor sería volver al Este, a la costa. El puerto le hacía sentir seguro.

Se le acercó una muchacha portando un cesto de ropa lavada que parecía pesado. Llevaba el pelo recogido en trenzas del color de la madera joven. Sus ojos, azul grisáceo, le recordaron a la veta de los mármoles en la casa de su padre.

La muchacha se dirigió a él en su lengua ininteligible. Paladio hizo una seña a uno de sus traductores para que se acercara.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, a través del intérprete.

—Soy Olwen, de la Llanura del Cisne. Trabajo en el hospital.

La joven debía de ser mucho menor que su propia hija, pero él podía imaginársela igual que ella. Su pobre pequeña a la que no había llegado a conocer. Se la había dado a su protectora, la dama santa, para que velara por sus necesidades celestiales en el convento siciliano. Quería que dedicara su vida solo a Dios. Que permaneciera virgen.

—¿Estás casada? ¿Tienes marido?

—No.

—Pues no te cases, que Cristo prefiere a las doncellas. Ya lo decía el sabio Agustín. Y también Jerónimo. Nuptiae terram replent, uirginitas autem paradisum[39].

Agustín era el que le había ayudado a salir de sus grandes errores teológicos, a renegar de Pelagio. Le había ayudado a salvar su alma. Y había muerto, cercado por los vándalos, no hacía ni dos años. Para Paladio, pensar en Agustín era como pensar en su propio padre. También le habían matado, ocho años atrás, en las revueltas de Arlés. Tres años después de la muerte de Jerónimo. Se estaba quedando sin padres en todos los sentidos. Miró a su alrededor. Al fin y al cabo, allí no estaba mucho peor. Ya no había ningún lugar seguro en el Imperio.

Olwen se había quedado sin palabras ante la cita latina y le costó formular las siguientes:

—Dicen que usted ha viajado mucho. Que viene de Roma. Que ha venido a ayudarnos…

Paladio se frotó los ojos con cansancio y se llevó las manos a las canosas sienes. Llevaba tres días sin apenas dormir. Quizá ya estaba viejo para aquello. Tenía cincuenta y seis años. Pensó en las palabras de Germán: corregir, enderezar. Y en las de Celestino: guiar, organizar. Como a un árbol al que se le están torciendo las ramas y hay que ponerlo en su sitio. Pero ¿cómo iba a hacerlo cuando allí no había más que brotes, apenas semillas? Demasiado trabajo por hacer. Demasiado para un solo hombre.

Bajaron de las barcas, buscando una vez más la complicidad de la noche. Ahora la banda marchaba con los hombres de Niall. Un solo verano. Dos o tres incursiones serían suficientes para reunir la deuda y olvidarse de él para siempre.

La misión era ambiciosa y comprendía varios ataques a un tiempo. Decenas de barcos habían salido de los puertos del Este y a cada banda se le había asignado un objetivo. El rey de Temair quería dejar las costas agotadas para cualquiera que llegase después con intenciones de saqueo.

Los cielos estaban muy nublados y apenas disponían de luz, pero esta vez contaban con un explorador que les señaló el lugar exacto: una lujosa villa solitaria, rodeada de árboles.

Todos sus habitantes dormían. Los muchachos observaron sus arquitecturas desde lejos, en penumbra. Las lucernas vacilaban junto a las ventanas y revelaban las esquinas de edificios rectangulares, el brillo de las tejas, los arcos y las galerías.

—Es un palacio —susurró Caílte—. Debe de estar lleno de tesoros…

Dos braseros iluminaban la entrada principal. Las únicas defensas parecían ser la zanja y el resalto habituales y un muro bajo, de piedra, que apenas servía para contener al ganado. Un guardia solitario vigilaba la entrada.

Eochaid dividió al grupo mediante señas. Quería que el asalto fuese rápido y que salieran con el botín en poco tiempo. No parecía que hubiera vecinos cerca, pero no quería tentar a la suerte. Debían reunirse con el resto de la expedición en la playa, al amanecer, o serían abandonados en tierra extranjera.

El grupo de Eochaid, con Ciarán y cuatro más, rodeó el muro. El resto esperarían en la entrada hasta que dieran la voz de alarma.

Rebasaron las defensas sin dificultad y se refugiaron tras la pared de un edificio amplio, de varias salas de piedra, que contaba con un par de ábsides. Escuchaban el sonido del agua, constante, cayendo por una gran tubería de madera y propagándose como un eco por las habitaciones vacías. Ciarán se asomó y descubrió que había dibujos en el suelo. Brillaban, húmedos, al resplandor de las lucernas. Relumbraban tanto como escudos recién pintados y engrasados, pero los dibujos eran magníficos, rebosantes de figuras de hombres y animales.

Los mosaicos de los baños eran uno de los pocos caprichos que Calpurnio, señor de la casa, se había permitido en el adorno de su villa. La construcción era antigua y se habían hecho pocos cambios en la decoración. Tras escoger entre varios motivos geométricos y marinos, nudos, olas y delfines, decidió añadir también la figura de un tritón soplando su concha. Le hubiera gustado saber con qué admiración los contemplaba Ciarán.

—Vamos —le llamó Eochaid—. Allí deben de estar las reservas —señaló un granero levantado sobre postes—. Hay que tomar la casa principal.

Se desplazaron hasta el edificio más grande y aguardaron junto a la pared del ala oeste. Los braseros revelaban ahora la arquitectura en todo su esplendor: una casa que les parecía gigantesca, capaz de albergar a cientos de hombres. Su fachada estaba diseñada para imponer y maravillar a ciudadanos romanos, pero en aquellos muchachos la sorpresa era aún mucho mayor. Estaban boquiabiertos. El pórtico lo formaban hermosas columnas monolíticas traídas de Aquae Sulis[40], que utilizaron para ocultarse mientras avanzaban hacia la entrada. Prendieron antorchas y atravesaron las puertas.

Se internaron en un vestíbulo circular por cuyo tragaluz se colaba el halo de la luna. A sus pies se iluminaba el mosaico de una cabeza de Medusa. Eochaid se arrodilló y movió la antorcha por encima de él y el sonido del fuego sonó como el aliento del monstruo en el suelo.

—Es el protector de la casa —susurró uno de los muchachos.

Caílte estaba fascinado por las teselas doradas, que lanzaban destellos al paso de la luz.

—Es como pisar sobre un suelo de estrellas.

Contemplaban asombrados cómo las serpientes, que no habían visto nunca antes, se ensortijaban en la cabeza de la Gorgona.

—A mí no me detienen estos monstruos ni estos dioses. Morrígan me protegerá contra ellos. Si tienen alguno que no esté pintado, que lo saquen —resolvió Eochaid, incorporándose y conjurando la parálisis que se había apoderado de sus hombres. Uallgarg se resistió a seguir adelante. Los símbolos sagrados no eran motivo de chanza. Se encontraban en territorio desconocido y era imposible saber qué clase de desafíos sobrenaturales encerraban aquellas paredes.

Eochaid continuó avanzando y sus hombres le siguieron hasta una gran sala llena de camas vacías. Las siluetas de hombres y mujeres desnudos les pusieron en alerta, pero al acercarles la luz comprobaron que estaban hechos de piedra blanca. El reflejo de la plata y del cristal soplado les llegaba desde enormes bandejas, copas y jarras. Eran lujosas las cortinas, las alfombras… El suelo se decoraba con escenas de caza. Era en verdad un palacio, como habían sospechado.

—Sigamos —les azuzó Eochaid—. Cuando tengamos a los prisioneros, ya vendrá el botín.

Se dividieron por los pasillos que partían de la sala central y Ciarán avanzó hasta el final de uno de los corredores. Una escalera oscura llevaba hacia un piso superior. Recorrió los peldaños en silencio y encontró una puerta cerrada. Se apoyó ligeramente contra la madera y sintió su tibieza. Había un fuego al otro lado.

Abrió la puerta con sigilo y descubrió a un muchacho de unos dieciséis años que dormía en su lujosa cama. La chimenea aún no se había apagado e iluminaba las paredes pintadas, donde se distinguían algunas figuras. El suelo se adornaba con un mosaico blanco y negro en cuyo medallón central se dibujaba un nuevo ser, ni hombre ni bestia. Los padres se lo habían puesto al muchacho para que lo guiara y lo protegiera, como había hecho con el héroe Aquiles: el centauro Quirón, con su copa medicinal y su vara. Un hombre unido al cuerpo de un caballo negro.

Patricio se despertó con una mano amordazándole la boca. Encontrarse con un desconocido en su habitación le aterrorizó. Aquel hombre clavaba en él sus ojos azules mientras tiraba para sacarle de la cama. Tenían el brillo cortante de un estilete. Sintió que no podía respirar.

De pronto, escuchó los gritos de su nodriza y, después, de todos los hombres y las mujeres de la casa, los ladridos de los perros, los aullidos. Estaban atacando la villa. Y sus padres estaban en la ciudad, incapaces de ayudarle. Pugnó por liberarse en un intento desesperado de huir, pero el desconocido era mayor y mucho más fuerte que él. Le tomó las manos y se las ató a la espalda. Ahora que tenía la boca libre, Patricio deseaba unirse al resto de los gritos, pero no lo conseguía.

Sentía un frío penetrante mientras le empujaban escaleras abajo. Llevaba tan solo la camisa de dormir y estaba tiritando, de frío y de miedo. En el triclinium, otros invasores se daban prisa en meter la plata y el peltre en las bolsas, vaciaban los cofres de monedas, destrozaban las finas copas y jarras de su madre en su afán de rapiña. Ver la hermosa villa de sus padres así violentada contribuía a su creciente desolación. Allí estaban también atadas la nodriza y su hijo pequeño, las cocineras y dos niñas que habían nacido en la casa, de seis y ocho años. No estaba ninguno de los hombres que trabajaban los campos. Cuando rebasó la entrada, empujado por sus captores, encontró sus cuerpos tirados junto al camino.

Un guerrero corpulento, rodeado por un arsenal de cadenas, esperaba al final del camino de adoquines. Pusieron a todos los prisioneros en fila y, por turnos, amenazados por espadas, fueron inclinando sus cabezas sobre una piedra. En total eran quince los que habían conseguido capturar, entre mujeres, niñas, niños y adolescentes. Le llegó el turno a Patricio y le colocaron un aro de hierro que le pareció inmenso y abominable. El martillo, ensordecedor, descargó un golpe junto a su cabeza y por un momento pensó aterrado que le aplastaría el cráneo. Una vez asegurada la clavija, tiraron de él para que se levantara. Nunca había acarreado algo tan pesado. El grillete se le hundía sobre los hombros, le impedía andar. Le dolía la piel con la que le rozaba.

Siguió una penosa travesía cruzando el bosque, con las cadenas a cuestas, sin saber hasta cuándo podría soportarlo, hasta cuándo debería hacerlo. Recorrió todo el camino como un autómata, con la mente en blanco, poniendo simplemente un pie detrás del otro. Se sentía sudar del esfuerzo, pero seguía teniendo frío. El sudor se le enfriaba sobre la camisa de dormir. Escuchaba sus propios jadeos en el bosque oscuro, sin saber adónde le llevaban, con los pies descalzos sobre la tierra húmeda, intentando ignorar los arañazos de las piedras en las plantas de los pies. «No puedo más», llegó a pensar innumerables veces. Pero a pesar de todo seguía caminando.

Llegaron por fin al acantilado, al amanecer, tras varias horas de marcha silenciosa. Al bajar la vista hacia la playa se le ofreció una visión desoladora: eran cientos, muchísimos, los desahuciados que estaban cargando en aquellos barcos. Algunos habían sido heridos y sangraban sobre sus ataduras de hierro. Otros eran niños pequeños, que se subían a los botes sin llorar ni emitir una queja. Ante aquella imagen de miseria y pérdida se le reveló a Patricio cuán desgraciada podía ser la humanidad. Sintió la comunión con aquellas gentes, faltas de amparo. Aquel dolor colectivo no se le olvidó nunca.

Una vez en el barco, Ciarán tuvo tiempo de observar al muchacho silencioso al que había capturado en la villa. No era como el resto de los prisioneros, sino un noble. Él era el único que lo sabía, el único que había constatado la riqueza de su habitación.

Estaba aterido y se abarcaba los brazos constantemente, cuando no sostenía la cadena para evitar el contacto con la piel. Tenía las clavículas heridas por el hierro. También tenía dañados los pies, acostumbrados probablemente a sandalias de buena calidad.

—¿No nos hemos llevado ninguna capa de la casa? —preguntó a Eochaid, señalando al muchacho.

—No hay nada. Solo joyas y vajilla —le contestó, sin darle importancia.

—Si se mueren de frío no nos servirán de nada —insistió.

Eochaid estaba agotado después de toda una noche sin dormir. Se cubrió el rostro un instante. La luz le molestaba.

—Estamos en verano, ¿de qué frío hablas?

—¿No crees que después de todo lo que le hemos quitado…?

—¡No hay ropa! ¡Cúbrele con oro y con plata, si quieres! ¡Y déjame en paz!

Ciarán desistió de seguir hablando con él. Se quitó su propia capa de viaje, se dirigió hacia el muchacho y se la echó por encima. El joven se había limitado a acurrucarse contra uno de los laterales del barco y no había dicho una palabra desde su captura. Ciarán se arrodilló a su lado.

—¿Cómo te llamas?

Patricio movió la cabeza, negativamente.

¿Anmen? ¿Anom? —Intentó, señalándole.

El esclavo la consideró una pregunta sin sentido. De qué le servía ya pertenecer a una familia, tener un linaje. Nadie más sabría nunca quién era. Tragó saliva, pero le dio el nombre completo.

—Succetus Magonus Patricius.

Ciarán negó con la cabeza. Demasiado complicado.

—Patricio… Patric —intentó el muchacho. Quizás aquello pudiera beneficiarle, después de todo.

¿Cotrige? —Ciarán lo pronunció de la manera en que más podía aproximarse. La p era un sonido que no se conocía y que se convertía en q. Lo mismo sucedía al otro lado del mar, pero a la inversa. Patricio bajó la vista y sintió la cruda ironía de su realidad, pues su nombre significaba «noble» y había perdido hasta el derecho de llamarse como tal. Ya no sería más que un esclavo siempre.

Al ver que no le contestaba, Ciarán decidió dar un paso más y presentarse él mismo.

—Ciarán —explicó, poniéndose la mano sobre el pecho.

—Piran —respondió el cautivo.

Ciarán le miró por un momento, pero desistió de seguir la conversación. No porque sus lenguas o su pronunciación fueran muy diferentes. Había escuchado otras veces cómo los prisioneros hablaban entre ellos y podía reconocer varias palabras. Pero estaban en mundos distintos y era poco lo que podían decirse. Se incorporó y relevó a uno de sus compañeros en los remos.

La travesía se prolongó a lo largo de todo el día. Patricio tomó los extremos de la capa y los remetió para interponerlos entre el hierro de la cadena y la piel. Podía observar a su captor desde su rincón en el suelo. Al remar, aquel hombre dirigía la mirada muy lejos, hacia las costas que dejaban atrás. No parecía más feliz por hacer lo que hacía. En cuanto a él mismo, pedía una y otra vez a Dios que le protegiese, pero aquellas palabras estaban vacías de un sentido real para él: eran una cuerda imaginaria a la que se sujetaba, temblando. Ojalá nada de aquello hubiera pasado, ojalá pudiera volver justo al momento anterior a aquella noche fatal. Quizá podía suceder, si lo pedía con suficiente ahínco. Quizá Dios enviara un barco, un ángel, lo que fuese. Un milagro que le rescatase.

Llegaron finalmente al puerto del Noreste, donde se organizaba el mercado de esclavos, a pie de playa. El rey Niall también estaba allí, pues había encabezado la expedición en persona. Pasaba el menor tiempo posible departiendo con druidas y administradores, y atendía pronto la llamada del mar, la atracción de los acantilados que le habían marcado el fondo de los ojos. Ante él se presentaron los guerreros de Eochaid, depositando a sus pies el botín reunido y ofreciéndole la hilera de nuevos cautivos. Patricio avanzaba con el canto de los pies para evitar apoyar las plantas heridas, que le escocían de la arena y la sal de la playa.

El rey Niall asintió, satisfecho.

—Ha sido una gran noche. Plena de triunfos.

—¿Nos liberarás ahora de la deuda? —demandó Eochaid.

—No tan plena, muchacho, pero la próxima expedición será la última. Después, podréis iros.

En el mercado de esclavos los comerciantes se acercaban para examinar a los recién llegados. Patricio hubiera dado todas las tierras de su familia por que le quitasen aquella terrible cadena. Un hombre fornido se acercó a inspeccionarle. Le arrebató la capa y le dejó solo con la camisa de dormir, que ahora estaba sucia de tierra y húmeda del trayecto por mar. Le levantó ambos brazos y le empujó para ver si podía mantenerse en pie. Patricio no sabía qué le convenía más, si aparentar fortaleza o simular cojera. Quizá, si no conseguían venderle, si todo el mundo le desechaba, le darían por inútil y le dejarían marchar. Pero ya había visto lo que hacían con los enfermos o con los lisiados. Le atormentaba la duda de no saber si debía esforzarse o no, pero el comprador no se entretuvo. Miró al intermediario y asintió.

—Desenganchadle —anunció este al grupo de guerreros.

Soltaron su grillete de la larga cadena que unía a los demás. Permitió que le ataran las manos y se alejó con resignación, en compañía de su nuevo dueño. Lo único que debía hacer era seguir así, sobreviviendo, un momento tras otro.

—Ahí va uno que no durará hasta el invierno —musitó el intermediario.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó Ciarán.

—Siempre es así. En las canteras llevan mucho peso. Les compensa. Este viene por aquí un par de veces al mes. Cuando se rompen la espalda, simplemente los reemplazan.

Ciarán tragó saliva y recordó la villa y la habitación de la que había salido aquel muchacho. Sin duda, no duraría mucho. Había algo en sus ojos grises, un punto de dulzura, pero también una fortaleza última que le recordaba a Oissíne, a Olwen. Sin saber por qué, algo en su interior le impidió mantenerse al margen.

—Un momento —detuvo al mercader—, ¿no era este el esclavo que había pedido el rey?

—Ya lo he pagado. Una palabra no se rompe.

—Te he dicho que el rey Niall lo necesita. Además, se le nota que no ha trabajado en su vida. Estás tirando tus vacas.

La mención del nombre de Niall era suficiente como para que el mercader se echara a un lado. Las armas en los cintos de los guerreros terminaron de disuadirle. Se llevó, a cambio, al muchacho que atendía los establos de la villa. Ciarán sintió lástima por él, sintió que había cambiado un destino por otro. Si uno era apartado, otro venía enseguida a reemplazarle. Alguien tenía que hacer ese trabajo.

El comprador siguiente era un hombre mayor, que llegaba del Oeste acompañado por su hijo. Mostró su interés por Patricio.

—¿Adónde te lo llevas? —inquirió Ciarán.

Eochaid no entendía por qué se involucraba tanto con aquel muchacho. Estaba interfiriendo en el trabajo del intermediario.

—Poseo tierras junto al bosque de Fochoill, en Connacht —contestó el comprador—. Son muchos cerdos, cada año más. Necesito a alguien pendiente todo el tiempo.

—El precio son tres vacas lecheras —se adelantó el intermediario, viendo una oportunidad. Si tantos cerdos tenía, bien podía pagarlas. Era un precio inaudito para un hombre, incluso para un muchacho joven como aquel. Le estaba dando el mismo valor que a una mujer.

El comprador lo miró mejor, de arriba abajo, con expresión incrédula.

—Padre, vámonos de aquí. Dejemos ya de perder el tiempo —se quejó su hijo, enojado, mientras se daba la vuelta.

—El precio es de dos vacas lecheras —les detuvo Ciarán. Frenó en seco al intermediario, que intentó protestar—, y esta es la última palabra. Es un buen precio. Llévatelo de una vez.

—No estará enfermo… —desconfió ante la repentina presión.

—Está perfectamente. Te servirá bien.

El comprador dudó un momento, pero la resolución en los ojos de Ciarán le convenció.

—Está bien. Pareces un hombre honesto. En mi región siempre hace falta gente. Hay mucho trabajo y a nosotros nos cuesta caro ir a los puertos a comprar. Si alguna vez tenéis más —señaló al resto de esclavos—, traedlos y seréis bienvenidos.

Patricio subió a una carreta donde le ataron junto a una decena de esclavos. El comprador dio una orden y los caballos se pusieron en marcha hacia el Oeste.

En casa del hospedero tenía finalmente algo de privacidad. El rey Niall se deshizo de sus cinturones y collares de oro con cuidado, observando cada una de las joyas a medida que se las quitaba. Las iba colocando sobre el banco en el que estaba sentado, encima de una tela púrpura.

—¿Realmente les liberarás? —preguntó su druida mayor, intentando que recapacitara—. Un enemigo vigilado es menos peligroso.

—Retenerles por más tiempo sería un síntoma de miedo.

—Nadie conoce esa profecía aparte de tus consejeros más cercanos…

Se deshizo de la capa y de la túnica, quedando con el torso desnudo. Arañazos menores, viejas cicatrices, lo condecoraban. Aún parecía poderoso a pesar de haber superado con creces la cincuentena y sus brazos eran fuertes, acostumbrados a la batalla contra los hombres y las olas. El fuego, en el centro de la sala, parecía respirar.

—Envíales al estuario del Sabrina —continuó el druida—. Es el coto de caza de Mumu. ¿Para qué agotar nuestras plazas cuando puedes tomar las suyas? Con suerte traerán como esclavos a sus propios colonos.

Una muchacha rubia apareció en el marco de la puerta. Las pulseras de oro tintineaban en sus brazos.

—Me envía mi padre, el hospedero —dijo al rey Niall—. Yo seré vuestra esposa esta noche.

El druida dirigió todavía unas palabras a su señor, antes de retirarse:

—El interior del estuario todavía es peligroso. Los locales no se resignan a perderlo. Si les envías allí, no regresarán con vida.

Niall asintió con decisión. Mejor si podía olvidarse de aquel asunto de una vez por todas.

La joven entró en la tienda y empezó a deshacerse las trenzas, mientras su amante la abrazaba por detrás. Imaginó su propio cuerpo transformado por el embarazo. No debía de ser difícil, si la mitad de las cosas que contaban sobre aquel hombre eran ciertas. Incorporar al rey de Temair a la familia era el mayor privilegio que cualquiera se podía permitir.