13
Transformaciones
Olwen desenvolvió el lino cuidadosamente y aprovechó que estaba sola para contemplar los bordados de boda una vez más. Sus dedos recorrieron el relieve de los dibujos, brotes sedosos floreciendo en la tela. Daoil se los había regalado a cambio de haberla cuidado durante muchos meses.
Samain estaba cerca, demasiado cerca, y aún no tenía noticias de Ciarán. Seguramente no sabía nada de la terrible suerte de su padre y era preferible que siguiera siendo así. Una nueva como aquella podía desencadenar toda una tormenta de reacciones que, a la postre, solo podían ser fatales. Ciarán no tenía ya ningún derecho al liderazgo del túath. Su parentesco con el soberano actual pasaba de cuarta generación y, para empeorarlo, todos sabían que Bróenán no era su verdadero padre.
Lo único que deseaba era volver a verle, poder abrazarle otra vez, saber que estaba a salvo. Ciarán había prometido que la mandaría a buscar, pero el festival estaba próximo y parecía que los pozos del Otromundo volverían a abrirse antes de que pudieran estar juntos de nuevo. No podía haber olvidado su promesa: él no era voluble. Cuando tomaba una decisión, la llevaba hasta el final.
Recordó con amargura los sucesos ocurridos seis meses atrás, cuando Cormacc había aparecido en la sala de reunión con la cabeza de Bróenán en la mano. Era lo más horrible que se había visto en el pueblo, peor incluso que la matanza de los Barr. Aquí no se habían matado entre enemigos, sino entre miembros de una misma familia. No había pago de cuerpo ni de honor para un delito de fingal. No había reparación posible. Era antinatural y contrario al orden de la sociedad porque los familiares no podían compensarse a sí mismos. El día anterior, Olwen había visto al jefe Necht pasear con sus caballos y, de repente, estaba allí: su cabeza, la morada de su alma, truncada y desgajada de su cuerpo, colgando entre los dedos de su primo segundo. El propio Cormacc había atravesado su peor pesadilla mientras repetía exhaustivamente su genealogía, recordando su legítimo derecho de reinado. Estaba pálido y consumido, desolado, amargado. Había sido cruelmente herido en el brazo izquierdo, pero no podía cubrir la carne expuesta porque debía seguir aferrando la cabeza que reconocía su victoria. El asistente del juez testificó que el combate había sido singular y legítimo, que Bróenán había aceptado el duelo propuesto y lo había perdido. La imagen del vencedor no era gloriosa, sino igualmente derrotada. Olwen esperaba no volver a ser testigo de una violencia como aquella nunca más.
Sin embargo, las palabras de Diarmait hacia Ciarán no hacían sino presagiar más odio. «Olwen, lo que tú quieres es imposible», le había dicho. «No podemos ser todos amigos de todos. El mundo no funciona así. Algún día Ciarán y yo tendremos que arreglar cuentas… como las arreglan los hombres. Ese día llegará, por la verdad de mi rostro y de mi alma».
El relincho de una yegua alertó a la muchacha, que se asomó a la puerta y vio pasar a cuatro elegantes jinetes por el camino. Cerca de Samain era normal ver a extraños viajando, pero aquellos parecían hombres importantes, embajadores. Quizá venían de Caisel. Se dirigían hacia la casa de reunión.
Cuando llegó su padre, empapado por el chaparrón, se apresuró a preguntarle:
—¿Qué tal fue la asamblea?
—Supongo que bien. Permití que fuera Fiachu en mi lugar, como representante de la familia. Es bueno que tus hermanos se acostumbren a hacer alguna gestión de vez en cuando. Yo ya tengo suficiente trabajo aquí. Este nuevo druida lleva toda la semana insistiendo en que quiere terneros de tres años para los sacrificios. Aún no hemos tenido tiempo de aprendernos su nombre y ya quiere tener controlado hasta el más pequeño de los…
—¿Dijo algo sobre el motivo? —le interrumpió Olwen—. ¿Sabes si tenía algo que ver con Caisel?
Él quedó sorprendido por la intervención de su hija, que parecía singularmente inquieta.
—¿Con Caisel? Todo tiene que ver con Caisel… y con los Eóganachta, claro. Todas las rutas llevan a La Roca de los tributos. Desde el más escuálido camino de vacas hasta las vías que siguen los ríos principales. Y estas últimas, especialmente. —Había un poso de ironía en su voz, una nostalgia, quizá, de los viejos tiempos en que el túath era independiente y no había hecho falta alianza alguna—. Algo sobre los tributos, me dijo Fiachu. Aumento en el número de cabezas. Lo habitual. Para las buenas noticias seguro que mandarían a cualquier crío. Para recaudar, en cambio, envían a cuatro mensajeros con sus mejores galas.
Apoyado en el poste de la casa de reunión, Diarmait esperaba a que su hermano, el nuevo rey, despidiera a los embajadores llegados de Caisel. Durante los seis meses en que había ejercido de soberano, Muiredach había estado constantemente sumido en las dudas. Una posición como aquella se conquistaba después de años de lucha, derrochando grandes dosis de ambición, astucia y estrategia, abriéndose paso entre competidores de la misma sangre. Los líderes llegaban a serlo por selección natural, elegidos por sus sobresalientes cualidades, y eran tradicionalmente juiciosos, buenos guerreros y hábiles políticos. A Muiredach le había caído encima la regencia. Su padre le había apoyado para evitar que la tuviera Diarmait, cuyas imprudencias, según había dicho en su lecho de muerte, «le habían roto el corazón».
Aquellos recuerdos eran materia cortante en la memoria de Diarmait para el resto de sus días, inquietantes pasillos que debía evitar. Después de presentarse en la casa de reunión, Cormacc se había dirigido a su casa y había dejado la cabeza ensangrentada del rey Necht en el lugar donde Diarmait estaba comiendo. Después se había retirado a la cama, sin decir una palabra, mientras la madre se deshacía en sollozos ante el estado lamentable del esposo. Al día siguiente, Cormacc reunió las fuerzas suficientes para presentarse bajo el árbol sagrado, ante la piedra de la inauguración. Los rituales para consagrar a un soberano eran habitualmente largos y complejos y el druida se vio forzado a reducirlos al mínimo. Serviría para un rey breve, pues no sobrevivió más allá de la semana. Muiredach le sucedió, como él mismo había dispuesto.
—Te daré todo el apoyo que necesites —le había dicho Diarmait—. Pero a cambio quiero una promesa. Se la debemos al Necht y a nuestro pueblo. Tenemos que rectificar lo que hizo Bróenán.
Muiredach asintió.
—Faltó al honor, a lo que debía ser —continuó Diarmait—. Los Barr perdieron y era decisión de los dioses que se extinguieran. No estaba en manos de Bróenán decidir lo contrario.
—Todos saben que el jefe Bróenán insultó al Necht al traerse a Ciarán…
—No permitas que Ciarán vuelva, jamás. Y no le des a ninguna de nuestras mujeres, especialmente a Olwen.
En aquella sala, ante los embajadores de Caisel, Muiredach había denegado la petición de matrimonio. Diarmait despidió entonces a Fiachu, que esperaba a su lado, refugiado en una sombra. El hermano de Olwen asintió, satisfecho de sus juramentos. Diarmait le devolvió el gesto de complicidad por el trabajo bien hecho. Al fin se le había hecho justicia. La llegada de Ciarán a la Llanura había alterado su mundo, como el de un niño intercambiado por los síde, que ya no puede cumplir con su destino. Pero no por más tiempo.
Ciarán debía esperar el momento en que la fiesta estuviera en su apogeo. Los cimientos del mundo se revolvían en la Llanura. La rabia, la desesperación, el temor, los celos, la impotencia, la venganza… eran demasiados sentimientos para cargarlos en la grupa de un caballo.
«Me la llevaré igualmente, aunque sea por la fuerza». El desafío que había lanzado contra el rey todavía le latía en los oídos. A su provocación, Nad Froích había opuesto sus más terribles amenazas: «Si haces eso te conviertes inmediatamente en enemigo de los Necht y por tanto de todos los Eóganachta. Y tus hijos y los hijos de tus hijos. No habrá lugar en este lado del mundo donde puedas esconderte de mis leyes».
Recordó la visión que había tenido durante el entrenamiento con lanzas: una señal de peligro. Ahora estaba seguro de que aquel cuerpo que había visto quemarse era el de Bróenán, y de que el fuego procedía de su pira funeraria. Recordó la sensación de cabalgar hacia su propia destrucción, de desgastarse en el aire, ardiendo. Debía llegar hasta Olwen antes de que le alcanzase aquel grito de extinción.
A lomos de Cuchillo, se acercó hasta el puesto de vigilancia. Los guardias le conocían bien y confiaba en que le dejaran pasar sin preguntas. Para cuando se dieran cuenta de su falta ya habría cruzado las márgenes del Siúr.
Hacia abajo podía ver las tiendas provisionales, apiñadas en torno a las faldas de la colina, y las llamas de las hogueras despuntando en la tierra. La algarabía y los cánticos le orientaban en la oscuridad. Sirvientes, campesinos, hombres libres de todo el reino celebraban la noche sin fecha, la que no pertenecía a ningún año, ni viejo ni nuevo. El aroma helado de lo sobrenatural.
Levantó la mirada y la fijó en el camino: allí le esperaba una sombra que no había advertido antes, apenas una mancha en su campo de visión. Se definió lentamente, naciendo del lado tenebroso de la montaña, revelándose contra las hogueras. Era el capitán Murchad. Montaba a caballo y las llamas definían sus contornos de forma intermitente. Se interponía en su camino, mitad hombre, mitad fantasma.
Ciarán volvió la mirada hacia el Oeste. El camino del Niam estaba abierto. Los fuegos rituales de Samain iluminarían su fuga.
—¡No soy ningún prisionero! —exigió Ciarán—. ¡Dame paso! ¡Ahora!
Silencio.
—Mientras tenga vida en el cuerpo seguiré intentándolo —continuó, alzando la voz, compitiendo con el viento— y de nada te sirve retener a un muerto.
—Estás cometiendo un error. —A Murchad sus propias palabras le sonaron insuficientes. Otros guerreros se habían alineado poco a poco detrás de él.
—Ese error del que hablas lo he cometido ya. Dame paso o lo tomaré igualmente.
Murchad negó con la cabeza. El vendaval le tiraba de la capa y los cabellos. Dio un paso atrás. Los fuegos junto a la colina eran azotados sin piedad.
—Si evitas que te cace ahora quizá puedas hacerlo siempre. Te habrás ganado el derecho a seguir huyendo —una oportunidad—. ¡Vamos! ¡Galopa! ¡Vuela hasta el final de la tierra si puedes! ¡Nadie ha escapado antes de la Garra de la Morrígan!
Ambos jinetes permanecían enfrentados en el camino, envueltos en una corriente de viento: Murchad lo recibía de cara, aguantando los tirones de la capa; Ciarán lo sentía empujando con fuerza contra su espalda, animándole. Nuevamente los elementos se ponían de su parte.
Contó a los hombres, que se acercaban cada vez más. Dos por detrás del capitán, guardando el camino, otros dos más abajo, cortando la huida hacia el valle. Sintió como dos más se aproximaban a su espalda, impidiéndole retroceder. Con el capitán sumaban siete.
Todos permanecían pendientes de los movimientos de Ciarán. Las miradas se entrecruzaban formando una invisible red de captura, que amenazaba con caer sobre él al más mínimo gesto. Tenía enemigos en tres de los puntos cardinales y arriba, en la cima de la colina, le acorralaban el muro y la mole de piedra de La Roca.
Súbitamente, maniobró en redondo. Ignoró el camino y trepó la loma, a través, buscando la pared abrupta.
—¡Está intentando bajar por detrás! —gritó Murchad, reorganizando a su grupo—. ¡Rodead la colina!
El capitán no estaba dispuesto a perderle el paso y se lanzó personalmente tras él, pisándole las huellas. Cuchillo era como una sombra que se abría paso hacia lo alto, sorteando los peñascos y encaramándose hasta la cumbre.
Ciarán alcanzó la muralla y pasó casi rozándola en la oscuridad. Se desvió a la izquierda y la recorrió como una exhalación, arrimado a su piel pétrea, tan escurridizo y veloz como un golpe de aire. Murchad le siguió a escasa distancia, azuzando con ganas a su caballo negro, y no se acobardó cuando llegaron al extremo opuesto y Ciarán se lanzó de cabeza colina abajo, por una pendiente mucho más abrupta que la de la otra cara.
Huyendo por el camino del Noroeste podía esquivar a la multitud de granjeros y comerciantes que habían venido para la celebración y, si lograba alcanzar la linde del bosque, habría obtenido una gran ventaja. El tramo más peligroso sería el del cruce del Siúr. Fuera cual fuese su estrategia, en algún momento tendría que desviarse al Suroeste y tomar alguno de los pasos del río, ya que este circundaba la capital como una última defensa fronteriza. Estaba seguro de que Murchad lo había previsto.
Ciarán miró hacia atrás y divisó un momento la figura del capitán antes de internarse en la floresta. No necesitaba de sus ojos para saber que le seguía de cerca. Podía distinguir el tronar de los cascos de su montura y separarlos de los de Cuchillo, más ahora que se alejaban del alboroto. Los cantos y las risas quedaron atrás, como un eco junto a la colina sagrada, y el camino se hizo más denso.
Las dos sombras batallaban en un duelo de velocidad, emergiendo y desapareciendo entre las manchas de luz que se colaban por entre las ramas. Más que por adelantarse, las dos figuras parecían luchar por no ahogarse en el pozo de oscuridad, por respirar en tierra iluminada. Al acercarse a las curvas forzaban el paso, levantando los terrones de barro húmedo, evitando por todos los medios salirse del camino. Cabalgaron manteniendo el pulso hasta que Murchad tuvo que rendirse a la evidencia: era imposible cerrar a Ciarán. Siempre parecía demasiado ligero, demasiado constante en su galope, como si no le costara esfuerzo y pudiera seguir en carrera durante días. Tan fácil como un pez que sigue la corriente. Había conseguido igualarle por instantes, crear la ilusión de un combate justo, pero tanto el capitán como su caballo estaban exhaustos, buscando una línea de meta que no llegaba nunca. Aflojó el paso y se conformó con seguirle a una distancia prudencial, que poco a poco se fue ampliando.
Ciarán vio por fin recompensada su audacia, a medida que se separaba de su cazador y la arboleda dejaba de ser tupida para revelar los reflejos de la luna en el río. Estaba cerca. Solo quedaba encontrar el paso abierto y lo habría conseguido.
El primer cruce, como suponía, estaba vigilado. También el segundo. Para llegar al tercero tenía que recorrer un largo tramo hacia el Sur, sin perder la perspectiva del rastro negro y plata que centelleaba intermitente a su derecha.
Después de una media hora de galope, encontró el tercer paso desprotegido. Era la oportunidad que estaba esperando. Al pasar sobre la rampa emergió la figura imprecisa de un jinete.
—¡Tsch! ¡Por aquí! —le gritó—. Te están esperando en el otro lado. Es una trampa…
—Fergus, ¿qué haces tú…?
—¡No hay tiempo! ¡Ven conmigo! Conozco un atajo…
Ciarán no lo pensó dos veces. Siguió a Fergus al interior del bosque hasta que llegaron a un claro, casi al borde del río. Fergus paró su caballo en seco y Ciarán hizo lo mismo, esperando una señal, una indicación. El silencio era absoluto, extraño. Miró a su alrededor, entre los árboles, buscando los trazos de algún sendero semioculto.
Sintió entonces un fuerte golpe en la espalda, un empujón que le derribaba y le tiraba al suelo. Caía bajo el peso de alguna sombra surgida de entre las ramas. Pronto le saltaron encima varios hombres que le ataron con cuerdas e impidieron a toda costa que se acercase de nuevo a Cuchillo.
—Fergus, no… —Su súplica partió el corazón al hombre de Múscrige.
—Lo siento de veras, muchacho —le dijo, arrodillándose junto a él, en un gesto de verdadera compasión—. Tienes que conseguir salir de esta. Librarte de esa locura. Solo queremos lo mejor para ti…
—Necesito… Tengo que volver…
Fergus negó con la cabeza y apartó la mirada, triste. Al menos mientras siguiera en Caisel, Ciarán seguiría conservando su estatus. Seguiría siendo un hombre libre y no un criminal ni un cautivo. Pero, aunque nadie pudiera verlo entonces, cadenas invisibles de esclavitud cayeron aquella noche sobre él, sobre su sangre que permanecía atada, prisionera, lejos de la de Olwen. Y aquellas cadenas le resultaron más pesadas que las que hacían los herreros en sus secretas forjas.
El agua era sanadora, también para la locura. Pero él no estaba loco. Ciarán se lo repetía mientras intentaba mantener el valor. Los locos eran ellos.
Entrar en contacto con el agua suponía franquear el portal que separaba ambos mundos. El agua era al espíritu lo que la comida al cuerpo, el elemento de la transformación y de la purificación: sacaba al guerrero de su frenesí y le retornaba la razón; cocinaba al hombre y lo convertía en rey; bañaba el cuerpo de los nacidos para limpiar los restos de su viaje anterior y también el de los muertos para que pudieran emprender el siguiente.
No tenía nada de particular que alguien se adentrara en el río en mitad de la noche, aunque fuera a las puertas del invierno. Solo había una noche del año en que a nadie se le ocurriría hacerlo: la noche de Samain, donde se estaba completamente desprotegido ante las fuerzas del Otromundo. Los límites se desvanecían y muertos y fantasmas se movían libremente y eran más poderosos que nunca.
Los animales estaban demasiado cercanos a los dioses como para perderse entre mundos. Por eso Murchad había insistido en que se refugiara en su tótem antes de dejarle allí, a solas, en la oscuridad. Se repitió que no estaba loco, solamente desesperado. Los hombres del capitán le habían atado a una roca para evitar que se ahogara cuando las piernas dejaran de responderle.
Tenía la certeza de estar en el lugar más peligroso durante la noche fatal. Le provocaba sensación de muerte. Al respirar, el vapor se arremolinaba en la superficie helada del río, que era completamente negro pues la luna también había desaparecido tras el manto de nubes, abandonándole. Ahora ya no había nada.
Todo el mundo sabía que había monstruos morando en el agua. En el mar y los lagos, respirando, rizando la superficie. Tragaban y vomitaban provocando los remolinos y las mareas, causando la muerte. Eran criaturas que engullían vivas a sus víctimas, antes de que otros hombres pudieran verlas. Algunas eran alargadas, como anguilas gigantescas, y se ensortijaban en los miembros hasta lograr la asfixia. Otras tenían los dientes afilados, dentro de sus enormes bocas, y masticaban despacio los pedazos de carne. Ciarán sabía que las aguas corrían bajo tierra y se preguntaba cuánta distancia podrían recorrer aquellas bestias desde sus remotas guaridas, antes de atravesar el Siúr y llegar hasta él.
Intentó agudizar la vista, por ver si advertía algún movimiento: un burbujeo, unas ondas que pudieran delatar la presencia de alguno de aquellos seres. Hizo un esfuerzo por recordar todo lo que el capitán Conaire le había dicho sobre su tótem, sobre cómo este podía protegerle de cualquier temor, humano o sobrenatural. Palabras e ideas se adelantaban unas a otras en su mente, luchando por imponerse como en una competición ecuestre, ¿dónde estaba la protección de Macha?, ¿por qué le había abandonado?
Imaginó entonces, con los ojos cerrados, la bruma blanca de sus visiones. Se propagaba lentamente, tranquilizándole, llenando el espacio oscuro bajo sus párpados. Buscó en su interior la sensación del galope, aquella luz que le asaltaba de improviso, la voluntad del caballo dentro de él. Sintió los brazos de mujer envolviéndole desde atrás.
Poco a poco, los contornos neblinosos empezaron a dejar paso a formas definidas en blanco y en gris. Se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos. La oscuridad no era la de sus párpados, sino la de la misma noche y ahora que las nubes se apartaban, la luna volvía a platear la superficie del río y la niebla se llenaba de luz, tomaba consistencia. Una figura esbelta pareció surgir del agua, lentamente. Al elevarse, una parte del suelo también se levantó, arrastrando el manto verde y pesado de la tierra sobre sus hombros, sirviéndole de capa. Sus vestidos blancos estaban completamente secos y Ciarán supo que aquel encuentro solo podía pertenecer a un sueño. Supo también que aquella figura era su madre espiritual, Macha, con la que intentaba desesperadamente comunicarse. Era alta, demasiado alta para ser una mujer, y tenía las manos largas y pálidas, los cabellos rubios, los ojos de un verde intenso y profundo, como el de los campos. Macha, la hija del Extraodinario hijo del Océano. Ciarán todavía recordaba las palabras de la bruja acerca de su madre: «Se adornaba con hermosos collares de cuentas y metales preciosos, comercio del Imperio. Decían que tenía parientes hispanos, que era una auténtica milesia…». Su madre, Muirenn, su antepasado más cercano, tan cercano que Ciarán había estado ligado a ella en sus entrañas y había bebido de su sangre y había partido su cuerpo en dos para poder habitar el mundo. Su madre, que había perdido. Se sintió triste, pero también reconfortado y protegido. Aquella mujer avanzaba sobre el río a su encuentro, aunque sus pies no provocaban ondas a su paso. Ciarán ya no recordaba dónde se encontraba, ya no le importaba. No sentía sus miembros ni tampoco las amenazas. Si tuviera que dar un paso hacia la muerte, podría hacerlo, sereno y sin temor, hacia los brazos de aquella mujer acogedora.
Relajó el cuerpo para dejar que el río se lo llevara por completo y, en aquel momento, al punto de abandonarse del todo, sintió cómo los brazos de varios hombres le desataban, sacándole de las aguas heladas.
Le pareció que Murchad le tomaba en sus brazos fuertes y pasaba bajo el dintel de una casa amplia. Ciarán desconocía por cuánto tiempo había estado inconsciente o cómo había llegado hasta allí. Ahora podía escuchar una voz de mujer y sentía cómo le acostaban y cómo las pieles se acumulaban sobre su cuerpo, cubriéndole hasta el cuello. Unos brazos femeninos le rodearon en la cama, desde atrás, y por un momento pensó que seguía soñando, que estaba realmente en los brazos de Macha, aún entre la niebla. Otros brazos de mujer le rodearon de frente: cuerpos gráciles y aristócratas que se apretaban contra él para darle calor. Podrían haberlo hecho unas esclavas, hubiera sido lo esperado, pero Murchad solo le había dado lo mejor: el cuidado de sus propias esposas.
Desde que Ciarán llegara a la choza, las mujeres no se separaron ni un momento de él. Le hacían sudar toda la fiebre en el calor constante de sus abrazos, pero, además, le colmaban de besos en la frente, en las mejillas y en las manos. A Ciarán le resultaban casi irreales, como dos criaturas del Otromundo. Una de ellas, Fand, le acariciaba el cabello negro, recostando su cabeza en el regazo, junto al vientre hinchado, pues estaba embarazada de siete meses. La otra, Orlaith, repetía palabras de consuelo: «No te preocupes, estás a salvo. Todo irá bien».
En los días que siguieron, cantaron y tocaron instrumentos de cuerda para él, ordenaron que se le preparasen infusiones y sopas, le lavaron, le cortaron el pelo con cizallas, le afeitaron por primera vez e incluso lloraron varias veces por él para que el dolor abandonara su cabeza. Las lágrimas de aquellas mujeres, los besos y abrazos que le prodigaron, contribuyeron a fortalecer su espíritu, manteniendo lejos los pensamientos de muerte. Todo se hizo tal y como Murchad había ordenado.
Lo primero en llamar su atención fue el color vivo de las telas que, aquí y allá, cubrían cofres y bancos y proporcionaban riqueza a las paredes de la casa. Tapices teñidos de escarlata brillante, pero también azafrán, negro y verde. Hilos de plata caracoleaban en algunos de los remates, destellando al movimiento del fuego. Ciarán los observó largamente desde la cama antes de reunir las fuerzas suficientes para incorporarse. Necesitaba empezar a servirse de sus piernas y liberarse de las atenciones de los sirvientes. La casa estaba extrañamente desierta al mediodía.
Dos hermosas lanzas cruzadas colgaban de la pared anterior, en el Este. La luz de la mañana les daba un color frío. Ciarán se acercó, fascinado por el brillo del metal y el esmalte. Había oído a Eochaid hablar de ellas: las hijas de Lug, un regalo de rey de sobrerreyes. En su interior latía algo incontrolable. Decían que el dios Lug había surcado el cielo, marcándolo a fuego con su largo brazo, galopando con sus dos lanzas alzadas. De estas se habían desprendido esquirlas que habían caído a tierra, chisporroteando, envueltas en llamas vivas. Su corazón de hierro negro había sido hallado, fundido y forjado de nuevo, dando lugar a aquellas magníficas piezas.
Muchos temían a las armas nacidas del hierro celeste, pues el paso de los dioses era considerado un presagio de destrucción y de muerte de reyes. El orfebre le había dado a las hojas la forma de llamaradas de cinco puntas y, en el centro de las mismas, había colocado unas gotas de esmalte rojo, como un rastro de sangre que anticipara su destino. Murchad las exhibía como armas ceremoniales en las ocasiones más importantes y el resto del tiempo permanecían dormidas en la pared.
Ciarán sintió el impulso de verlas más de cerca. Extendió la mano hacia ellas, buscando el filo ondulado de las hojas.
—¡¡Iiiiiiiiih!!
Un chillido espantoso le dejó sin aliento y le obligó a volver la cabeza. Había aparecido, de no sabía dónde, una pequeña criatura, peluda y deforme, que daba saltos y se revolvía, gritando, protestando, arrojándole un trozo de manzana a medio morder. Ciarán descolgó una de las lanzas, como en un acto reflejo, y esta resplandeció en su mano con un destello blanco. Apuntó a la pequeña bestia con la hoja. Aquella frenética bola de pelo contaba con sus dos buenas hileras de dientes y corría de un lado a otro, balanceando la cola y apoyándose en sus piernas y sus manos, que eran como manos humanas solo que ennegrecidas, como si se le hubieran chamuscado y encogido. Hacía un ruido escandaloso al moverse y Ciarán reparó entonces en la cadena, enterrada en el pelaje del cuello, que la ataba al poste central de la casa. Aquella criatura maldita era nada menos que un prisionero del capitán Murchad.
—Si hieres a ese animal será un día triste. Para ti sobre todo —le saludó Orlaith, una de las dos esposas, incorporándose tras pasar bajo el dintel. Era una mujer seria e inteligente, de rasgos duros, pero nobles, con un cabello trigueño recogido en menudas trenzas que destacaban su cuello de cisne. Su brazo enjoyado se dirigió ceremoniosamente hacia Ciarán para tomar la lanza y colocarla en su soporte—. Es un regalo de prestigio irreemplazable.
Ciarán consideró que mostrar a una criatura como aquella, viva, cautiva y encadenada a la casa era, sin duda, una importante muestra de coraje. Ninguno de los habitantes del fuerte poseía una palabra propia para denominar a un macaco de Gibraltar, por lo que lo llamaban simplemente «la criatura» o el «regalo».
—Ha pasado algunos días en otra de las casas. Murchad temía que te molestase con sus impertinencias. Ahora estás más recuperado —era una afirmación, no una pregunta. Como de costumbre, a él no le preguntaban sobre nada y menos sobre su propia situación.
—¿Soy libre para salir afuera? ¿O soy tan prisionero como este animal? —preguntó él, dirigiéndose a la puerta.
Ella, alarmada, tomó una lana grisácea que permanecía sobre un arcón y se la echó por encima justo antes de que saliera.
—Puedes abandonar la casa. A hartarte de aire frío, si eso es lo que quieres. Pero no podrás salir del fuerte hasta que hayas hablado con el mismísimo capitán.
Ciarán se contentó con el progreso conseguido y, arropándose bien en la capa de lana, salió al gris azulado del mediodía. El frío punzante le sorprendió en las cavernas del pecho y le arañó la piel. El sol brillaba enfermizo a la media altura de noviembre, pálido y rezagado en el cielo. Aquello era lo máximo que ascendería en todo el invierno.
Junto a la muralla del fuerte, un grupo de mujeres transportaban fardos de juncos secos, largas varas que habían perdido ya todo el verde. Más allá de la muralla, los sirvientes colocaban la malta en bandejas de mimbre para secarla en los hornos. La cerveza era la mayor riqueza del fuerte de Murchad, aparte de las reses.
Le llegó el sonido de unos cascos desde el otro lado del muro, de unos cinco metros de altura. No tuvo que asomarse sobre las rampas del mismo para confirmar que era el capitán. Aquel galopar tirano solo podía ser suyo.
Tras descabalgar, el guerrero franqueó la entrada y avanzó en largas zancadas hacia la casa principal. Iba concentrado en sacarse unos guantes de piel de ciervo, con cuidado de no reventar las costuras que daban forma a los dedos. Se sorprendió al levantar la vista y toparse prácticamente de bruces con Ciarán, que le observaba impasible, envuelto en la lana gris. Sus ojos, jóvenes y orgullosos, demandaban a gritos una explicación.
—Vamos dentro. Tenemos que hablar —le satisfizo Murchad.
Se quitó la capa roja e indicó a Ciarán que tomara asiento en un banco. Aquella sería una conversación de hombre a hombre. No era para tenerla de pie o sentado en el suelo.
—Fergus te envía esto. Con sus mejores deseos. —Colocó a su lado un recipiente de queso con miel. Era un buen regalo. La miel escaseaba en invierno y apenas podía encontrarse en las despensas de los reyes—. ¿Te encuentras mejor?
—Me atrapaste a traición.
Murchad se quitó la cadena que sujetaba la espada a su cintura, sin prisa, y la dejó cuidadosamente sobre la capa doblada. Luego tomó aire y se sentó junto a Ciarán.
—Así es como hay que capturar a los hombres cuando quieres llevártelos vivos. Ya lo aprenderás. Para la matanza ya está la batalla a campo abierto. Quizás hubieras preferido esto segundo…
Ciarán le miró sombrío. Era muy temprano para el sarcasmo, incluso tratándose del capitán.
—¿Qué te asegura que no volveré a intentarlo?
—Nada. Pero creo que eres un muchacho inteligente y espero que estos días te hayan servido para algo. Tienes que empezar a pensar como un hombre y no como un crío corto de miras. Supongamos que consigues cruzar todas las fronteras sin tener derecho de paso. Digamos que llegas a la Llanura del Cisne sano y salvo. ¿Y luego qué? Te tienes que enfrentar a todo tu pueblo y encontrar la forma de huir con esa chica, arrastrarla por la tierra hasta que ya no os queden fuerzas. La vas a privar del único lugar donde está segura, donde tiene derechos y bienes, la vas a arrancar de la protección y el amor de su familia para ofrecerle ¿qué? Nada. Un proscrito que no tiene nada.
Ciarán sintió que se le crispaban los puños mientras le escuchaba. Sabía que Murchad tenía razón. No quería pensar en ello porque no veía alternativa alguna.
—No seas insensato —siguió el capitán—. ¡Las cosas no se hacen así!
—¿Y cómo se hacen entonces? ¡Dime!
—Con cabeza. Pensando en las consecuencias. Y protegiendo a la mujer que amas, no poniéndola en peligro.
Ciarán no sabía cómo responder a aquello. Juventud no había más que una. Ahora, y solo ahora, era el momento de amar y de tener hijos con Olwen, no dentro de veinte años, cuando la vida en ellos ya no tuviera fuerzas ni sentido. Una reencarnación perdida era lo que el capitán le estaba ofreciendo. Y lo peor es que era su mejor oferta.
—No hay ninguna razón para que siga aquí. Al servicio de un rey que no me ha dado la única cosa que le he pedido…
—Sigues sin escucharme. ¡El rey de Caisel no es el dueño de Mumu! ¿Tienes idea de lo improbable que es que Nad Froích intervenga en los asuntos de las tribus? Nadie se lo permitiría. Es algo que ni siquiera se concibe. Sin el beneplácito del pueblo y de la familia no puede haber contrato. Entiéndelo. Ahora, por lo menos, conservas la amistad de tu soberano. No la pierdas también, forzándole a perseguirte por toda la isla.
—No lucharé para él. Este pacto lo hice solo por Olwen.
—No te engañes. ¿Adónde irías sin protección? ¿Volverías a tu pueblo?
—Sabes bien que no puedo volver… Me he convertido en las uñas de la familia real[26].
—Entonces tienes que ver esto como una oportunidad. Una que muchos desearían para sí.
—¿La de matar y robar para un rey ingrato?
—La de servir a los dioses. ¿No has aprendido nada del tiempo que has pasado aquí? ¿Has estado sordo a todas las palabras de Conaire? No importa si es Nad Froích, Eochaid o quien venga detrás. Al final estamos a disposición de fuerzas más altas. Dicen que eres hijo de la diosa yegua, una diosa de guerra y de soberanía. No permitas que sienta vergüenza de ti.
Ciarán se había ido a acostar temprano. En mitad de la noche, escuchó el trote de un jinete y Ciarán palideció cuando el centinela mencionó su nombre.
Salió de la casa de Murchad y se encontró con una silueta encapuchada que se aproximaba, apenas definida por el resplandor de las antorchas. Al verle llegar, la figura se descubrió el rostro y le dejó sin aliento.
Olwen estaba pálida bajo la luz de la luna, agotada por el largo viaje. Las trenzas deshechas, con los cabellos enredados enmarcándole el rostro. Se acercó y Ciarán observó que tenía cortes en una ceja y sobre la mejilla, arañazos sacrílegos en su rostro sublime. Sintió la mordedura de minúsculas fauces: la ira se lo comía con la fiereza cruel de los insectos.
—Olwen, ¿quién te ha hecho esto? ¿Ha sido Lugaid?
Ella no podía responder. Tenía los labios cerrados por la escarcha. Ciarán puso su mano sobre ellos y se quemó con el frío que emanaban. Olwen tenía hielo en las pestañas y en la superficie de los ojos.
Ciarán recordó entonces un juicio que había tenido un final aciago. Una muchacha huida que había muerto congelada. Un muchacho ahorcado junto al río. Unos amantes malditos, hacía mucho tiempo, en Múscrige. Se llevó la mano al cuello y encontró una soga que se cerraba sobre él.
Le despertó Murchad, que repetía su nombre con firmeza.
—No pasa nada. Solo estabas soñando…
Se tocó el cuello de nuevo, buscando algún rastro de la cuerda, pero solo encontró la cuenta familiar de ámbar, el rayo cautivo de sol, al que se sujetó firmemente, buscando a Macha.