Mi comienzo en el FLA

En el año 1999 llegó a mis manos por casualidad el libro “Liberación Animal”, de Peter Singer, y lo tuve acumulando polvo hasta el año siguiente. Aunque ahora mantengo importantes diferencias con el autor, tanto a nivel ideológico como estratégico, tengo que reconocer que ese libro cambió mi vida por completo. Empecé a leerlo sin interés, pero tras unas pocas páginas me cautivó. Desde entonces, logré ver al resto de animales como individuos que deben ser respetados sin importar su especie.

Me puse a investigar por Internet sobre los diferentes colectivos que había en España. Hubo una imagen que me llamó la atención: un hombre con un pasamontañas abrazando a un conejo. Pronto averigüé por qué iba encapuchado y qué era el Frente de Liberación Animal. Esa estrategia me parecía perfecta, destruir la propiedad de los explotadores de animales y rescatar a los animales secuestrados.

Comencé a leer historias de activistas que habían participado en esas acciones y decidí que yo también podía ser parte de esa lucha. En tres meses llegué a hacer en solitario más de 60 sabotajes de pequeña envergadura. Generalmente llevaba a cabo estas acciones con pocas medidas de seguridad, muy pocas. Tan pocas que aun no entiendo cómo no me detuvieron. Literalmente salía todas las noches a hacer pintadas y sellar cerraduras de pescaderías, carnicerías o peleterías. Pero por el día también actuaba. Siempre llevaba una navaja afilada para pinchar las ruedas de camiones cárnicos que encontraba aparcados. Recuerdo estar un día haciendo pintadas a las 3 de la tarde en la plaza de toros situada en el centro de una ciudad. En alguna otra ocasión hubo gente que se me quedó mirando mientras hacía pintadas en centros de explotación y pararon literalmente para comentar lo que estaba haciendo. Fui un auténtico inconsciente.

Yo quería más. Me daba cuenta de que estas pequeñas acciones no podían causar daños importantes a la industria de explotación animal. Sabía que la forma más eficaz de causar pérdidas era a través del fuego. Esto suponía un salto cualitativo importante. Si me cogían, sin duda, entraría en la cárcel. ¿Estaba preparado? No lo sabía. Tenía miedo, eso lo tenía claro. Pero también pensaba que si yo, una persona totalmente concienciada con el problema, no lo hacía, ¿quién lo iba a hacer?

Estaba decidido. Y una noche de lluvia me dirigí a un enorme camión de transporte de cerdos que estaba vacío aparcado en un descampado. Esa noche hice una de las mayores chapuzas que podía haber hecho. Cogí un lapicero de casa, con esparadrapo pegué una bola de algodón en uno de sus extremos y me metí en un bolsillo un mechero y un frasco de alcohol. Mi plan era sencillo: iría en bicicleta hasta el trailer, rompería una de sus ventanas, empaparía el algodón con alcohol, lo encendería como una pequeña antorcha y la lanzaría dentro para que ardiesen los asientos y la cabina. Ése era mi plan, pero la práctica fue muy distinta. El primer paso, romper el cristal, me resultó imposible. Tiré la primera piedra y rebotó, tiré otra con todas mis fuerzas y pasó lo mismo. Cuando ya había tirado unas diez piedras de diferentes tamaños, me di cuenta de que había hecho mucho ruido y que lo mejor que podía hacer era volverme a mi casa.

Unos meses después volví a intentarlo con un camión que había aparcado debajo de la casa de una amiga. Me quedé a dormir en su casa y sobre las 2 de la mañana bajé a la calle. Tres minutos más tarde estaba de vuelta. Esta vez salió perfecto. Gracias a Internet aprendí a hacer dispositivos incendiarios muy sencillos. Sólo tuve que colocarlo debajo del camión y encender una barra de incienso que actuaría como mecha. Había calculado que se activaría en media hora aproximadamente. Tres cuartos de hora más tarde, la calle se iluminó con luces rojas, amarillas y azules, y el sonido de las sirenas se oía a mucha distancia. Desde la ventana observé a los bomberos y a los coches de policía. A la mañana siguiente pasé por el lugar y vi lo que había quedado del camión, ya no volvería a ser utilizado para transportar cadáveres. No había duda, todo había salido bien. Aun no me podía creer lo fácil que había sido.

Esa acción supuso para mí un punto de inflexión. Decidí dejar de hacer pequeños sabotajes y dedicarme a cosas más grandes. Si actuaba todos los días, estaba claro que tarde o temprano me acabarían cogiendo. Prefería hacer acciones más distantes en el tiempo, pero más efectivas. Las acciones pequeñas me habían dado confianza en mí mismo y había aprendido de importantes errores de seguridad, pero tarde o temprano todo activista se plantea si quiere ir a más o quiere estancarse en pequeñas acciones.

En ese punto, mi vida ya giraba totalmente en torno a la liberación animal. No podía quitarme de la cabeza el trato que se da a los animales. Seguí leyendo sobre acciones en otros países. Una de las cosas que más me llamó la atención fueron las liberaciones de visones. Sabía que me encantaría participar en una, pero me parecía una misión imposible. Meses después de la acción del camión pasé por una carretera y vi a un lado un complejo extraño. Nunca había visto una granja de visones, ni en fotos ni en video. Pero esas instalaciones eran muy parecido a lo que había leído: largas naves en paralelo de unos 4 metros de ancho, con tejados de chapa de 2,5 metros en su punto más alto.

Por aquel entonces ya conocía a varias personas que estaban interesadas en participar en acciones y decidimos alquilar un coche e ir a ver qué era eso. Salimos de la carretera por un camino y nos dirigimos hasta la granja. Cuando estuvimos cerca, los vimos encerrados en diminutas jaulas en grupos de unos cinco. No había duda, eran visones. Entramos esa noche y comprobamos que no había alarmas y que la valla sería fácil de tirar. Pero había gente viviendo y perros de vigilancia.

Durante un mes estuvimos preparando la acción. Establecimos un límite de tiempo en el interior de la granja de media hora, pero no lo respetamos. Estuvimos una hora y media abriendo jaulas. Cometimos muchos errores: hicimos turnos de vigilancia porque todos queríamos participar en la genial actividad de abrir jaulas, esto supuso malgastar mucho tiempo y muchas vidas perdidas. Además hubo un activista que decidió separarse del grupo y comenzar él en una nave alejada. Nosotros no podíamos avisarle si salía el dueño de la granja porque no sabíamos dónde estaba y si le veíamos a lo lejos podríamos pensar que él era el granjero. Al final todo se había convertido en un auténtico caos, había que tener cuidado al andar porque los visones estaban por todas partes. Literalmente, había miles de visones fuera de las jaulas, algunos de ellos chillaban y los perros no paraban de ladrar.

Afortunadamente uno de nosotros entró en razón y dijo lo que no queríamos decir nadie: “¡vámonos!”. Le hicimos caso y justo antes de salir del recinto se encendieron las luces de la casa. El recorrido hacia el vehículo fue genial. En ese momento fue cuando me di cuenta de lo que habíamos logrado. Nos cruzamos por el camino con decenas de visones que habían logrado la libertad tras toda la vida enjaulados. Y había sido gracias a nosotros. Mientras corría sentí una felicidad increíble que no puedo describir con palabras. Sabía que el resto de mis compañeros sentían lo mismo. Antes de entrar al coche nos dimos un abrazo rápido pero intenso. Una vez más pensé, ¿cómo ha podido ser tan fácil?

Al día siguiente los telediarios comentaban que la acción la había hecho un grupo de gamberros que no entendía las consecuencias para el medio ambiente. A nosotros nos daba igual. No se nos olvidaban los visones saliendo de las jaulas hacia la libertad. Sabíamos que les habíamos salvado la vida, y con eso nos bastaba.

Ésa fue una de las primeras liberaciones de visones realizadas en España. Desde entonces otros grupos han participado en estas acciones y los granjeros ya no se sienten seguros. Yo estoy orgulloso de haber participado en esta acción y todas las restantes. Me siento orgulloso de formar parte de esta lucha y de este movimiento. Cada vez que he sacado a un animal de una jaula o he saboteado la propiedad de un explotador he tenido claro que hacía lo correcto. No me arrepiento de nada. Y aunque algún día entre en la cárcel para mí sería una condena mucho mayor no hacer nada ante lo que está ocurriendo. No tengo ninguna duda, merece la pena arriesgarse.