Entrando en el infierno

Durante los últimos 20 años, los activistas han sido capaces de infiltrarse en el laboratorio más conocido del mundo, Huntingdon Life Sciences. Aparentaban buscar un empleo o simplemente entraban llevando cámaras de video o cámaras ocultas, y conseguían grabar algunas de las más brutales imágenes de abuso en laboratorios que el público ha conseguido ver. La noche del 1 de abril de 2001 unos activistas salieron hacia Huntingdon con la intención, no de conseguir salir con imágenes de video sino con animales. Tenían una misión que no había conseguido nadie antes, regresar con éxito después de haber entrado al infierno.

El 1 de abril del 2001 nuestras vidas cambiaron para todos nosotros. Fue ese fin de semana cuando unos muy queridos compañeros y yo entramos a Huntingdon Life Sciences y salimos con catorce preciosos amigos. Al cabo de tres días, el movimiento de liberación animal al completo en los EE.UU. entró en una nueva era con las energías enfocadas y ganas de éxito. Todos estábamos mejorando. El movimiento por los derechos de los animales estaba aprendiendo a centrarse en objetivos y a usar su fuerza para ganar victorias. Nosotros, la parte clandestina del movimiento, estábamos empezando a centrarnos, y a compenetrarnos con las campañas de los compañeros que trabajaban legalmente, para inspirarles, darles ánimos, y promover tácticas que requieran audacia, incluso si no son convencionales. Mientras, usábamos el rescate como la manera más efectiva de liberar a los animales ahora.

Pero, por supuesto, el cambio más importante que se produjo ese fin de semana fue en las vidas de esos catorce cachorros beagles, a los que sacamos de sus tumbas con vida. Me resulta difícil imaginar ahora a estos cachorros, a los que tanto les gusta la luz del sol y juguetear unos con otros, otra vez en esas jaulas de acero en las que los encontramos. Y a las que nunca volverán.

Huntingdon Life Sciences (se refiere al de Nueva Jersey, no al de Inglaterra) es un pequeño laboratorio lleno de odio. Ellos no sólo intentan esconderse del movimiento por los derechos de los animales, sino de toda la sociedad. El laboratorio está casi completamente rodeado de bosque, algo que nos beneficiaba al grupo y a los animales que había dentro. Pudimos andar alrededor de todo el laboratorio sin ser descubiertos y ver toda la suciedad que no se veía desde la carretera. La parte trasera de HLS es más asquerosa que una chatarrería de Alabama. Había trozos de asfalto sueltos en lo que se suponía que eran caminos asfaltados. Camino sobre camino y pilas de jaulas vacías sobre pilas de jaulas vacías, que se habían doblado y oxidado por la exposición al exterior. Esto nos produjo una gran alegría, HLS no podría mantener nunca más animales en esas jaulas. Dos grandes edificios en la parte de atrás sólo contenían basura.

La noche del 31 de marzo nos estábamos acercando al laboratorio a través de los bosques que había en la parte de atrás. HLS está situado en un pueblo tan pequeño que ni siquiera tiene su propia policía y están realmente lejos del pueblo más cercano, Franklin Township, para ofrecerles seguridad. Pero ningún demonio puede protegerse de un corazón puro. Dedicamos el tiempo y el esfuerzo necesario hasta que descubrimos cómo vencerles en su propio terreno.

Detrás de Huntingdon hay dos zonas con agua. Una es un canal que divide las jurisdicciones de los distintos cuerpos policiales del área. HLS está justo al final de la zona que corresponde al cuerpo de policía de Franklin Township. Sabíamos que la policía era generalmente rutinaria en su trabajo, raramente hacen nada original y no se preocupan de si está ocurriendo un “crimen” en un lugar que no tienen que vigilar ellos. Por eso entramos y salimos desde fuera de su jurisdicción. Pero esto implicaba cruzar el canal de hasta 30 metros de ancho en algunas zonas, que además era demasiado profundo para ser cruzado andando. También pensamos que no podía haber nada mejor para ocultar el olor de catorce cachorros que un curso de agua fresca.

Atamos una cuerda a uno de los árboles de la orilla y uno de nosotros cruzó a la otra orilla con la barca. Los remos, al meterse en el agua crearon silenciosamente grandes olas que se esparcieron hasta llegar a las dos orillas en cuestión de segundos. Nosotros, también en silencio y bajo el anonimato, queríamos crear grandes olas que enseñasen a todo el mundo que utilizar a los animales como instrumento de la codicia humana, no iba a ser tolerado. Lucharemos y venceremos.

En la otra orilla, la cuerda estaba atada a otro árbol. Esto nos permitiría cruzar el canal de lado a lado en un tiempo mínimo. Seguimos los caminos creados por los ciervos entre los árboles, pasamos por las marcas que habíamos llegado a conocer como la palma de nuestras manos, la fosa séptica abandonada, y la parte del bosque en la que las zarzas eran tan grandes que había que pasar arrastras. Nos íbamos acercando continuamente hacia el creciente sonido a los sistemas de ventilación, que producían eco a millas de distancia.

Nuestros vigilantes ya estaban colocados en sus sitios. Era el momento de entrar. Utilizamos las cizallas para hacer salidas de emergencia cada pocos metros en la valla con alambres de espinos, por si había que escapar. Esto no era muy probable, el sistema de seguridad era tan efectivo y amenazador como un hombre sordo de 95 años. La valla ni siquiera tocaba el suelo en muchos lugares, dejando espacios de poco más de un metro, por los que arrastrarse. Además, la puerta trasera nunca había estado lo suficientemente cerrada como para impedir que entrásemos y saliésemos en anteriores inspecciones.

Sabíamos el horario preciso de las rondas de vigilancia y que el empleado que trabajaba esa noche tardaba entre 6 o 7 minutos en terminar sus rondas y regresar a nuestro punto de entrada. La patrulla de policía era fácil de detectar, el coche tenía focos que se veían a distancia y lo conducían a 8 kilómetros por hora.

Al principio, cuando buscamos las unidades donde estaban los animales nos equivocamos y miramos por dentro del laboratorio. Escalando por las tuberías que había en la parte posterior del edificio principal y con la ayuda de la luz del cielo que no había desaparecido del todo, pudimos entrar en la sala de necropsias. La primera noche que estuvimos ahí nos dimos cuenta de que los horrores que Michelle Rokke había descrito de esa misma habitación, seguían siendo iguales que en 1997. Varias mesas de operaciones estaban llenas de muestras de que se habían llevado a cabo dolorosas disecciones, con instrumento quirúrgico sucio esparcido y metido en baldes con sangre durante toda la noche.

Únicamente siguiendo el hedor que desprendían los animales al vivir en esas condiciones de hacinamiento conseguimos llegar hasta los únicos animales que encontramos con vida. Todas las naves de la parte de atrás tenían alarmas y cerrojos difíciles de abrir. Pero también tenían escaleras de metal que subían hasta el sistema de ventilación del edificio. Escalamos por la escalerilla y entramos al edificio por una puerta sin cerrar que estaba a sólo tres metros sobre la puerta alarmada y cerrada con cerrojo.

El interior del laboratorio tenía un aspecto más impresentable que el peor de los áticos viejos y polvorientos. Láminas de contrachapado formaban un camino que cruzaba esa cueva de aislante de fibra de vidrio expuesto a la vista. Los cables colgaban de cualquier sitio sin ningún sentido. Desgarramos y apartamos el aislante, e hicimos un agujero en el techo (o suelo si se mira desde la planta en la que estaban ellos) con una sierra; esto nos permitía llegar a la planta de abajo, donde estaban los animales. La puerta cerrada no supuso ningún obstáculo para la palanca, y se abrió en cuestión de segundos.

Al entrar en la unidad los beagles estaban en completo silencio. Los perros cuando nos vieron no hicieron ningún ruido. En la oscuridad, pudimos ver el negro de los ojos de los cachorros observándonos con una mezcla de curiosidad y el intenso miedo a los humanos. Habíamos esperado mucho tiempo este momento. Corrimos de jaula en jaula y las abrimos todas al unísono. Cuando vieron que el primer cachorro lo hacía, el resto empezó a comprender que podían levantarse y salir de esas celdas con el suelo de acero. Los cachorros se movían de lado a lado de la unidad, aprovechando su recién encontrada libertad para correr, saltar y relacionarse entre ellos. Aquellos que eran suficientemente pequeños los metimos en maletines especiales para transportar perros en viajes, y para los grandes utilizamos arneses a los que enganchamos una cuerda para guiarlos hacia la libertad. Vaciamos la unidad y nos llevamos con nosotros todo animal que ahí había.

Yo salí con dos perros, el más grande y el más pequeño de todos los que había dentro. Cuando corrimos por una pista de hierba creada bajo postes eléctricos el cachorro se convirtió en un manojo de nervios y el mayor trotó como si estuviésemos de paseo. Pero antes de estar a mitad de camino de la salida, el cachorro empezó a inquietarse y se puso a llorar. Los tres de nosotros nos detuvimos un momento y el pequeño empezó a olisquearme cuando le acaricié detrás de las orejitas. Lo cogí en brazos y él empezó a lamerme la cara a través del tejido de mi máscara. “Comprendo pequeño que estés cansado… sólo eres un bebé y estás huyendo para salvar tu vida”. Fue en ese momento cuando me fijé en el paso tranquilo del perro mayor. Parecía saber y comprender que si corría pacientemente y seguía en movimiento, jamás tendría que volver al cubo de metal en el que le habían encerrado durante años.

Tres de nosotros cruzamos el canal y supimos que estábamos salvados. Éramos los últimos en encontrarnos con el resto del grupo. En cuanto subí a mis nuevos amigos para ser transportados, lo único que se veía era un mar de rabos marrones y blancos que no paraban de moverse, y cachorros que no paraban de saltar de un lado a otro, disfrutando del contacto entre ellos y jugando. A pesar de que nos íbamos con un silencio de cautela, había un intenso ambiente de celebración.

El comienzo del amanecer estaba ya iluminando el cielo con un azul oscuro grisáceo, iba a llover pronto. Unas horas después nuestras huellas desaparecerían en el barro y los perros estarían a horas de distancia, en su largo y bien merecido viaje a sus nuevas vidas. El frío del invierno ya estaba acabando y la verde primavera podía verse brillar con nueva vida a través de la oscuridad. Era una bonita mañana y un día completamente nuevo para los animales.