Otra pasarela hundida
Estábamos en el año 2000 y la campaña antipeletera en Londres se encontraba en un buen momento. Se realizaban concentraciones protesta en la peletería Zwirns durante las 24 horas del día. Pocos meses después tuvo que cerrar. Muchas otras tiendas eliminaron sus artículos de piel y el comercio con pieles de perros y gatos estaba a punto de ser descubierto. El gran esfuerzo que realizaba la industria peletera para volver a poner estas horribles prendas en los escaparates era respondido con una resistencia igual de agresiva.
Durante la Semana Londinense de la Moda nos apareció una oportunidad, cuando una simpática y moderna persona se enteró de que un grupo local que hacía diseños para Alexander McQueen estaba preparando su nueva colección en un antiguo almacén situado en una zona industrial del este de Londres. La colección incluiría varios repugnantes abrigos de piel.
Sólo dos días antes de la exposición, un colectivo local empezó a hacer planes para manifestarse y hacer protestas. Mientras, un amigo y yo teníamos otras ideas. El día previo al acto conseguimos enterarnos del lugar en el que se iba a realizar el desfile. Era un edificio que parecía abandonado. Estaba vigilado por dos guardias de seguridad, y daba la impresión de que ahí se estaba rodando una película.
Estudiar el lugar durante el día resultó ser más difícil de lo que pensamos en un primer momento, así que regresamos esa misma noche preparados para cualquier oportunidad que se nos pudiera presentar. Llevábamos una mochila con una palanca, spray de pintura roja, pegamento extrafuerte, cizallas, guantes gruesos negros y dos pasamontañas.
La entrada delantera era impenetrable. Había una caseta de seguridad frente a lo que parecía la entrada principal y única. El sujeto que había dentro de esa caseta estaba viendo la tele. Todavía creíamos que quedaba una oportunidad, así que fuimos por un callejón de la parte trasera al edificio contiguo.
Como si la suerte lo hubiese querido, tras tirar una valla encontramos una vía de entrada al edificio a través del sistema de ventilación. Tras arrastrarnos por él, llegamos a una gran cortina, y al otro lado de la cortina nos encontramos con una sala con el aspecto de un teatro. Había unas 200 sillas puestas en forma de U alrededor de una pasarela que acababa en una rampa que subía a un segundo nivel —dedujimos que estaba diseñada para que las modelos bajasen desfilando con mucho glamour.
Después de estar aproximadamente una hora explorando esta sala casi lista para el acto, decidimos nuestra acción. Sería efectiva pero silenciosa —la caseta de seguridad estaba a sólo 100 metros—. Empezamos con los objetos más caros que había, los altavoces, que sin exagerar medirían 1’80 metros de alto, y un sistema estéreo que había detrás de la cortina. Uno tras otro íbamos desgarrando sus partes delanteras, arrancamos los cables que los conectaban al sistema central y destrozamos el panel de control con la ayuda de un cubo de agua cercano. Ya nunca más sería utilizado para poner la música de discoteca más moderna de Europa.
Luego fuimos a los camerinos de las modelos y empezamos a romper todos los cristales que encontramos. Hicimos varias pintadas con espray, como por ejemplo “Brujas peleteras”.
Todas las salas de maquillaje que encontramos fueron cubiertas con una gruesa capa de spray color rojo-sangre. Se escribió “Vergüenza Peletera” en la puerta para que se viese al entrar y salir; además arrancamos todos los cables de las bombillas —las pieles son de los tiempos prehistóricos, ¿no?. Dejamos gigantes eslóganes antipieles en la zona del desfile y detrás de del telón principal escribimos con spray el mayor ALF que hayas visto jamás. Estos peleteros desgraciados son un poco tontos y queríamos asegurarnos de que les habíamos dejado una tarjeta de visita suficientemente clara.
Por toda la pasarela principal y la rampa que iba al segundo nivel había grandes fluorescentes para iluminarlo. Con cuidado, desenroscamos unos pocos y arrancamos otros. Al lado dejamos trozos de cable y alambre que habíamos sacado de los altavoces. Con lo que nos quedaba de pintura dejamos un mensaje de alarma en la pared de la sala advirtiendo de que habíamos puesto una trampa en el sistema eléctrico.
Cuando nos íbamos cogimos dos extintores que encontramos y los vaciamos por encima de todas las sillas que pudimos; esparcimos una gran nube blanca por todas partes como si llevásemos botellas de champagne. La sala era una mezcla de pintura, cristales rotos, altavoces inutilizados y una nube blanca. Nuestro trabajo estaba hecho.
Al día siguiente el show se retrasó más de tres horas porque los asquerosos llamaron a los artificieros de la policía para buscar nuestras “trampas”. Mientras, todos los que había esperando para ver el desfile, críticos de moda y gente famosa —incluida la sensación islandesa del pop, Björk y la bruja empeletada Victoria Beckham— eran abucheados por los activistas que se habían concentrado en la entrada. Todos los periódicos recogieron la noticia. En sus titulares decían que el ALF había arruinado el desfile de pieles. El esfuerzo de los diseñadores que exponían no fue reconocido, ya que las noticias sólo hablaban de la acción. Un diseñador alterado se enteró de lo que había pasado y contactó con un grupo local por la liberación animal. Les hizo saber que tenía una exposición prevista para finales de esa semana en la que iba a incluir pieles, pero ahora había cambiado de opinión y no pensaba exponer esas prendas. No estaban mal los resultados para una noche en la ciudad con tu mejor amigo.