La segunda liberación de Interfauna
Cinco de noviembre de 1999. El walkie-talkie nos informa de que el guarda de seguridad ha salido de su caseta. Ésta es ya su tercera ronda de la noche. Durante los últimos seis meses le hemos visto hacer estas rondas cientos de veces, pero ésta sería la última vez que observaríamos su aburrida rutina: revisar las puertas, los candados, las verjas, incluso cuando hiela o llueve (¡qué pena de hombre!). Veinte pares de ojos vieron aparecer entre dos naves la luz de su linterna y observaron cada uno de sus movimientos. Revisó la nave que contenía los cachorros, las verjas y después retornó a su caseta. Esta ronda la ejecutaba cada dos horas. Pero lo que iba a ocurrir durante los próximos noventa minutos puede que le costase el puesto de trabajo al muy bobo.
Después de dejar que transcurrieran cinco minutos para que se acomodara en su caseta frente al televisor nos pusimos manos a la obra. Interfauna —un criadero multinacional de animales para la vivisección— está rodeado por una valla de casi tres metros con alambrada de espino. Hubiera sido ideal cortar un agujero en la vaya o treparla, pero esta vaya está alarmada y la alarma se activa cuando la tocas. La única opción era pasar por encima de la vaya sin tocarla, para ello habíamos ingeniado una estructura con piezas de andamios y una escalera de mano y, sorprendentemente, funcionó a la perfección.
Pasado este obstáculo, nos dirigimos a la nave que contenía los cachorros. Decidimos que liberaríamos a los cachorros porque al ser pequeños y ligeros son más fáciles de transportar y es también más fácil encontrarles un hogar. Además esta nave era la que estaba más lejos de la caseta de seguridad. La nave era de ladrillos de unos tres metros de altura con un par de puertas metálicas. Las puertas casi seguro que estaban alarmadas así que la entrada de acceso sería el tejado de amianto, que además nos permitiría entrar directamente en el recinto en el que vivían los cachorros y evitar los posibles sensores del pasillo.
Unos pocos nos subimos al tejado y en seguida los cachorros empezaron a ladrar. Este sonido nos hizo trabajar aún con más determinación. En cuanto los escuchamos supimos que de allí no nos marcharíamos con las manos vacías. Entonces nos topamos con nuestro primer percance. El taladro manual que íbamos a usar tenía una adaptación especialmente diseñada para taladrar tejados como éste —ondulados y de asbestos—. El plan era taladrar y cortar alrededor de los tornillos que sujetaban aquello y así poder simplemente levantar uno de los paneles, pero como ocurre con este tipo de artilugios no funcionó. Le tocaba entonces el turno a nuestro pico. Lo usamos para hacer un pequeño agujero y después lo despedazamos con nuestras manos, hasta hacer un agujero lo suficientemente grande como para poder descender. Como ya dije de allí no nos íbamos a ir con las manos vacías.
A través del agujero pude ver dos ojos hermosos que me miraban, probablemente preguntándose quién era ese colgado con pasamontañas que la alumbraba con una linterna. Cuando entré dentro se puso loca de contenta, saltando y ladrando de la emoción. La levanté para besarla y me meó de lleno en toda la cara —no de miedo, sino de emoción— pero fue genial. No había tiempo para mimos, eso vendría más tarde. La puse dentro de un saco que mi compañero sostenía y lo pasamos a los que estaban en el techo y éstos a la cadena de personas que cruzaban la valla. Esta perrita había sido tatuada en la oreja con el código TX77961.
Todos estábamos trabajando duro. Había cuatro compartimentos con unos quince cachorros de unos cuatro o seis meses en cada uno, menos en uno en el que tendrían unos dieciocho meses. Los más jóvenes saltaban, ladraban y se meaban de la emoción, pero los más adultos temblaban acobardados en las esquinas y se meaban de miedo. Fue doloroso y triste ver a estos perros aterrorizados de miedo. Tenían miedo de los humanos. Era difícil atraparlos porque se escabullían muertos de pánico. Fue un placer ver que todos los perros estaban ya en los sacos y fuera de la nave. En menos de una hora habíamos sacado a 71 perros beagle y la nave estaba ahora vacía y en silencio. No había nada que dañar o robar así que nos marchamos.
Los activistas que estaban fuera habían trabajado duramente pasando los perros por encima de la valla con la ayuda de la estructura instalada. Ahora venía la parte más agotadora, transportar los sacos con los perros desde allí hasta la carretera donde vendrían los coches a buscarnos, a unos diez minutos corriendo a través de campos. Nos pusimos un saco en cada hombro y a correr. Después de dos minutos todos estábamos cansadísimos pero corríamos a base de adrenalina. Mientras corría pensaba que en cualquier momento saltaría alguna alarma, o saldrían los guardas de seguridad, o aparecería la policía, pero la suerte estaba de nuestro lado y no pasó nada de eso. Cuando llegamos a los coches dividimos los perros en cuantos más grupos pudimos y nos marchamos cada uno por su camino.
En mi opinión, ésa fue la parte sencilla. El trayecto en coche hasta el lugar donde íbamos me puso mucho más nervioso —aterrorizados de que alguna patrulla policial nos fuera a parar, y de hecho vimos muchas—, pero llevábamos ropa elegante —nada de gorros o cosas delatadoras— para pasar desapercibidos entre los demás ciudadanos.
En el camino, mi compañero desató los sacos y sacó a los cachorros y por primera vez pudimos mimarlos a gusto. No sé cómo describir la sensación de verlos allí fuera y lejos del infierno en el que estaban: una de las mejores sensaciones. Los cachorros se subían unos encima de otros formando pilas y jugaban constantemente; era increíble. Al poco de nacer los separan de su madre, los meten en una pequeña nave con suelo de cemento y sin ventanas, y una noche llegamos nosotros, los metemos en sacos, los cargamos, los transportamos y los depositamos en unos coches. Uno pensaría que estarían trastornados con tanto ajetreo, pero jugaban felizmente.
Después de veinte minutos de juego se acurrucaron en pequeñas bolitas y se durmieron unos junto a otros. Seguimos conduciendo y cuando la adrenalina se nos fue calmando nos dimos cuenta de un detalle un poco asqueroso. Estábamos cubiertos de caca de perro, teníamos caca por todas partes. Yo me había puesto un mono sobre la ropa, pero se ve que me había traspasado y tenía pegotes marrones en mi ropa.
Con gran alegría llegamos al lugar donde íbamos a descargar los perros. Les dimos de beber y nos pasamos tres o cuatro horas jugando con ellos, les encantaba y no paraban de saltar, cada uno mostrando su propia personalidad individual. Algunos sólo querían jugar con otros perros, otros eran tímidos, otros preferían morder cosas. Con nosotros había también algunos de los perros más adultos y su comportamiento era muy diferente. Estaban muy nerviosos y desconfiaban de nosotros, así que les dimos tiempo para que se acercaran a nosotros. Algunos hasta el día de hoy están traumatizados pero con dosis de amor, afecto y de apoyo lo van superando.
Pudimos realojar a todos los cachorros y ninguno ha sido recapturado por la policía. Pasaron una semana juntos descansando y vino un veterinario a revisarlos. Todos los perros estaban tatuados en la oreja con un número y, obviamente, hubo que quitárselos, lo que suponía una operación quirúrgica. Pero estos perros tienen tantas ganas de disfrutar sus nuevas vidas que se recuperaron bien y pronto. Ahora sin el tatuaje están a salvo y nadie podrá reclamarlos.
Una de las cosas que se pueden aprender de esta acción es que uno no tiene que fiarse siempre de lo que le digan los demás si los instintos propios te dicen otra cosa porque no hay nada imposible. Está bien escuchar consejos, pero recuerda que siempre hay alguna alternativa. Siempre habrá riesgos, unos menores y otros mayores. En mi experiencia, cuanto mayor ha sido el riesgo o más difícil han parecido las cosas, al final más fácil ha resultado todo. En cualquier caso, asumir el riesgo de que algo salga mal o de que te pillen es mucho más valioso que no hacer nada.
La gente nos decía que era imposible entrar en Interfauna “de ninguna manera, es demasiado difícil, demasiada seguridad, hay guardas que pasan cada dos horas, cámaras, valla alarmada, los perros ladrarán y alertarán a la seguridad, llevará demasiado tiempo, nunca lo conseguiréis”. Pero querer es poder. Todo lo que se necesita es un plan flexible, buenos activistas, determinación y algo de buena suerte. Aquella noche tuvimos suerte, pero también teníamos un plan consistente para cada problema posible. Si las alarmas sonaban aún tendríamos cinco minutos, y se pueden hacer maravillas en cinco minutos si se mantiene la calma —hubiéramos agarrado lo que hubiéramos podido cargar en nuestros brazos y a correr—. Si el guarda venía íbamos a tratar de convencerle para que se hiciera el sueco, pero si no aceptaba, bueno, le obligaríamos a ser sueco.
Al final todo salió bien y se liberaron 71 cachorros adorables. Lo malo es que por cada uno de estos perros rescatados hay otros treinta que siguen dentro de Interfauna. La nave de los cachorros volverá a estar llena, habrá nuevos guardas y mejorarán el sistema de seguridad, aunque sabiendo lo cutres que son, seguro que podremos burlarles otra vez con un plan nuevo y con determinación.