La revolución francesa. Patrick Sacco

En 1979 nació en Francia un grupo de acción directa por la liberación animal a raíz de un anuncio en un periódico, seis años después llevaban a cabo una de las acciones que han marcado la historia de nuestro movimiento. Aquella noche, la del 1 de abril de 1985, este grupo de activistas rescataron a diecisiete babuinos de las manos de unos vivisectores que les habían abierto el cráneo para colocarles cables en el cerebro.

Ahora, más de 20 años después, Patrick Sacco, uno de los miembros del grupo, cuenta a Sombras y Cizallas cómo llevaron a cabo aquella legendaria acción y otras en las que participaron.

Sombras y Cizallas: ¿Cómo y cuándo empezó vuestro grupo? ¿Cuál era vuestra filosofía, vuestra estrategia y vuestros métodos de funcionamiento?

Patrick Sacco: El primer encuentro del grupo se hizo tras un anuncio en Liberación, un conocido diario francés que decía más o menos esto: “a todos los que denuncian la tortura, animal o humana, reuniros delante de la escuela de medicina de Paris, para bloquear la entrada de un convoy de perros-cobayas…”. Eso ocurrió a principios de 1979 y fue nuestro primer éxito, puesto que el convoy dio media vuelta.

De aquello nació un colectivo informal pero estructurado, parecido a los grupos de acción del periodo posterior a mayo del 68 en Francia.

Nuestra filosofía era tan sólo denunciar cualquier forma de explotación animal por parte del ser humano, como los zoos, circos, mataderos, pieles, granjas de engorde, caza, corridas de toros, experimentación animal, etc.

Nuestros métodos de funcionamiento estaban claramente definidos: acción directa no violenta.

SyC: ¿Qué hacían los vivisectores a los babuinos que posteriormente fueron rescatados durante la operación Greystocke? ¿Cómo obtuvisteis la información sobre este laboratorio? ¿Cómo rescatasteis a estos monos y cómo llevasteis a cabo la operación?

PS: Los babuinos, del tipo papio-papio eran utilizados para experimentos sobre epilepsia fotosensible por parte del CNRS, la red de laboratorios franceses dedicada a la investigación científica. Estaban retenidos en jaulas de metal de un metro cúbico aproximadamente, y se les había atornillado a la base del cráneo un casquete de resina a través del cual introducían electrodos que estaban conectados con determinados puntos de su cerebro.

Los babuinos posteriormente eran sometidos a experimentos diarios por parte de los vivisectores; recibían haces luminosos con cierta frecuencia en los ojos, capaces de provocar crisis de epilepsia. De esta forma, los vivisectores buscaban determinar en qué momento y con arreglo a qué frecuencia se desencadenaban las crisis. Estos monos, en su medio natural, Gambia, estaban sometidos naturalmente a ese mismo fenómeno y el CNRS quería saber cual era el proceso detonante de esas crisis de epilepsia. Algunos monos sufrían ese tratamiento desde hacía casi diez años. Debido a su tamaño y a las dimensiones de las jaulas, muchos ni siquiera podían ponerse en pie.

Este “estudio” era realizado en el CNRS de Gif-sur-Yvette por el profesor Naquet en un campus abierto. Por tanto, pudimos obtener la información de este laboratorio por medio de simpatizantes de nuestra causa que sabían que unos babuinos estaban retenidos en este lugar.

Una vez que verificamos esta información, consideramos que la operación de liberación era factible y la preparamos durante cuatro meses. Vigilamos prácticamente cada noche delante del CNRS, simulamos la apertura de puertas y ventanas para estudiar las reacciones del guardia e hicimos reuniones de trabajo dos o tres veces por semana para que todo estuviera bien a punto. Nos hacía falta también pensar sobre el momento posterior a la liberación y buscar un lugar de paso para los monos, veterinarios y médicos para quitarles los aparatos una vez hubiesen sido rescatados. Tuvimos entrevistas con veterinarios especializados en el comportamiento de estos babuinos, pues pensábamos soltarlos en su medio natural. Fuimos hasta los Países Bajos para encontrar a responsables de un centro de rehabilitación de monos. Allí nos desaconsejaron enfáticamente que los soltásemos, afirmando que los largos años de cautividad —algunos habían incluso nacido en el CNR— habían desnaturalizado el instinto de supervivencia en su medio natural. Escuchamos con atención sus consejos.

Hacía falta igualmente tomar de antemano los contactos necesarios con los medios de comunicación que debían filmar el desarrollo de la acción. El propósito de esta operación era utilizar esta liberación espectacular para denunciar públicamente la experimentación animal.

Por supuesto, lo más delicado era encontrar personas de confianza que fueran competentes, motivadas, pero también discretas, y que estuvieran dispuestas a poner en peligro sus carreras en caso de que la operación fuese mal.

SyC: ¿Cómo os detuvo la policía? ¿Qué errores cometisteis? ¿Qué condena recibisteis? ¿Cómo están los primates hoy en día?

PS: Para contestar a esta pregunta hay que situar la operación en el contexto de los grupos de liberación en los años 80 (la operación Greystocke tuvo lugar el 1 de abril de 1985). Las acciones llevadas a cabo contra los proveedores de animales o contra los laboratorios en aquellos tiempos eran bastante frecuentes.

Nuestro colectivo tenía un nombre diferente para cada operación. El propósito era eliminar las pistas para dar la impresión de que existía una multitud de grupos. En realidad siempre participábamos las mismas personas en ellos, fuera para el “Comando Cuatro Patas”, para el grupo “Paul Léautaud” para la operación “Liberación”, o incluso para la operación “Lince”. Todas estas acciones tenían como denominador común absoluto el respeto por la integridad física de los humanos, no se toleraba ninguna violencia física.

En esta época otros grupos perseguían el mismo objetivo pero utilizaban medios “violentos”: incendios, destrucción de escaparates de carnicerías, de camiones vacíos de transporte de animales, atentados con explosivos, etc. Con ocasión de una de estas acciones, dos gendarmes fueron heridos delante del domicilio de un “cuidador” de animales de laboratorio situado cerca del lugar donde habían sido depositados los babuinos en un refugio.

A causa de esto, y como consecuencia de una denuncia anónima, los investigadores encontraron la pista de todo el grupo Greystoke, que en un principio se asoció a estos grupos violentos.

No se puede hablar de que cometiésemos un “error”, ya que nuestro arresto fue logrado gracias a una denuncia anónima y por tanto era imprevisible.

El día 1 de abril de 1985 fuimos veintiuna personas a liberar a los babuinos. Del grupo, solamente fuimos juzgados siete. Fuimos condenados a varios meses de prisión condicional y a pagar solidariamente 360.000 francos de la época (equivalentes a 55.000 euros).

Presentamos apelación, pero desgraciadamente la condena se mantuvo. Después de un segundo recurso en casación, en el que fuimos defendidos por el famoso Maître Vergès, las penas de prisión provisional fueron ligeramente rebajadas.

Por decisión del tribunal fueron devueltos al CNRS. Un apoyo masivo de toda Francia a través de personalidades del mundo artístico, del arte, de la literatura, así como la movilización de grupos por la liberación animal, además de quienes cuidaban a los babuinos en el santuario desde hacía un año, impidió que lo consiguieran. Después de varias tentativas, todas acabadas en fracaso, el CNRS renunció finalmente a recuperar los animales. Algunos de ellos viven hoy todavía sobre dos pequeñas islas dispuestas para ellos en Mayene en el refugio de l’Arche.

SyC: ¿Puedes hablarnos de la operación Liberación?

PS: Poco después de un año de la operación Greystoke, en 1987 volvimos a intentarlo: era un nuevo intento de la operación Lince de la que os hablaré más adelante, y la llamamos operación Liberación. Alquilamos dos camiones de gran volumen, pues había que transportar a 145 perros. Los proveedores de animales de laboratorio seguían con su horrible trabajo en 1987 y supimos que en Florensac en Herault, un hombre ejercía esta actividad de proveedor con unos animales en condiciones más que insalubres. Los almacenaba cierto tiempo antes de revenderlos, y en este periodo transitorio les daba el mínimo de comida y de esparcimiento para ahorrar. El veterinario que examinó a los perros tras ser liberados tuvo que practicar la eutanasia a treinta de ellos dado lo dramático de su estado.

Desde que empezamos a preparar la operación Liberación ya estábamos bajo escucha telefónica por parte de la policía y todos nuestros hechos y gestos eran observados, pero por supuesto no lo sabíamos. Lo averiguamos la semana siguiente cuando fuimos detenidos. Entonces fue cuando nos dijeron que unos investigadores se habían colocado delante de mi domicilio, en el distrito 18 de París, pues nos relataron con detalle todos nuestros gestos y hechos relacionados con los preparativos de la operación, particularmente el acondicionamiento de la parte trasera de los camiones con un lecho de paja, y también la instalación de sistemas CB (sistema de radio) en los dos vehículos. Para comunicarnos no teníamos en aquella época más que dicho sistema, aunque a menudo funcionaba muy mal. No había todavía teléfonos móviles.

Volviendo a la operación, una vez terminados estos preparativos, tomamos la carretera en dirección al sur con los dos camiones y también con algunos vehículos particulares, para encontrarnos con los participantes que nos esperaban en Montpelier. Hicimos entonces una última reunión todos juntos. La operación estaba prevista para media noche y teníamos que poner a punto los últimos detalles y repartirnos el material, los anestésicos, las cizallas. Recordamos las diferentes misiones asignadas a cada participante y dimos las últimas órdenes.

Puntualizo que además de perros, sabíamos que había diez patos para liberar. Me acuerdo muy bien de la salida en plena noche. No se veía absolutamente nada. Pensábamos en los 145 perros que nos esperaban y que todavía no sabían lo que iba a pasar. El lugar se encontraba en pleno campo y no había nada alrededor. Los gritos de los perros harían la intervención todavía más angustiosa.

La operación duró alrededor de tres horas, pues algunos perros estaban sueltos y se encontraban absolutamente asustados. Pero no queríamos dejar ninguno y empleamos más de una hora para atrapar a los diez últimos, que se iban corriendo y se escondían en cuanto nos acercábamos. Para algunos tuvimos que utilizar un palo con lazo.

Hacia las 3 de la mañana con los 145 perros “enlatados” en la parte de atrás de los camiones y los patos puestos al abrigo encima de la cabina de los vehículos, nuestro convoy salió hacía el lugar de alojamiento temporal de los perros donde se iban a quedar esperando ser dispersados entre las familias adoptivas que les habían sido buscadas. Era nuestra segunda noche sin dormir y la fatiga y la bajada de presión comenzaban a hacerse sentir notablemente. Pese al frío, dado el número de perros que había en cada camión, las puertas laterales estaban entreabiertas para que pudieran respirar.

Recuerdo que, conduciendo el primer camión, veía por el retrovisor una docena de colas de perros que sobresalían por la apertura de la puerta del otro camión y que flotaban en el viento.

Finalmente llegamos a Dijon, donde dejamos los perros en buenas manos. Los patos fueron repartidos entre nosotros para su destino final: el lago del bosque Vincennes, donde, finalmente, pudimos disfrutar del inmenso placer de ver a los patos volar sobre el lago. Adiós a la sórdida pequeña jaula metálica sin agua para bañarse. Tomaron su vuelo y su libertad hacia las 4 de la mañana de aquel día.

Después de haber limpiado los camiones, y con la operación terminada, los vehículos fueron devueltos a la empresa de alquiler. Allí supimos por el arrendador que los investigadores seguían nuestras huellas.

SyC: Háblanos también de la operación Arca de Noe.

PS: No me acuerdo ya de qué liberación fue llamada así, pero a cambio si recuerdo bien la liberación del oso Munna en 1987…

Gracias a la Liga Francesa por los Derechos del Animal de Jean-Claude Nouët supimos que un oso procedente del Tibet se encontraba en los muelles del Sena en una jaula a pleno sol. Este oso había llegado en la valija diplomática de Mitterrand a raíz del año de la India, así como el cuidador que le acompañaba, pero esto no lo supimos hasta varias semanas después.

Este oso vivía en condiciones manifiestamente incompatibles con las necesidades de su especie. Lo que justificaba la queja planteada por la LFDA. Como quiera que esta queja no llegaba a buen término, decidimos utilizar otro método para sacar a este oso de su jaula.

Supimos que estaba destinado a divertir a los comensales de “la isla de Cachemira”, un restaurante situado al pie de la Torre Eiffel. Debía bailar, entretenido por su cuidador con un cordel que le atravesaba el morro, las paredes nasales y el paladar. Cada tirón sobre el cordel provocaba un dolor en carne viva. En estas demostraciones el oso era drogado.

Fortalecidos por las experiencias anteriores, nos considerábamos capaces de llevar a cabo esta operación. Después de varias semanas de preparativos, el punto de destino para el oso fue finalmente encontrado, decidimos pasar a la acción un día de julio hacia las 5 de la mañana. Ciertamente en esta hora los barrios “chic” de la capital se encuentran casi desiertos, y el cuidador, que se acostaba tarde, dormía profundamente.

Las misiones, también en esta ocasión fueron bien distribuidas. Los observadores, colocados sobre el puente nos debían prevenir en caso de que pasase alguna patrulla de policía; una persona experta en artes marciales debía inmovilizar sin violencia al guardia en caso de que se despertase, y el conductor esperaba sobre las vías que estaban encima de los muelles. Una activista y yo teníamos la misión de abrir la jaula con la cizalla y poner una inyección al oso para dormirle. Pensábamos que la operación sería fácil pues sabíamos que el oso estaba adormecido por las drogas.

Cuál fue nuestra sorpresa al abrir la puerta de la jaula, al ver que el oso, bien despierto, no tenía ninguna gana de una inyección, sino más bien de probar la libertad. Dos golpecitos de Munna me hicieron rodar por el suelo, y él comenzó a estirar las patas. No encontró nada mejor para hacer que subir las escaleras que subían al puente de Alma. Estábamos ciertamente sorprendidos y creímos que la operación sería un fracaso.

Éramos unos diez en esta liberación. Los que se mostraron más valientes en las reuniones de trabajo huyeron los primeros. Nos quedamos cinco un poco desamparados. Sin reflexionar, me puse a correr detrás del oso, que correteaba por el puente. En ese momento vi a unos guardias que estaban patrullando delante de una embajada y que miraban incrédulos pasar al oso delante de ellos.

Mientras tanto, el cuidador ya se había despertado y había constatado con furia la desaparición de su ganapán. Desgraciadamente, el experto en artes marciales también había puesto los pies en polvorosa. Fue por tanto una militante y amiga quien tuvo que neutralizarle con una bomba lacrimógena. No tenía otra solución y eso nos permitió escapar.

En un hueco sobre el puente una papelera parecía interesar a Munna, quien con sus gruesas patas hacía volar todo. Me lancé sobre su espalda y le agarré. Él se volvió, me envió volando y se puso a balancear tranquilamente.

En frente, del otro lado del puente llegaban cuatro hombres jóvenes, que volvían de trasnochar, y a quienes pedí rodear a Munna durante el tiempo para ir a buscar socorro.

Apenas avancé tres pasos cuando oí unos gritos; Munna avanzaba hacia ellos. Cruzó la calle del puente, obligando a un coche a detenerse; una vez atravesado el Sena, encontró un pequeño espacio verde que parecía gustarle, pues se detuvo allí unos instantes. Entonces hice una segunda tentativa para montarme encima, diciéndome que quizá esta vez tendría más suerte. El oso caminaba llevándome sobre su espalda, y en ese momento los cuatro supervivientes del grupo le saltaron encima; aplanado por nuestro peso, al final pudimos pincharle. Lo metimos en el camión con unas colchas y salimos para Châteaugontier. Era el momento pues las sirenas de la policía y de los bomberos comenzaban a oírse. Y el distrito iba a ser cerrado.

La operación finalmente fue un éxito. Desgraciadamente supimos más tarde que se trataba de un oso “presidencial”. Los investigadores pronto dieron con su rastro dado que los refugios de acogida de un animal así son muy limitados. Algunas semanas más tarde, el oso regresaba a su país con su cuidador.

Aunque Munna no pudo ser salvado, esta liberación tuvo un sentido, como cada operación de este tipo. Esto muestra cada vez que la sensibilidad de las personas ha evolucionado de tal manera que están dispuestas a incurrir en la ilegalidad con tal de ayudar a un animal en peligro. Los poderes públicos están por tanto obligados a tomar en cuenta esta evolución de las mentalidades y modificar la legislación.

SyC: ¿Sobre qué otra operación nos puedes hablar?

PS: Nuestra primera operación tuvo lugar en 1979. Fuimos informados por un pequeño anuncio en el “Yonne Républicaine” —un periódico regional— que un proveedor de animales de laboratorio hacía barbaridades. El anuncio decía más o menos esto: “Cuidadores, cazadores, si deseáis desprenderos de vuestro viejo perro, os lo compro por 5 francos. Puede servir para la ciencia”. Junto a esta nota había un número de teléfono.

Hicimos una pequeña prueba para ver de qué se trataba. Nos hicimos pasar por unas personas que buscaban colocar un perro que se había vuelto inútil; por 5 francos incluso estaba dispuesto a venir a buscarlo a nuestra casa. Le dijimos que lo podíamos llevar nosotros mismos, y acudimos al lugar. Triste espectáculo: perros amontonados en una parcela alambrada donde había jaulas en un estado lamentable. El terreno estaba situado al lado de un pueblo junto a un bosque. Una vez conocida la zona volvimos varias veces a ver lo que pasaba si nos acercábamos para hacer ladrar a los perros. Pensábamos que los vecinos se darían cuenta, pero no hubo ninguna reacción ni nada sospechoso.

También en este caso pasamos varias semanas de preparativos y de vigilancia y de búsqueda de lugares de alojamiento para los animales que íbamos a liberar. Había alrededor de cincuenta perros, prácticamente todos de caza.

Después de indagar por el pueblo supimos que se revendían esos perros por peso a un laboratorio de París, llamado Puerta de Italia: a 1000 francos los 30 kilogramos, lo que le dejaba un buen margen de beneficio.

Alquilamos un vehículo, un camión amarillo, en absoluto discreto, pero bueno, hicimos lo que pudimos.

Como era la primera liberación, llamamos a un equipo profesional de televisión. Se trataba de un periodista muy conocido hoy y cuyo nombre prefiero no mencionar. Habíamos contactado con él porque era un animador de televisión conocido por sus simpatías hacia la protección animal, e inmediatamente se entusiasmó por el proyecto.

En previsión de un posible fracaso, también convocamos en el lugar para el día D a un comité de apoyo, formado por personalidades entre las cuales destacaba Théodore Monod, en caso de que la operación saliera mal.

Así pues llegamos a los lugares. Cada uno tenía un lugar y un papel bien definidos. Un equipo debía dormir a los perros más difíciles y otro meter los animales en el camión. El equipo de cámara debía filmar la operación. Pero cuando llegamos al sitio y había que moverse, el periodista que nos acompañaba delegó a sus asistentes la tarea de filmar y nos tomó de las manos el anestésico para dormir a los animales más peligrosos. No podía quedarse sin hacer nada.

La operación llevó casi una hora, durante la cual los perros no dejaron de ladrar. Crecía la inquietud de ver llegar a los gendarmes puesto que en pleno campo los ladridos se oían desde muy lejos.

Todo se desarrolló como estaba previsto, excepto un pequeño incidente técnico que nos dio bastante miedo: una vez que estaban cargados todos los perros, el camión no quiso arrancar, por lo que hubo que desmontar la batería y nuestras manos temblaban. Los bornes estaban demasiado sucios. Esto nos llevó algunos minutos que nos parecieron eternos.

A continuación el convoy se dividió en diferentes direcciones hacia puntos definidos, con los 45 perros, que fueron todos salvados. El cuidador realizó una denuncia, pero como no nos encontraron hasta 8 años después, jamás estuvimos preocupados por este asunto. Una vez terminada la operación, el hombre fue hostigado telefónicamente, y varios meses después supimos que había tenido que dejar definitivamente sus “actividades”.

Fuimos quince en esta primera liberación, sin contar las personalidades de apoyo, y fue este primer éxito el que dio nacimiento al grupo Greystocke 6 años después.

SyC: ¿Te arrepientes de algo de lo que hiciste?

PS: Sin ninguna duda, no. Hoy actuaría exactamente igual, quizá incluso con más fuerza, pues los 20 años transcurridos entre estas dos fechas me han permitido darme cuenta más profundamente de las atrocidades que se cometen con los animales.

Cuanto más entro en contacto con dichos animales, menos remordimientos tengo. Los he transportado, he sentido su corazón latir. No se puede tener remordimientos. Uno se da cuenta que querer liberarlos es algo más que un buen derecho, es un deber. En el momento de la liberación no se piensa en la legalidad de lo que se hace ni en los riesgos que conlleva. Cuando se mira a sus ojos, ya no hay conciencia de todo eso. La pregunta de los remordimientos ni siquiera se plantea, el único reproche que yo me podría hacer hoy en día es el no haber liberado más.

Desde 1985 he regresado numerosas veces a Châteaugontier. Si tuviese remordimientos, se hubieran borrado rápidamente ante la mirada de los babuinos en su pequeña isla. Recordaba con horror aquellos casquetes rosas que llevaban implantados al cerebro en el CNRS. Y ahí los veía después, como fruto de nuestras acciones.

SyC: Formaste parte de un grupo de los más célebres de la historia de la acción directa por la liberación animal. Desde entonces muy pocas acciones de este tipo han tenido lugar en Francia. ¿A qué crees que se debe? ¿Qué diferencia hay entre el movimiento francés de hoy en día y el movimiento hace veinte años?

PS: Sin ninguna pretensión, diríamos que se trataba de un grupo célebre en todo caso en Francia. Todos los grupos que luchan contra la experimentación animal tienen la misma meta: la denuncia de la experimentación animal.

Ahí han influido dos factores. Por un lado, difícilmente se puede encontrar una operación tan espectacular como liberar a diecisiete babuinos, algo que interesa mucho a los medios de comunicación. Por otro lado, no se puede repetir este tipo de acción de liberación de animales a menudo, pues lo más difícil es encontrar lugares de acogida, ya que se saturan muy rápido. Los perros y los gatos pueden ser adoptados, pero es más difícil con el resto de animales.

La salvación de esas vidas era, evidentemente, algo precioso para esos animales —también para nosotros—; pero no sólo por eso. Podíamos utilizar esas historias de animales para llamar la atención de los medios de comunicación, y forzosamente estos medios después están menos interesados por la propia vanalización, por la repetición de las mismas cosas.

Sucede también que algunos pasaron a la retaguardia, pues lo que es ilegal quizá da un poco de miedo. Es necesario que cada uno asuma riesgos, es bastante pesado, quizá ya no existe en los diferentes movimientos de Francia esta posibilidad de estructurarse de forma coherente para actuar. Además creo que quizá hoy se vive de manera más “virtual”, se vive más con la imagen, con la palabra instantánea, pero quizá menos con el contacto físico directo. Para que estas liberaciones de animales se hayan podido realizar fue necesario establecer un contacto físico con ellos. Aunque se tratase de babuinos, de perros, o de otros animales, les vimos antes de liberarlos, durante los periodos de preparación de las operaciones, establecimos un lazo con ellos y extrajimos del sufrimiento la fuerza para realizar estas operaciones.

Aquello fue un motor para nosotros. Todo lo que tenemos a nuestra disposición “virtualiza” las cosas. La intensidad del contacto carnal no se puede vivir. A veces las fotos no son suficientes. Sino hubiese existido este contacto, este intercambio con ellos, quizá hubiéramos sido menos fuertes. Es difícil explicarlo con palabras.

SyC: ¿Cómo ayudas hoy en día a los animales?

PS: Hoy en día mi vida está consagrada a los animales pero de otra forma. En 1997 cree la asociación RESPECTONS (Respetemos) con algunos voluntarios. Tenemos más de trescientos socios.

Cerca de 200 animales se encuentran en el santuario en Saint-Léger-Vauban: gatos, perros, y también ovejas, bueyes, caballos, todos recogidos de las manos de dueños poco escrupulosos tras diversas formas de maltratos.

En 1998 creamos un refugio en Avala, en Yugoslavia. Recibí recortes de prensa de Christine Bourdon. En estos periódicos se veían fotos de animales esqueléticos en la capital serbia. Los artículos adjuntos relataban lo que ocurría ahí: 100.000 perros sin hogar en Belgrado. Y cuando por desgracia los de la perrera les atrapaban acababan su vida junto con una veintena de perros en una pequeña jaula de un metro cuadrado, a veces sin comer ni beber durante una semana. Este tratamiento precedía, según el periodista a la “eutanasia” que se les practicaba a golpe de barra de hierro.

Me dije a mi mismo que eso no era posible, que quizá era una exageración del periodista para conmover al lector. Entonces fui a verlo, y lo vi… Cuando volví a Francia no podía olvidar las miradas de esos animales amontonados, destinados a una muerte atroz. Me dije que había que cambiar las cosas.

Gracias a la Fundación Bardot y a la asociación Bourdon pudimos crear al año siguiente un refugio en Belgrado, se llama Oaza (“Oasis”). Allí se cuida a los animales y se les esteriliza. Gracias a las diferentes gestiones llevadas a cabo en Belgrado han obtenido finalmente el estatuto de “perros libres”.

Respectons también interviene en Francia para ayudar con salvamentos regulares animales maltratados, con sufrimiento, abandonados (gatos, perros, caballos, ovejas, vacas, cabras u otros).

El año pasado en Marigny l’Eglise, en Yonne, todo un rebaño de vacas y de bueyes fue abandonado en unas condiciones climatológicas horrorosas. Desgraciadamente, muchos murieron, pero pudimos salvar a algunos y poner una denuncia contra su propietario.