La alternativa de luchar
La historia de una liberación de visones en EE.UU. durante los años 90.
Una noche me senté en un pequeño trozo de hierba bajo las estrellas, escuchando las hojas moverse con el viento. Poco tiempo había pasado cuando vi los focos de un pequeño vehículo que giraba una curva y se dirigía hacia mí. Tras cargar las herramientas en el maletero, subí al asiento delantero e intercambié una sonrisa con la conductora. Ella me dio la mano y la apretamos rápidamente antes de arrancar el coche —alquilado con datos falsos— hacia la carretera. Ya estábamos en marcha.
Mientras conducíamos salió el sol. Paramos sólo para comer y llenar el depósito del coche, continuamos conduciendo todo el día. Unas pocas horas después de la puesta del sol quedamos con otro hombre, al que conocíamos bien y en el que confiábamos completamente. Juntos nos dirigimos hacia una zona oscura pero despejada, cerca de un pequeño lago y discutimos nuestros planes.
Después de asegurarnos de que no teníamos compañía no invitada, dejamos la carretera y nos dirigimos hacia nuestro destino final. Usando mapas detallados tuvimos que desviarnos mucho de la carretera principal. Encontramos la dirección que buscábamos y pronto encontramos unos arbustos en los que escondimos el coche.
Nos trajimos una radio escáner que había sido programada para captar todas las frecuencias de la policía del estado. Una de mis compañeras revisó que funcionaba y que los mandos estaban en la posición adecuada, se lo puso en el bolsillo de su chaqueta, y se puso el auricular de la oreja izquierda, dejando la derecha libre. Durante todo el reconocimiento y liberación, ella escucharía atentamente y se enteraría en caso de que el granjero o algún vecino informase de cualquier actividad sospechosa, o si alguna alarma inaudible alertase a la policía de lo que pasaba en la granja.
También nos aseguramos de que nadie llevaba objetos innecesarios, joyas o cualquier otra cosa que pudiera ser dejado atrás inadvertidamente. La última cosa que hicimos fue dejar la llave del coche cerca del coche para que no se la llevase nadie en concreto —ya que si esta persona se metía en problemas, el resto no tendría un medio de transporte—. En nuestros bolsillos sólo había un escáner, las linternas y los guantes. Estábamos listos para marchar.
El reconocimiento
Nuestro equipo sabía la importancia de familiarizarse con la zona, así que estuvimos recorriéndola andando durante una hora. Por supuesto, cuando en este paseo íbamos por la carretera o cerca de ella, cada vez que oíamos o veíamos un coche a lo lejos nos tumbábamos en el suelo o detrás de unos arbustos. Localizamos un riachuelo que discurría cerca y a través de espacios abiertos. También tomamos nota de las zonas más oscuras y en qué lado de la carretera había menos luz. Fijamos un punto de encuentro de emergencia por si por alguna circunstancia nos separábamos.
Cuando el viento vino en nuestra dirección, traía el olor de la granja. Mis sentidos se dispararon. Al respirar pude notar el olor a sangre y sufrimiento, pude oír los llantos de dolor, pude ver la desesperación y sentir el terror de ese lugar. Era y sigue siendo un auténtico infierno.
Acortamos a través de dos campos grandes para llegar hasta la parte trasera de la granja. Cuando estábamos en campo abierto nos tiramos y nos arrastramos, de tal forma que si alguien estaba mirando no pareceríamos figuras humanas. A medida que avanzábamos hacia la granja, tuvimos que cortar alambre de espinos para pasar las vallas de algunos campos. Nos hicimos amigos de unas vacas y otros animales con los que nos cruzamos en nuestro camino hacia la granja.
Después de comprobar si había alarmas y video cámaras, escalamos sin problemas la valla trasera y entramos al campo de concentración. Continuamos buscando cuidadosamente alarmas. Y nos metimos rápidamente en las naves. Nuestra presencia atrajo pronto la atención de los miles de visones que había. Se pusieron muy nerviosos, dando vueltas en sus diminutas cajas y “hablándose” unos a otros con cortos pero altos chillidos. Con nuestras pequeñas linternas pudimos ver su cara curiosamente pequeña y una mirada penetrante. ¡Unos animales verdaderamente preciosos! Pensé en el fatal final que les hubiese llegado si no hubiésemos intervenido. Sus cuellos rotos o sus pulmones gaseados después de unos cuantos meses más de tortura física y psicológica por estar encerrados en ese infierno.
Nos fijamos en las jaulas: cuatro hileras en cada nave. Jaulas mugrientas y corroídas que no proporcionaban un lugar de descanso a estos animales que normalmente anidan en libertad. La mayoría de las jaulas se podían abrir fácilmente, excepto las de los reproductores, que tenían un alambre grueso que giraba alrededor de las bisagras de las jaulas asegurando las puertas.
Tras el reconocimiento supimos lo que necesitábamos y regresamos a la parte de atrás del campo que había detrás de la granja. Nos sentamos bajo un viejo sauce durante unas horas observando el recinto para saber si alguien había advertido nuestra intrusión. Esa tarde dejaríamos ahí a los animales, pero volveríamos. Caminamos a través de los campos y riachuelos, cogimos el coche y condujimos alrededor de una hora, después acampamos el resto de la mañana.
A mitad de mañana nos levantamos y comenzamos a discutir intensamente un plan de acción, detallando las herramientas que íbamos a necesitar y repartiéndonos las tareas. Habíamos traído con nosotros una radio escáner, ropa oscura, linternas, cizallas para alambres, guantes, esprays de pintura y máscaras de esquiar. Necesitábamos sobres envueltos, papel y sellos —para mandar un comunicado después de la acción—, y pilas de repuesto. Llenamos el coche de combustible y condujimos una vez más hacia nuestro objetivo de día para familiarizarnos mejor con los alrededores.
El resto de la tarde y anochecer fue empleado en apartar todo el equipo y limpiarlo de arriba abajo. Repasamos cada detalle del plan en nuestras cabezas y nos preparamos mentalmente para cualquier imprevisto que nos pudiéramos encontrar.
Comenzó a llover. Revisamos nuestro equipo otra vez y partimos. Volvimos al campo de concentración asegurándonos otra vez de que no nos seguía nadie. Como la noche anterior, revisamos el escáner, vaciamos los bolsillos y dejamos la llave cerca del coche. Una vez más, seguimos la carretera tirándonos al suelo cada vez que veíamos que se acercaban faros, después empezamos a arrastrarnos por la oscuridad, y llegamos al lado de los muchos visones que esperaban su libertad.
La liberación
Abrimos las jaulas. Después de haber abierto alrededor de una docena paré para tomar un respiro, enfoqué con la linterna a una figura brillante y delgada, que escapaba de su jaula-agujero. El visón cruzó la tierra y salió del cobertizo. A pesar de que me hubiese gustado asegurarme de que cada animal encontraba la libertad, sabía que no podía hacerlo, ya que costaría la vida de todos los que dejase atrás. Tuve que estar en todo momento abriendo jaulas para dar al mayor número posible la oportunidad de una vida en libertad.
Continué frenéticamente mi trabajo abriendo y cortando alambres. Mientras trabajaba, algunos visones corrían por encima de las jaulas, otros se escurrían entre mis pies chillando alegremente. Al poco rato estas criaturas estaban por todas partes, corriendo de un lado a otro, jugando y peleando unos con otros. Me hubiese encantado dejar mi trabajo para separar a dos de los “pequeñajos” y soltarlos a través de los agujeros que habíamos hecho en las vallas de fuera, donde encontrarían su libertad. ¡Corred, pequeños, corred!
Un ruido sospechoso
De repente oí, o creí oír, el portazo de una puerta. “Los visones han despertado a los granjeros”, pensé, “aquí viene”. Miré hacia el final de la nave y hacia la casa del granjero. Ajusté mi foco para mirar a distancia en la oscuridad, distinguí una figura. ¿Me estaban gastando una broma mis ojos o había ahí alguien de pié? Me sentía muy insegura casi con pánico cuando imaginaba al “granjero John” completamente histérico saliendo de su casa, o mucho peor, en la salida con un rifle en la mano. Me preparé para lo peor y traté, otra vez en vano, de enfocar el final de la nave.
Más vale prevenir que curar. Reflexioné y rápidamente dejé la nave. Busqué a mis compañeros y al no encontrarlos mi angustia creció. Me fui al campo adyacente, escalé a unos arbustos gruesos y observé la granja unos veinte minutos. No vi nada fuera de lo normal y ninguna luz había sido encendida, así que con mucha precaución regresé a las instalaciones. Me introduje en las naves en las que estaban mis amigos trabajando para cerciorarme de que todo iba bien. Los encontré trabajando sin interrupción. Regresé a mi nave y continué abriendo jaulas.
El trabajo era exhaustivo y sentía los huesos y músculos agotados. Pero continúe, nunca hubiese tenido la conciencia tranquila si no hubiese abierto todas las jaulas humanamente posibles. Perdí la cuenta a las 500.
El momento de irse
Acabé con mi nave y fui a las otras para ver si necesitaban ayuda. Encontré las primeras naves vacías, fui a la siguiente y acabamos ésta juntos. Desgraciadamente, llegamos a la hora en la que habíamos decidido que teníamos que parar. A pesar de que aún quedaban muchas naves llenas de prisioneros para liberar, el granjero se despertaría pronto y la luz del sol nos impediría huir a nosotros y a los visones.
Pintamos con spray algunas de las jaulas que no estaban vacías y regresamos. Mientras huíamos, perseguimos a muchos visones hasta los agujeros cortados en las vallas. Una vez fuera, paramos un momento para ver las muchas figuras oscuras deslizarse a través de los campos hacia el riachuelo que les proporcionaría un nuevo hogar.
Usando la luna como guía, encontramos el camino hacia el coche. Rápidamente compartimos nuestras experiencias mientras andábamos —un miembro del grupo había sido mordido cuando intentaba abrir una jaula—. Todos nosotros habíamos encontrado algún visón muerto o agonizando en su jaula.
Metimos nuestros húmedos, doloridos y sucios cuerpos dentro del coche. Teníamos cara de frustración, porque a pesar de nuestra excitación sabíamos que no debíamos hablar dentro del coche. Condujimos en silencio y sin las luces hasta el lugar de acampada donde habíamos dejado nuestras cosas. Tiramos toda nuestra ropa y zapatos a la hoguera y metimos las herramientas en bolsas para estar rápida y completamente seguros.
Hablamos un poco más de nuestras experiencias así como de lo que se podía mejorar para la próxima vez. Hicimos planes para quedar otra vez y nos abrazamos calurosamente unos a otros antes de empezar nuestro largo camino hacia casa. Durante el día de regreso, escuchamos en las noticias de la radio reportajes acerca de la liberación. Sonreímos abiertamente con la satisfacción de saber que muchos visones habían logrado su oportunidad de vivir en libertad, que el comercio de pieles había sido menos rentable ese día, y que posiblemente John el granjero se iba a quedar sin trabajo.