Por qué no se hizo la acción
Hace seis o siete años nos avisaron a unos colegas y a mí de que existía un lugar llamado Microbiological laboratories en el norte de Londres (56 Northumberland Rd, North Harrow). Se trataba de un pequeño laboratorio situado en una calle de chalés adosados que, al parecer, años atrás había sido una casa. Pensamos que era un buen sitio para actuar: no muchos animales, montones de documentos importantes y, además, la parte de atrás daba a un pequeño parque.
Cogimos todas las herramientas e intentamos entrar una noche. Había una gran ventana justo en la parte de atrás del edificio que parecía que no tenía alarma. Antes, habíamos estado unas cuantas veces vigilando el edificio y vimos que las celosías estaban siempre abiertas en un pequeño cuarto de la limpieza. También comprobamos que la puerta de este cuartito, que daba al pasillo, estaba siempre abierta.
Decidimos entrar aquella misma noche por esa ventana. Nos pasamos cerca de una hora colocando esparadrapo en el cristal de la ventana, pusimos una manta por encima y la rompimos de un puñetazo. El cristal se rompió sin hacer mucho ruido, cogimos los pedazos, los sacamos del marco y entramos dentro. En el cuarto nos dimos cuenta de que habían cerrado la puerta, así que cogimos la palanca e intentamos abrirla. Cuando lo conseguimos la alarma se disparó, y al estar en una calle llena de casas y con una comisaría a la vuelta de la esquina, decidimos marcharnos.
No tiramos la toalla y decidimos hacer otra visita la semana siguiente. Nos dimos cuenta de que había un tragaluz a cierta altura pegado al techo que no parecía tener alarma y que daba al pasillo situado justo al otro lado de esa maldita puerta. Nos volvimos a organizar y robamos una cuerda larga y resistente a los vecinos. El plan era sujetar la cuerda arriba, quitar la reja que protege el cristal del tragaluz y pasar otra cuerda que nos permitiese bajar hasta el pasillo. Siempre corríamos cierto riesgo, ya que si cualquier vecino salía al jardín y miraba hacia allí seríamos descubiertos. Pero sabíamos que siempre hay un factor riesgo y pensamos que éste era aceptable. De todos modos, pensábamos actuar entre las 2 y las 3 de la mañana, cuando la gente estuviese durmiendo.
Esa noche todos llegamos un poco antes y nos quedamos esperando. Los vecinos de al lado estaban viendo a un tal Jim Davidson por la tele, por lo que todos nos sentamos a escucharlo durante una hora hasta que se fueran a la cama. Les dimos una hora para que se durmiesen, y entonces atamos y preparamos las cuerdas. Justo cuando estábamos a punto de escalar, escuchamos los inconfundibles sonidos de una mujer gimiendo. Nos pareció que daba igual que estuviesen durmiendo o que estuviesen teniendo sexo, ya que en ninguno de los dos casos se preocuparían por los ruidos de fuera. Subimos por la cuerda, y nos costó unos diez minutos hasta que conseguimos sacar el cristal; se lo pasamos a los que estaban debajo y luego pasamos la otra cuerda, pero ésta hizo un fuerte ruido al pasarla por abajo, como si hubiese chocado contra la pared. El problema era que los vecinos habían terminado sus asuntos y estaban mirando por la ventana; abrieron las cortinas otra vez y quitaron el cerrojo de casa. Todo entonces fue muy gracioso.
Apareció aquel hombre en calzoncillos por una ventana que daba al tejado de la cocina (en el piso de abajo) chillando con un extraño acento extranjero y aplaudiendo. Los que estaban debajo dejaron la cuerda que nos estaban pasando y se fueron corriendo dejándonos a dos en el tejado, que estábamos un poco más alto que ese maníaco en calzoncillos que todavía no nos había visto. Nos encontrábamos en un serio apuro, ya que si nos quitaban la cuerda no podríamos bajar del tejado y no podríamos escapar. Finalmente, bajamos por la cuerda y, en cuestión de segundos, conseguimos escapar contentos de no haber sido pillados, pero jodidos por volver otra vez sin ningún animal.
Estábamos todos obsesionados con aquel sitio y nos parecía que iba a ser la acción del siglo. Sabíamos que sólo tres personas trabajaban en el laboratorio, un hombre y dos mujeres que le ayudaban. También sabíamos que a la una de la tarde el hombre se iba a buscar su comida, así que pensamos actuar a la luz del día —a las 13:15h—, cuando estuviesen las dos mujeres solas.
Nosotros éramos cinco o seis, y cada uno de nosotros tenía una tarea específica que hacer: uno se acercaría con un cuaderno, un paquete y un casco de motorista. El resto estaríamos escondidos pegados a la pared. Al abrir la puerta, el supuesto repartidor metería el pie impidiendo cerrar la puerta y entraríamos todos. Sabíamos cómo era por dentro. Justo después de la puerta principal, a la izquierda, un pequeño baño; después, una oficina; y, detrás, subiendo unas escalerillas, estaba el cuarto de la limpieza, la cocina y dos cuartos con animales. El del casco entraría, cogería a las dos chicas y las metería al baño. Dos personas entrarían a la oficina metiendo todos los documentos en sacos, y otro y yo subiríamos las escaleras, cogeríamos los animales y los meteríamos en las bolsas adecuadas. Calculamos que haríamos todo y estaríamos listos para salir a través del parque en tres o cuatro minutos. Puede que el plan suene poco serio, pero a nosotros nos pareció que estaba muy bien, que seguro que iba a funcionar, y que el que la sigue la consigue, y todas esas cosas.
Estábamos tres de nosotros escondidos detrás de la pared, deseando que ningún vecino nos viese por la ventana o cruzase por la calle. El “cartero” estaba ya andando hacia la puerta pero nadie le abrió. Volvió a llamar, pero no pasó nada. Empezamos a sentirnos incómodos: escondidos detrás de una pared a plena luz del día, en una calle llena de gente y con los pasamontañas puestos. A mí me empezó a entrar la risa tonta, llamó una vez más y la puerta se abrió.
Una mujer pequeña con rasgos latinos estaba ahí de pie. Se suponía que, en cuanto abriese la puerta, el cartero metería su gran bota negra por la puerta; pero en lugar de eso estuvo intentando hablar con ella durante medio minuto. Todo entonces empezó a ser un poco surrealista. Nadie más podía saber lo que estaba pasando, porque estaban detrás de mí y yo asomaba la cabeza por el borde de la puerta. De pronto, la mujer empezó a cerrar la puerta. El “cartero” puso el pie y todos entramos de golpe. Las cosas a partir de ese momento fueron de mal en peor. Las mujeres, en lugar de asustarse, se lo tomaron como un ataque personal, y tal y como el primero entraba por la puerta recibió una patada en los testículos —fue divertido— y la mujer se escapó entrando en los jardincillos de los vecinos chillando y golpeando sus ventanas. Mientras tanto, la otra mujer se dedicaba a arañar los ojos a uno de nosotros y a la vez intentaba activar la alarma de incendios de la pared. Nadie quería permanecer ahí dentro con esas maníacas, por lo que decidimos irnos rápidamente. Yo me fui corriendo por detrás de la casa riéndome sin parar. Por un lado, triste por irnos con las manos vacías, y, por el otro, alegre por volver sano y salvo.
Quizás, en el fondo, todos sabíamos que sólo había un cinco por ciento de probabilidad de que el plan funcionase, pero había que intentarlo. Lo importante es que si se intenta puede funcionar, pero si no se intenta es imposible que funcione. El elemento sorpresa podría ser una buena arma —no sabría decir quién tuvo más sorpresa aquel día—, pero unas veces hay suerte y otras no.
Me gustaría terminar la historia con un final feliz pero, desgraciadamente, no puedo. Desde el principio sabíamos que no era fácil sacar animales o cualquier otra cosa de aquel lugar debido a que había casas cerca pero… ¡había que intentarlo!
Finalmente decidimos dejar tranquilo el n.º56 de la calle Northumberland y centrarnos en otro objetivo. Si se intenta, os aseguro que las cosas acaban saliendo bien.