Los videos de la universidad de Pensilvania

La cálida tarde del 26 de mayo de 1984 cinco personas se desplazaron al Campus de la Universidad de Pensilvania, apoyaron una escalera de mano contra un edificio, entraron a través de una ventana e hicieron historia.

El Animal Liberation Front (ALF) había recibido un chivatazo a cerca de una carta que PeTA (People for the Ethical Treatment of Animals) había recibido. En ella se contaba que se había enviado un paquete a un laboratorio oculto en los sótanos del edificio Químico-Anatómico en el corazón de la universidad de Pensilvania. Se trataba de un laboratorio que no estaba registrado en ninguna dirección, un laboratorio que oficialmente no existía. Tras algunas investigaciones y después de husmear un poco, los miembros del grupo concluyeron que tras esas puertas estaba el horrible laboratorio de investigación de traumatología craneoencefálica dirigido por el Doctor Thomas Gennarelli y su compañero Thomas Langfitt. El laboratorio había sido el centro de atención en los setenta después de que los estudiantes lograsen convencer a los oficiales de la justicia de que acudiesen a ver por sí mismos lo que ellos previamente habían observado. Cuando los oficiales finalmente acudieron, la universidad de Pensilvania ocultó todos los accesos al laboratorio, incluso cuando el caso fue llevado a juicio y lo perdieron. Este laboratorio no estaba regulado por ninguna entidad y, según decía la universidad, no existía. Diez años más tarde, otro chivatazo llego a Fund for Animals, en él se decía que lo que estaba sucediendo tras esas puertas no sólo era horrible, además se estaba filmando. El ALF enseguida supo que debía hacerse con las cintas.

Una cuidadosa investigación del campus y del edificio mostró que había muchas patrullas de seguridad y guardias dentro del edificio. Para llevar a cabo la acción era necesaria una planificación meticulosa y arriesgarse. El fin de semana del día de todos los santos una furgoneta con cinco personas dentro (un conductor, un vigilante y tres individuos que iban a entrar al laboratorio) se detuvo cuatro edificios más allá de su objetivo.

Los cuatro descendieron equipados con bastante dinero por si tenían que pagar una fianza, walkie-talkies y una escalera pintada de negro, y se abrieron paso a través de la noche. Un contacto que trabajaba en el laboratorio había dejado una ventana abierta de la primera planta que les serviría de entrada y que les permitiría librarse de ser descubiertos por los empleados de seguridad que se encontraban en la planta baja. Los tres subieron por la escalera, atravesaron la ventana y entraron dentro, el cuarto se llevo la escalera y se escondió para vigilar entre unos arbustos. La acción iba a comenzar.

Casi instantáneamente, al girar una esquina, un activista fue descubierto por un guardia de seguridad. Pero no había vuelta atrás para los dos que todavía no habían sido vistos —estaban demasiado cerca para echarse atrás ahora. En una arremetida, bajando las escaleras de tres en tres, el activista llegó al sótano, pero no encontraba el acceso a la planta que había todavía más abajo. Un rápido vistazo y una patada en el marco hizo que se abriese una puerta en la que se leía “Peligro de electrocución. No entrar”, tras ella había unas escaleras que conducían a la planta menos dos. Al final de las escaleras encontraron una pequeña sala en la que había tambores metálicos y porquería; y una puerta: el laboratorio.

Con lo que no contaban era con las ganzúas y el taladro que llevaba el compañero capturado. Los dos estuvieron cerca de dos horas intentando abrir la cerradura desesperadamente con unas pinzas para el pelo. Finalmente la puerta se abrió. Tras ella había un gato hidráulico enorme al que se había unido una mesa. Aquí, el Dr. Gennarelli y sus ayudantes empleaban cemento dentífrico para sellar las cabezas de los monos en el interior de cascos metálicos. El gato hidráulico entonces aplastaría la cabeza con una fuerza de hasta 3000 veces la fuerza de la gravedad (la NASA afirma que una fuerza de 15 veces la de la gravedad es suficiente para matar a una persona). Aquel atardecer habían dejado yeso en la mesa, instrumentos manchados de sangre y vendas desparramadas. También había sobre la mesa alicates y bisturís junto a otros instrumentos de tortura. Ésa sería la última noche que iban a servir de algo.

Los dos empezaron a destrozar el laboratorio, los archivos, los ordenadores y las oficinas —jamás volverían a ser empleados para torturar animales. Quizás lo más importante, encontraron lo que andaban buscando, decenas de cintas de video en las que se habían grabado los horrores que ocurrían tras las puertas de los laboratorios. Estaba empezando a amanecer y debían marcharse rápidamente. Después de guardarse varias cintas de video en sus anchos bolsillos y de esconder cajas llenas de cintas para recuperarlas en otro momento, los dos lograron eludir ser descubiertos por el equipo de seguridad y se desplazaron hacia la furgoneta. Después de haberse hecho pasar por gente que hacia footing y de cruzarse con una patrulla de seguridad a la que saludaron diciendo “buenos días” entraron en la furgoneta. En ella se encontraron con su compañero “descubierto” (se había cruzado con el conserje que lo había confundido con alguien y logró salir sin problemas) y el otro componente del grupo, se marcharon a un lugar seguro. Aquella noche, consiguieron sesenta horas de grabaciones que dejaron de forma anónima en la puerta de la oficina de PeTA, y el resto es historia.

El dos de junio de 1984, PeTA recuperó y sacó a la luz un extracto de las 60 horas de grabaciones robadas del Laboratorio de Investigación de Traumatología Craneoencefálica de la Universidad de Pensilvania, un video de 24 minutos que haría historia y al que llamó “Unnecessary Fuss” (escándalos innecesarios). Los videos extraídos por el ALF después de destrozar el laboratorio formaban parte de las cintas particulares de observación empleadas por los vivisectores. El ALF sacó al descubierto la brutalidad de la investigación, en la que bonobos capturados de la libertad eran inmovilizados en aparatos y les retorcían repentinamente la cabeza, causándoles severos traumatismos craneoencefálicos. Los vivisectores se grabaron a sí mismos mofándose de los primates mientras los torturaban. A uno se le callo ácido encima de un bonobo, otro columpió a un bonobo por los aires a pesar de saber que acababa de sufrir un duro experimento que le había dejado un hombro dislocado, mientras que otro despegaba la cabeza del bonobo del casco usando un martillo y un destornillador. Durante los experimentos estos sádicos fumaban y se reían de la agonía de los animales que permanecían abiertos.

Este corto video impactó al público y generó titulares. El video era una clara evidencia de crueldad animal y farsa científica que no se podía rebatir. A pesar de que los medios de comunicación sacaron a la luz las imágenes e hicieron duras críticas a las personas que habían llevado a cabo esas atrocidades, la policía, y lo peor de todo, el Instituto Nacional para la Salud (la fuente de financiación de los experimentos) le dieron la vuelta a la situación para defender los polémicos experimentos. En lugar de investigar o recoger pruebas sobre los claros actos delictivos de los vivisectores, la atención del FBI y de la policía se centró en el ALF y en las organizaciones que lo apoyaban, como PeTA.

De todos modos, ni los grandes jurados ni la represión estatal detuvieron al decidido movimiento por la liberación animal. Cientos de charlas y manifestaciones se llevaron a cabo en el campus de la Universidad de Pensilvania, el Instituto Nacional para la Salud fue inundado de cartas y de llamadas de protesta, y expertos de anestesia, neurología y veterinaria condenaron los experimentos, las actitudes y el comportamiento. Tras la presión, la USDA prometió investigar el laboratorio, y el 5 de julio de 1984 publicó un informe en el que se citaban 74 violaciones de las normas de cuidado a los animales. A pesar del inmenso interés público por cerrar el laboratorio y una petición firmada por 28 miembros del congreso americano, el Instituto Nacional para la Salud rechazó dejar de financiar los experimentos e incremento las ayudas 500.000 dólares más.

Como respuesta se hizo un llamamiento a la acción. El 13 de julio de 1985 más de 100 personas de todo el país entraron en la oficina de finanzas del Instituto Nacional para la Salud en un acto de desobediencia civil. Durante cuatro días los “Radicales de Norman Rockwell” —entre ellos ingenieros, catedráticos, escritores, secretarias, y amas de casa— llevaron a cabo una histórica sentada que se convirtió en un desafío entre los defensores de la liberación animal y la avaricia de la industria de la vivisección. La sentada fue portada de todos los medios de información nacionales. El Instituto Nacional de la Salud decidió esperar fuera a que se marchasen los manifestantes y presionarles evitando que tuviesen acceso a alimentos y deteniendo el funcionamiento del aparato de aire condicionado. Decididos y más astutos, los manifestantes y quienes les apoyaban crearon un sistema a través del cual podían introducir comida, ropa e incluso visitantes. El profesor de filosofía Tom Regan animó al grupo a corear canciones y el espíritu permaneció alto.

El cuarto día de la ocupación la administración de Reagan capituló tras aceptar ver el video. Se dejó de financiar el laboratorio y la experimentación con bonobos finalizó. Hubo una sensación de alegría inmensa no sólo en las oficinas ocupadas sino también por todo el país debido a que los activistas por la liberación animal habían triunfado. Nunca más iba a haber bonobos con los cerebros revueltos en la universidad de Pensilvania, y se creó un precedente de que el ALF y aquellos grupos legales que le apoyan podían cerrar estos lugares para siempre. La industria de la vivisección no ha vuelto a ser la misma desde entonces.

A pesar de que este artículo nombra varias veces a la organización Peta, los tres colectivos que participamos en la edición de este libro queremos mostrar nuestro rechazo a este grupo por varios motivos: negocian con los explotadores los métodos de explotar a los animales mientras que nosotros creemos en la confrontación y en enviar un mensaje de rechazo hacia cualquier método de esclavitud; utilizan el sexismo para luchar contra el especismo, etc.